viernes, septiembre 11, 2026

Ceguera moral y militancia: la complicidad social que alimenta el robo cotidiano

Existe una trampa seductora en el debate político contemporáneo: la tentación de juzgar los actos no por sus consecuencias palpables en la realidad, sino por la pureza teórica del discurso que los envuelve. Bajo esta lógica, la corrupción perpetrada por "los nuestros" se matiza como un desvío administrativo o un costo colateral en nombre de una causa superior, mientras que la del adversario se denuncia como una atrocidad imperdonable. Este doble rasero no solo es éticamente insostenible, sino que invisibiliza una verdad fundamental: la corrupción es una afrenta directa y sistemática contra los derechos humanos.

Durante décadas se ha encasillado a la corrupción como un delito meramente financiero o burocrático. Sin embargo, cuando los fondos públicos destinados a hospitales, escuelas, infraestructura o agua potable terminan en bolsillos privados, el resultado no es un simple desbalance contable. El resultado son vidas perdidas por falta de insumos médicos, niños condenados a la marginalidad por una educación precaria (con pruebas PISA o no) y comunidades enteras vulneradas en su dignidad básica, ya que deben mendigar sus necesidades o someterse a maniobras viles. Es increíble que no vean que las remeras con nombre de políticos repartidas se esparcen más en comunidades que son rehenes del sistema. Robarle al Estado es robarle las condiciones mínimas de subsistencia a la población, especialmente en sociedades como la nuestra, signadas por una alta inequidad donde el impacto de la expoliación es devastador.

Los derechos humanos se ven severamente afectados cuando los privilegios de unos pocos destruyen las posibilidades de crecimiento, desarrollo, vida y dignidad de los demás. Parte central del problema radica en no ser capaces de asociar la defensa de estos derechos con el plano cotidiano y encarnarlos allí donde deben hacerse efectivos. Solemos reservarlos exclusivamente para episodios de escala histórica o trascendente —como una dictadura o un genocidio—, pero esa ceguera ante lo diario nos impide ver que la corrupción cotidiana corroe el tejido básico de la vida humana.

En la política vernácula, además, la corrupción funciona como una coartada de impunidad cruzada. Bajo la premisa implícita de que «el problema es de los otros, pero, quizás, un poco de nosotros», a ningún sector le conviene avanzar de fondo con leyes severas, sanciones efectivas ni con la recuperación de los bienes robados. Así, el fenómeno se empantana deliberadamente: no es casual que los juicios por corrupción tomen décadas, buscando que el paso del tiempo adormezca el interés público y diluya las causas en la prescripción. La restitución de los fondos saqueados es casi una utopía, marcando un contraste escandaloso con la celeridad e inflexibilidad con la que la justicia actúa y embarga a un ciudadano común por la deuda de un electrodoméstico.

Como bien advertía el teólogo Dietrich Bonhoeffer al reflexionar sobre la ceguera moral, el peligro más grave radica en la incapacidad crítica de ver la realidad cuando esta contradice nuestros sesgos. Tolerarle la corrupción a un proyecto político porque enarbola banderas de justicia social es una contradicción trágica. En el fondo, esta parálisis institucional funciona como un mecanismo de protección para defender un sistema impune, silenciando lo que verdaderamente importa: los derechos humanos reales de las personas vulnerables que necesitan ser protegidas. De los que defienden esto es obvio que los sobrevivientes y los que ganan sin limite tienen otras razones, pero el problema son los estúpidos, allí Bonhoeffer tienen razón: “La estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Uno puede protestar contra el mal; se puede denunciar y, si es necesario, se puede prevenir mediante el uso de la fuerza... pero contra la estupidez no tenemos defensa”.

Es hora de despojar a la corrupción de cualquier encubrimiento ideológico o corporativo. Quien defrauda al erario público no está librando una batalla cultural ni protegiendo un modelo de país; está cometiendo un crimen que destruye vidas por igual, sin importar la camiseta, la doctrina o las intenciones de quien lo ejecute. Lo peor es amparando en los estúpidos, los tibios, los que son bueno hablando de justicia.

La paradoja del espejo digital: cuando la autoestima ruega por ser aplaudida

Pocas cosas sostienen de manera tan determinante nuestras relaciones, nuestra capacidad de habitar una sexualidad plena o el derecho a vivir sin violencia como la autoestima. Sin embargo, en esta era de vitrinas encendidas, hemos olvidado una verdad física y filosófica elemental: nuestra existencia es apenas un destello en la eternidad.

Somos un punto insignificante en la inmensidad del cosmos. Es cierto que en esa brevedad humana somos capaces de transformar el entorno, erigir universos maravillosos y dejar obras que enorgullecen a generaciones. Pero sigue siendo una vida pequeña. Reconocer esta escala no busca menospreciar nuestra existencia; al contrario, le devuelve su peso real al instante presente: nos recuerda que somos valiosos aquí y ahora, en la experiencia concreta y no en su representación.

Ahí radica la trampa del presente digital. Hemos trasladado ese deseo legítimo de trascendencia a una dinámica de consumo instantáneo donde cualquier nimiedad cotidiana pretende hacerse pasar por un acontecimiento histórico. Adornamos momentos banales con frases grandilocuentes y convertimos la intimidad en un espectáculo de producción propia.

Un ejemplo claro de esta deriva son los rituales virales de la red: responder a desafíos de postear la última foto de la galería o colgar imágenes de vacaciones pasadas acompañadas de rogativas para atraer nuevos destinos, casi como un mantra o un ritual pagano donde publicar un viaje se vuelve el requisito mágico para que ocurra otro. Son dinámicas de exhibición que intentan simular una seguridad inexistente mediante un exhibicionismo barato que termina erosionando lo que pretende celebrar.

La pregunta incómoda que debemos hacernos es si esta sobreexposición constante realmente fortalece el amor propio o si, en realidad, lo degrada.

Cuando sentimos la urgencia de someter nuestra vida privada al tribunal del like, no estamos ejercitando una autoestima sólida; estamos delatando una grieta. La verdadera autoestima se basta a sí misma, no necesita una audiencia continua para confirmarse o solo las personas que son importantes. Cuando dependemos del feedback ajeno para certificar nuestro propio valor, la autoestima deja de ser un pilar interno y se convierte en una suplicante rehén del aplauso ajeno.

lunes, septiembre 07, 2026

La política y su vicio del estatismo: por qué la autocrítica es el verdadero vigor intelectual

Las ideas políticas y sociales no germinan en un laboratorio estéril; nacen sacudidas por realidades vernáculas, inmediatas y muchas veces acotadas. Cuando intentamos pensar la política desde lo cotidiano, es fácil articular críticas certeras sobre lo que nos rodea, aunque reconozcamos la brecha que existe entre vivir, soportar o ejercer la política y dedicarse a estudiarla. Es probable que mucho de lo que observamos ya haya sido conceptualizado por otros en ámbitos a los que no siempre accedemos, pero hay una certidumbre que se nos presenta hoy con claridad meridiana: las ideas políticas sufren de un profundo estatismo debido a la ausencia casi total de pensamiento crítico.

Entiendo el pensamiento crítico no como el ejercicio cómodo de señalar las fallas del adversario, sino como una pregunta incómoda sobre la propia forma de pensar las ideas. Se trata del proceso de someter los propios argumentos a un verdadero test de esfuerzo: intentar denostarlos, cuestionarlos severamente y poner a prueba su fortaleza antes de convertirlos en discursos, alejándolos siempre de todo dogma.

Lamentablemente, el comportamiento predominante en la estructura política actual camina en la dirección opuesta. La premisa implícita es siempre la misma: los otros son los que están equivocados. Independientemente del signo ideológico o del relato que se defienda, la política tiende a operar como un espacio de endogamia discursiva donde la autoduda se percibe como traición o debilidad, y donde se premia la lealtad identitaria por encima de la solidez analítica.

Esta dinámica genera una ilusión peligrosa: el sesgo de punto ciego hace que señalar las contradicciones del rival se interprete como una victoria argumental propia. Sin embargo, destruir la postura ajena no valida automáticamente la propia. Que el otro esté equivocado no nos da la razón.

Para que una corriente de pensamiento o un proyecto político avance de manera real, resulta indispensable desacoplar la doctrina de la identidad de grupo y aplicar la misma severidad al fiscalizar los errores propios que al juzgar los del contrincante. Si los espacios de militancia y debate no son capaces de responder bajo qué condiciones sus propias medidas dejarían de ser válidas, seguirán condenados a la repetición y a la parálisis.

La verdadera innovación política no surge de la pureza dogmática ni del refugio en certezas absolutas. Nace, al contrario, del rigor intelectual de quienes están dispuestos a demoler sus propios argumentos para reconstruirlos con mayor fortaleza, antes de que sea la propia realidad la que se encargue de hacerlos colapsar.

Es más, creo que la falta de pensamiento crítico ha permitido que los espacios políticos se llenen de pequeños delincuentes del discurso, además de severos perversos (los corruptos, para mí, son perversos siempre). El circuito es constante: cada vez más, la política es un territorio de aprovechamiento para los individuos; allí donde cabe esa realidad, el bien común se vacía o solo resulta útil para el fin primero: beneficiar a unos cuantos.

No podemos ni debemos evitar la política, forma parte de nuestra esencia, pero claramente hay que transformarla con urgencia porque la sociedad la necesita, sus derechos y su calidad de vida piden esto a gritos.

viernes, septiembre 04, 2026

Compartir: arte y trabajo

Compartir es un proceso que posee la hermosura potencial del arte pero, al mismo tiempo, la ardua complejidad de toda actividad humana.

Está claro que no todos saben compartir, aun aquellos que tienen la verdadera intención de hacerlo. Tampoco suele ser fácil crear las condiciones para que ese flujo de experiencias, vivencias, palabras y afectos circule de manera fluida, como si fuera un puente que se construye al mismo tiempo que se transita.

No me refiero únicamente a compartir una actividad que se realiza conjuntamente, sino, sobre todo, a compartir una vivencia: el hecho de que alguien haya experimentado algo y que la otra persona sea partícipe de ese sentir a través de sus propios recursos. En síntesis, no es fácil compartir ni alegrías ni tristezas. Comprender esta diferencia es clave para entender la verdadera esencia del acto de compartir.

Compartir nunca se puede imponer. Se puede situar a las personas en un momento dado y establecer una suerte de obligación moral de expresarse, pero compartir de verdad es algo que solo surge de manera espontánea.

Aun cuando existe el deseo explícito de hacerlo, aparecen impedimentos que disuaden el acto. Por un lado, está el error de creer que compartir es responder a un cuestionario o someterse a formatos rígidos que fuerzan la expresión, lo cual impide simplemente "dejar ser" al otro. También afecta esa exigencia, consciente o no, de pedir simetría; vale subrayarlo: jamás se comparte desde una alegría prestada o edulcorada para cumplir con las expectativas ajenas. Y por último, lo que siempre nos duele, es la confusión entre voluntad y disponibilidad: jamás se comparte cuando la persona —pese a su deseo— no sabe, no puede o no logra identificar las barreras internas que se lo impiden.

Independientemente de lo que se diga, la voluntad y el deseo de abrirse son actos sumamente concretos. Son gestos en los que algunos tienen una facilidad natural: se expresan con arte y logran crear las condiciones para que la vivencia fluya. A otros, en cambio, les cuesta. Es algo que se puede aprender, pero para ello es necesario reconocer y considerar las propias limitaciones, además de abrirse sinceramente al saber. No alcanza solo con pretenderlo; como dice el refrán que sigue siendo válido aun para los paganos: A Dios rogando y con el mazo dando.


4/9/2026


domingo, agosto 30, 2026

La responsabilidad de la palabra: ¿libertad de expresión o libertinaje profesional?

Desde hace un tiempo, una preocupación recurrente me interpela en el ecosistema de las redes
sociales: la proliferación de discursos sobre sexualidad y sexología respaldados por la investidura de la profesionalidad, pero carentes del rigor ético y científico más elemental.

Es preciso hacer una distinción fundamental. Existen profesionales admirables que, combinando un sólido conocimiento basado en evidencia y un auténtico savoir-faire, poseen una capacidad envidiable para sintetizar conceptos complejos en mensajes claros, didácticos y accesibles. Sin embargo, en el extremo opuesto, presenciamos un fenómeno alarmante que abre un debate urgente sobre la responsabilidad social en las profesiones de la salud: ¿Cómo establecer límites conceptuales y éticos precisos sin cruzar la frontera de la censura?

Es innegable que la libertad de expresión constituye un pilar inalienable de toda sociedad democrática. Cualquier ciudadano posee el derecho de opinar y argumentar desde sus propias convicciones. Sin embargo, cuando un discurso es emitido desde el rol profesional, el escenario cambia radicalmente. La palabra deja de ser una mera postura individual para revestirse de una autoridad simbólica que la audiencia asume como legítima, veraz y científicamente segura.

«Cuando un discurso es emitido desde el rol profesional, la palabra deja de ser una mera postura individual para revestirse de una autoridad simbólica que la audiencia asume como legítima y veraz.»

Por esta razón, el ejercicio profesional en la esfera pública no puede quedar sujeto al desacierto, el dogma o la ligereza discursiva. Poner límites sin recurrir a la censura implica elevar la vara de la exigencia argumentativa a través de cuatro criterios de demarcación ética:

  1. Transparencia en el marco epistemológico: Es un deber deontológico explicitar la diferencia entre comunicar un consenso científico respaldado por la evidencia y emitir una hipótesis personal, una postura ideológica o una vivencia individual. La audiencia tiene el derecho soberano de conocer desde qué lugar se habla.
  2. Actualización de los códigos deontológicos: Las instituciones y colegios profesionales deben adaptar sus marcos normativos a la era digital, reconociendo que la mala praxis no se limita al recinto del consultorio, sino que se extiende a la difusión masiva de desinformación que atenta contra la salud pública.
  3. Exigencia de rigor e integridad institucional: Las universidades y entidades académicas deben ser bastiones del debate plural, pero también garantes rigurosos de la calidad científica. No se trata de silenciar voces divergentes, sino de exigir que toda postura expuesta bajo su sello cumpla con estándares mínimos de falsabilidad, fundamentación y coherencia metodológica.
  4. Fomento de la alfabetización crítica: Parte de la responsabilidad técnica radica en brindar a la comunidad herramientas conceptuales para evaluar la validez de los discursos, promoviendo la comprensión de que un título académico es una condición necesaria, pero nunca suficiente, para validar una afirmación.

Exigir evidencia, actualización constante y apego a marcos éticos no significa coartar la libertad de pensamiento; por el contrario, representa el único camino para proteger a la comunidad y honrar la función social del conocimiento. Cuando la ciencia y la ética se diluyen en favor del espectáculo mediático o el impacto algorítmico, no solo se degrada el espacio institucional, sino que se vulnera la confianza depositada por una sociedad que acude a la técnica en busca de certezas.

 

lunes, agosto 24, 2026

En defensa de la IA


 Nadie me lo pidió, pero lo hago. Tal vez la clave esté en equilibrar el uso que buscamos darle con las garantías y protecciones que debemos exigirme a nosotros mismos. Los argumentos que comparto son conocidos, pero intento decirlos a mi manera, porque en ese matiz personal está la diferencia.

Toda herramienta es neutra hasta que el ser humano la utiliza. Su creación no es neutral, claro: responde al principio del ingeniero que ve un problema y busca una solución influenciada por su contexto e intereses. Pero una vez instalada en la sociedad, su impacto depende plenamente de la subjetividad de quien la usa, de sus habilidades y de cuán incorporada tenga una ética del cuidado frente al potencial destructivo que también nos caracteriza. La IA es una herramienta más. Posee una capacidad enciclopédica y de procesamiento de datos sobrehumana. Sin embargo, que una IA pueda corregir este texto y darle una mejor forma no me quita la autoría de mis ideas ni invalida mi sentido crítico para evaluar el resultado. Desvalorizar el uso de la IA es negar la capacidad humana de pensar, de buscar colaboración y de defender ideas, lo que incluye, muchas veces, la madurez de reconocer cuando estábamos equivocados.

No le doy entidad humana a la IA; por eso no es mi amiga, pero sí un aliado invaluable. Es lo mismo que el auto para desplazarme rápido o la pava eléctrica para tener el mate listo en menos tiempo. Reconozco en ella a una entidad amoral y con límites claros: quien decide qué parte se apaga y cuál no es siempre el ser humano, no la máquina. Es verdad que puede moldearse a sí misma por la red de datos en la que se teje, pero carece de intencionalidad propia; sus recortes y respuestas son reflejo de lo que nosotros mismos podemos hacer.

La IA existe hoy como en su momento existieron otras tecnologías, algunas de las cuales causaron un enorme daño porque el ser humano las utilizó con ese fin. Esa realidad es innegable. Como bien señaló el filósofo Paul Virilio: "Cuando inventas el barco, también inventas el naufragio". Por eso, los límites éticos no deben ponerse en la herramienta, sino en un sistema educativo capaz de incorporar la tecnología manteniendo siempre como centro la alteridad humana y los derechos fundamentales.

24/8/2026

domingo, agosto 23, 2026

La cortesía

Escucho al escritor Arturo Pérez-Reverte decir que ciertas cosas que hace se deben a que fue
educado en la certeza de que la cortesía mejora el mundo. Hay una belleza impecable en esa afirmación: educar con la certeza de algo.
Ver la cortesía no como un simple formulismo o una convención social vacía, sino como un gesto elocuente hacia la humanidad reflejada en una persona. Que sea la decisión deliberada y consciente —incluso cuando se ha vuelto un automatismo— de reconocer que el otro, simplemente por ser otro, merece esa consideración. Es la simplicidad de decir sin palabras: «Te veo, te valoro, te respeto simplemente porque eres otro, porque no eres yo». Y es en ese reconocimiento de la alteridad donde se tiende un puente con la esperanza de que la humanidad pueda funcionar mejor.
La ética del cuidado solo puede crearse a partir de la alteridad, y la alteridad solo aparece cuando al otro lo veo y lo valoro. Es por eso que en la cortesía se refleja con más fortaleza la posibilidad de que esa ética se vuelva realidad. Por supuesto, esto descarta de plano cualquier gesto peyorativo, condescendiente o de desprecio. Quizás sea una postura tildada de ingenua, quizás no le esté dando el peso suficiente a ciertos problemas sociológicos, pero aun así elijo quedarme con esta idea: la de haber sido educado con la certeza de la cortesía.
21/8/2026
Francisco Viola
Elucubraciones nómadas II (Inédito).

El cuadro es 

'Peregrinación a la isla de Citera', de Antoine Watteau

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