Las mujeres no son perfectas. Nunca lo fueron. Nunca lo serán. Los hombres tampoco, porque la imperfección y la mortalidad son la norma de lo humano. Así de simples son las cosas.
Dentro de ese
universo, hay mujeres que se convierten en madres. No por un instinto
inevitable ni porque sea un mandato biológico que las defina por completo.
Algunas lo hacen por decisión, otras por circunstancias, y algunas
lamentablemente por contextos de violencia o imposición que debemos nombrar y
erradicar. Sin embargo, aun frente a la presión o a las expectativas culturales
que históricamente han buscado marcarles el camino, muchas de ellas deciden
reapropiarse de ese rol, asumiéndolo desde la autonomía y transformándolo a su
propia manera. No hay nada como el consentimiento verdaderamente ejercido y
desarrollado; eso siempre debe ser un norte, y al ser un norte, implica una
decisión activa de vida.
Ahí es donde
parece que lo que más se acerca a la belleza es pensar en una madre. No por un
destino mágico, sino porque muchas han sabido ser creativas en la carencia,
operativas en lo cotidiano, enérgicas en la defensa y sublimes en la entrega.
¿Siempre? No, obviamente que no. Pero la sociedad sostiene su día a día porque
ellas han puesto el cuerpo para que la vida continúe; porque, muchas veces en
la soledad o en la falta de apoyo, logran hacer comida. La comida física, por
supuesto, pero sobre todo aquella que alimenta sueños, desarrolla capacidades y
sostiene horizontes. Reconocer esa capacidad no significa glorificar la
precariedad ni exigirles heroicidad, sino visibilizar el valor incalculable de
un trabajo de cuidado que no puede seguir recayendo solo sobre sus hombros.
He defendido que
una madre suele ser la testigo preferencial de nuestra vida. Sabe con claridad
nuestras falencias, nuestros déficits, nuestras debilidades y nuestras
vergüenzas. Con ese conocimiento, decide ser refugio. Un refugio que a menudo
cuesta cansancio, dudas y renuncias invisibles. Por eso, acompañar a una madre
también exige garantizar que no tenga que anularse a sí misma para cuidar a
otros: su vida, sus deseos y su espacio personal son tan sagrados como su
capacidad de proteger.
En este Día de la
Madre, evocar a esa persona nos invita a reflexionar con la esperanza de que
todas las maternidades puedan vivirse con libertad, dignidad y respaldo. Ojalá
nos imaginemos y construyamos un mundo así.
Y si todo esto
fuera poco, yo estoy orgulloso de ser padre, y sé que solo puedo serlo porque
una mujer puso la vida, el cuerpo y la decisión para que así fuera. Eso no se
salda con estatuas ni con palabras bonitas: se honra asumiendo con empatía y en
igualdad la corresponsabilidad real de la crianza, reconociendo un hecho
indudable que no solo tiene un valor afectivo, sino una trascendencia social
profunda e impagable.






