
Militar por
una causa que se considera justo es fundamental. No hay margen para las dudas.
La militancia, lo sabemos con poquito que nos pongamos a ver la historia,
genera la fuerza necesaria para cambiar lo urgente y necesario, transformándolo
en un cambio tangible. Sin militancia no habría tantos derechos que se
demoraron demasiado en hacerse presentes. La militancia es una lucha de un
grupo de personas por algo que se pretende. Es una fuerza que buscar modificar
el entorno social y es muy pragmática. Por eso es lógico que deba ser un
movimiento homogéneo en la idea que se busca y sin muchos grises. Está claro
que así funciona. Está bien esto. Lo militante necesita eso, porque su rol es
otro es la fuerza de cierto poder, es el estallido que golpea la mesa y abre
puertas. Pero hace falta la otra instancia. Porque ese movimiento vital, debe
pasar, en algún momento, a la instancia constructiva de nuevos marcos, nuevas
políticas, nuevas leyes, nuevos comportamientos. Allí donde se concreta hace
falta otras modalidades de acción que lo consigan. Porque para que algo
funcione es necesario construir consensos, discutir hipótesis y, estoy
completamente convencido, aplicar el pensamiento crítico operativo. Esto no es
otra cosa que alguien actúe como abogado del diablo. Si esa persona es callada,
no se puede expresar, el proceso no se concreta positivamente. Eso es crucial
para ser eficaces o más productivos. El abogado del diablo no puede ser
militante. Pero quien puede llevar adelante el cambio, necesita hacerlo.
En la discusión actual las personas deben participar lo más que puedan, pero no solamente como militantes, sino como quienes pueden aplicar el cambio o generar las condiciones para que ese cambio sea realista, rápido y eficaz.
El militante
es capaz de silenciar –hasta es lo indicado en la militancia- al que se opone.
Las ideas son blanco y negro. O estas a favor de lo que digo, o estas en contra,
lo que conlleva que estés equivocado. En ese campo esto es lógico. Hay algo de
fanatismo inocultable. Insisto, hay instancias especiales donde esa militancia
es vital, porque mueve los paradigmas existentes y arrastra con energía vientos
de cambio. La humanidad consiguió más derechos cuando esa militancia actúo para
decir Basta, por aquí no, por allí sí. Sin matices y de forma coordinada y
contundente.
Pero,
luego, en algún momento que se comprendió que el tema necesita un cambio, las
personas deben pasar a ser capaces de otra discusión, que lleva al tema
militante al terreno de la operacionalización critica de la realidad (Arquitectura
Operativa del Cambio), que siempre es interrelacional, contextual y habitado
por personas con un pensamiento crítico operativo. Allí no sólo son las
certezas de las personas las que juegan, sino, también, la capacidad de
análisis de los escenarios, aun de los distintos. Aquí es ese pensamiento
crítico operativo el que debe reinar, actuar y, sobre todo, generar preguntas
incomodas que faciliten que el cambio sea real, durable y positivo. Pero,
aclaremos, no es una visión teórica que navega en el razonamiento infinito,
sino la búsqueda concreta, específica y dirigida de los cambios que la
militancia pretende. No es la visión de la discusión sin fin, la
intelectualización sin propósito y la vuelta al mundo eterna en palabras. Es un
proceso racional sobre el tema que la militancia motoriza para hacer que el
cambio sea habitable, concreto y con la mayor rapidez que el cambio lo permita.
No es la serenidad y prudencia como disruptores del andar, sino ellos como
actores concretos del avance.
En el
terreno de la sexualidad, ambos espacios -militancia y cambio operativo- son
necesarios. Sólo que estimo que "l problema surge cuando la militancia
pretende ocupar el espacio de la operatividad, el ciertas ocasiones. Para ser
más claro, la militancia acelera –supuestamente- el cambio de paradigma, pero creo
que en realidad genera más anticuerpos para el cambio, porque el cambio surge
del poder circunstancial y no de la creación crítica del conocimiento que
genera autoridad que, en el terreno de la sexualidad, debe basarse en los
Derechos Humanos, principalmente. Es más, si la militancia no permite crear,
alimentar y defender ese espacio operativo, separado de lo militante, el cambio
es superfluo, basado en el poder y siempre genera conductas reactivas y, con
ello, retrasamos el camino para el cambio o dejamos a mucha gente vulnerable
fuera de los mecanismos protectores. Por eso la militancia puede cambiar, por
ejemplo, una ley, pero el cambio operativo real produce cambios en los vínculos
y eso hace que el cambio sea más real porque nace adentro de uno.
Mientras lo
militante acalla los discursos que dudan, que se oponen, que cuestiona, el
cambio operativo crítico de-construye los discursos para crear nuevas certezas
compartidas, busca que los opuestos no se opongan, sino que toleren y
participen y toma los cuestionamientos como fuerza de crecimiento. Porque el
que está en contra de esta o aquella militancia forma parte de la sociedad que
debe cambiar. Como se incluye el proceso de cambio. Es la pregunta que una praxis
crítica debe solucionar. Obviamente, creo que el silencio de los opositores no
es el camino. Eso no implica que haya urgencias que necesitan el peso de una
ley ya, aunque no estemos convencidos. Cuando algo hace daño inmediato, la
solución es urgente, sin dilaciones. Hay momentos donde la operatividad se
concreta por el grito de alerta urgente. Esto también debemos diferenciar.
A lo que
apunto no es la instancia esa, sino a la construcción de cualquier cambio. Eso
siempre conlleva escuchar al otro, al diferente, al incomodo, al retrógrado,
quizás. Porque desde esa escucha activa, dejando que el otro se exprese, se
puede construir de otro modo. Pero sin confundir el exponer ideas a permitir
cualquier acción. La sutil diferencia que siempre hay entre alimentar vínculos
a través de la empatía, generar obligaciones a partir de un bien común y la
tolerancia con lo que no concordamos. Permitir el disenso no es aceptar que se
violen los Derechos Humanos NUNCA
JAMÁS. Aunque me parece ridículo aclarar esto, siento que
estamos en tiempos donde aclarar lo obvio, es una necesidad de protegerse ante
el mecanismo de poder intolerante que usan los necios y, en ocasiones, ellos
están en la mejor militancia.