jueves, octubre 01, 2026

La paradoja de la muerte, el límite de la medicina y el arte de acompañar



 «El dolor de ahora es parte de la felicidad de antes. Ese es el trato.»

C. S. Lewis, Una pena en observación

 

La muerte es profundamente paradójica. Por un lado, tenemos evidencia de sobra sobre su existencia y sobre el papel que cumple: la ausencia total e irreversible de quien fallece. Por otro lado, presenciamos a diario sus distintas expresiones: existen muertes que hubieran sido prevenibles, otras más o menos lógicas, muertes profundamente injustas y, tal vez —aunque nos cueste reconocerlo—, muertes que se sienten justas o liberadoras. Sin embargo, aun la muerte más lógica e inevitable, cuando toca a alguien cercano, la experimentamos como algo insoportable.

En este contexto, resulta fácil apelar a las emociones, porque todos compartimos la experiencia vital de la pérdida y, de algún modo, hemos atravesado el duelo. Cabe preguntarse si esa saturación de mensajes marcadamente emocionales a la que recurrimos con frecuencia no es, en el fondo, una forma mecánica o un escudo racional para protegernos frente a lo ineludible.

Sabemos que acompañar la muerte es difícil. Sin embargo, más complejo aún que acompañar la muerte es acompañar la agonía. La muerte como evento puntual puede ser relativamente excepcional en la rutina de muchos médicos, salvo en ciertas especialidades de alta complejidad o cuidados intensivos. A pesar de ello, cuando la muerte ocurre, suele percibirse como la prueba fehaciente de que la medicina ha fallado y de que hemos tropezado con nuestros propios límites. Esto sucede porque el sistema de salud y la formación profesional nos siguen moldeando bajo la fantasía implícita de que debemos actuar como salvadores.

Al quedar atrapados en esa lógica de la cura a toda costa, olvidamos a menudo lo esencial: que la función principal de la medicina no siempre es vencer a la biología, sino saber cómo acompañar y ofrecer un consuelo genuino a quien padece. Y brindar consuelo exige tiempo.

Este no es un recurso que abunde en las agendas sobrecargadas ni en las dinámicas institucionales actuales. Sin embargo, disponer de él exige, sobre todo, la valentía profesional de pausar, sostener la mirada ante lo irreparable y aceptar la finitud humana sin huir detrás de la técnica o de los discursos prefabricados.

A veces, quizás, todo consiste en pensar y actuar lo que es obvio, tal como nos recuerda Saramago en su Ensayo sobre la ceguera: «Pienso que no nos quedamos ciegos, pienso que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven [...] Acompañar a alguien en el dolor no es quitarle la pena, es no dejarlo solo con ella.

Evolución o indiferencia: formas de habitar la diferencia

 

«Lo opuesto del amor no es el odio, es la indiferencia.» — Elie Wiesel

 Todo aquello que se aparta de la norma, sea una forma, un comportamiento, un ritual o el simple tono de la piel, interrumpe lo cotidiano. En su estado más puro, la diferencia irrumpe en la rutina y quiebra lo que nuestro cerebro ha registrado como "lo habitual": nos llama la atención, convoca la mirada, interpela nuestras ideas y remueve nuestras creencias más profundas. Si alguien está habituado a un entorno donde predomina la piel blanca, la irrupción de una piel profundamente negra rompe esa hegemonía perceptual. No es un acto hostil ni extraordinario en sí mismo; es, simplemente, la diversidad humana manifestándose frente a nuestros esquemas preconcebidos.

Sin embargo, esa irrupción exige una respuesta y termina moldeando nuestro comportamiento. En el contexto actual, destacan dos posturas encontradas. La primera es sintomática de nuestra época: la desatención pragmática. Para no ser perturbados ni obligados a revisar nuestras certezas, elegimos la anestesia de la indiferencia. Vivimos en una era donde el otro importa cada vez menos; lo que se sale de la norma deja de inquietar no por una tolerancia real o una empatía sincera, sino por puro egoísmo: mientras no se cruce en mi camino ni obstaculice mi marcha, me resulta irrelevante. Aquí enfrentamos una involución ética grave: la invisibilización del prójimo bajo la excusa de la rutina.

Por el contrario, la auténtica respuesta evolutiva ante lo no habitual debiera ser la apertura activa: la curiosidad legítima, el cobijo, la protección y la disposición a ser interpelados por la alteridad. Lo que realmente define a una sociedad no es la uniformidad de sus integrantes, sino cómo educamos nuestras conductas cuando irrumpe lo inesperado. El desafío ético no radica en la existencia de la norma, sino en decidir si nuestras acciones frente al otro nacerán del prejuicio, el miedo y la discriminación, o de la madurez necesaria para abrazar lo inevitable: la incalculable riqueza de la diversidad humana.

Por esto es que esta frase, entonces tiene un sentido definitivo e imprescindible: «Educarnos ante la diferencia no es un acto de condescendencia, sino la única prueba irrefutable de nuestra propia humanidad.»

miércoles, septiembre 30, 2026

La pregunta importante sobre el uso de la IA

 Un verano, aburrido en mi adolescencia, hice un curso en la Academia Pittman para ser mecanógrafo. Poco después, mi padre me regaló una máquina de escribir. Fue casi inmediato: empecé a redactar mis cartas en ella, porque soy de esa época en que nos escribíamos cartas. Aunque algunos decían que no era algo del todo personal, yo las enviaba escritas a máquina y generaban emoción. Tal vez por lo obvio: la máquina escribía exactamente lo que yo tipeaba, mis ideas, mis emociones y mis sentimientos.

Por circunstancias de la vida, también fui uno de los primeros de mi entorno en tener correo electrónico, e impulsé a la gente con la que quería comunicarme a que también lo tuviera. El correo me facilitaba las cosas para escribir, pedir, reclamar o rogar.

Con esto quiero decir que incorporar tecnología nunca fue un problema para mí —y no porque fuera un sobredotado, sino porque la tecnología simplemente estaba allí, disponible—. Hoy en día también he incorporado la inteligencia artificial. Tengo ideas que llevan más de veinte años dando vueltas en mis escritos o presentaciones, y este año logré ordenar algunas de ellas pidiéndole a la IA que corrigiera lo que yo le dictaba, lo que me permitió concluir varios proyectos. Jamás le di autorización para redactar un artículo por su cuenta; simplemente ordenó lo que yo decidí expresar.

Si alguien lee un artículo mío previo a la IA y uno reciente, espero que encuentre las mismas ideas, pero con una redacción libre de mis viejos errores de tipeo o de concordancia. No lo veo mal, aunque cada quien es libre de opinar. Toda esta introducción es para decir lo evidente: estoy a favor de la tecnología, siempre. Creo que es una herramienta y, como tal, resulta profundamente útil.

Sin embargo, me encontré con una situación particular. Alguien a quien conozco, incapaz en el pasado de escribir la memoria conceptual de una obra de arte, de repente presenta textos impecables y llenos de citas. Sin acusar a nadie, me queda la sospecha de que es producto de la IA. Comprendo que podrían decir lo mismo de mí; al final, compartimos el mismo escenario. Pero pensarlo así me lleva a una cuestión más profunda: ¿cómo hacemos para diferenciar lo producido por una máquina de lo generado por la mente humana? ¿Cómo evaluamos el pensamiento real de una persona?

Porque si adoptamos una herramienta que nos reemplaza con tanta facilidad y que, encima, lo hace "mejor", la situación se vuelve compleja. Y si a esto le sumamos un entorno evaluador al que se le ha limitado el pensamiento crítico como recurso fundamental, la pregunta inevitable es: ¿no estaremos provocando un daño irreversible, con consecuencias a corto, mediano y largo plazo? Pienso y no respondo, porque me preocupa que Isaac Asimov tuviera razón cuando dijo: «El aspecto más triste de la vida en este momento es que la ciencia reúne el conocimiento más rápido de lo que la sociedad reúne la sabiduría».


La imagen fue creada por la IA

lunes, septiembre 28, 2026

Peligro: autoayuda

Leo en la publicación de alguien comprometido en la lucha contra la violencia de género una frase representativa de esta época: "Lo que dice tu corazón con todas las fuerzas, difícilmente sea un error”. Faltaría agregar la conclusión lógica: porque el corazón no se equivoca. Es una típica premisa motivacional y de autoayuda que hoy busca colonizar cualquier perspectiva de análisis.

En redes sociales o estados de WhatsApp, este tipo de discursos prolifera con facilidad porque, para encajar en el formato, exige mutilar la complejidad humana, reducir las ideas a su mínima expresión y mantener mitos o falacias como si fueran verdades absolutas, edulcorándolo todo con un seudolirismo poético.

Si eso fuera cierto, podríamos decir que una mujer que permanece con su agresor justificando que «el corazón le dice que lo ama» tendría un argumento válido. Sin embargo, resulta evidente que este razonamiento carece de rigor y es imperativo desmontarlo, pues esconde una paradoja peligrosa.

El corazón es un órgano inerte para las ideas y el pensamiento; carece de capacidad para ordenar conceptos o sugerir verdades. Su función es estrictamente fisiológica: bombea sangre, con todo lo que eso implica. La realidad es que pensamos y gestionamos las emociones de manera integral a través de la capacidad mental que desarrollamos a lo largo de la vida. Nos nutrimos de la experiencia, el autoconocimiento, el trabajo personal, el desarrollo de la autoestima y la identificación de redes reales de apoyo, sumado —como factor indispensable— a un sistema social y comunitario que contenga activamente.

El fondo del problema es que la autoayuda, más allá de sonar bonita, cursi o estar mal planteada, rara vez aporta soluciones reales; con frecuencia provoca el efecto contrario. Fomenta una clase de «zombis emocionales» que operan condicionados por consignas abstractas en lugar de analizar críticamente la realidad que los rodea. Pasar por alto las estructuras objetivas para refugiarse en slogans individuales genera distorsiones graves, y sobre esa deriva deberíamos reflexionar y trabajar de manera permanente.

Por ello, volvemos a lo básico. Este aprendizaje está estrechamente relacionado con una Educación Sexual Integral (ESI) eficaz. No exigirla es seguir condenando al ostracismo al pensamiento crítico, la comunicación asertiva, la gestión válida de los conflictos y, en consecuencia, es impedir el desarrollo del bienestar personal y social.

miércoles, septiembre 23, 2026

La paradoja del algospeak: de la fobia al algoritmo a la victimización rentable

Un día escribes "sexo", "pene" o "vagina" en Instagram y descubres, no sin cierto asombro, que el mundo sigue girando. La publicación no se borra, tu cuenta no colapsa y la policía de los pixeles no golpea a tu puerta. De inmediato surge la duda inevitable: ¿de dónde sale esa paranoia colectiva que lleva a miles de personas a deformar el idioma escribiendo S3XO, P3NE o inventando eufemismos como "desvivirse"?

La respuesta corta es que el mito del algoritmo omnipotente no nació de la nada. Nace de un terreno fértil compuesto por la opacidad de Meta, la moderación automatizada y la fobia real de los creadores a perder su alcance. La inteligencia artificial no lee como un humano; busca patrones de manera torpe. Para un sistema automatizado, la línea entre la divulgación científica, la educación sexual y el contenido explícito suele ser borrosa. Si a esto le sumamos las estrictas políticas para publicaciones pautadas o monetizadas —donde las palabras tabú están vedadas para no espantar a los anunciantes— y la hipervigilancia de plataformas como TikTok, el pánico cobra cierta lógica. Por pereza o por cautela, el algospeak se volvió el chaleco antibalas estándar de la era digital.

Sin embargo, reducir esta deformación del lenguaje a un simple acto de prevención sería pecar de ingenuidad. En la economía de la atención, la supuesta censura ha dejado de ser un obstáculo para convertirse en la mejor estrategia de marketing.

Aquí es donde entra la narrativa del martirio algorítmico. Ciertos creadores y pretendientes de influencer descubrieron que declararse perseguidos por el "sistema" o el "algoritmo" paga, y paga muy bien. Transformar un término de servicio en una batalla ideológica es una jugada maestra: si el video fracasa, la culpa es del shadowban; si el video se viraliza, es una victoria heroica de la resistencia.

Decirle a la audiencia que un mensaje está siendo silenciado activa de inmediato el sesgo del fruto prohibido. La opinión más ramplona pasa a venderse como una verdad incómoda que las élites intentan ocultar. El seguidor ya no solo consume información, sino que se siente parte de una gesta revolucionaria cada vez que comparte un reel o comenta usando números por letras para engañar al robot. Es la democratización de la victimización: un drama fabricado que genera interacción artificial, fideliza a la tribu y, en no pocos casos, sirve de puente para derivar tráfico a canales de pago donde se promete el contenido "sin censura".

Entre la prudencia exagerada de quienes temen perder su trabajo y el cinismo de quienes monetizan la persecución simulada, el lenguaje termina pagando el costo. Nos hemos acostumbrado a hablarle a las personas como si le habláramos a una hoja de cálculo, convencidos de que somos rebeldes cuando, en realidad, solo estamos bailando al ritmo de la paranoia o del negocio ajeno.

En el campo de la sexualidad ceo que esto termina siempre perjudicando a los usuarios y, sobre todo, a aquellos que precisan una atención mas cuidadosa y certera. La ciencia debe discutir con mayor fortaleza la presencia de los timadores de la atención que, para mi, también son los embaucadores del discurso.

El sexo siempre es importante, la sexualidad, la que cuenta nuestra biografía lo es mucho mas. 


(la imagen fue creada con IA)

lunes, septiembre 14, 2026

Anatomía del filtro cotidiano: entre el prejuicio, el placer y la realidad


En el entramado de las relaciones cotidianas conviven actitudes que desafían nuestras expectativas de justicia poética. Es habitual toparnos con personas que caminan por el mundo convencidas de su propia superioridad —sea esta intelectual, estética, económica o simbólica—, así como con aquellos que ejercen la agresión o el atropello sin mayor freno moral. Sin embargo, en contra del deseo colectivo de ver a la vida impartiendo lecciones de humildad, la realidad no siempre se encarga de probarles que están equivocados. Muchas veces, sencillamente, no ocurre nada.

Lejos de articular una condena moral o un juzgamiento ético, vale la pena observar este fenómeno desde una perspectiva descriptiva. En la práctica, resulta comprensible que un individuo decida no compartir su tiempo o su espacio con personas que no le aportan o no le generan afinidad. Existe, indudablemente, un prejuicio en este actuar. Sin embargo, los prejuicios —incluso aquellos más cuestionables— no siempre actúan como meras distorsiones; en ocasiones funcionan como atajos cognitivos que la experiencia práctica termina confirmando. Si se percibe una señal en el otro y se actúa en consecuencia, la vivencia concreta suele validar esa distancia previa.

Un escenario donde esta dinámica se evidencia de forma transparente es la milonga. Es frecuente observar a bailarinas de alto nivel técnico que rehúsan bailar con quienes perciben por debajo de sus habilidades. Ante esto cabe preguntarse: ¿se trata de un gesto de desprecio o, más bien, de la defensa legítima de un espacio de placer? Quien acude a bailar busca el disfrute personal y no tiene por qué sentirse en la obligación de tolerar una experiencia insatisfactoria bajo el mandato del altruismo. La premisa operativa es pragmática: al no haber conexión o al existir una brecha técnica, la integración deja de ser atractiva.

Esta observación no pretende erigirse como una ley general ni como una prescripción sobre cómo deberíamos organizarnos socialmente. Ciertamente, se puede recurrir a la falacia de la excepción y señalar aquellos casos extraordinarios donde alguien superó sus prevenciones y halló un valor insospechado en la diferencia. No obstante, las dinámicas humanas no suelen regirse por la excepción romántica, sino por la inercia de la vivencia cotidiana.

Aunque sea posible construir parábolas e idealismos en contrario, el día a día empuja a las personas a adoptar comportamientos de selección y filtro. Nos gusten o no, estos mecanismos de preservación del propio tiempo y confort constituyen una dimensión profundamente humana de nuestro andar por el mundo.

La pregunta vital sería: ¿cómo hacemos para evitar que este mecanismo humano e inevitable se transforme en algo evitable y dañino como la discriminación? Si la educación es parte indispensable del camino y las leyes constituyen un mecanismo efectivo de control, como sociedad debemos interpelarnos sobre por qué la Educación Sexual Integral (ESI) —herramienta clave para trabajar la afectividad, la empatía y la convivencia pacífica— aún no se aplica con la plenitud necesaria. En definitiva, no siempre podremos erradicar el prejuicio en la esfera individual, pero sí podemos —y debemos— asumir la responsabilidad colectiva de frenar la discriminación.

 

14/9/2026

viernes, septiembre 11, 2026

Ceguera moral y militancia: la complicidad social que alimenta el robo cotidiano

Existe una trampa seductora en el debate político contemporáneo: la tentación de juzgar los actos no por sus consecuencias palpables en la realidad, sino por la pureza teórica del discurso que los envuelve. Bajo esta lógica, la corrupción perpetrada por "los nuestros" se matiza como un desvío administrativo o un costo colateral en nombre de una causa superior, mientras que la del adversario se denuncia como una atrocidad imperdonable. Este doble rasero no solo es éticamente insostenible, sino que invisibiliza una verdad fundamental: la corrupción es una afrenta directa y sistemática contra los derechos humanos.

Durante décadas se ha encasillado a la corrupción como un delito meramente financiero o burocrático. Sin embargo, cuando los fondos públicos destinados a hospitales, escuelas, infraestructura o agua potable terminan en bolsillos privados, el resultado no es un simple desbalance contable. El resultado son vidas perdidas por falta de insumos médicos, niños condenados a la marginalidad por una educación precaria (con pruebas PISA o no) y comunidades enteras vulneradas en su dignidad básica, ya que deben mendigar sus necesidades o someterse a maniobras viles. Es increíble que no vean que las remeras con nombre de políticos repartidas se esparcen más en comunidades que son rehenes del sistema. Robarle al Estado es robarle las condiciones mínimas de subsistencia a la población, especialmente en sociedades como la nuestra, signadas por una alta inequidad donde el impacto de la expoliación es devastador.

Los derechos humanos se ven severamente afectados cuando los privilegios de unos pocos destruyen las posibilidades de crecimiento, desarrollo, vida y dignidad de los demás. Parte central del problema radica en no ser capaces de asociar la defensa de estos derechos con el plano cotidiano y encarnarlos allí donde deben hacerse efectivos. Solemos reservarlos exclusivamente para episodios de escala histórica o trascendente —como una dictadura o un genocidio—, pero esa ceguera ante lo diario nos impide ver que la corrupción cotidiana corroe el tejido básico de la vida humana.

En la política vernácula, además, la corrupción funciona como una coartada de impunidad cruzada. Bajo la premisa implícita de que «el problema es de los otros, pero, quizás, un poco de nosotros», a ningún sector le conviene avanzar de fondo con leyes severas, sanciones efectivas ni con la recuperación de los bienes robados. Así, el fenómeno se empantana deliberadamente: no es casual que los juicios por corrupción tomen décadas, buscando que el paso del tiempo adormezca el interés público y diluya las causas en la prescripción. La restitución de los fondos saqueados es casi una utopía, marcando un contraste escandaloso con la celeridad e inflexibilidad con la que la justicia actúa y embarga a un ciudadano común por la deuda de un electrodoméstico.

Como bien advertía el teólogo Dietrich Bonhoeffer al reflexionar sobre la ceguera moral, el peligro más grave radica en la incapacidad crítica de ver la realidad cuando esta contradice nuestros sesgos. Tolerarle la corrupción a un proyecto político porque enarbola banderas de justicia social es una contradicción trágica. En el fondo, esta parálisis institucional funciona como un mecanismo de protección para defender un sistema impune, silenciando lo que verdaderamente importa: los derechos humanos reales de las personas vulnerables que necesitan ser protegidas. De los que defienden esto es obvio que los sobrevivientes y los que ganan sin limite tienen otras razones, pero el problema son los estúpidos, allí Bonhoeffer tienen razón: “La estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Uno puede protestar contra el mal; se puede denunciar y, si es necesario, se puede prevenir mediante el uso de la fuerza... pero contra la estupidez no tenemos defensa”.

Es hora de despojar a la corrupción de cualquier encubrimiento ideológico o corporativo. Quien defrauda al erario público no está librando una batalla cultural ni protegiendo un modelo de país; está cometiendo un crimen que destruye vidas por igual, sin importar la camiseta, la doctrina o las intenciones de quien lo ejecute. Lo peor es amparando en los estúpidos, los tibios, los que son bueno hablando de justicia.

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