Un día escribes "sexo", "pene" o "vagina" en Instagram y descubres, no sin cierto asombro, que el mundo sigue girando. La publicación no se borra, tu cuenta no colapsa y la policía de los pixeles no golpea a tu puerta. De inmediato surge la duda inevitable: ¿de dónde sale esa paranoia colectiva que lleva a miles de personas a deformar el idioma escribiendo S3XO, P3NE o inventando eufemismos como "desvivirse"?
La respuesta corta es que el mito del algoritmo omnipotente no nació de la nada. Nace de un terreno fértil compuesto por la opacidad de Meta, la moderación automatizada y la fobia real de los creadores a perder su alcance. La inteligencia artificial no lee como un humano; busca patrones de manera torpe. Para un sistema automatizado, la línea entre la divulgación científica, la educación sexual y el contenido explícito suele ser borrosa. Si a esto le sumamos las estrictas políticas para publicaciones pautadas o monetizadas —donde las palabras tabú están vedadas para no espantar a los anunciantes— y la hipervigilancia de plataformas como TikTok, el pánico cobra cierta lógica. Por pereza o por cautela, el algospeak se volvió el chaleco antibalas estándar de la era digital.
Sin embargo, reducir esta deformación del lenguaje a un simple acto de prevención sería pecar de ingenuidad. En la economía de la atención, la supuesta censura ha dejado de ser un obstáculo para convertirse en la mejor estrategia de marketing.
Aquí es donde entra la narrativa del martirio algorítmico. Ciertos creadores y pretendientes de influencer descubrieron que declararse perseguidos por el "sistema" o el "algoritmo" paga, y paga muy bien. Transformar un término de servicio en una batalla ideológica es una jugada maestra: si el video fracasa, la culpa es del shadowban; si el video se viraliza, es una victoria heroica de la resistencia.
Decirle a la audiencia que un mensaje está siendo silenciado activa de inmediato el sesgo del fruto prohibido. La opinión más ramplona pasa a venderse como una verdad incómoda que las élites intentan ocultar. El seguidor ya no solo consume información, sino que se siente parte de una gesta revolucionaria cada vez que comparte un reel o comenta usando números por letras para engañar al robot. Es la democratización de la victimización: un drama fabricado que genera interacción artificial, fideliza a la tribu y, en no pocos casos, sirve de puente para derivar tráfico a canales de pago donde se promete el contenido "sin censura".
Entre la prudencia exagerada de quienes temen perder su trabajo y el cinismo de quienes monetizan la persecución simulada, el lenguaje termina pagando el costo. Nos hemos acostumbrado a hablarle a las personas como si le habláramos a una hoja de cálculo, convencidos de que somos rebeldes cuando, en realidad, solo estamos bailando al ritmo de la paranoia o del negocio ajeno.
En el campo de la sexualidad ceo que esto termina siempre perjudicando a los usuarios y, sobre todo, a aquellos que precisan una atención mas cuidadosa y certera. La ciencia debe discutir con mayor fortaleza la presencia de los timadores de la atención que, para mi, también son los embaucadores del discurso.
El sexo siempre es importante, la sexualidad, la que cuenta nuestra biografía lo es mucho mas.
(la imagen fue creada con IA)