miércoles, octubre 14, 2026

La ilusión de la voz a solas: sobre la novedad, el público y la escucha

El mundo es vasto y diverso, pero no es infinito. Como recordaba Borges, gran parte de lo que pensamos o decimos ya ha sido pensado o dicho; toda reflexión se erige sobre el sedimento de ideas previas. Si entendemos la originalidad en su sentido estricto —como una creación pura sin antecedentes—, esta resulta ser una ilusión. Hasta la ciencia se erige siempre sobre hombros de gigantes. Lo que llamamos originalidad no es la invención de la materia, sino la novedad en la forma: la astucia de una mirada que reordena los recursos del lenguaje. Un poeta no inventa las palabras, pero sí una metáfora inédita; una novela negra no inventa el crimen ni la investigación, sino el prisma y el ritmo con que expone la condición humana. Con la ciencia ocurre algo semejante: descubrimos soluciones a antiguos problemas a partir de las respuestas parciales que existieron antes. Así vamos tejiendo la madeja del conocimiento, la perspectiva de la sensibilidad y la elocuencia de los deseos.

Esta finitud del pensamiento humano plantea un dilema en la comunicación: ¿por qué unas ideas encuentran eco y otras se pierden en el silencio? Frecuentemente caemos en la tentación de juzgar el valor de un discurso por la respuesta que genera, pero la sociología del mensaje demuestra que la calidad intrínseca de una idea y su popularidad corren por carriles distintos. Una propuesta brillante o disruptiva puede ser incomprendida o rechazada por exigir un esfuerzo cognitivo que el entorno no está dispuesto a realizar. Por el contrario, ideas inconsistentes, falsas o desprovistas de rigor —como las narrativas terraplanistas o antivacunas— logran articular comunidades fervorosas no por su veracidad, sino porque satisfacen necesidades de pertenencia o identidad.

Por lo tanto, la ausencia de respuesta no siempre refleja la calidad de lo que se dice. A menudo, el silencio solo señala un desajuste de contexto: estamos hablándole, en ese momento, a las piedras. Y la honestidad intelectual exige reconocer que la regla es simétrica: nosotros también somos las piedras de otros cuando ignoramos discursos que no apelan a nuestros intereses o esquemas previos. La atención humana es un recurso limitado.

Sin embargo, el acto comunicativo encuentra su forma más noble no en la masa que aplaude, sino en el encuentro analítico. Existe un tipo de interlocutor excepcional: aquel que, aun sabiendo mucho más sobre el tema que se plantea, decide escuchar con curiosidad activa. No nos concede la razón por complacencia, sino que nos otorga el espacio para articular el pensamiento, ejerciendo una empatía que es, en el fondo, un acto de dignidad y rigor intelectual.

En última instancia, antes de calificar una idea como genial o descartarla por fracasada, conviene revisar el mapa de la interacción. Cuando lo que decimos no encuentra resonancia, no siempre se trata de una falla en la emisión ni de la invalidez del mensaje; muchas veces es simplemente la evidencia de estar hablándole al auditorio equivocado. Esto se complica severamente cuando el auditorio es, supuestamente, el correcto, pues allí entran en juego las dinámicas de siempre: deseo, poder e interés. El único auditorio capaz de seguir una idea es aquel que desarrolla una intensa ética del cuidado, la que reconoce el deseo latente en el escuchar o la que asume el acto de escuchar como una oportunidad.

Aprender lo obvio —que solo hablamos para quienes nos escuchan— implica ser cuidadosos con las palabras, pero también ser perspicaces para reconocer a nuestros interlocutores. Y exige, desde luego, darnos cuenta de que nosotros también somos esos que escuchan.

martes, octubre 13, 2026

La tiranía de la palabra vacía: entre la narrativa y el hecho y nuevamente la palabra.

En nuestra época, signada por la hipervisibilidad digital y la inmediatez, asistimos a una paradoja incómoda. Aunque la tensión entre el discurso y la conducta es una constante en la historia humana, el entorno contemporáneo ha profundizado esa brecha de manera inédita. A pesar de llevar décadas pregonando el pensamiento crítico y de contar con tecnología diseñada para alertarnos sobre la manipulación, la distancia entre lo que se declara y lo que se ejecuta no solo persiste, sino que encuentra en las plataformas actuales un terreno fértil para ensancharse. A esto se suma el surgimiento de la inteligencia artificial como un recurso masivo para embellecer el discurso; una herramienta al alcance de todos, incluida esta columna y su autor.

Pero volvamos al eje central. El problema no reside en el lenguaje en sí, que es condición sine qua non de nuestra identidad y herramienta clave para construir marcos éticos e inspirar transformaciones, sino en el incentivo perverso de la adhesión puramente declarativa. En diversos ámbitos, la construcción de una narrativa impecable se ha convertido en una vía de bajo costo para obtener validación social. La tecnología, insisto, nos ha permitido empaquetar esa impecabilidad con elegancia. Decir lo correcto, y decirlo cada vez mejor, genera una ilusión inmediata de virtud donde rara vez se exige costo personal, esfuerzo o consistencia en el tiempo. Se corre así el riesgo de caer en una homogeneización superficial donde el compromiso ético se reduce a la repetición del libreto adecuado.

Frente a esta dinámica, la acción real enfrenta una clara desventaja. Hablar no cuesta nada; actuar, en cambio, exige tiempo, rigor, exposición al error y una constante disposición a la autocrítica. La práctica incomoda y expone nuestras limitaciones. Por eso, en una arquitectura mediática que premia la velocidad y la postura instantánea por encima del proceso lento, resulta tentador elegir el atajo de la declaración y abandonar la tarea más compleja: traducir la acción en una palabra empeñada con cuidado y compromiso.

Incluso el impulso genuino de actuar con integridad suele chocar contra el cinismo del entorno: un clima social hipervigilante que, acostumbrado al cálculo reputacional, reacciona a menudo con sospecha ante la conducta ajena, buscando el defecto que devuelva a todos al mismo nivel.

Recuperar la dignidad de la palabra no implica despreciarla frente al pragmatismo, sino exigir que vuelva a ser un compromiso real con la realidad. Las narrativas inspiran y marcan el rumbo, pero son las conductas, la gestión de la complejidad y la capacidad de sostener lo dicho en los hechos las que finalmente sostienen a una sociedad, una institución o una vida.


(La imagen fue generada por Gemini)

El prejuicio invisible también daña

 Aunque la psicología ha logrado clasificar y medir las familias de sesgos que nos condicionan, la forma en que estos se combinan en la vida diaria desborda cualquier catálogo. Contar sus manifestaciones cotidianas es como pretender rastrear cada grieta de un muro en constante expansión: no son objetos finitos ni listas cerradas, sino la estructura misma con la que la mente simplifica una realidad demasiado vasta. La psicología y la sociología han catalogado decenas de sesgos —por género, edad, clase, origen o postura política—, pero en la práctica funcionan como una matriz fluida.

Necesitamos categorías mentales para no colapsar ante la complejidad del entorno. Algunos atajos cognitivos nos permiten movernos por el mundo de forma eficiente y sin complicaciones; sin embargo, cuando esa simplificación se transforma en prejuicio, el daño hacia el otro se vuelve inevitable, afectando de manera directa a las personas.

El verdadero misterio del prejuicio no reside únicamente en su abundancia, sino en su textura y en su manifestación. El prejuicio no es un bloque monocromático ni se reduce al estereotipo estridente; su espectro abarca desde la evidencia directa hasta la invisibilidad.

Existe, por un lado, el prejuicio explícito, aquel de color primario y estridente que opera por sobreasociación: la asignación automática de una conducta a un individuo por el mero hecho de pertenecer a un grupo. Es la forma más identificable y debatida; representa la superficie del problema sobre la cual se asienta la discriminación que habitualmente se combate, se denuncia y se procura equilibrar.

Mucho más profundo es el prejuicio transparente, el del punto ciego. Este no actúa señalando abiertamente, sino omitiendo. Ocurre cuando nos topamos con alguien que rompe los esquemas habituales y no responde a ningún estereotipo conocido. Ante esta falta de etiqueta clara, la mente experimenta una disonancia: nota la diferencia, pero al no encontrar una casilla inmediata donde depositar a esa persona, rehúye el esfuerzo de comprenderla. Esa desconexión desemboca en la invisibilización: no saber cómo clasificar a alguien se convierte en la excusa perfecta para marginarlo de la conversación, negando su individualidad simplemente porque no encaja en la narrativa previa.

Finalmente está el prejuicio gris, esa desconfianza difusa que se alimenta de lo indeterminado, aquello por lo cual "nunca queda claro" la razón del rechazo. Es el terreno donde el sesgo implícito moldea la percepción y alimenta evaluaciones afectivas automáticas. Antes de que el pensamiento racional formule una sola palabra, el cerebro procesa microexpresiones, tonos de voz, gestos o la simple ruptura de una norma no escrita, generando una sensación sutil de incomodidad. Al carecer de un motivo explícito —como la vestimenta o el origen—, la razón acude al rescate inventando justificaciones ambiguas: "hay algo en esa persona que no me cierra".

El cerebro humano es un órgano economizador de energía que aborrece el vacío interpretativo. Cuando alguien no encaja en los estereotipos familiares ni ofrece una etiqueta clara, esa falta de clasificación genera incertidumbre, y la incertidumbre, casi por instinto, suele traducirse en reserva, distancia o rechazo.

Por eso, en algún momento deberíamos detener el juicio externo e indagar hacia adentro: ¿hemos sufrido nosotros algún prejuicio? Y, sobre todo, ¿qué tipo de sesgos o actitudes sutiles estamos haciendo sufrir a los demás?

Nadie está del todo a salvo. A veces, hasta quienes se consideran más abiertos, progresistas o empáticos ejercen, de vez en cuando, actos sutiles e inadvertidos de discriminación. Es un prejuicio velado que cae sobre quien ni siquiera puede defenderse, sencillamente porque jamás llega a entender la causa real de la distancia o del rechazo. El prejuicio más peligroso no es siempre el que grita un estereotipo, sino el que susurra una desconfianza sin nombre o condena a la invisibilidad a todo lo que no sabe catalogar.

viernes, octubre 09, 2026

Resistir

Resistir tiene que ver con oponer fuerza, pero con el propósito noble de no ceder, no romperse y no desaparecer. En el fondo, resistir es asumir el compromiso irrenunciable con las propias convicciones; es hacer el esfuerzo consciente de seguir habitando en el lugar donde uno cree que debe estar. No se trata necesariamente de cambiar el mundo, sino de demostrar que existen límites que no deben ser cruzados.

En estas épocas tan complejas, nos encontramos con una política que exhibe la fuerza con excesivo desparpajo, mientras que otra parte de la misma política ha sido la encargada de sentar las bases para que esto suceda. Vivimos en un contexto donde se asume que tener poder implica imponer, alejándose de cualquier consenso para establecer sentencias arbitrarias.

Por eso, en estos tiempos convulsos, resistir es un acto indisolublemente asociado a la dignidad. No es solo una postura ética: es una forma de estar en el mundo y de vivirlo; es una forma de identidad que vale la pena remarcar.

A primera vista, resistir parece un simple acto de rebeldía. En realidad, es lo que nos hace profundamente humanos: es permitirnos demostrar que la convicción tiene temple, y que saber lo que se quiere implica comprender que el esfuerzo vale la pena.

Resistir no es la pelea activa; es comprender el valor incalculable de permanecer de pie. Es la certeza de que la propia existencia tiene sentido. Sin pretender dar ejemplo de nada, la resistencia termina marcando, de forma indirecta, la dignidad de estar, de creer, de sentir y de asumir quién se es. 

Enhebrando nuestra prisión

 
Todos hablamos desde nuestras propias expectativas, miedos, deseos y ambiciones, atravesados siempre por nuestros contextos culturales. No estamos libres de decir aquello que cierta parte de nosotros cree que le corresponde decir, para bien o para mal. Esto no significa que no seamos honestos, sino que operamos con filtros incorporados que hacen que no siempre midamos todo lo que expresamos; liberamos las palabras en función de lo que nos han enseñado que corresponde, sea de forma explícita o implícita. Nuestros discursos siempre están gobernados por esa lógica. Por supuesto, cuanto más ejercitamos el pensamiento crítico, más cuidadosos y prolijos intentamos ser, pero nadie escapa a las generales de la ley. Por eso, a veces a quien viene de afuera le sorprende que las conversaciones de determinado grupo sean repetitivas y constantes: hablan de lo que consideran obvio, no lo ven como un problema sino como algo lógico, preguntándose de qué otra cosa convendría hablar. No perciben su propia insistencia porque se evalúan a partir de su propio patrón de normalidad.

Entre los profesionales de mi ciudad noto una marcada insistencia en hacer mención a lo ocupados que están, a cómo viven corriendo y a que no tienen tiempo para nada. Esta narrativa se ha convertido en un símbolo de estatus cultural y profesional que se retroalimenta a través de tres factores principales:

  • Un síntoma de gestión deficiente: En primer lugar, sostener que no hay tiempo para nada suele ser una postura exaggerated. En el fondo, refleja un déficit en la gestión del tiempo y en la capacidad de establecer prioridades o límites, confundiendo la hiperactividad constante con la eficiencia real.
  • Un impacto directo en la salud mental: En segundo lugar, este hábito resulta francamente contraproducente para el bienestar. Hablar permanentemente desde la escasez de tiempo obliga a la mente a operar en un estado de urgencia sostenido, incrementando los niveles de estrés e insatisfacción.
  • La cultura del self-made y el rendimiento discursivo: Por último, este fenómeno se apoya en la cultura del self-made, que rinde culto a la productividad, la originalidad y la creatividad autoinducidas. En este marco, el valor del individuo ya no necesita validarse en hechos o resultados concretos de la realidad, sino únicamente en la construcción de un discurso socialmente aceptado. Estar «desbordado» funciona como la prueba visible de un mérito individual que no exige mayor comprobación empírica.

Esto no quita, por supuesto, que existan personas que realmente trabajan muchísimo y cuyos márgenes de tiempo libre son casi nulos. Sin embargo, aun en esos escenarios extremos, subyace con frecuencia el problema de una gestión deficiente del tiempo o el error recurrente de postergar las instancias de ocio creativo y de placer necesario para un futuro siempre postergado. No aprender a gestionar la propia paz interior —ocultándola o anestesiándola bajo un cúmulo constante de tareas— representa un inconveniente grave que termina funcionando como la coartada perfecta para automutilarse de lo fundamental.

Al mismo tiempo que opera como fachada frente a los demás, esta narrativa se convierte en una trampa en la que caemos sin darnos cuenta. Al asumir e interiorizar este guión, nos birlamos la posibilidad de habitar la calma, la armonía y, sobre todo, el placer personal y la satisfacción de simplemente ser. Nos autoexpropiamos el ocio legítimo a cambio de la validación discursiva.

Como bien señalaba el filósofo Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio: "El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo... La hiperactividad, la hipervinculación y la hipercomunicación no son signos de libertad, sino una nueva forma de esclavitud que destruye la capacidad de contemplación y la calma."

Al final, este discurso repetitivo se transforma en un filtro invisible: una prisión elegida donde la ocupación crónica opera como la credencial requerida para pertenecer, aun al costo de perder la propia tranquilidad.

 

8/10/2026

miércoles, octubre 07, 2026

Diplomacia para la transición




 «El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer. En los momentos de cambio, la continuidad de lo útil es la verdadera fuerza del caminante.»

Inspirado en El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld


 

Recién, hablando con un colega sobre una serie de cambios, me mencionaba que la transición entre lo viejo y lo nuevo nunca debe ser un corte tajante, sino un proceso paulatino. Esto me hizo pensar de inmediato en la idea de una "diplomacia de la transición", un concepto con un fuerte paralelo en el ámbito terapéutico: en terapia se busca que cada sesión cierre con un punto firme o un islote de seguridad donde la persona sienta que está bien parada. Remarcar estos elementos facilita el avance y hace que el siguiente paso sea mucho más aceptable.

Muchas veces, la clave de todo proceso radica en esa transición. Moverse hacia algo nuevo con la convicción de que es mejor y que lo anterior debe dejarse de lado por obsoleto no exige un corte abrupto. Lo viejo aún se sigue utilizando y, como dice la célebre premisa de El Eternauta, hay ocasiones en que lo viejo todavía sirve. Sin embargo, el cambio sigue siendo inevitable en muchos escenarios.

Una verdadera diplomacia de la transición facilitaría que las personas adopten las novedades de forma más natural. ¿Tiene que ver con la empatía? Sin duda. ¿Con habilidades comunicacionales? También. Y, fundamentalmente, con el pensamiento crítico.

Llevar esto a la práctica no siempre es sencillo, ya que no todos contamos con estas competencias de antemano. No obstante, la adquisición de estas habilidades solo comienza cuando uno reconoce las propias limitaciones —o las del proceso en curso— y mantiene la convicción clara de a dónde se quiere llegar.

martes, octubre 06, 2026

Pensando en democracia

 

En una democracia, las reglas del juego tienen que estar suficientemente claras para que quienes
son elegidos establezcan verdades, límites o criterios de gestión; no necesariamente por ser los mejores, sino por una actitud democrática frente a la propuesta opuesta. Lo importante es que la propuesta que se aplica represente a alguna mayoría.

Recuerdo que, en su momento, un partido holandés (el Partij voor Naastenliefde, Vrijheid en Diversiteit o PNVD, a mediados de los 2000) quiso presentarse a elecciones con una plataforma para autorizar el sexo con menores; es decir, para que no fuera punible la pedofilia. Pese a las impugnaciones, el poder electoral dispuso que sí podía competir. El partido no ganó ni consiguió adeptos, lo que demuestra la salud del conjunto de la sociedad. Este hecho, para mí, muestra el valor de la democracia por la premisa de cómo aceptamos aquello que no nos gusta y que la gente tiene derecho a votar, aun cuando para nosotros sea moralmente reprochable. Una suerte de confianza en la lógica de lo bueno.

Esta reflexión viene a cuento de la tensión entre "izquierda" y "derecha" que se observa en el mundo, con ciertos gobiernos elegidos que representan una ideología que promueve un retroceso en los derechos o en el bienestar de los sectores más vulnerables. Es decir, donde políticas erróneamente llamadas "liberales" avanzan en contra de las políticas de corte social. No se trata de dictaduras, sino de un sistema donde la mayoría elige esa opción, lo cual constituye el principio democrático.

A quienes estamos del otro lado nos resulta incómodo que gane un gobierno que incumple compromisos o sostiene un discurso "antiderechos". Ante esto, la reacción habitual es señalar y criticar a ese electorado, pero lo que realmente falta es que el propio bando intente comprender qué debe cambiar para evitar que eso pase.

Sobre todo, creo necesario llamar la atención sobre el hecho de que la llamada izquierda progresista o pro-derechos no ha dejado de ser elegida por azar o manipulación ajena, sino por deficiencias propias: aunque su discurso consigue adeptos, la gente percibe que no ha sido eficaz en la gestión. Pero el problema es aún más profundo e indica algo muy negativo: si el enemigo, el villano o el "antiderechos" es siempre el otro, lo propio se asume como impoluto y, por ende, exento de revisión.

Para mí, el corazón del asunto pasa por la corrupción y el abuso del poder político, elementos que este sector ignora en su propia autocrítica. No porque la vereda opuesta no los tenga, sino porque no forman parte de su discurso ni existe una reflexión sobre cómo regular su propio ejercicio del poder. Se cae así en una lógica peligrosa: la idea de que somos los buenos por el solo hecho de serlo y que, por esa supuesta condición moral, no tenemos por qué cuestionar lo que hacemos.

He defendido en otros espacios que el progreso de un sistema democrático solo será posible cuando uno mismo sea capaz de aplicar el pensamiento crítico sobre su propia ideología. Esto no es más que analizar las falencias y promover soluciones operativas que mejoren la realidad. Eso siempre estará lejos de solo señalar que los otros son malos y horribles y que por eso nosotros somos la única opción.

La democracia solo crecerá como espacio para habitar cuando comprendamos que lo que hay que ganar no es una elección ni una discusión ideológica, sino el progreso para todos y todas, lo que incluye ser incluidos, reconocidos y dignificados. Mientras eso no pase, seguiremos atrapados en la discusión de quién abusa del poder al ser elegido para pagar el costo de haber llegado.

 

 

6/10/2026

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