Leo en la publicación de alguien comprometido en la lucha contra la violencia de género una frase representativa de esta época: "Lo que dice tu corazón con todas las fuerzas, difícilmente sea un error”. Faltaría agregar la conclusión lógica: porque el corazón no se equivoca. Es una típica premisa motivacional y de autoayuda que hoy busca colonizar cualquier perspectiva de análisis.
En redes sociales o estados de WhatsApp, este tipo de discursos prolifera con facilidad porque, para encajar en el formato, exige mutilar la complejidad humana, reducir las ideas a su mínima expresión y mantener mitos o falacias como si fueran verdades absolutas, edulcorándolo todo con un seudolirismo poético.
Si eso fuera cierto, podríamos decir que una mujer que permanece con su agresor justificando que «el corazón le dice que lo ama» tendría un argumento válido. Sin embargo, resulta evidente que este razonamiento carece de rigor y es imperativo desmontarlo, pues esconde una paradoja peligrosa.
El corazón es un órgano inerte para las ideas y el pensamiento; carece de capacidad para ordenar conceptos o sugerir verdades. Su función es estrictamente fisiológica: bombea sangre, con todo lo que eso implica. La realidad es que pensamos y gestionamos las emociones de manera integral a través de la capacidad mental que desarrollamos a lo largo de la vida. Nos nutrimos de la experiencia, el autoconocimiento, el trabajo personal, el desarrollo de la autoestima y la identificación de redes reales de apoyo, sumado —como factor indispensable— a un sistema social y comunitario que contenga activamente.
El fondo del problema es que la autoayuda, más allá de sonar bonita, cursi o estar mal planteada, rara vez aporta soluciones reales; con frecuencia provoca el efecto contrario. Fomenta una clase de «zombis emocionales» que operan condicionados por consignas abstractas en lugar de analizar críticamente la realidad que los rodea. Pasar por alto las estructuras objetivas para refugiarse en slogans individuales genera distorsiones graves, y sobre esa deriva deberíamos reflexionar y trabajar de manera permanente.
Por ello, volvemos a lo básico. Este aprendizaje está estrechamente relacionado con una Educación Sexual Integral (ESI) eficaz. No exigirla es seguir condenando al ostracismo al pensamiento crítico, la comunicación asertiva, la gestión válida de los conflictos y, en consecuencia, es impedir el desarrollo del bienestar personal y social.