improlija—, parece que hemos entrado en una era donde lo que decimos se convierte en verdad simplemente porque lo decimos. Así, la discusión se vuelve sumamente difícil: abundan quienes pretenden erigirse en portadores de la verdad, voces de la equidad o jueces de la denuncia. En este entorno, resulta alarmante lo fácil que es construir una identidad a través de un dictamen explosivo sobre uno mismo.
Cuando
definir qué has sido víctima de discriminación, racismo o patriarcado se
convierte en una proclama identitaria, la denuncia deja de ser un llamado a la
justicia y pasa a ser un rasgo del propio ego. Al hacerlo, el tejido social se
desvanece en su dimensión colectiva y cultural, transformándose en una mera
declamación de individuos. El límite entre lo real y lo narrado se vuelve difuso,
aunque se pretenda presentar como algo claro y definido. Si la identidad se
articula desde un estado de victimización sin haber sido realmente víctima, nos
alienamos de aquellas personas que verdaderamente padecen la situación. Ese
estado de fantasía autorreferencial nos impide trabajar de manera concreta
sobre el problema real de quienes sufren.
Se insiste
sobre la afirmación que Argentina es un país racista. Disentir con ella hoy
parece colocar a cualquiera en un extremo opuesto o incorrecto. Es más, hasta
los equilibrados en el debate, aceptan la afirmación y solo pregonan que en el
ranking estamos lejos de estar primeros en el concierto de los países.
Sin
embargo, el racismo —tal como se lo define actualmente— está asociado a dos
realidades muy potentes: la condición ontológica del ser humano y el ejercicio
del poder. Esto establece diferencias de manera inherente entre el
"yo" y los "otros", entre el propio grupo y los ajenos y el
uso del poder como dato de crueldad. El uso de estereotipos o la marcación de
la diferencia forman parte de la estructura cognitiva y adaptativa de la
especie. Somos seres que producimos alteridad; como también somos seres capaces
de ejercer el poder, sea para construir o para generar daño. He aquí lo que
hace la realidad. El poder como condición para generar víctimas, sufrimiento y
sus consecuencias en el tejido social.
Por lo
tanto, la medida de la especie humana no radica en negar su naturaleza, sino en
evaluar cómo ha sido capaz de desarrollar mecanismos concretos para hacerle
frente. Un ejemplo claro es la capacidad del lenguaje: a partir de la facultad
ontológica de hablar, el ser humano dio un salto evolutivo para producir canto,
escritura y formas cada vez más complejas de comunicación.
Cabe
preguntarse entonces: ¿tenemos en cuenta este salto evolutivo cuando debatimos estos
temas? ¿Reconocemos cómo hemos progresado como comunidad frente a nuestra
propia tendencia a discriminar y a abusar del poder? Ignorar las herramientas
civilizatorias que hemos construido para contener nuestro sesgo instintivo no
solo invisibiliza el progreso social, sino que nos encierra en una narrativa
estéril que atenta contra la verdadera empatía y la resolución de las
injusticias reales.
Lejos está
esto de justificar las injusticias reales y concretas que sufren personas. La
inequidad como una forma asumida de control. La perversa ilusión de crear
condiciones inevitables acunadas por la naturaleza. La constante crueldad
defendida por principios llamados religiosos. La execrable discriminación
porque la forma de relacionarse es diferente. Nunca debemos negar que la injusticia
existe, que el dolor producido lo viven personas por circunstancias que la
hemos designado como malas, sin tener ninguna autoridad para ello. Nunca hay
que olvidarse de esto.
A lo que
apunto es a que ha llegado la hora de observar los dos cimientos de la
verdadera evolución humana: frente a la inevitable presencia del otro, evaluar
qué hacemos con esa realidad. Destaquemos lo que hemos progresado,
identifiquemos a quiénes aún no hemos sumado a ese progreso y dejemos de
regodearnos en la falla instintiva para enfocarnos en consolidar las
herramientas que la vuelven, día a día, algo obsoleto, inaceptable y cada vez
más ajeno.
25/7/2026