Equivocarse es una de las delicias que tiene el ser humano. Es parte intrínseca de ser humano. Quien se equivoca puede aprender, quien puede aprender, crece, quien crece, se supera. Un camino fabuloso para el desarrollo. Equivocarse es, sin dudas, parte necesaria del vivir. Equivocarse implica haber dicho, haber hecho, haber omitido, haber intentado. Equivocarse es tomar caminos errados, elegir decisiones incorrectas, tener reacciones erróneas, hablar lo desatinado, callar lo necesario. Inevitablemente cometemos esos errores en una vida. No es malo en sí, porque es inherente al hecho de vivir. Es verdad que muchas de esos errores puedan significar daño, prejuicio y lamento para los demás y para nosotros mismos. Es mejor, sin dudas, no equivocarse, pero lo cierto es que es parte de ser humanos. No nacemos sabiendo, no tenemos la perfección como aliada, no somos infalibles, porque somos humanos. Esta es la verdad que llevamos inscripta en nuestros genes y en nuestra esencia, que pueden parecer lo mismo, pero que son diferentes. Lo primero habla de lo visual, lo segundo de lo intangible.
Errar es humano. Es así como existe este mundo, con errores y luego soluciones para remendar los errores. Errar implica hacer y eso es lo que permite que el mundo avance y se renueve. Reconocer el error, tal vez, es un paso más de humanidad. Un paso que parece que nos cuesta aún demasiado.
Desconfiemos de los que apelan al “nunca me equivoco”, pues son los que siempre pretenden imponer su verdad como única. Este mundo está hoy en esa lógica. Donde aceptar los errores implica una cosa casi imposible para muchos, curiosamente, los que tienen algún poder.
Intentar evitar el error es parte de nuestra disposición para con el otro y con nosotros, pero errar siempre será humano. Reconocerlos es el camino para el futuro.