domingo, agosto 09, 2026

El cuerpo de uno, cada cuerpo

 Cada cual tiene su cuerpo. Con ese cuerpo anda por la vida. De vez en cuando se ejercita para mejorar algún tono muscular o alguna forma; tal vez se agrega piercings, se hace tatuajes, tal vez engorda. Pero sigue siendo el único cuerpo que uno tiene, y lo transita y lo habita como puede.

Que hay estereotipos sobre la belleza, obvio. Que hay cuerpos que son más atractivos que otros, está claro. Intentamos someternos a procedimientos para tratar de que estéticamente se adecúe más a cierto perfil, y nos produce gusto o placer —o moviliza deseos— tener determinado tipo de cuerpo y no otro. Así es. Pero solo hay un cuerpo que transitamos y habitamos: el que tenemos. Por ahí pasa, quizás, toda la cuestión.

No podríamos evitar que los demás opinen, aunque no tengan derecho, o que busquen los cuerpos que les parecen más atractivos, o que pongan distancia con otros que les hacen saltar las alarmas —algunas por experiencia, otras por conocimiento o tal vez solo por prejuicio—.

Los cuerpos son eso: ese espacio que logramos habitar desde nuestra propia belleza, desde el sentir que no solo somos poseedores de ese cuerpo, sino que en él se conjuga toda posibilidad de placer, de encuentro, de alteridad, de gozo. Somos quienes somos y eso incluye este cuerpo que tenemos.

Cuando nos autorizamos a ser, nos damos cuenta de que todo lo que genera placer —desde el juego hasta la danza, pasando obviamente por el sexo— solo puede desplegarse cuando comprendemos que este cuerpo es lo suficientemente bueno para albergar toda la ternura, todo el placer y todo el amor que están disponibles.

miércoles, agosto 05, 2026

Día de la salud sexual 2026

El eslogan del Día de la Salud Sexual 2026 «Everybody, cada cuerpo», es simple, contundente e imprescindible para recordar lo obvio: cada persona, cada ser humano, tiene un cuerpo. Un cuerpo donde la anatomía y la fisiología funcionan dentro de un contexto social y cultural determinado.

Ese cuerpo lo habitamos como podemos, como aprendemos y como nos relacionamos; lo habitamos según cómo nos autorizan y cómo nos autorizamos a nosotros mismos en función del valor, la estima y el reconocimiento que le damos. Ante esta evidencia accesible para todos, resulta fácil recordar que en la historia de la humanidad no todos los cuerpos fueron permitidos. Han existido —y existen— formas de coartar la libertad de ser, llegando a mutilaciones físicas y simbólicas impuestas por las dinámicas de poder de cada época.

La sexualidad es una condición ontológica de la especie humana y un elemento axial de la dignidad. Ella se expande, se expresa, se manifiesta y se habita en la propia corporalidad. Es esta dimensión encarnada la que delimita y abre todas las extensiones de existencia. Agreguemos que el ser humano es un ser definitivamente cultural, ya que el entorno social y cultural define los sentidos que le permitirán desarrollarse. Por esto motivo todo esfuerzo para garantizar esta sexualidad debe sostenerse sobre un trípode fundamental:

1. Educación (Formal e Informal)

Debe orientarse siempre a una noción del cuerpo basada en la dignidad y el respeto por la alteridad. La diversidad no es una excepción, sino la condición natural de la especie humana. Es necesario ir más allá de lo biológico para enseñar a valorar la diferencia y desmontar los prejuicios que históricamente han clasificado o marginado ciertos cuerpos.

2. Autonomía y Consentimiento

El cuerpo es propiedad inalienable de quien lo habita; por lo tanto, es cada persona quien debe establecer los criterios de su uso y vivencia. El consentimiento debe entenderse como un principio permanente, consciente y soberano, que despoje a cualquier tercero o estructura de poder de la potestad sobre la corporalidad ajena.

3. Salud, Expresión y Goce

El cuerpo debe ser sinceramente el espacio donde la capacidad de expresarnos, disfrutar y cuidarnos se ejerza sin barreras. El ámbito de la salud no solo implica la ausencia de enfermedad, sino la garantía del bienestar integral y el placer, libres de restricciones ideológicas, estigmas o prejuicios impuestos por el poder.

Este trípode demuestra que defender la salud sexual es defender la libertad humana en su sentido más primario: el derecho inalienable a existir, sentir y ser respetado en el cuerpo que habitamos.

 

5/8/2026

lunes, agosto 03, 2026

Diversidad y Rareza: De la Ética de la Dignidad a la Oportunidad del Aprendizaje

 Existe una pequeña pero vital sutileza entre lo diverso y lo raro. Todo ser humano es diverso, es parte de la esencia misma de la humanidad. Hay en la diversidad algo que nos enaltece como especie: cada persona procura, desde su individualidad, darle sentido a su propia subjetividad. Es cierto que, a menudo, esa diversidad se mimetiza con el entorno debido a los factores sociales y culturales que se imponen como moldes o patrones. Sin embargo, en el fondo, seguimos siendo siempre diversos. Lo lógico siempre sería enaltecer esa diversidad. Pero sabemos que no lo hacemos, si no es más común, lamentablemente, lo contrario: desconocerla o atacarla. Pero ella está porque es intrínseca a la especie.

Por otro lado, existe gente que se sale de ese patrón social o cultural —así sea de manera circunstancial— ya sea por sus comportamientos, hábitos, vestimentas o decisiones de vida. Son las personas a quienes la sociedad suele tildar de «raras» simplemente porque no hacen lo que todo el mundo hace.

Diferenciar lo intrínseco versus lo circunstancial es clave:

-          La diversidad es previa y ontológica: Es intrínseca al hecho de ser humano.

-          La rareza es una cuestión de visiones, momentos y elecciones: Está atada a contextos e inclinaciones personales. Un día puedes estar estadísticamente dentro de la norma y al siguiente decidir que ese patrón no te conviene; o al revés: tras haber habitado en la rareza, adaptarte a un molde porque te reconoces mejor en él.

 El límite innegociable: Dignidad y Derechos Humanos

Frente a lo raro —y ante el choque estético o la incomodidad que pueda generar— nos comportamos como podemos, porque lo raro nos inquieta, nos interpela, nos hace preguntas. O sea, es lógico que prefiramos evitarlo. Porque cada quien reacciona en función de sus posibilidades psicológicas, sociales y afectivas adquiridas por nuestra educación formal e informal y asumidas por nuestros criterios personales. Sin embargo, esa reacción jamás puede incluir la violencia, la discriminación ni ningún otro tipo de acción negativa.

Tanto la diversidad como la rareza son patrimonios del ser humano. En ambos casos, es la persona la que está en juego, con toda su dignidad, sus derechos y sus obligaciones. No existe una jerarquización de la condición humana. Los derechos humanos son intrínsecos al ser; por ello existe un esfuerzo sistemático por conservarlos, promoverlos y protegerlos a través de las leyes y los comportamientos sociales que ordenan la convivencia.

 La educación y la rareza como ventana al crecimiento

La diversidad es inevitablemente humana, pero saber aprovecharla, enriquecerse de ella y disfrutarla es una decisión personal. Por eso, la educación para la comprensión de la diversidad es la clave para el desarrollo de la humanidad. Por eso, por ser humana, toda sociedad se refleja en la forma en que acepta la diversidad y, también, cómo la defiende y la ataca. Pero sobre todo como es activa en su defensa, espacio para expresarla y posibilidad de generar riquezas desde esa diversidad a nivel social y cultural.

A nivel personal, la experiencia demuestra que las rarezas son verdaderas formas de preguntarnos cosas sobre nosotros mismos. Son interpelaciones que, si somos capaces de contemplar de otro modo, nos ofrecen valiosas lecciones. La rareza le habla a nuestros deseos y a nuestras necesidades no reconocidas; y quizás, precisamente en esa grieta de lo inesperado, se esconda un indicio de felicidad.

sábado, agosto 01, 2026

La Geometría de la Comunicación

 La geometría, en algún momento, nos enseñó que dos líneas paralelas no se cruzan. Este
concepto es clave al sostener una discusión o conversación sobre cualquier tema: nos permite identificar si estamos caminando sobre la misma línea o si avanzamos por líneas paralelas.

Propongo que existen tres niveles desde los cuales nos podemos posicionar para hablar:

1. El nivel de las Ideas: Es el espacio donde expresamos lo que pensamos e imaginamos. Está profundamente asociado con la filosofía. Aquí buscamos respuestas teóricas sobre cómo debería ordenarse el mundo en función de nuestras creencias, una noción que varía según el soporte conceptual que construimos para razonar. En este nivel, lo crucial es cómo articulamos la lógica de nuestra conversación.

2. El nivel de los Hechos: Aquí existe un trabajo de clasificación, sistematización y comparación, guiado principalmente por la metodología científica. Los hechos siempre se refieren a poblaciones determinadas y a realidades estudiadas. Aunque nacen de las ideas, lo que los transforma es el proceso de lectura, organización, análisis y exposición de los datos. En este nivel, lo fundamental es la metodología que utilizamos para exponer la evidencia, con un esfuerzo de controlar los sesgos o dejar en claro cuales son. La fortaleza de este nivel está dado por la intencionalidad de ser objetivo.

 3. El nivel del Suceso: Es lo que me pasa a mí; mi experiencia completamente subjetiva. En este nivel no busco validar hipótesis ni contrastar datos, sino encontrar empatía. Si en las ideas importa la lógica y en los hechos la metodología, en el suceso lo relevante es la búsqueda de la empatía como forma de encuentro con el otro.

Cuadro Comparativo de los Tres Niveles

 

Nivel

Dimensión principal

Herramienta clave

Búsqueda/ Meta

Las Ideas

Teórica / Filosófica

Lógica y Marcos Conceptuales

Comprender el deber ser o el modelo del mundo

Los Hechos

Objetiva / Empírica

Metodología Científica y Datos

Validar la realidad medible y sistematizada

El Suceso

Subjetiva / Vivencial

Empatía y Narrativa Personal

Conectar desde la experiencia humana y la emoción

 

El nivel desde el cual nos posicionamos establece la línea sobre la cual vamos a conversar. Obviamente, si las personas se ubican en niveles diferentes, se da la metáfora geométrica: las líneas jamás se van a cruzar, que en comunicación implicaría no podría haber punto posible de consenso y de creación conjunta.

A veces, esto ocurre de manera intencional para evitar el debate real. Hay quienes saltan estratégicamente de una línea a otra cuando el interlocutor les esgrime argumentos en su mismo nivel, buscando de manera explícita que el encuentro comunicativo no se concrete. Otras veces, simplemente nos confundimos de canal.

En última instancia, todo depende de nuestra intencionalidad real y coherente: la voluntad de establecer líneas de conversación donde la intersección de nuestros niveles pueda generar algo nuevo, creativo, y transformar el encuentro en un espacio verdaderamente constructivo y tratemos de controlar la intención humana de uso del poder para obtener lo que queremos: controlar algo.

Por eso es clave, aprender a hacer metacomunicación —es decir, frenar la charla y preguntar: «¿Estamos hablando de lo que sentimos (Suceso), de lo que miden los datos (Hechos) o de lo que creemos que debería ser (Ideas)?»— es probablemente la habilidad técnica más valiosa para lograr esa tan ansiada intersección.

Comunicar es un arte, obvio. Pero todo arte tiene, también, especificidades técnicas que dependen de como adquirimos, aprendemos, aprehendemos a usar las diferentes habilidades. Por eso comunicar siempre se puede mejorar.

 

1/8/2026

miércoles, julio 29, 2026

Odisea

 De un tiempo a esta parte, me he convencido de que el ser humano es nómada por naturaleza.
Vamos por la vida a veces en grandes desplazamientos; otras, quizás, sin movernos del terruño. Sin embargo, la vida en sí misma es un viaje. Tal vez esta idea nació en mí con la poesía Ítaca, de Constantino Kavafis, tan estrechamente asociada a la Odisea: siempre estamos haciendo un viaje.

Parece que solo contamos aquellos trayectos que hablan de aventuras, de desafíos y de hazañas capaces de impresionar. ¿Quién no se sorprendería al escuchar o ver cómo resistimos al canto de las sirenas o cómo enfrentamos a un cíclope? Pero cada cual conoce los pequeños y grandes retos que va teniendo en la vida y la forma en que los afronta, por más que no siempre lo reconozca.

La medida de nuestro avance no la dan los obstáculos por sí solos, sino la capacidad de analizar lo que nos pasa, de comprender nuestra identidad, de intentar identificar en qué lugar reside lo que somos o el hogar que queremos habitar. Y, finalmente, en cuánto esfuerzo hacemos por no ser crueles y, si lo hemos sido, en cómo recomponemos lo hecho para producir algún beneficio.

En esa historia de recorridos, también importa cómo analizamos nuestras pequeñas idas y vueltas, y cómo buscamos la coherencia dentro del proceso de ir escribiendo nuestras propias definiciones. Ser coherente no significa decir siempre lo mismo, sino saber identificar los valores y elementos clave que deben guiar nuestro norte.

Nuestro barco puede enfrentarse a grandes tempestades, pero la intención firme de revisar las equivocaciones y de procurar que nuestra identidad se mantenga sólida para poder volver a lo que consideramos hogar, es lo que da sentido al trayecto. Esa es la Odisea que nos define como seres humanos. Eso es lo que nos hace, definitivamente, nómadas. Como nos recordó Kavafis para siempre:

«Ten siempre en tu mente a Ítaca.

Llegar allí es tu destino.

Pero no apresures el viaje en absoluto.

Es mejor que dure muchos años

y que ya viejo meches en la isla,

rico con cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Ítaca te dio el hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada más que darte.


29/7/2026


martes, julio 28, 2026

El territorio de la dignidad: El cuerpo en la justicia sexual (“Every body” / Cada persona, cada cuerpo)



 Toda realidad humana está situada dentro de un cuerpo. En esta verdad radica la esencia misma de nuestra existencia: si bien lo biológico no nos agota ni nos define por completo, es la superficie sobre la cual transitamos, habitamos y experimentamos el mundo. Todo nuestro equipaje cultural, psicológico y social se encarna en ese cuerpo que poseemos, el cual —incluso desde antes del nacimiento— es moldeado por factores externos que van trazando las rutas de nuestra subjetividad.

En elmarco del Día Mundial de la Salud Sexual (el 4 de septiembre), el trabajo bajo el lema “Every body” cobra una vigencia urgente. Pensar los derechos humanos y la justicia sexual exige comprender que no existen libertades abstractas; cada persona vivencia sus derechos, sus aprendizajes y sus vínculos a través de una corporalidad concreta y dentro de un contexto particular. Por ello, la salud sexual no se agota en el cuidado orgánico, sino en la reflexión crítica sobre cómo permitimos que la sociedad construya, signifique y respete cada cuerpo.

En español, el lema ha sido traducido como “Cada persona, cada cuerpo”, lo que añade una complejidad y una dimensión aún mayores para la reflexión. La idea de “persona” abarca una realidad profunda que introduce matices inevitables y fundamentales a tener en cuenta.

Bajo esta lógica, la educación sexual se impone no solo como una necesidad formativa, sino como una solución ética a las violencias que hoy sacuden a la humanidad. Promover los derechos y la dignidad humana exige preguntarnos qué valor le estamos otorgando permanentemente a esa realidad corpórea. Reconocer que cada cuerpo importa es el punto de partida indisoluble para imaginar, desde la WAS, un horizonte más justo, empático y humano.

El lema de este año da cuenta de que la discusión central pasa por comprender la dimensión biopsicosocial de toda persona, radicada en un cuerpo concreto pero habitada desde una realidad psicosociocultural. En función de ello, no se trata solo de asumirlos como innegables, sino de abordar el concepto de justicia sexual, el cual nos confronta con aquello que aún falta y con las formas en que estos derechos se pueden mejorar, ampliar y efectivizar. En este camino, el indicador más preciado y urgente es el desarrollo del consentimiento: asumido como un hábito, una norma y una obligación ineludible de protección.

28/7/2026

lunes, julio 27, 2026

Educación sexual integral

La Ley de Educación Sexual Integral (ESI) cumple 20 años. Ya he profundizado en otras
columnas sobre la importancia crucial que tiene para un país —y particularmente para la educación sexual— contar con un marco normativo hecho ley. Por eso es una ley imprescindible: permite comprender que hay una noción de bien común que se asume. Una ley que define la educación sexual integral como un derecho y que estipula sus límites conceptuales, las normas a las que se somete y la estructura metodológica de su ejecución; más que una norma, es un principio esencial a considerar, más allá de las discusiones falaces que se puedan plantear.

Pero vamos desde el principio. La educación sexual es, según la ley, aquella que «articula aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos». Esto define desde dónde vamos a hablar. En la actualidad, esta ley está asentada en pilares fundamentales asociados a valores ineludibles para el siglo XXI que una sociedad debe defender y promover:

  1. Fomentar los derechos humanos.

  2. Procurar la justicia social y sexual.

  3. Desarrollar el bienestar integral de las personas.

  4. Orientarse a construir una sociedad sin discriminación y con mayor equidad.

  5. Posibilitar el desarrollo de las habilidades para la vida.

  6. Potenciar el placer como una decisión personal, creativa y consentida.

  7. Generar antídotos específicos contra la violencia, promoviendo una convivencia saludable.

A dos décadas de su sanción, es momento de hacer un balance sobre cuánto hemos avanzado. Para ello, resulta fundamental revisar tanto los logros alcanzados como aquello que aún no hemos concretado. Que un gobierno en particular se muestre contrario a la ley o ponga obstáculos para su aplicación no debe desviarnos del objetivo central del análisis: evaluar cómo hemos progresado —o no— en estos 20 años.

Ese balance es responsabilidad de quienes hemos participado activamente en este proceso. No se trata de adjudicar méritos o agravios particulares, sino de evaluar los avances reales: cómo los discursos sociales han favorecido esta perspectiva y de qué manera se han logrado modificar comportamientos.

Estoy convencido de que la educación sexual, como idea y como derecho, es irreversible. Sin embargo, creo firmemente que aún estamos en deuda —no solo por las políticas de un último gobierno, sino de forma histórica— en la promoción de una ESI equiparable en eficacia y beneficios con aquellas propuestas que utilizan los recursos disponibles y buscan cumplir con estándares de calidad educativa como los que hoy existen en el mundo.

La educación sexual integral no abarca únicamente métodos didácticos, sino la construcción de procesos educativos formales, específicos y verdaderamente eficaces para promover el desarrollo y la protección del bienestar. En esa dirección es donde todavía debemos trabajar mucho más.

Aunque parezca un cliché, también es hora de preguntarnos: ¿qué hemos hecho por la educación sexual integral? Eso implica revisar no solo nuestras resistencias, sino también nuestra defensa de la misma; cómo hemos contribuido a que sea una realidad. Porque la ley existe, y nuestro compromiso ya forma parte del logro o del fallo.

La educación sexual integral es una decisión mancomunada por el bien común. Es a favor de nuestra sociedad y, como bien dice nuestra Constitución, «para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino» (un texto antiguo que, valga aclararlo, abarca a todas las personas). Lograr aplicarla y mejoarla día a día es una apuesta seria y responsable para lograr «con gloria vivir».

sábado, julio 25, 2026

Más allá del 'yo víctima'

 En esta época de redes sociales y discursos sin contrastar —o expuestos con una perspectiva
improlija—, parece que hemos entrado en una era donde lo que decimos se convierte en verdad simplemente porque lo decimos. Así, la discusión se vuelve sumamente difícil: abundan quienes pretenden erigirse en portadores de la verdad, voces de la equidad o jueces de la denuncia. En este entorno, resulta alarmante lo fácil que es construir una identidad a través de un dictamen explosivo sobre uno mismo.

Cuando definir qué has sido víctima de discriminación, racismo o patriarcado se convierte en una proclama identitaria, la denuncia deja de ser un llamado a la justicia y pasa a ser un rasgo del propio ego. Al hacerlo, el tejido social se desvanece en su dimensión colectiva y cultural, transformándose en una mera declamación de individuos. El límite entre lo real y lo narrado se vuelve difuso, aunque se pretenda presentar como algo claro y definido. Si la identidad se articula desde un estado de victimización sin haber sido realmente víctima, nos alienamos de aquellas personas que verdaderamente padecen la situación. Ese estado de fantasía autorreferencial nos impide trabajar de manera concreta sobre el problema real de quienes sufren.

Se insiste sobre la afirmación que Argentina es un país racista. Disentir con ella hoy parece colocar a cualquiera en un extremo opuesto o incorrecto. Es más, hasta los equilibrados en el debate, aceptan la afirmación y solo pregonan que en el ranking estamos lejos de estar primeros en el concierto de los países.

Sin embargo, el racismo —tal como se lo define actualmente— está asociado a dos realidades muy potentes: la condición ontológica del ser humano y el ejercicio del poder. Esto establece diferencias de manera inherente entre el "yo" y los "otros", entre el propio grupo y los ajenos y el uso del poder como dato de crueldad. El uso de estereotipos o la marcación de la diferencia forman parte de la estructura cognitiva y adaptativa de la especie. Somos seres que producimos alteridad; como también somos seres capaces de ejercer el poder, sea para construir o para generar daño. He aquí lo que hace la realidad. El poder como condición para generar víctimas, sufrimiento y sus consecuencias en el tejido social.

Por lo tanto, la medida de la especie humana no radica en negar su naturaleza, sino en evaluar cómo ha sido capaz de desarrollar mecanismos concretos para hacerle frente. Un ejemplo claro es la capacidad del lenguaje: a partir de la facultad ontológica de hablar, el ser humano dio un salto evolutivo para producir canto, escritura y formas cada vez más complejas de comunicación.

Cabe preguntarse entonces: ¿tenemos en cuenta este salto evolutivo cuando debatimos estos temas? ¿Reconocemos cómo hemos progresado como comunidad frente a nuestra propia tendencia a discriminar y a abusar del poder? Ignorar las herramientas civilizatorias que hemos construido para contener nuestro sesgo instintivo no solo invisibiliza el progreso social, sino que nos encierra en una narrativa estéril que atenta contra la verdadera empatía y la resolución de las injusticias reales.

Lejos está esto de justificar las injusticias reales y concretas que sufren personas. La inequidad como una forma asumida de control. La perversa ilusión de crear condiciones inevitables acunadas por la naturaleza. La constante crueldad defendida por principios llamados religiosos. La execrable discriminación porque la forma de relacionarse es diferente. Nunca debemos negar que la injusticia existe, que el dolor producido lo viven personas por circunstancias que la hemos designado como malas, sin tener ninguna autoridad para ello. Nunca hay que olvidarse de esto.

A lo que apunto es a que ha llegado la hora de observar los dos cimientos de la verdadera evolución humana: frente a la inevitable presencia del otro, evaluar qué hacemos con esa realidad. Destaquemos lo que hemos progresado, identifiquemos a quiénes aún no hemos sumado a ese progreso y dejemos de regodearnos en la falla instintiva para enfocarnos en consolidar las herramientas que la vuelven, día a día, algo obsoleto, inaceptable y cada vez más ajeno.

 

 

25/7/2026

viernes, julio 24, 2026

En defensa de lo romántico: Un modelo ético para el siglo XXI

La noción original de lo romántico siempre estuvo ligada a aquellas manifestaciones orientadas
hacia la idea del amor; a las acciones que buscan aproximarse a ese ideal construido en la relación con otra persona. Sigo pensando que lo romántico es algo que debemos reivindicar, algo deseable y en lo que es necesario educar.

Por supuesto, es un concepto profundamente cuestionado en la actualidad, y con justa razón. Sin embargo, en el debate contemporáneo solemos olvidar la esencia del detalle. Lo romántico no radica en los gestos vacíos que pregonan dinámicas de control, violencia o dependencia —los cuales miramos hoy con merecida desconfianza—. Lo auténticamente romántico es aquello que impulsa una acción genuina de amor.

Ahí radica, en realidad, el inconveniente principal: el término amor es complejo y esquivo. Habitualmente le atribuimos una carga ontológica —como si fuera una entidad abstracta que existe por el solo hecho de nombrarla—, pero esa categoría rara vez se sostiene en la práctica concreta. El amor posee distintas capas y una peligrosa capacidad de autointerpretarse dentro de un ideal abstracto, independientemente de las tensiones, hábitos o texturas personales que le vamos imprimiendo. En el uso cotidiano, llamamos amor a un conjunto tan abigarrado como impreciso de sentires, conductas, actitudes y discursos que ofrecemos a otra persona.

Herramientas axiales y deslinde de lo seudorromántico

Para comprender adecuadamente el concepto de romanticismo que planteo, es indispensable descartar todas aquellas expresiones denominadas «románticas» que en realidad son seudorrománticas.

La existencia del amor dependerá de indicadores precisos y, por ende, todo aquello que se le oponga —por más que popularmente se califique de romántico— deja de serlo. Por esta razón, resulta fundamental pensar en una educación romántica, la cual no es otra cosa que una educación afectivo-sexual enmarcada en el respeto a los derechos humanos. Este parámetro es axial; todo lo que se aleje de él, sencillamente, queda fuera.

Asimismo, es necesario considerar que la manifestación de lo romántico depende de las habilidades individuales, las cuales están inevitablemente vinculadas con las representaciones sociales de cada época:

·         La cursilería no define al romanticismo: Es apenas una exhibición limitada y casi mimética de ciertos clichés, pero no constituye la esencia del romanticismo ni, mucho menos, del amor.

·         Recursos inefables para la expresión afectiva: Para abordar con rigor la temática del amor y de la vivencia romántica, es imprescindible incorporar:

o    El diálogo asertivo.

o    La duda consciente, planteada abiertamente para ser resuelta.

o    El uso del pensamiento crítico.

o    El autoconocimiento eficaz.

o    La autoestima como filtro operativo.

Una hipótesis operacional para el amor

Para rescatar lo romántico, debemos superar esta definición difusa y plantear una hipótesis operacional: el amor hacia alguien en una relación afectivo-sexual no debe entenderse como una abstracción, sino a través de indicadores éticos y actitudinales irrenunciables:

·         La búsqueda omnipresente de la ternura: La disposición afectiva constante que atraviesa todo el vínculo. La ternura es el tono emocional que suaviza el trato cotidiano, la delicadeza en el gesto y la mirada amable que reconoce y abraza la humanidad de la otra persona.

·         El consentimiento como norma de existencia: La validación explícita, libre y continua del estar y del compartir como condición básica e innegociable del vínculo.

·         La dignidad desde la autonomía: La promoción activa de la libertad de la otra persona, donde la relación no sofoca ni asimila al individuo, sino que potencia su soberanía personal.

·         La intimidad como resguardo de la vulnerabilidad ontológica: La construcción de un espacio de confianza respetada, concebido como un refugio sagrado donde la fragilidad inherente del ser humano pueda desplegarse sin riesgo a ser instrumentalizada, juzgada o violentada.

·         Una ética del cuidado contextualizada: La consideración activa, responsable y empática de la cosmovisión, necesidades y límites de la otra persona.

·         La intencionalidad dinámica del placer compartido: La búsqueda intencional y recíproca del gozo mutuo como una decisión ética del encuentro afectivo y sexual.

Todo esto articulado, indiscutiblemente, dentro del marco innegociable de los derechos humanos.

Bajo esta perspectiva, el amor deja de ser un rótulo justificatorio para convertirse en una praxis. Es en la confluencia entre la ética del cuidado, la ternura omnipresente, el resguardo de nuestra fragilidad y el encuentro pleno con el otro donde habita el romanticismo que debemos recuperar, educar y defender en pleno siglo XXI.

A modo de conclusión

Esta definición surge de mi propia interpretación del conocimiento sexual contemporáneo, articulado con mis experiencias y lecturas. Lejos de constituir un manual, busca señalar una pauta fundamental: conceptualizar lo romántico exige conceptualizar el amor, y esto requiere desvincularlo críticamente de cualquier narrativa que encubra dinámicas perversas o insatisfactorias.

Así, lo romántico ha de entenderse únicamente en relación con expresiones afectivas alineadas con los valores, tradiciones y decisiones individuales, las cuales deben encontrar un límite infranqueable en el respeto irrestricto a los derechos humanos.


martes, julio 21, 2026

La duda necesaria

 Desde siempre el ser humano ha convivido con la incertidumbre. Frente a ella ha tratado de no sucumbir y, obviamente, muchas veces ha negado su existencia. Es decir, desde siempre hay momentos en que, con un esfuerzo de asertividad, ha expresado opiniones e interpretaciones del mundo con total certeza, negando la posibilidad de que haya incertidumbre. Es normal, es humano.

Partiendo de lo obvio, el ser humano solo es capaz de interpretar lo que le pasa, lo que le llega, las relaciones y los gestos que tiene la gente. Para bien o para mal, simplemente interpreta porque, como dije alguna vez, el hombre no es un homo sapiens, sino un homo interpretans. Nietzsche lo afirmó con claridad: no hay hechos, sino interpretaciones. Aunque todos sabemos qué si hay hechos, pero los seres humanos habitamos en el mundo de las interpretaciones que es donde pasan las relaciones, realmente.

Lo que me preocupa de este siglo XXI es que las redes sociales casi tratan de evaporar el concepto de incertidumbre. La gente emite no solo opiniones, sino interpretaciones sobre lo que los demás hacen o pueden hacer sin necesidad de recurrir a ningún hecho, sin necesidad de contrastar nada con la realidad. Las emiten como afirmaciones labradas en bronce y hechas por un dios en la piedra; termina siendo una sentencia más que otra cosa. Ellas no necesitan respuestas porque no hay preguntas ciertas que nacen de la duda sincera. Cualquier respuesta implica la negación de lo que se dice porque el otro está mintiendo, el otro es ciego, el otro es falaz, ingenuo o demente. Nunca el aporte permite crecer. Jamás permitir el pensamiento crítico como normal.

Frente a esto, defiendo la idea que necesitamos volver a creer en la incertidumbre como el caldo de cultivo donde los conocimientos crecen, los prejuicios se disuelven y podemos crear un mundo quizás un poco más equitativo y generoso.

21/7/2026

El nuevo abuso de poder en el siglo XXI

Si el poder es una actividad eminentemente humana, su abuso se convierte casi siempre en una
forma destructiva, cruel y perversa de utilizar los recursos más nobles para conseguir fines de dominación.

Una de las manifestaciones más sutiles y dañinas de este abuso es la instrumentalización de la moral: el uso de la autoridad moral no como un camino de concientización, sino como un mecanismo para producir humillación. Consiste en crear la sensación de que cualquier mínimo desliz de la vida cotidiana debe ser juzgado e inflado hasta convertirlo en un acto insostenible de maltrato, discriminación, patriarcado, fascismo o racismo. La crueldad radica precisamente en eso: en secuestrar causas nobles para acusar y desarmar a cualquiera, señalando con especial saña a quien no tiene la estructura, el lenguaje o los recursos para defenderse. Lo más perverso es que esta dinámica se parapeta detrás de las buenas causas —causas que uno mismo puede defender fervientemente porque apelan a la dignidad humana—, pervirtiendo su propósito original y convirtiendo la búsqueda de justicia en un pretexto para el control.

En este engranaje, el gran riesgo para que el abuso se ejecute y normalice día a día reside en la figura de los tibios. Aquellos que, bajo una supuesta fachada de prudencia o neutralidad, deciden no usar su capacidad intelectual para denunciar esta manipulación, minimizando las alertas como meras "exageraciones". Si bien no son los autores directos del maltrato, los tibios se vuelven funcionales e instrumentales al abuso de poder: su silencio y su condescendencia los convierte en cómplices necesarios que pavimentan el camino para la arbitrariedad.

A esta complicidad se le suma otra capa de perversión: la falsa empatía y el oportunismo moral. Se trata de aquellos que adoptan un discurso políticamente correcto no por una convicción sincera, sino por puro cálculo o cobardía. Utilizan causas legítimas como un disfraz ético para encajar, ganarse la aprobación del grupo dominante o evitar ser blanco de críticas. Esta postura no busca reparar ninguna injusticia, sino proteger los propios privilegios; no abraza el dolor ajeno, sino que lo usufructúa. La falsa empatía es, en definitiva, el rostro más hipócrita de la manipulación.

Para cerrar este círculo perverso, opera la negación sistemática del debate. Cuando alguien señala estas arbitrariedades o intenta discutir la problemática, la respuesta del poder es la invalidación: tildar al interlocutor de "exagerado", acusarlo de "buscar polémica" o desestimar el maltrato bajo el pretexto de que "era solo una broma". Escapar del argumento mediante la descalificación o el ninguneo es una de las formas más cobardes del uso del poder. Aunque no todo sea objeto de debate, cuando una observación basada en el razonamiento evidencia que la conducta del otro perjudica la dignidad, existe la obligación ética de responder intelectualmente, jamás desde la evasión o la fuerza.

Frente a esta red de manipulación, tibieza, oportunismo y negación, la solución está frente a nuestras narices y pasa, fundamentalmente, por el ejercicio del verdadero pensamiento crítico. Y este no es la pregunta que incomoda al otro, sino la que nos hacemos a nosotros mismos. Es la valentía de cuestionar aquello que defendemos con vehemencia y absoluta convicción, detectando el momento exacto en que nuestra defensa cruza la línea hacia el abuso, en que nuestra complacencia nos vuelve cómplices del silencio, en que nuestra "empatía" no es más que una postura conveniente, o en que la negación del diálogo nos convierte en autoritarios.

Mientras no seamos capaces de mirar hacia adentro con esa honestidad, será imposible avanzar hacia el horizonte que afirmamos buscar: un mundo donde los derechos humanos prevalezcan sobre cualquier cosa, donde sean efectivamente promovidos y protegidos, y donde quienes hoy están privados de ellos puedan finalmente vivirlos de manera plena.

lunes, julio 20, 2026

Defender lo que sea necesario, pero decidirlo

 Es verdad que en esta época —al igual que a lo largo de la historia— no siempre todos
tenemos las palabras exactas para expresar lo que sentimos, defendemos o creemos como verdad. Por eso es tan fácil encontrar a alguien que lo diga de la manera en que nos gusta entenderlo.

En la adolescencia, cuando comenzamos a comprender nuestras limitaciones, buscábamos transcribir a algún poeta sin ánimo de plagiar; simplemente era la forma de declaración de amor más perfecta que encontrábamos. Copiábamos una canción o un poema para entregárselo a quien queríamos.

En esta era de redes sociales, el problema es que cualquiera —tal como lo estoy haciendo yo ahora— puede publicar algo y expresar sus teorías más conspirativas. En realidad, esto siempre ha formado parte de la historia y siempre ha funcionado así; la diferencia es que, por primera vez, empezamos a recibir una cantidad de contenidos que antes jamás habríamos alcanzado.

Eso en sí no me preocupa: es lo humano, lo normal. Sin embargo, cuando uno repostea algo, no está diciendo solamente «esto me gusta» o «esto expresa lo que yo quiero». Está fijando una posición sobre un tema. Y aquí aparece lo llamativo: el hábito de tirar la piedra y esconder la mano. Toda teoría conspirativa basada en opiniones que son fácilmente refutables por los hechos termina convirtiéndose en una «verdad» para muchos.

Estadísticamente, parece que todos los que me rodean piensan igual, y asumimos que esa es la verdad de toda la población. El Mundial, por ejemplo, no ha hecho más que mostrar otra vez esa faceta complotista que lo rodea todo. Parece que ya nada se puede pensar con honestidad: todo tiene un interés oculto, todo es comercial, todo me perjudica, todo daña a unos y beneficia a otros.

No voy a ser el primero en oponerme a la idea de que estas dinámicas existen, porque, sin duda existen, se llama poder y su abuso. Pero creo firmemente que hay límites para ver la conspiración permanente en lo que no me gusta, sin caer en la ingenuidad. Ese límite debería estar marcado por el uso del pensamiento crítico como herramienta eficaz. Y, como he dicho muchas veces, el pensamiento crítico no es algo que se utiliza únicamente para atacar lo que está en mi contra; es, sobre todo y principalmente, para cuestionar mi propia idea más firme y descubrir mis propias debilidades. En eso consiste el verdadero pensamiento crítico.

20/7/2026

domingo, julio 12, 2026

Elegir no ser cruel

Reconocerse libre de racismo no implica declararse infalible. Como seres humanos, nuestro

comportamiento está inevitablemente atravesado por imperfecciones, actitudes despectivas y acciones condicionadas por estereotipos socioculturales. No habitamos una virtud innata; funcionamos, en gran medida, a partir de las estructuras y sesgos con los que fuimos educados y los entornos donde nos desarrollamos y hasta adoptamos como propios. Sin embargo, el verdadero termómetro moral no radica en la pureza de nuestros primeros impulsos automáticos, sino en nuestra capacidad para identificar y contener la crueldad como posibilidad. La hostilidad hacia lo diferente se vuelve injustificable cuando decidimos no hacer nada para confrontar los prejuicios que arrastramos. Si la violencia puede ser una opción mala que tomamos, de vez en cuando –jamás justificada, aunque no sea siempre sancionable-, la crueldad es un rasgo más realista de nuestra concepción del mundo.

En Argentina se sancionó la libertad de vientres en 1813. A mi entender, este hito, junto a otras dinámicas sociales, favoreció que el racismo fuera neutralizado por conductas que incorporaron, con sus propios códigos hasta humorísticos, a los que venían de afuera. Los estereotipos fijaron posiciones a través del humor, lo cual, si bien amortiguó ciertas distancias, no quita que hayan existido actos de crueldad y reacciones negativas a lo diferente. Pero lo cierto es que la segregación racial, por citar una experiencia del siglo pasado (XX, valga señalar) tan común en otros sitios, nunca existió realmente en Argentina. Eso no nos convierte en ejemplo, porque hemos tratado mal a los pueblos originarios y a otros por ser otros. Los pobres han sufrido vejaciones intolerables. Pero ciertos actos propios de los países del norte bien catalogados como racistas no han sido comunes entre nosotros.

Personalmente, a lo largo de mi vida, nunca he experimentado una barrera que me impidiera conectar con alguien debido a su color de piel, religión, orientación sexual o nacionalidad. No se trata aquí de enumerar conductas biempensantes para validar una postura, sino de comprender la complejidad de la naturaleza humana. Es en esa misma naturaleza donde reside la reciprocidad: la cantidad de veces que he buscado y recibido atención, cuidado y calidez por parte de aquellos que, en teoría, representan "lo diferente". Incluso la atracción hacia lo opuesto demuestra que la alteridad no es una frontera, sino un punto de encuentro.

Haber transitado la experiencia de sentirme extranjero —incluso más que muchos extranjeros— me ha otorgado una sensibilidad particular hacia los procesos de recepción y hospitalidad. Sé lo que significa estar afuera. Por ello, aunque no estoy exento de cometer errores derivados de sesgos inconscientes, disto profundamente del racismo entendido como la búsqueda deliberada de la crueldad hacia el otro por el solo hecho de ser distinto. El error es una limitación del aprendizaje y de la época; la crueldad, en cambio, es una elección que decido no tomar.

¿Somos, por lo tanto, un país racista? Sostengo que no. Sostengo que no. Hay habitantes argentinos racistas, obvio que sí, somos humanos y eso no impide las generales de la ley. Esta distinción es clave para poder avanzar y mejorar. Porque lo único cierto es que no alcanza con no ser racistas; el desafío radica en crear posibilidades para que todos y todas siempre puedan estar incluidos, protegidos y con esperanza de un futuro mejor.

 

12/7/2026

jueves, julio 09, 2026

El elogio de la intimidad: la belleza que habita en las sombras

 Hace poco leí una columna que citaba a Jun'ichirō Tanizaki. Según el artículo, el autor japonés sostiene en su célebre libro El elogio de la sombra que la belleza habita, justamente, en las sombras, asociando esta premisa a la estética tradicional de su país. Desconozco si la rigurosidad histórica lo avala, pero la frase me pareció perfecta. Tampoco sé si toda la estética japonesa cabe en esa definición, aunque la lectura de Alejandra Kamiya me evoca esa misma sensación: una forma delicada y sutil de considerar las cosas.

Más allá de los debates teóricos, encuentro en esa idea una verdad profunda porque siempre he creído que la mayor belleza reside en la intimidad. La intimidad no es lo oculto; es aquello que permanece resguardado hasta que se gestan las condiciones propensas para mostrarse.

Podríamos decir que no hay belleza sin alguien que la vea. Sin pretender entrar en una encrucijada filosófica, estoy convencido de que, para que algo sea bello, se necesita una mirada que lo dote de sentido. A veces alcanza con el propio reflejo en el espejo, pero el gesto más simple, el detalle mínimo, no necesita reflectores. Crece en la penumbra, madurando una belleza particular.

Me viene a la memoria una planta que conocí en Brasil, una especie cuya flor brota únicamente cuando la noche ya se ha instalado, para morir pocas horas después. Si uno logra ser testigo de ese instante, la experiencia es de una hermosura tan rotunda que agota los elogios, los sentidos y las palabras.

La belleza existe porque alguien la observa, la saborea, la contempla y, por sobre todo, la disfruta; porque alguien se permite el éxtasis de ser su testigo. Esos detalles florecen con una potencia mil veces mayor cuando existe la intimidad, ese refugio que nos permite mostrar hasta la cicatriz más perversa con la certeza de que el otro la va a proteger. Es esa vulnerabilidad, esa fragilidad compartida, la que le otorga a una persona, o a un instante, una belleza sin igual.

 

9/7/2026

lunes, julio 06, 2026

La fábrica de la indignación: Cómo el progresismo pavimentó el camino de las nuevas derechas

 El crecimiento de los discursos que llamamos de derecha, que son los que suelen ser de corte
"antiderechos", a nivel global es una realidad innegable. Para explicarlo, el análisis bienpensante suele recurrir a una respuesta rápida y cómoda: todo es culpa de la precarización económica, las fake news y la manipulación de las masas. Si bien es innegable que la vulnerabilidad material de las personas es el suelo fértil donde germinan estas opciones, cabe hacernos una pregunta mucho más incómoda, pero urgente: ¿qué responsabilidad tienen los discursos progresistas, feministas y de izquierda en la creación de este caldo de cultivo? Aclaro lo obvio: los discursos y, sobre todo, ciertas actitudes concretas. No incluye la ideología que promueven, que defiendo completamente.

Volvamos a nuestro punto: la física política es implacable: a toda acción le corresponde una reacción. Durante la última década, gran parte del llamado progresismo occidental abandonó las demandas materiales e institucionales históricas para refugiarse en una batalla cultural de corte puramente identitario y académico. Al hacerlo, cometió dos errores estratégicos fatales. El primero, fue la desconexión con la clase trabajadora precarizada, que sintió que sus problemas cotidianos —el empleo, la inflación, la seguridad, la educación real y válida— eran ignorados en favor de debates lingüísticos o simbólicos. El segundo, fue la adopción de una superioridad moral pedagógica que, a través de dinámicas de cancelación y regaño público, expulsó al ciudadano común del debate por no manejar los "códigos correctos". La derecha no tuvo que inventar nada; simplemente se convirtió en el refugio de los expulsados, ofreciendo certezas tradicionales y una promesa de 'libertad' frente al tutelaje cultural del progresismo."

Sin embargo, para mí, el golpe de gracia a la credibilidad del proyecto progresista no provino de sus errores estéticos, sino de su gestión ética. El verdadero acelerador del desencanto popular ha sido la alarmante condescendencia de la izquierda ante su propia corrupción o, también, el menosprecio de la corrupción como un síntoma claro de abuso de poder constante. No lo puso en la agenda en la medida de su importancia.

El problema de fondo no es que la corrupción exista —pues es un flagelo transversal— sino el mecanismo de negación sistemática que el progresismo activa cuando los implicados son de sus propias filas o aun cuando no lo son. Al empaquetar cualquier investigación judicial como una persecución de los poderes fácticos (el ya gastado argumento del lawfare), la izquierda abdica de su supuesta superioridad moral. Peor aún, demuestra una alarmante falta de propuestas técnicas y estructurales para combatir el problema, prefiriendo el refugio en la consigna ideológica antes que la reforma institucional transparente.

La mayor contradicción de este progresismo con anteojeras es su incapacidad para entender que la corrupción no es un delito abstracto de cuello blanco, sino una violación flagrante y directa a los derechos humanos. El dinero que se desvía de una obra pública no es solo un número en una cuenta en Suiza; es el hospital sin insumos donde muere un ciudadano, la escuela pública destruida que cancela el futuro de un niño, o el plan social malversado que le quita el plato de comida al más vulnerable.

Al desvincular la corrupción de la dignidad humana y de los derechos económicos y sociales, el discurso progresista cae en una hipocresía insostenible. No se puede pretender tutelar la moral de una sociedad mientras se relativizan los desfalcos en nombre de "la causa" o como los otros son peores: no hay propuestas y soluciones estratégicas visibles y urgentes.

Las nuevas derechas no crecen únicamente por sus propios méritos o por la genialidad de sus estrategas. Crecen porque el progresismo prefirió tener la razón teórica antes que construir mayorías políticas, y porque decidió mirar hacia el costado cuando sus dirigentes se enriquecían. Esto nos deja ante una pregunta final, tan terrorífica como cruel: ¿qué beneficios sacan algunos intelectuales de la supuesta izquierda al fomentar, de ese modo traicionero y doloroso, el crecimiento de las derechas? Responderla no nos dará una solución mágica, pero sí una brújula indispensable para saber hacia dónde caminar y dónde está el verdadero norte que queremos y, cada vez más, que precisamos con urgencia.

 

6/7/2026

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