viernes, octubre 09, 2026

Enhebrando nuestra prisión

 
Todos hablamos desde nuestras propias expectativas, miedos, deseos y ambiciones, atravesados siempre por nuestros contextos culturales. No estamos libres de decir aquello que cierta parte de nosotros cree que le corresponde decir, para bien o para mal. Esto no significa que no seamos honestos, sino que operamos con filtros incorporados que hacen que no siempre midamos todo lo que expresamos; liberamos las palabras en función de lo que nos han enseñado que corresponde, sea de forma explícita o implícita. Nuestros discursos siempre están gobernados por esa lógica. Por supuesto, cuanto más ejercitamos el pensamiento crítico, más cuidadosos y prolijos intentamos ser, pero nadie escapa a las generales de la ley. Por eso, a veces a quien viene de afuera le sorprende que las conversaciones de determinado grupo sean repetitivas y constantes: hablan de lo que consideran obvio, no lo ven como un problema sino como algo lógico, preguntándose de qué otra cosa convendría hablar. No perciben su propia insistencia porque se evalúan a partir de su propio patrón de normalidad.

Entre los profesionales de mi ciudad noto una marcada insistencia en hacer mención a lo ocupados que están, a cómo viven corriendo y a que no tienen tiempo para nada. Esta narrativa se ha convertido en un símbolo de estatus cultural y profesional que se retroalimenta a través de tres factores principales:

  • Un síntoma de gestión deficiente: En primer lugar, sostener que no hay tiempo para nada suele ser una postura exaggerated. En el fondo, refleja un déficit en la gestión del tiempo y en la capacidad de establecer prioridades o límites, confundiendo la hiperactividad constante con la eficiencia real.
  • Un impacto directo en la salud mental: En segundo lugar, este hábito resulta francamente contraproducente para el bienestar. Hablar permanentemente desde la escasez de tiempo obliga a la mente a operar en un estado de urgencia sostenido, incrementando los niveles de estrés e insatisfacción.
  • La cultura del self-made y el rendimiento discursivo: Por último, este fenómeno se apoya en la cultura del self-made, que rinde culto a la productividad, la originalidad y la creatividad autoinducidas. En este marco, el valor del individuo ya no necesita validarse en hechos o resultados concretos de la realidad, sino únicamente en la construcción de un discurso socialmente aceptado. Estar «desbordado» funciona como la prueba visible de un mérito individual que no exige mayor comprobación empírica.

Esto no quita, por supuesto, que existan personas que realmente trabajan muchísimo y cuyos márgenes de tiempo libre son casi nulos. Sin embargo, aun en esos escenarios extremos, subyace con frecuencia el problema de una gestión deficiente del tiempo o el error recurrente de postergar las instancias de ocio creativo y de placer necesario para un futuro siempre postergado. No aprender a gestionar la propia paz interior —ocultándola o anestesiándola bajo un cúmulo constante de tareas— representa un inconveniente grave que termina funcionando como la coartada perfecta para automutilarse de lo fundamental.

Al mismo tiempo que opera como fachada frente a los demás, esta narrativa se convierte en una trampa en la que caemos sin darnos cuenta. Al asumir e interiorizar este guión, nos birlamos la posibilidad de habitar la calma, la armonía y, sobre todo, el placer personal y la satisfacción de simplemente ser. Nos autoexpropiamos el ocio legítimo a cambio de la validación discursiva.

Como bien señalaba el filósofo Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio: "El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo... La hiperactividad, la hipervinculación y la hipercomunicación no son signos de libertad, sino una nueva forma de esclavitud que destruye la capacidad de contemplación y la calma."

Al final, este discurso repetitivo se transforma en un filtro invisible: una prisión elegida donde la ocupación crónica opera como la credencial requerida para pertenecer, aun al costo de perder la propia tranquilidad.

 

8/10/2026

miércoles, octubre 07, 2026

Diplomacia para la transición




 «El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer. En los momentos de cambio, la continuidad de lo útil es la verdadera fuerza del caminante.»

Inspirado en El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld


 

Recién, hablando con un colega sobre una serie de cambios, me mencionaba que la transición entre lo viejo y lo nuevo nunca debe ser un corte tajante, sino un proceso paulatino. Esto me hizo pensar de inmediato en la idea de una "diplomacia de la transición", un concepto con un fuerte paralelo en el ámbito terapéutico: en terapia se busca que cada sesión cierre con un punto firme o un islote de seguridad donde la persona sienta que está bien parada. Remarcar estos elementos facilita el avance y hace que el siguiente paso sea mucho más aceptable.

Muchas veces, la clave de todo proceso radica en esa transición. Moverse hacia algo nuevo con la convicción de que es mejor y que lo anterior debe dejarse de lado por obsoleto no exige un corte abrupto. Lo viejo aún se sigue utilizando y, como dice la célebre premisa de El Eternauta, hay ocasiones en que lo viejo todavía sirve. Sin embargo, el cambio sigue siendo inevitable en muchos escenarios.

Una verdadera diplomacia de la transición facilitaría que las personas adopten las novedades de forma más natural. ¿Tiene que ver con la empatía? Sin duda. ¿Con habilidades comunicacionales? También. Y, fundamentalmente, con el pensamiento crítico.

Llevar esto a la práctica no siempre es sencillo, ya que no todos contamos con estas competencias de antemano. No obstante, la adquisición de estas habilidades solo comienza cuando uno reconoce las propias limitaciones —o las del proceso en curso— y mantiene la convicción clara de a dónde se quiere llegar.

martes, octubre 06, 2026

Pensando en democracia

 

En una democracia, las reglas del juego tienen que estar suficientemente claras para que quienes
son elegidos establezcan verdades, límites o criterios de gestión; no necesariamente por ser los mejores, sino por una actitud democrática frente a la propuesta opuesta. Lo importante es que la propuesta que se aplica represente a alguna mayoría.

Recuerdo que, en su momento, un partido holandés (el Partij voor Naastenliefde, Vrijheid en Diversiteit o PNVD, a mediados de los 2000) quiso presentarse a elecciones con una plataforma para autorizar el sexo con menores; es decir, para que no fuera punible la pedofilia. Pese a las impugnaciones, el poder electoral dispuso que sí podía competir. El partido no ganó ni consiguió adeptos, lo que demuestra la salud del conjunto de la sociedad. Este hecho, para mí, muestra el valor de la democracia por la premisa de cómo aceptamos aquello que no nos gusta y que la gente tiene derecho a votar, aun cuando para nosotros sea moralmente reprochable. Una suerte de confianza en la lógica de lo bueno.

Esta reflexión viene a cuento de la tensión entre "izquierda" y "derecha" que se observa en el mundo, con ciertos gobiernos elegidos que representan una ideología que promueve un retroceso en los derechos o en el bienestar de los sectores más vulnerables. Es decir, donde políticas erróneamente llamadas "liberales" avanzan en contra de las políticas de corte social. No se trata de dictaduras, sino de un sistema donde la mayoría elige esa opción, lo cual constituye el principio democrático.

A quienes estamos del otro lado nos resulta incómodo que gane un gobierno que incumple compromisos o sostiene un discurso "antiderechos". Ante esto, la reacción habitual es señalar y criticar a ese electorado, pero lo que realmente falta es que el propio bando intente comprender qué debe cambiar para evitar que eso pase.

Sobre todo, creo necesario llamar la atención sobre el hecho de que la llamada izquierda progresista o pro-derechos no ha dejado de ser elegida por azar o manipulación ajena, sino por deficiencias propias: aunque su discurso consigue adeptos, la gente percibe que no ha sido eficaz en la gestión. Pero el problema es aún más profundo e indica algo muy negativo: si el enemigo, el villano o el "antiderechos" es siempre el otro, lo propio se asume como impoluto y, por ende, exento de revisión.

Para mí, el corazón del asunto pasa por la corrupción y el abuso del poder político, elementos que este sector ignora en su propia autocrítica. No porque la vereda opuesta no los tenga, sino porque no forman parte de su discurso ni existe una reflexión sobre cómo regular su propio ejercicio del poder. Se cae así en una lógica peligrosa: la idea de que somos los buenos por el solo hecho de serlo y que, por esa supuesta condición moral, no tenemos por qué cuestionar lo que hacemos.

He defendido en otros espacios que el progreso de un sistema democrático solo será posible cuando uno mismo sea capaz de aplicar el pensamiento crítico sobre su propia ideología. Esto no es más que analizar las falencias y promover soluciones operativas que mejoren la realidad. Eso siempre estará lejos de solo señalar que los otros son malos y horribles y que por eso nosotros somos la única opción.

La democracia solo crecerá como espacio para habitar cuando comprendamos que lo que hay que ganar no es una elección ni una discusión ideológica, sino el progreso para todos y todas, lo que incluye ser incluidos, reconocidos y dignificados. Mientras eso no pase, seguiremos atrapados en la discusión de quién abusa del poder al ser elegido para pagar el costo de haber llegado.

 

 

6/10/2026

lunes, octubre 05, 2026

De la etiqueta al prejuicio: por qué generalizar es un tropiezo de la razón

Hace un par de años mantuve un tenso intercambio con un colega médico brasileño. A
propósito de una discusión futbolera, acusó a la hinchada de mi equipo de racista y estiró su veredicto a toda la Argentina. La generalización me pareció desmedida y, por ende, injusto el brochazo grueso. 
El clima mediático post-Mundial y los procesos judiciales iniciados en Brasil contra turistas argentinos por gestos discriminatorios no hicieron más que echar leña al fuego. La etiqueta quedó flotando en el aire. 

Sin embargo, el escenario político dio una vuelta de tuerca. Con el triunfo del candidato de extrema derecha sobre la opción progresista en las elecciones brasileñas, cabe aplicar el mismo espejo: ¿convertiría eso a todos los brasileños en fascistas? Asumo que mi colega reaccionaría con indignación ante semejante afirmación. Y tendría razón.

El ejemplo expone la trampa: generalizar es reducir al otro a su mínima expresión. Se eliminan los matices, se desprecia la diversidad y se borran los contextos. Toda generalización representa, en el fondo, un tropiezo de la razón. No se trata solo de un error conceptual o de una disonancia cognitiva; es una lógica orientada a estructurar un dispositivo de poder, una forma mecánica de trazar fronteras entre "lo bueno" y "lo malo".

Recordaba hace poco el verso de una poetisa, quien escribía sobre «los jueces que اندan poniendo sellos en la frente, y uno ve el sello y no la frente». Nos hemos acostumbrado a eso: a juzgar la etiqueta en lugar de mirar al individuo.

Es innegable que el estereotipo resulta funcional. Nos permite andar por la vida tranquilos, nos brinda una falsa fortaleza y simplifica la complejidad del mundo exterior. Sin embargo, recurrir a él como método de análisis destruye cualquier posibilidad de tender puentes entre diferentes grupos sociales. Defiendo la premisa de que es posible —y necesario— identificar patrones de comportamiento y de reacción en las sociedades. Pero los patrones responden a una lógica muy distinta: ofrecen una herramienta para el análisis detallado, riguroso y científico. Mientras el patrón busca comprender la complejidad, la generalización la suprime de un plumazo.

Desde luego, rechazar la generalización no implica esconder la realidad bajo la alfombra. Nada de esto quita la certeza de que existen personas que tienen incorporado el racismo como conducta o que actúan desde un fascismo cotidiano al relacionarse con el universo. Cuestionar la etiqueta apresurada no busca minimizar ni invisibilizar esos comportamientos; al contrario, señalar que la masa no es homogénea no exime de responsabilidad a quienes sí generan ese impacto tan nocivo sobre el conjunto.

Si insistimos en simplificar al otro para tranquilizar la conciencia, terminaremos construyendo una sociedad global mutilada: incauta, incapaz de entender la alteridad y ciega ante nuestras verdaderas posibilidades de encuentro.

jueves, octubre 01, 2026

La paradoja de la muerte, el límite de la medicina y el arte de acompañar



 «El dolor de ahora es parte de la felicidad de antes. Ese es el trato.»

C. S. Lewis, Una pena en observación

 

La muerte es profundamente paradójica. Por un lado, tenemos evidencia de sobra sobre su existencia y sobre el papel que cumple: la ausencia total e irreversible de quien fallece. Por otro lado, presenciamos a diario sus distintas expresiones: existen muertes que hubieran sido prevenibles, otras más o menos lógicas, muertes profundamente injustas y, tal vez —aunque nos cueste reconocerlo—, muertes que se sienten justas o liberadoras. Sin embargo, aun la muerte más lógica e inevitable, cuando toca a alguien cercano, la experimentamos como algo insoportable.

En este contexto, resulta fácil apelar a las emociones, porque todos compartimos la experiencia vital de la pérdida y, de algún modo, hemos atravesado el duelo. Cabe preguntarse si esa saturación de mensajes marcadamente emocionales a la que recurrimos con frecuencia no es, en el fondo, una forma mecánica o un escudo racional para protegernos frente a lo ineludible.

Sabemos que acompañar la muerte es difícil. Sin embargo, más complejo aún que acompañar la muerte es acompañar la agonía. La muerte como evento puntual puede ser relativamente excepcional en la rutina de muchos médicos, salvo en ciertas especialidades de alta complejidad o cuidados intensivos. A pesar de ello, cuando la muerte ocurre, suele percibirse como la prueba fehaciente de que la medicina ha fallado y de que hemos tropezado con nuestros propios límites. Esto sucede porque el sistema de salud y la formación profesional nos siguen moldeando bajo la fantasía implícita de que debemos actuar como salvadores.

Al quedar atrapados en esa lógica de la cura a toda costa, olvidamos a menudo lo esencial: que la función principal de la medicina no siempre es vencer a la biología, sino saber cómo acompañar y ofrecer un consuelo genuino a quien padece. Y brindar consuelo exige tiempo.

Este no es un recurso que abunde en las agendas sobrecargadas ni en las dinámicas institucionales actuales. Sin embargo, disponer de él exige, sobre todo, la valentía profesional de pausar, sostener la mirada ante lo irreparable y aceptar la finitud humana sin huir detrás de la técnica o de los discursos prefabricados.

A veces, quizás, todo consiste en pensar y actuar lo que es obvio, tal como nos recuerda Saramago en su Ensayo sobre la ceguera: «Pienso que no nos quedamos ciegos, pienso que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven [...] Acompañar a alguien en el dolor no es quitarle la pena, es no dejarlo solo con ella.

Evolución o indiferencia: formas de habitar la diferencia

 

«Lo opuesto del amor no es el odio, es la indiferencia.» — Elie Wiesel

 Todo aquello que se aparta de la norma, sea una forma, un comportamiento, un ritual o el simple tono de la piel, interrumpe lo cotidiano. En su estado más puro, la diferencia irrumpe en la rutina y quiebra lo que nuestro cerebro ha registrado como "lo habitual": nos llama la atención, convoca la mirada, interpela nuestras ideas y remueve nuestras creencias más profundas. Si alguien está habituado a un entorno donde predomina la piel blanca, la irrupción de una piel profundamente negra rompe esa hegemonía perceptual. No es un acto hostil ni extraordinario en sí mismo; es, simplemente, la diversidad humana manifestándose frente a nuestros esquemas preconcebidos.

Sin embargo, esa irrupción exige una respuesta y termina moldeando nuestro comportamiento. En el contexto actual, destacan dos posturas encontradas. La primera es sintomática de nuestra época: la desatención pragmática. Para no ser perturbados ni obligados a revisar nuestras certezas, elegimos la anestesia de la indiferencia. Vivimos en una era donde el otro importa cada vez menos; lo que se sale de la norma deja de inquietar no por una tolerancia real o una empatía sincera, sino por puro egoísmo: mientras no se cruce en mi camino ni obstaculice mi marcha, me resulta irrelevante. Aquí enfrentamos una involución ética grave: la invisibilización del prójimo bajo la excusa de la rutina.

Por el contrario, la auténtica respuesta evolutiva ante lo no habitual debiera ser la apertura activa: la curiosidad legítima, el cobijo, la protección y la disposición a ser interpelados por la alteridad. Lo que realmente define a una sociedad no es la uniformidad de sus integrantes, sino cómo educamos nuestras conductas cuando irrumpe lo inesperado. El desafío ético no radica en la existencia de la norma, sino en decidir si nuestras acciones frente al otro nacerán del prejuicio, el miedo y la discriminación, o de la madurez necesaria para abrazar lo inevitable: la incalculable riqueza de la diversidad humana.

Por esto es que esta frase, entonces tiene un sentido definitivo e imprescindible: «Educarnos ante la diferencia no es un acto de condescendencia, sino la única prueba irrefutable de nuestra propia humanidad.»

miércoles, septiembre 30, 2026

La pregunta importante sobre el uso de la IA

 Un verano, aburrido en mi adolescencia, hice un curso en la Academia Pittman para ser mecanógrafo. Poco después, mi padre me regaló una máquina de escribir. Fue casi inmediato: empecé a redactar mis cartas en ella, porque soy de esa época en que nos escribíamos cartas. Aunque algunos decían que no era algo del todo personal, yo las enviaba escritas a máquina y generaban emoción. Tal vez por lo obvio: la máquina escribía exactamente lo que yo tipeaba, mis ideas, mis emociones y mis sentimientos.

Por circunstancias de la vida, también fui uno de los primeros de mi entorno en tener correo electrónico, e impulsé a la gente con la que quería comunicarme a que también lo tuviera. El correo me facilitaba las cosas para escribir, pedir, reclamar o rogar.

Con esto quiero decir que incorporar tecnología nunca fue un problema para mí —y no porque fuera un sobredotado, sino porque la tecnología simplemente estaba allí, disponible—. Hoy en día también he incorporado la inteligencia artificial. Tengo ideas que llevan más de veinte años dando vueltas en mis escritos o presentaciones, y este año logré ordenar algunas de ellas pidiéndole a la IA que corrigiera lo que yo le dictaba, lo que me permitió concluir varios proyectos. Jamás le di autorización para redactar un artículo por su cuenta; simplemente ordenó lo que yo decidí expresar.

Si alguien lee un artículo mío previo a la IA y uno reciente, espero que encuentre las mismas ideas, pero con una redacción libre de mis viejos errores de tipeo o de concordancia. No lo veo mal, aunque cada quien es libre de opinar. Toda esta introducción es para decir lo evidente: estoy a favor de la tecnología, siempre. Creo que es una herramienta y, como tal, resulta profundamente útil.

Sin embargo, me encontré con una situación particular. Alguien a quien conozco, incapaz en el pasado de escribir la memoria conceptual de una obra de arte, de repente presenta textos impecables y llenos de citas. Sin acusar a nadie, me queda la sospecha de que es producto de la IA. Comprendo que podrían decir lo mismo de mí; al final, compartimos el mismo escenario. Pero pensarlo así me lleva a una cuestión más profunda: ¿cómo hacemos para diferenciar lo producido por una máquina de lo generado por la mente humana? ¿Cómo evaluamos el pensamiento real de una persona?

Porque si adoptamos una herramienta que nos reemplaza con tanta facilidad y que, encima, lo hace "mejor", la situación se vuelve compleja. Y si a esto le sumamos un entorno evaluador al que se le ha limitado el pensamiento crítico como recurso fundamental, la pregunta inevitable es: ¿no estaremos provocando un daño irreversible, con consecuencias a corto, mediano y largo plazo? Pienso y no respondo, porque me preocupa que Isaac Asimov tuviera razón cuando dijo: «El aspecto más triste de la vida en este momento es que la ciencia reúne el conocimiento más rápido de lo que la sociedad reúne la sabiduría».


La imagen fue creada por la IA

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