martes, julio 21, 2026

El nuevo abuso de poder en el siglo XXI

Si el poder es una actividad eminentemente humana, su abuso se convierte casi siempre en una
forma destructiva, cruel y perversa de utilizar los recursos más nobles para conseguir fines de dominación.

Una de las manifestaciones más sutiles y dañinas de este abuso es la instrumentalización de la moral: el uso de la autoridad moral no como un camino de concientización, sino como un mecanismo para producir humillación. Consiste en crear la sensación de que cualquier mínimo desliz de la vida cotidiana debe ser juzgado e inflado hasta convertirlo en un acto insostenible de maltrato, discriminación, patriarcado, fascismo o racismo. La crueldad radica precisamente en eso: en secuestrar causas nobles para acusar y desarmar a cualquiera, señalando con especial saña a quien no tiene la estructura, el lenguaje o los recursos para defenderse. Lo más perverso es que esta dinámica se parapeta detrás de las buenas causas —causas que uno mismo puede defender fervientemente porque apelan a la dignidad humana—, pervirtiendo su propósito original y convirtiendo la búsqueda de justicia en un pretexto para el control.

En este engranaje, el gran riesgo para que el abuso se ejecute y normalice día a día reside en la figura de los tibios. Aquellos que, bajo una supuesta fachada de prudencia o neutralidad, deciden no usar su capacidad intelectual para denunciar esta manipulación, minimizando las alertas como meras "exageraciones". Si bien no son los autores directos del maltrato, los tibios se vuelven funcionales e instrumentales al abuso de poder: su silencio y su condescendencia los convierte en cómplices necesarios que pavimentan el camino para la arbitrariedad.

A esta complicidad se le suma otra capa de perversión: la falsa empatía y el oportunismo moral. Se trata de aquellos que adoptan un discurso políticamente correcto no por una convicción sincera, sino por puro cálculo o cobardía. Utilizan causas legítimas como un disfraz ético para encajar, ganarse la aprobación del grupo dominante o evitar ser blanco de críticas. Esta postura no busca reparar ninguna injusticia, sino proteger los propios privilegios; no abraza el dolor ajeno, sino que lo usufructúa. La falsa empatía es, en definitiva, el rostro más hipócrita de la manipulación.

Para cerrar este círculo perverso, opera la negación sistemática del debate. Cuando alguien señala estas arbitrariedades o intenta discutir la problemática, la respuesta del poder es la invalidación: tildar al interlocutor de "exagerado", acusarlo de "buscar polémica" o desestimar el maltrato bajo el pretexto de que "era solo una broma". Escapar del argumento mediante la descalificación o el ninguneo es una de las formas más cobardes del uso del poder. Aunque no todo sea objeto de debate, cuando una observación basada en el razonamiento evidencia que la conducta del otro perjudica la dignidad, existe la obligación ética de responder intelectualmente, jamás desde la evasión o la fuerza.

Frente a esta red de manipulación, tibieza, oportunismo y negación, la solución está frente a nuestras narices y pasa, fundamentalmente, por el ejercicio del verdadero pensamiento crítico. Y este no es la pregunta que incomoda al otro, sino la que nos hacemos a nosotros mismos. Es la valentía de cuestionar aquello que defendemos con vehemencia y absoluta convicción, detectando el momento exacto en que nuestra defensa cruza la línea hacia el abuso, en que nuestra complacencia nos vuelve cómplices del silencio, en que nuestra "empatía" no es más que una postura conveniente, o en que la negación del diálogo nos convierte en autoritarios.

Mientras no seamos capaces de mirar hacia adentro con esa honestidad, será imposible avanzar hacia el horizonte que afirmamos buscar: un mundo donde los derechos humanos prevalezcan sobre cualquier cosa, donde sean efectivamente promovidos y protegidos, y donde quienes hoy están privados de ellos puedan finalmente vivirlos de manera plena.

lunes, julio 20, 2026

Defender lo que sea necesario, pero decidirlo

 Es verdad que en esta época —al igual que a lo largo de la historia— no siempre todos
tenemos las palabras exactas para expresar lo que sentimos, defendemos o creemos como verdad. Por eso es tan fácil encontrar a alguien que lo diga de la manera en que nos gusta entenderlo.

En la adolescencia, cuando comenzamos a comprender nuestras limitaciones, buscábamos transcribir a algún poeta sin ánimo de plagiar; simplemente era la forma de declaración de amor más perfecta que encontrábamos. Copiábamos una canción o un poema para entregárselo a quien queríamos.

En esta era de redes sociales, el problema es que cualquiera —tal como lo estoy haciendo yo ahora— puede publicar algo y expresar sus teorías más conspirativas. En realidad, esto siempre ha formado parte de la historia y siempre ha funcionado así; la diferencia es que, por primera vez, empezamos a recibir una cantidad de contenidos que antes jamás habríamos alcanzado.

Eso en sí no me preocupa: es lo humano, lo normal. Sin embargo, cuando uno repostea algo, no está diciendo solamente «esto me gusta» o «esto expresa lo que yo quiero». Está fijando una posición sobre un tema. Y aquí aparece lo llamativo: el hábito de tirar la piedra y esconder la mano. Toda teoría conspirativa basada en opiniones que son fácilmente refutables por los hechos termina convirtiéndose en una «verdad» para muchos.

Estadísticamente, parece que todos los que me rodean piensan igual, y asumimos que esa es la verdad de toda la población. El Mundial, por ejemplo, no ha hecho más que mostrar otra vez esa faceta complotista que lo rodea todo. Parece que ya nada se puede pensar con honestidad: todo tiene un interés oculto, todo es comercial, todo me perjudica, todo daña a unos y beneficia a otros.

No voy a ser el primero en oponerme a la idea de que estas dinámicas existen, porque, sin duda existen, se llama poder y su abuso. Pero creo firmemente que hay límites para ver la conspiración permanente en lo que no me gusta, sin caer en la ingenuidad. Ese límite debería estar marcado por el uso del pensamiento crítico como herramienta eficaz. Y, como he dicho muchas veces, el pensamiento crítico no es algo que se utiliza únicamente para atacar lo que está en mi contra; es, sobre todo y principalmente, para cuestionar mi propia idea más firme y descubrir mis propias debilidades. En eso consiste el verdadero pensamiento crítico.

20/7/2026

domingo, julio 12, 2026

Elegir no ser cruel

Reconocerse libre de racismo no implica declararse infalible. Como seres humanos, nuestro

comportamiento está inevitablemente atravesado por imperfecciones, actitudes despectivas y acciones condicionadas por estereotipos socioculturales. No habitamos una virtud innata; funcionamos, en gran medida, a partir de las estructuras y sesgos con los que fuimos educados y los entornos donde nos desarrollamos y hasta adoptamos como propios. Sin embargo, el verdadero termómetro moral no radica en la pureza de nuestros primeros impulsos automáticos, sino en nuestra capacidad para identificar y contener la crueldad como posibilidad. La hostilidad hacia lo diferente se vuelve injustificable cuando decidimos no hacer nada para confrontar los prejuicios que arrastramos. Si la violencia puede ser una opción mala que tomamos, de vez en cuando –jamás justificada, aunque no sea siempre sancionable-, la crueldad es un rasgo más realista de nuestra concepción del mundo.

En Argentina se sancionó la libertad de vientres en 1813. A mi entender, este hito, junto a otras dinámicas sociales, favoreció que el racismo fuera neutralizado por conductas que incorporaron, con sus propios códigos hasta humorísticos, a los que venían de afuera. Los estereotipos fijaron posiciones a través del humor, lo cual, si bien amortiguó ciertas distancias, no quita que hayan existido actos de crueldad y reacciones negativas a lo diferente. Pero lo cierto es que la segregación racial, por citar una experiencia del siglo pasado (XX, valga señalar) tan común en otros sitios, nunca existió realmente en Argentina. Eso no nos convierte en ejemplo, porque hemos tratado mal a los pueblos originarios y a otros por ser otros. Los pobres han sufrido vejaciones intolerables. Pero ciertos actos propios de los países del norte bien catalogados como racistas no han sido comunes entre nosotros.

Personalmente, a lo largo de mi vida, nunca he experimentado una barrera que me impidiera conectar con alguien debido a su color de piel, religión, orientación sexual o nacionalidad. No se trata aquí de enumerar conductas biempensantes para validar una postura, sino de comprender la complejidad de la naturaleza humana. Es en esa misma naturaleza donde reside la reciprocidad: la cantidad de veces que he buscado y recibido atención, cuidado y calidez por parte de aquellos que, en teoría, representan "lo diferente". Incluso la atracción hacia lo opuesto demuestra que la alteridad no es una frontera, sino un punto de encuentro.

Haber transitado la experiencia de sentirme extranjero —incluso más que muchos extranjeros— me ha otorgado una sensibilidad particular hacia los procesos de recepción y hospitalidad. Sé lo que significa estar afuera. Por ello, aunque no estoy exento de cometer errores derivados de sesgos inconscientes, disto profundamente del racismo entendido como la búsqueda deliberada de la crueldad hacia el otro por el solo hecho de ser distinto. El error es una limitación del aprendizaje y de la época; la crueldad, en cambio, es una elección que decido no tomar.

¿Somos, por lo tanto, un país racista? Sostengo que no. Sostengo que no. Hay habitantes argentinos racistas, obvio que sí, somos humanos y eso no impide las generales de la ley. Esta distinción es clave para poder avanzar y mejorar. Porque lo único cierto es que no alcanza con no ser racistas; el desafío radica en crear posibilidades para que todos y todas siempre puedan estar incluidos, protegidos y con esperanza de un futuro mejor.

 

12/7/2026

jueves, julio 09, 2026

El elogio de la intimidad: la belleza que habita en las sombras

 Hace poco leí una columna que citaba a Jun'ichirō Tanizaki. Según el artículo, el autor japonés sostiene en su célebre libro El elogio de la sombra que la belleza habita, justamente, en las sombras, asociando esta premisa a la estética tradicional de su país. Desconozco si la rigurosidad histórica lo avala, pero la frase me pareció perfecta. Tampoco sé si toda la estética japonesa cabe en esa definición, aunque la lectura de Alejandra Kamiya me evoca esa misma sensación: una forma delicada y sutil de considerar las cosas.

Más allá de los debates teóricos, encuentro en esa idea una verdad profunda porque siempre he creído que la mayor belleza reside en la intimidad. La intimidad no es lo oculto; es aquello que permanece resguardado hasta que se gestan las condiciones propensas para mostrarse.

Podríamos decir que no hay belleza sin alguien que la vea. Sin pretender entrar en una encrucijada filosófica, estoy convencido de que, para que algo sea bello, se necesita una mirada que lo dote de sentido. A veces alcanza con el propio reflejo en el espejo, pero el gesto más simple, el detalle mínimo, no necesita reflectores. Crece en la penumbra, madurando una belleza particular.

Me viene a la memoria una planta que conocí en Brasil, una especie cuya flor brota únicamente cuando la noche ya se ha instalado, para morir pocas horas después. Si uno logra ser testigo de ese instante, la experiencia es de una hermosura tan rotunda que agota los elogios, los sentidos y las palabras.

La belleza existe porque alguien la observa, la saborea, la contempla y, por sobre todo, la disfruta; porque alguien se permite el éxtasis de ser su testigo. Esos detalles florecen con una potencia mil veces mayor cuando existe la intimidad, ese refugio que nos permite mostrar hasta la cicatriz más perversa con la certeza de que el otro la va a proteger. Es esa vulnerabilidad, esa fragilidad compartida, la que le otorga a una persona, o a un instante, una belleza sin igual.

 

9/7/2026

lunes, julio 06, 2026

La fábrica de la indignación: Cómo el progresismo pavimentó el camino de las nuevas derechas

 El crecimiento de los discursos que llamamos de derecha, que son los que suelen ser de corte
"antiderechos", a nivel global es una realidad innegable. Para explicarlo, el análisis bienpensante suele recurrir a una respuesta rápida y cómoda: todo es culpa de la precarización económica, las fake news y la manipulación de las masas. Si bien es innegable que la vulnerabilidad material de las personas es el suelo fértil donde germinan estas opciones, cabe hacernos una pregunta mucho más incómoda, pero urgente: ¿qué responsabilidad tienen los discursos progresistas, feministas y de izquierda en la creación de este caldo de cultivo? Aclaro lo obvio: los discursos y, sobre todo, ciertas actitudes concretas. No incluye la ideología que promueven, que defiendo completamente.

Volvamos a nuestro punto: la física política es implacable: a toda acción le corresponde una reacción. Durante la última década, gran parte del llamado progresismo occidental abandonó las demandas materiales e institucionales históricas para refugiarse en una batalla cultural de corte puramente identitario y académico. Al hacerlo, cometió dos errores estratégicos fatales. El primero, fue la desconexión con la clase trabajadora precarizada, que sintió que sus problemas cotidianos —el empleo, la inflación, la seguridad, la educación real y válida— eran ignorados en favor de debates lingüísticos o simbólicos. El segundo, fue la adopción de una superioridad moral pedagógica que, a través de dinámicas de cancelación y regaño público, expulsó al ciudadano común del debate por no manejar los "códigos correctos". La derecha no tuvo que inventar nada; simplemente se convirtió en el refugio de los expulsados, ofreciendo certezas tradicionales y una promesa de 'libertad' frente al tutelaje cultural del progresismo."

Sin embargo, para mí, el golpe de gracia a la credibilidad del proyecto progresista no provino de sus errores estéticos, sino de su gestión ética. El verdadero acelerador del desencanto popular ha sido la alarmante condescendencia de la izquierda ante su propia corrupción o, también, el menosprecio de la corrupción como un síntoma claro de abuso de poder constante. No lo puso en la agenda en la medida de su importancia.

El problema de fondo no es que la corrupción exista —pues es un flagelo transversal— sino el mecanismo de negación sistemática que el progresismo activa cuando los implicados son de sus propias filas o aun cuando no lo son. Al empaquetar cualquier investigación judicial como una persecución de los poderes fácticos (el ya gastado argumento del lawfare), la izquierda abdica de su supuesta superioridad moral. Peor aún, demuestra una alarmante falta de propuestas técnicas y estructurales para combatir el problema, prefiriendo el refugio en la consigna ideológica antes que la reforma institucional transparente.

La mayor contradicción de este progresismo con anteojeras es su incapacidad para entender que la corrupción no es un delito abstracto de cuello blanco, sino una violación flagrante y directa a los derechos humanos. El dinero que se desvía de una obra pública no es solo un número en una cuenta en Suiza; es el hospital sin insumos donde muere un ciudadano, la escuela pública destruida que cancela el futuro de un niño, o el plan social malversado que le quita el plato de comida al más vulnerable.

Al desvincular la corrupción de la dignidad humana y de los derechos económicos y sociales, el discurso progresista cae en una hipocresía insostenible. No se puede pretender tutelar la moral de una sociedad mientras se relativizan los desfalcos en nombre de "la causa" o como los otros son peores: no hay propuestas y soluciones estratégicas visibles y urgentes.

Las nuevas derechas no crecen únicamente por sus propios méritos o por la genialidad de sus estrategas. Crecen porque el progresismo prefirió tener la razón teórica antes que construir mayorías políticas, y porque decidió mirar hacia el costado cuando sus dirigentes se enriquecían. Esto nos deja ante una pregunta final, tan terrorífica como cruel: ¿qué beneficios sacan algunos intelectuales de la supuesta izquierda al fomentar, de ese modo traicionero y doloroso, el crecimiento de las derechas? Responderla no nos dará una solución mágica, pero sí una brújula indispensable para saber hacia dónde caminar y dónde está el verdadero norte que queremos y, cada vez más, que precisamos con urgencia.

 

6/7/2026

domingo, julio 05, 2026

La amabilidad en la era del exhibicionismo: Cuando el exceso eclipsa la sutiliza


 Hace poco, un colega me confesó que lo suelen considerar como amable, pero que no entiende por qué le dan esa etiqueta, ya que él se reconoce como parco. Siente que sus acciones no encajan en los parámetros habituales de lo que hoy se vende como "bondad". Me terminó de quedar claro cuando me dio un ejemplo: le incomoda ir a un servicio de comida rápida y que lo atiendan con sonrisas gigantescas y sobreactuadas, impostadas solo para demostrar que se está siendo "amable".

Esa anécdota me estimuló una reflexión profunda sobre el siglo XXI. Siento que estamos tan influenciados por los estereotipos y tan obsesionados con lo políticamente correcto, que perdimos la capacidad de leer entre líneas. Exageramos las muestras de cortesía para que nadie pueda acusarnos objetivamente de no serlo. Hoy la amabilidad parece necesitar marquesinas, ruido y ostentación, cuando en realidad es algo sutil que se percibe en la piel. Al perder la capacidad de decodificar el lenguaje no verbal y la riqueza de los matices, la sociedad empezó a exigir exhibicionismo en lugar de percepciones, prefiriendo el griterío sin sentido antes que los mensajes que producen un efecto concreto en el alma.

Ante este panorama, nos queda una pregunta urgente: ¿Cómo somos capaces de educar a las nuevas generaciones para que comprendan que, en la era del ruido, menos es más? ¿Cómo enseñamos a dar ese "menos que es tan concreto" que traduce emoción, sentido y acompañamiento en gestos pequeños, silenciosos, pero profundamente evidentes?

Para rescatar esa amabilidad orgánica de la puesta en escena corporativa o social, necesitamos reestructurar la forma en que educamos a través de tres pilares:

1. Rehabilitar la atención y la lectura analógica

No se puede leer entre líneas si se vive apurado o hiperconectado a una pantalla. La amabilidad de baja intensidad nace de notar lo que el otro necesita antes de que lo grite. Sostengo que para conseguir eso debemos educar con dedicación en la observación y el silencio. Enseñar a mirar a los ojos, a registrar el tono de voz, el cansancio en los hombros ajenos o las manifestaciones silenciosas pero llenas de palabras de un amigo. Aprender a descifrar el cuerpo es el primer paso para conectar desde la verdad y no desde el manual de autoayuda.

2. Validar la "presencia silenciosa" por sobre el aplauso

Vivimos en una cultura del rendimiento donde parece que lo que no se publica en redes sociales, no existe. El peligro es criar "actores de la empatía" en lugar de personas empáticas. Por ello, como antídoto y estrategia habría que volver a prestigiar los actos invisibles. Enseñar que sostener una puerta, levantar algo que a un extraño se le cayó, o simplemente sentarse en silencio al lado de alguien que sufre, tiene un valor infinito. El mensaje educativo debe ser claro: el impacto de tu acción se mide en cómo hiciste sentir al otro, no en cuántos testigos tuviste.

3. Fomentar la coherencia emocional sobre la corrección política. Esto implica una Educación Sexual Integral basada en la educación sexual integral —valga la redundancia— y no en los discursos analfabetos que pululan sobre esta urgencia. Una verdadera educación que no sea una coreografía rígida de "por favores" y "gracias" vacíos, sino el desarrollo de una educación emocional que haga que un gesto, incluso parco, sea genuino y oportuno. Educar en la amabilidad real es enseñar a respetar el espacio, el tiempo y la dignidad del otro de manera natural, sin buscar recompensas ni validaciones. Esto debe nacer de establecer la coherencia entre reconocer mis propios sentimientos y emociones, para ofrecerlas a los demás en la medida en que procuren el bien común.

En definitiva, todo esto implica volver a lo sutil, pero con carga axiológica, lo que es un acto de resistencia cultural, cada vez más urgente.

Lo comprendemos fácil: quien es amable de verdad no necesita sobreactuar, porque su presencia se siente sin necesidad de levantar la voz. Por eso el desafío es educar eso en un mundo lleno de marquesinas encandiladoras, que implica volver a encender las luces pequeñas: esos detalles cotidianos que no buscan el aplauso, pero que abrigan el día de cualquiera, donde nace el respeto por el otro, y las posibilidades ciertas de crear espacios saludables para habitar.

 

5/7/2026

sábado, junio 27, 2026

La arquitectura del puente, la paradoja y el peso de la intimidad

A menudo nos refugiamos en el desencuentro como si fuera nuestra única forma de habitar el

mundo, o quizás la que encontramos más disponible y autorizada para nuestro ser (otra idea que me evoca Alejandra Kamiya). Nos resulta más urgente marcar la diferencia que construir el consenso, como si subrayar la distancia nos otorgara una identidad más firme o una autonomía más segura. Es cierto que el desencuentro es una manera de estar; es ver la diferencia, delimitarla y amurallarla. Sin embargo, esa insistencia esconde un temor más profundo: el miedo a descubrir que el puente no nos pertenece en exclusiva, sino que depende enteramente de la existencia del otro.

Como bien leemos en la maestría de Alejandra Kamiya: “Hay una paradoja escondida en casi todas las cosas, verdades que últimamente saltan a la vista como bichos que emergen de todas partes”. Me subraya, en mi cabeza, una verdad: que el consenso jamás ha sido sinónimo de igualdad, sino la arquitectura de un milagro: la creación simultánea de esos tramos de puente donde dos orillas distintas deciden inventar algo nuevo. En esta sutil metáfora se esconde nuestro mayor desafío, que es también nuestra mayor contradicción. No somos seres lineales; transitamos, casi sin transición, desde una ambivalencia tierna hasta la más cruel de las ambivalencias. Esta condición paradójica no es un mero mecanismo de supervivencia, sino la materia prima de nuestra existencia.

Es precisamente en esa ambivalencia donde la intimidad se vuelve un territorio complejo. En las páginas de Kamiya se lee: «Tu intimidad cae sobre mí y exactamente ahí donde no quiero. Donde ya no puedo, donde la cosa se vuelve mía». Ante esto, es inevitable caer en lo obvio: siempre hemos defendido la idea de que la intimidad es ese espacio sagrado donde podemos exponer nuestra fragilidad sintiendo que va a ser protegida. Pero, ¿qué pasa cuando esa intimidad no puede ser guarecida por el otro de manera natural? ¿Qué pasa cuando el otro tiene que esforzarse, casi contra su propia naturaleza, para no salir dañado?

Ahí radica su valor. Tal vez por eso la intimidad es tan preciada y exige ser buscada, conservada y nutrida. Porque la intimidad no es solo mi fragilidad expuesta en un entorno seguro; es también el intento sostenido y valiente del otro por mantener la protección, incluso cuando esa misma intimidad guarda dardos que lo afectan.

Cruzarnos nos mejora y nos expande, pero para que el puente sostenga el peso de ambos debemos aprender el arte de la renuncia: aprender a no ocupar tanto espacio, a silenciar un poco el propio "yo" y a sostener la fragilidad ajena sin rompernos en el intento. Quizás, el día que nos reconciliemos con esta naturaleza paradójica y exigente, encontremos la serenidad, la paz y la creatividad necesarias para avanzar siempre mejor.

 

27/6/2026

Francisco Viola

Elucubraciones nómadas II (Inédito)

 

Las citas de Alejandra Kamiya, son de su libro “La paciencia del agua sobre cada piedra”.

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