viernes, septiembre 04, 2026

Compartir: arte y trabajo

Compartir es un proceso que posee la hermosura potencial del arte pero, al mismo tiempo, la ardua complejidad de toda actividad humana.

Está claro que no todos saben compartir, aun aquellos que tienen la verdadera intención de hacerlo. Tampoco suele ser fácil crear las condiciones para que ese flujo de experiencias, vivencias, palabras y afectos circule de manera fluida, como si fuera un puente que se construye al mismo tiempo que se transita.

No me refiero únicamente a compartir una actividad que se realiza conjuntamente, sino, sobre todo, a compartir una vivencia: el hecho de que alguien haya experimentado algo y que la otra persona sea partícipe de ese sentir a través de sus propios recursos. En síntesis, no es fácil compartir ni alegrías ni tristezas. Comprender esta diferencia es clave para entender la verdadera esencia del acto de compartir.

Compartir nunca se puede imponer. Se puede situar a las personas en un momento dado y establecer una suerte de obligación moral de expresarse, pero compartir de verdad es algo que solo surge de manera espontánea.

Aun cuando existe el deseo explícito de hacerlo, aparecen impedimentos que disuaden el acto. Por un lado, está el error de creer que compartir es responder a un cuestionario o someterse a formatos rígidos que fuerzan la expresión, lo cual impide simplemente "dejar ser" al otro. También afecta esa exigencia, consciente o no, de pedir simetría; vale subrayarlo: jamás se comparte desde una alegría prestada o edulcorada para cumplir con las expectativas ajenas. Y por último, lo que siempre nos duele, es la confusión entre voluntad y disponibilidad: jamás se comparte cuando la persona —pese a su deseo— no sabe, no puede o no logra identificar las barreras internas que se lo impiden.

Independientemente de lo que se diga, la voluntad y el deseo de abrirse son actos sumamente concretos. Son gestos en los que algunos tienen una facilidad natural: se expresan con arte y logran crear las condiciones para que la vivencia fluya. A otros, en cambio, les cuesta. Es algo que se puede aprender, pero para ello es necesario reconocer y considerar las propias limitaciones, además de abrirse sinceramente al saber. No alcanza solo con pretenderlo; como dice el refrán que sigue siendo válido aun para los paganos: A Dios rogando y con el mazo dando.


4/9/2026


domingo, agosto 30, 2026

La responsabilidad de la palabra: ¿libertad de expresión o libertinaje profesional?

Desde hace un tiempo, una preocupación recurrente me interpela en el ecosistema de las redes
sociales: la proliferación de discursos sobre sexualidad y sexología respaldados por la investidura de la profesionalidad, pero carentes del rigor ético y científico más elemental.

Es preciso hacer una distinción fundamental. Existen profesionales admirables que, combinando un sólido conocimiento basado en evidencia y un auténtico savoir-faire, poseen una capacidad envidiable para sintetizar conceptos complejos en mensajes claros, didácticos y accesibles. Sin embargo, en el extremo opuesto, presenciamos un fenómeno alarmante que abre un debate urgente sobre la responsabilidad social en las profesiones de la salud: ¿Cómo establecer límites conceptuales y éticos precisos sin cruzar la frontera de la censura?

Es innegable que la libertad de expresión constituye un pilar inalienable de toda sociedad democrática. Cualquier ciudadano posee el derecho de opinar y argumentar desde sus propias convicciones. Sin embargo, cuando un discurso es emitido desde el rol profesional, el escenario cambia radicalmente. La palabra deja de ser una mera postura individual para revestirse de una autoridad simbólica que la audiencia asume como legítima, veraz y científicamente segura.

«Cuando un discurso es emitido desde el rol profesional, la palabra deja de ser una mera postura individual para revestirse de una autoridad simbólica que la audiencia asume como legítima y veraz.»

Por esta razón, el ejercicio profesional en la esfera pública no puede quedar sujeto al desacierto, el dogma o la ligereza discursiva. Poner límites sin recurrir a la censura implica elevar la vara de la exigencia argumentativa a través de cuatro criterios de demarcación ética:

  1. Transparencia en el marco epistemológico: Es un deber deontológico explicitar la diferencia entre comunicar un consenso científico respaldado por la evidencia y emitir una hipótesis personal, una postura ideológica o una vivencia individual. La audiencia tiene el derecho soberano de conocer desde qué lugar se habla.
  2. Actualización de los códigos deontológicos: Las instituciones y colegios profesionales deben adaptar sus marcos normativos a la era digital, reconociendo que la mala praxis no se limita al recinto del consultorio, sino que se extiende a la difusión masiva de desinformación que atenta contra la salud pública.
  3. Exigencia de rigor e integridad institucional: Las universidades y entidades académicas deben ser bastiones del debate plural, pero también garantes rigurosos de la calidad científica. No se trata de silenciar voces divergentes, sino de exigir que toda postura expuesta bajo su sello cumpla con estándares mínimos de falsabilidad, fundamentación y coherencia metodológica.
  4. Fomento de la alfabetización crítica: Parte de la responsabilidad técnica radica en brindar a la comunidad herramientas conceptuales para evaluar la validez de los discursos, promoviendo la comprensión de que un título académico es una condición necesaria, pero nunca suficiente, para validar una afirmación.

Exigir evidencia, actualización constante y apego a marcos éticos no significa coartar la libertad de pensamiento; por el contrario, representa el único camino para proteger a la comunidad y honrar la función social del conocimiento. Cuando la ciencia y la ética se diluyen en favor del espectáculo mediático o el impacto algorítmico, no solo se degrada el espacio institucional, sino que se vulnera la confianza depositada por una sociedad que acude a la técnica en busca de certezas.

 

lunes, agosto 24, 2026

En defensa de la IA


 Nadie me lo pidió, pero lo hago. Tal vez la clave esté en equilibrar el uso que buscamos darle con las garantías y protecciones que debemos exigirme a nosotros mismos. Los argumentos que comparto son conocidos, pero intento decirlos a mi manera, porque en ese matiz personal está la diferencia.

Toda herramienta es neutra hasta que el ser humano la utiliza. Su creación no es neutral, claro: responde al principio del ingeniero que ve un problema y busca una solución influenciada por su contexto e intereses. Pero una vez instalada en la sociedad, su impacto depende plenamente de la subjetividad de quien la usa, de sus habilidades y de cuán incorporada tenga una ética del cuidado frente al potencial destructivo que también nos caracteriza. La IA es una herramienta más. Posee una capacidad enciclopédica y de procesamiento de datos sobrehumana. Sin embargo, que una IA pueda corregir este texto y darle una mejor forma no me quita la autoría de mis ideas ni invalida mi sentido crítico para evaluar el resultado. Desvalorizar el uso de la IA es negar la capacidad humana de pensar, de buscar colaboración y de defender ideas, lo que incluye, muchas veces, la madurez de reconocer cuando estábamos equivocados.

No le doy entidad humana a la IA; por eso no es mi amiga, pero sí un aliado invaluable. Es lo mismo que el auto para desplazarme rápido o la pava eléctrica para tener el mate listo en menos tiempo. Reconozco en ella a una entidad amoral y con límites claros: quien decide qué parte se apaga y cuál no es siempre el ser humano, no la máquina. Es verdad que puede moldearse a sí misma por la red de datos en la que se teje, pero carece de intencionalidad propia; sus recortes y respuestas son reflejo de lo que nosotros mismos podemos hacer.

La IA existe hoy como en su momento existieron otras tecnologías, algunas de las cuales causaron un enorme daño porque el ser humano las utilizó con ese fin. Esa realidad es innegable. Como bien señaló el filósofo Paul Virilio: "Cuando inventas el barco, también inventas el naufragio". Por eso, los límites éticos no deben ponerse en la herramienta, sino en un sistema educativo capaz de incorporar la tecnología manteniendo siempre como centro la alteridad humana y los derechos fundamentales.

24/8/2026

domingo, agosto 23, 2026

La cortesía

Escucho al escritor Arturo Pérez-Reverte decir que ciertas cosas que hace se deben a que fue
educado en la certeza de que la cortesía mejora el mundo. Hay una belleza impecable en esa afirmación: educar con la certeza de algo.
Ver la cortesía no como un simple formulismo o una convención social vacía, sino como un gesto elocuente hacia la humanidad reflejada en una persona. Que sea la decisión deliberada y consciente —incluso cuando se ha vuelto un automatismo— de reconocer que el otro, simplemente por ser otro, merece esa consideración. Es la simplicidad de decir sin palabras: «Te veo, te valoro, te respeto simplemente porque eres otro, porque no eres yo». Y es en ese reconocimiento de la alteridad donde se tiende un puente con la esperanza de que la humanidad pueda funcionar mejor.
La ética del cuidado solo puede crearse a partir de la alteridad, y la alteridad solo aparece cuando al otro lo veo y lo valoro. Es por eso que en la cortesía se refleja con más fortaleza la posibilidad de que esa ética se vuelva realidad. Por supuesto, esto descarta de plano cualquier gesto peyorativo, condescendiente o de desprecio. Quizás sea una postura tildada de ingenua, quizás no le esté dando el peso suficiente a ciertos problemas sociológicos, pero aun así elijo quedarme con esta idea: la de haber sido educado con la certeza de la cortesía.
21/8/2026
Francisco Viola
Elucubraciones nómadas II (Inédito).

El cuadro es 

'Peregrinación a la isla de Citera', de Antoine Watteau

domingo, agosto 09, 2026

El cuerpo de uno, cada cuerpo

 Cada cual tiene su cuerpo. Con ese cuerpo anda por la vida. De vez en cuando se ejercita para mejorar algún tono muscular o alguna forma; tal vez se agrega piercings, se hace tatuajes, tal vez engorda. Pero sigue siendo el único cuerpo que uno tiene, y lo transita y lo habita como puede.

Que hay estereotipos sobre la belleza, obvio. Que hay cuerpos que son más atractivos que otros, está claro. Intentamos someternos a procedimientos para tratar de que estéticamente se adecúe más a cierto perfil, y nos produce gusto o placer —o moviliza deseos— tener determinado tipo de cuerpo y no otro. Así es. Pero solo hay un cuerpo que transitamos y habitamos: el que tenemos. Por ahí pasa, quizás, toda la cuestión.

No podríamos evitar que los demás opinen, aunque no tengan derecho, o que busquen los cuerpos que les parecen más atractivos, o que pongan distancia con otros que les hacen saltar las alarmas —algunas por experiencia, otras por conocimiento o tal vez solo por prejuicio—.

Los cuerpos son eso: ese espacio que logramos habitar desde nuestra propia belleza, desde el sentir que no solo somos poseedores de ese cuerpo, sino que en él se conjuga toda posibilidad de placer, de encuentro, de alteridad, de gozo. Somos quienes somos y eso incluye este cuerpo que tenemos.

Cuando nos autorizamos a ser, nos damos cuenta de que todo lo que genera placer —desde el juego hasta la danza, pasando obviamente por el sexo— solo puede desplegarse cuando comprendemos que este cuerpo es lo suficientemente bueno para albergar toda la ternura, todo el placer y todo el amor que están disponibles.

miércoles, agosto 05, 2026

Día de la salud sexual 2026

El eslogan del Día de la Salud Sexual 2026 «Everybody, cada cuerpo», es simple, contundente e imprescindible para recordar lo obvio: cada persona, cada ser humano, tiene un cuerpo. Un cuerpo donde la anatomía y la fisiología funcionan dentro de un contexto social y cultural determinado.

Ese cuerpo lo habitamos como podemos, como aprendemos y como nos relacionamos; lo habitamos según cómo nos autorizan y cómo nos autorizamos a nosotros mismos en función del valor, la estima y el reconocimiento que le damos. Ante esta evidencia accesible para todos, resulta fácil recordar que en la historia de la humanidad no todos los cuerpos fueron permitidos. Han existido —y existen— formas de coartar la libertad de ser, llegando a mutilaciones físicas y simbólicas impuestas por las dinámicas de poder de cada época.

La sexualidad es una condición ontológica de la especie humana y un elemento axial de la dignidad. Ella se expande, se expresa, se manifiesta y se habita en la propia corporalidad. Es esta dimensión encarnada la que delimita y abre todas las extensiones de existencia. Agreguemos que el ser humano es un ser definitivamente cultural, ya que el entorno social y cultural define los sentidos que le permitirán desarrollarse. Por esto motivo todo esfuerzo para garantizar esta sexualidad debe sostenerse sobre un trípode fundamental:

1. Educación (Formal e Informal)

Debe orientarse siempre a una noción del cuerpo basada en la dignidad y el respeto por la alteridad. La diversidad no es una excepción, sino la condición natural de la especie humana. Es necesario ir más allá de lo biológico para enseñar a valorar la diferencia y desmontar los prejuicios que históricamente han clasificado o marginado ciertos cuerpos.

2. Autonomía y Consentimiento

El cuerpo es propiedad inalienable de quien lo habita; por lo tanto, es cada persona quien debe establecer los criterios de su uso y vivencia. El consentimiento debe entenderse como un principio permanente, consciente y soberano, que despoje a cualquier tercero o estructura de poder de la potestad sobre la corporalidad ajena.

3. Salud, Expresión y Goce

El cuerpo debe ser sinceramente el espacio donde la capacidad de expresarnos, disfrutar y cuidarnos se ejerza sin barreras. El ámbito de la salud no solo implica la ausencia de enfermedad, sino la garantía del bienestar integral y el placer, libres de restricciones ideológicas, estigmas o prejuicios impuestos por el poder.

Este trípode demuestra que defender la salud sexual es defender la libertad humana en su sentido más primario: el derecho inalienable a existir, sentir y ser respetado en el cuerpo que habitamos.

 

5/8/2026

lunes, agosto 03, 2026

Diversidad y Rareza: De la Ética de la Dignidad a la Oportunidad del Aprendizaje

 Existe una pequeña pero vital sutileza entre lo diverso y lo raro. Todo ser humano es diverso, es parte de la esencia misma de la humanidad. Hay en la diversidad algo que nos enaltece como especie: cada persona procura, desde su individualidad, darle sentido a su propia subjetividad. Es cierto que, a menudo, esa diversidad se mimetiza con el entorno debido a los factores sociales y culturales que se imponen como moldes o patrones. Sin embargo, en el fondo, seguimos siendo siempre diversos. Lo lógico siempre sería enaltecer esa diversidad. Pero sabemos que no lo hacemos, si no es más común, lamentablemente, lo contrario: desconocerla o atacarla. Pero ella está porque es intrínseca a la especie.

Por otro lado, existe gente que se sale de ese patrón social o cultural —así sea de manera circunstancial— ya sea por sus comportamientos, hábitos, vestimentas o decisiones de vida. Son las personas a quienes la sociedad suele tildar de «raras» simplemente porque no hacen lo que todo el mundo hace.

Diferenciar lo intrínseco versus lo circunstancial es clave:

-          La diversidad es previa y ontológica: Es intrínseca al hecho de ser humano.

-          La rareza es una cuestión de visiones, momentos y elecciones: Está atada a contextos e inclinaciones personales. Un día puedes estar estadísticamente dentro de la norma y al siguiente decidir que ese patrón no te conviene; o al revés: tras haber habitado en la rareza, adaptarte a un molde porque te reconoces mejor en él.

 El límite innegociable: Dignidad y Derechos Humanos

Frente a lo raro —y ante el choque estético o la incomodidad que pueda generar— nos comportamos como podemos, porque lo raro nos inquieta, nos interpela, nos hace preguntas. O sea, es lógico que prefiramos evitarlo. Porque cada quien reacciona en función de sus posibilidades psicológicas, sociales y afectivas adquiridas por nuestra educación formal e informal y asumidas por nuestros criterios personales. Sin embargo, esa reacción jamás puede incluir la violencia, la discriminación ni ningún otro tipo de acción negativa.

Tanto la diversidad como la rareza son patrimonios del ser humano. En ambos casos, es la persona la que está en juego, con toda su dignidad, sus derechos y sus obligaciones. No existe una jerarquización de la condición humana. Los derechos humanos son intrínsecos al ser; por ello existe un esfuerzo sistemático por conservarlos, promoverlos y protegerlos a través de las leyes y los comportamientos sociales que ordenan la convivencia.

 La educación y la rareza como ventana al crecimiento

La diversidad es inevitablemente humana, pero saber aprovecharla, enriquecerse de ella y disfrutarla es una decisión personal. Por eso, la educación para la comprensión de la diversidad es la clave para el desarrollo de la humanidad. Por eso, por ser humana, toda sociedad se refleja en la forma en que acepta la diversidad y, también, cómo la defiende y la ataca. Pero sobre todo como es activa en su defensa, espacio para expresarla y posibilidad de generar riquezas desde esa diversidad a nivel social y cultural.

A nivel personal, la experiencia demuestra que las rarezas son verdaderas formas de preguntarnos cosas sobre nosotros mismos. Son interpelaciones que, si somos capaces de contemplar de otro modo, nos ofrecen valiosas lecciones. La rareza le habla a nuestros deseos y a nuestras necesidades no reconocidas; y quizás, precisamente en esa grieta de lo inesperado, se esconda un indicio de felicidad.

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