C. S. Lewis, Una
pena en observación
La muerte es profundamente paradójica. Por
un lado, tenemos evidencia de sobra sobre su existencia y sobre el papel que
cumple: la ausencia total e irreversible de quien fallece. Por otro lado,
presenciamos a diario sus distintas expresiones: existen muertes que hubieran
sido prevenibles, otras más o menos lógicas, muertes profundamente injustas y,
tal vez —aunque nos cueste reconocerlo—, muertes que se sienten justas o
liberadoras. Sin embargo, aun la muerte más lógica e inevitable, cuando toca a
alguien cercano, la experimentamos como algo insoportable.
En este contexto, resulta fácil apelar a
las emociones, porque todos compartimos la experiencia vital de la pérdida y,
de algún modo, hemos atravesado el duelo. Cabe preguntarse si esa saturación de
mensajes marcadamente emocionales a la que recurrimos con frecuencia no es, en
el fondo, una forma mecánica o un escudo racional para protegernos frente a lo
ineludible.
Sabemos que acompañar la muerte es difícil.
Sin embargo, más complejo aún que acompañar la muerte es acompañar la agonía.
La muerte como evento puntual puede ser relativamente excepcional en la rutina
de muchos médicos, salvo en ciertas especialidades de alta complejidad o
cuidados intensivos. A pesar de ello, cuando la muerte ocurre, suele percibirse
como la prueba fehaciente de que la medicina ha fallado y de que hemos
tropezado con nuestros propios límites. Esto sucede porque el sistema de salud
y la formación profesional nos siguen moldeando bajo la fantasía implícita de
que debemos actuar como salvadores.
Al quedar
atrapados en esa lógica de la cura a toda costa, olvidamos a menudo lo
esencial: que la función principal de la medicina no siempre es vencer a la
biología, sino saber cómo acompañar y ofrecer un consuelo genuino a quien
padece. Y brindar consuelo exige tiempo.
Este no es un
recurso que abunde en las agendas sobrecargadas ni en las dinámicas
institucionales actuales. Sin embargo, disponer de él exige, sobre todo, la
valentía profesional de pausar, sostener la mirada ante lo irreparable y
aceptar la finitud humana sin huir detrás de la técnica o de los discursos
prefabricados.
A veces, quizás,
todo consiste en pensar y actuar lo que es obvio, tal como nos recuerda
Saramago en su Ensayo sobre la ceguera: «Pienso que no nos quedamos
ciegos, pienso que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven
[...] Acompañar a alguien en el dolor no es quitarle la pena, es no dejarlo
solo con ella.