Los
domingos, generalmente, es noche de milonga para mí. Voy a ver bailar, principalmente
y, muy de vez en cuando logró bailar (pero es para otra reflexión). O sea, observo
mucho y bailo mucho menos de lo que desearía. Tengo responsabilidad razonada en
ello. Hay, realmente, una intención de ética del cuidado. Pero por observar
capto detalles (no tantos, tampoco soy bueno observando) que me llevan a
escribir ideas (en estas, en ocasiones, acierto en los pensamientos y en las
palabras para decir algo que puede ser adecuado). Pero reconozco que el estímulo
creativo de lo que observo anida en mí.
Hace años leí
un libro de Albino Luciani: Ilustrisimos señores. En el el, el dice que un bar
es un buen lugar para identificar los caracteres de las personas. Yo, ayer pensé
que dijo eso porque no había visto una milonga. Creo que allí se puede ver más
el carácter y hasta la personalidad de las personas, porque se ven distintos
comportamientos y, si sabes observar, percibir con claridad esos destellos del
carácter de las personas. No como sentencia, ni juicio final, sino que hay detalles
que te permitirían vislumbrar a ciertas personas o darte indicaciones por donde
van. En algunos casos, estoy seguro, de forma univoca y, en otros, como
sugerencias de cómo son.
Pensando en
eso, por deformación profesional, pensé en parejas y los problemas que motivan
consultas. Diría que una pareja establecida, para poder tener mejores recursos
para que su vida sea más placentera, viva y creciente, debería intentar bailar
–aprender si es necesario- tango. No porque deban bailarlo bien,
necesariamente, aunque es maravilloso si consiguen hacerlo (Recordando que hay
personas, como uno, que tiene limitaciones estructurales para el baile, no para
disfrutarlo, eso sí). Pero no lo digo por eso, sino porque el carácter de las
personas florece en ese esfuerzo que tiene aprender a bailar un tango: tomar
conciencia del cuerpo de uno y de la pareja, aceptar las propuestas, procurar
claridad para comunicar mensajes, la serenidad para trasmitirlos y recibirlos,
la flexibilidad para responder, la intencionalidad del abrazo dedicado a otra
persona, la aceptación de las sugerencias, la permeabilidad frente a las respuestas,
el valor del silencio, la integridad del sentir, la validez del disenso y el
ritual –pagano, mas esencial- de la intimidad compartida en un momento en la
búsqueda de un placer, de la conexión y de las sensaciones. Porque una pareja
debe tratar de ser consciente, percibir y desarrollar todo eso para mejorar.
Para los
que no son pareja, la mayoría en las milongas, se trata de disfrutar la tanda
entregado a la excelsa sensación del instante efímero. Pero, estoy persuadido, que
bailar tango es un ejercicio para la vida, porque se puede disfrutar sólo si se
escucha al otro y se deja que el otro te escuche, a través de la tolerancia a
los errores, las certezas del instante y el asumir que todo placer puede volver
a comenzar, en la próxima tanda. Y, la metáfora más hermosa: siempre habrá un
abrazo que te contenga un instante.
1/3/26
Francisco
Viola. Elucubraciones nómadas –II (Inédito)