lunes, septiembre 28, 2026

Peligro: autoayuda

Leo en la publicación de alguien comprometido en la lucha contra la violencia de género una frase representativa de esta época: "Lo que dice tu corazón con todas las fuerzas, difícilmente sea un error”. Faltaría agregar la conclusión lógica: porque el corazón no se equivoca. Es una típica premisa motivacional y de autoayuda que hoy busca colonizar cualquier perspectiva de análisis.

En redes sociales o estados de WhatsApp, este tipo de discursos prolifera con facilidad porque, para encajar en el formato, exige mutilar la complejidad humana, reducir las ideas a su mínima expresión y mantener mitos o falacias como si fueran verdades absolutas, edulcorándolo todo con un seudolirismo poético.

Si eso fuera cierto, podríamos decir que una mujer que permanece con su agresor justificando que «el corazón le dice que lo ama» tendría un argumento válido. Sin embargo, resulta evidente que este razonamiento carece de rigor y es imperativo desmontarlo, pues esconde una paradoja peligrosa.

El corazón es un órgano inerte para las ideas y el pensamiento; carece de capacidad para ordenar conceptos o sugerir verdades. Su función es estrictamente fisiológica: bombea sangre, con todo lo que eso implica. La realidad es que pensamos y gestionamos las emociones de manera integral a través de la capacidad mental que desarrollamos a lo largo de la vida. Nos nutrimos de la experiencia, el autoconocimiento, el trabajo personal, el desarrollo de la autoestima y la identificación de redes reales de apoyo, sumado —como factor indispensable— a un sistema social y comunitario que contenga activamente.

El fondo del problema es que la autoayuda, más allá de sonar bonita, cursi o estar mal planteada, rara vez aporta soluciones reales; con frecuencia provoca el efecto contrario. Fomenta una clase de «zombis emocionales» que operan condicionados por consignas abstractas en lugar de analizar críticamente la realidad que los rodea. Pasar por alto las estructuras objetivas para refugiarse en slogans individuales genera distorsiones graves, y sobre esa deriva deberíamos reflexionar y trabajar de manera permanente.

Por ello, volvemos a lo básico. Este aprendizaje está estrechamente relacionado con una Educación Sexual Integral (ESI) eficaz. No exigirla es seguir condenando al ostracismo al pensamiento crítico, la comunicación asertiva, la gestión válida de los conflictos y, en consecuencia, es impedir el desarrollo del bienestar personal y social.

miércoles, septiembre 23, 2026

La paradoja del algospeak: de la fobia al algoritmo a la victimización rentable

Un día escribes "sexo", "pene" o "vagina" en Instagram y descubres, no sin cierto asombro, que el mundo sigue girando. La publicación no se borra, tu cuenta no colapsa y la policía de los pixeles no golpea a tu puerta. De inmediato surge la duda inevitable: ¿de dónde sale esa paranoia colectiva que lleva a miles de personas a deformar el idioma escribiendo S3XO, P3NE o inventando eufemismos como "desvivirse"?

La respuesta corta es que el mito del algoritmo omnipotente no nació de la nada. Nace de un terreno fértil compuesto por la opacidad de Meta, la moderación automatizada y la fobia real de los creadores a perder su alcance. La inteligencia artificial no lee como un humano; busca patrones de manera torpe. Para un sistema automatizado, la línea entre la divulgación científica, la educación sexual y el contenido explícito suele ser borrosa. Si a esto le sumamos las estrictas políticas para publicaciones pautadas o monetizadas —donde las palabras tabú están vedadas para no espantar a los anunciantes— y la hipervigilancia de plataformas como TikTok, el pánico cobra cierta lógica. Por pereza o por cautela, el algospeak se volvió el chaleco antibalas estándar de la era digital.

Sin embargo, reducir esta deformación del lenguaje a un simple acto de prevención sería pecar de ingenuidad. En la economía de la atención, la supuesta censura ha dejado de ser un obstáculo para convertirse en la mejor estrategia de marketing.

Aquí es donde entra la narrativa del martirio algorítmico. Ciertos creadores y pretendientes de influencer descubrieron que declararse perseguidos por el "sistema" o el "algoritmo" paga, y paga muy bien. Transformar un término de servicio en una batalla ideológica es una jugada maestra: si el video fracasa, la culpa es del shadowban; si el video se viraliza, es una victoria heroica de la resistencia.

Decirle a la audiencia que un mensaje está siendo silenciado activa de inmediato el sesgo del fruto prohibido. La opinión más ramplona pasa a venderse como una verdad incómoda que las élites intentan ocultar. El seguidor ya no solo consume información, sino que se siente parte de una gesta revolucionaria cada vez que comparte un reel o comenta usando números por letras para engañar al robot. Es la democratización de la victimización: un drama fabricado que genera interacción artificial, fideliza a la tribu y, en no pocos casos, sirve de puente para derivar tráfico a canales de pago donde se promete el contenido "sin censura".

Entre la prudencia exagerada de quienes temen perder su trabajo y el cinismo de quienes monetizan la persecución simulada, el lenguaje termina pagando el costo. Nos hemos acostumbrado a hablarle a las personas como si le habláramos a una hoja de cálculo, convencidos de que somos rebeldes cuando, en realidad, solo estamos bailando al ritmo de la paranoia o del negocio ajeno.

En el campo de la sexualidad ceo que esto termina siempre perjudicando a los usuarios y, sobre todo, a aquellos que precisan una atención mas cuidadosa y certera. La ciencia debe discutir con mayor fortaleza la presencia de los timadores de la atención que, para mi, también son los embaucadores del discurso.

El sexo siempre es importante, la sexualidad, la que cuenta nuestra biografía lo es mucho mas. 


(la imagen fue creada con IA)

lunes, septiembre 14, 2026

Anatomía del filtro cotidiano: entre el prejuicio, el placer y la realidad


En el entramado de las relaciones cotidianas conviven actitudes que desafían nuestras expectativas de justicia poética. Es habitual toparnos con personas que caminan por el mundo convencidas de su propia superioridad —sea esta intelectual, estética, económica o simbólica—, así como con aquellos que ejercen la agresión o el atropello sin mayor freno moral. Sin embargo, en contra del deseo colectivo de ver a la vida impartiendo lecciones de humildad, la realidad no siempre se encarga de probarles que están equivocados. Muchas veces, sencillamente, no ocurre nada.

Lejos de articular una condena moral o un juzgamiento ético, vale la pena observar este fenómeno desde una perspectiva descriptiva. En la práctica, resulta comprensible que un individuo decida no compartir su tiempo o su espacio con personas que no le aportan o no le generan afinidad. Existe, indudablemente, un prejuicio en este actuar. Sin embargo, los prejuicios —incluso aquellos más cuestionables— no siempre actúan como meras distorsiones; en ocasiones funcionan como atajos cognitivos que la experiencia práctica termina confirmando. Si se percibe una señal en el otro y se actúa en consecuencia, la vivencia concreta suele validar esa distancia previa.

Un escenario donde esta dinámica se evidencia de forma transparente es la milonga. Es frecuente observar a bailarinas de alto nivel técnico que rehúsan bailar con quienes perciben por debajo de sus habilidades. Ante esto cabe preguntarse: ¿se trata de un gesto de desprecio o, más bien, de la defensa legítima de un espacio de placer? Quien acude a bailar busca el disfrute personal y no tiene por qué sentirse en la obligación de tolerar una experiencia insatisfactoria bajo el mandato del altruismo. La premisa operativa es pragmática: al no haber conexión o al existir una brecha técnica, la integración deja de ser atractiva.

Esta observación no pretende erigirse como una ley general ni como una prescripción sobre cómo deberíamos organizarnos socialmente. Ciertamente, se puede recurrir a la falacia de la excepción y señalar aquellos casos extraordinarios donde alguien superó sus prevenciones y halló un valor insospechado en la diferencia. No obstante, las dinámicas humanas no suelen regirse por la excepción romántica, sino por la inercia de la vivencia cotidiana.

Aunque sea posible construir parábolas e idealismos en contrario, el día a día empuja a las personas a adoptar comportamientos de selección y filtro. Nos gusten o no, estos mecanismos de preservación del propio tiempo y confort constituyen una dimensión profundamente humana de nuestro andar por el mundo.

La pregunta vital sería: ¿cómo hacemos para evitar que este mecanismo humano e inevitable se transforme en algo evitable y dañino como la discriminación? Si la educación es parte indispensable del camino y las leyes constituyen un mecanismo efectivo de control, como sociedad debemos interpelarnos sobre por qué la Educación Sexual Integral (ESI) —herramienta clave para trabajar la afectividad, la empatía y la convivencia pacífica— aún no se aplica con la plenitud necesaria. En definitiva, no siempre podremos erradicar el prejuicio en la esfera individual, pero sí podemos —y debemos— asumir la responsabilidad colectiva de frenar la discriminación.

 

14/9/2026

viernes, septiembre 11, 2026

Ceguera moral y militancia: la complicidad social que alimenta el robo cotidiano

Existe una trampa seductora en el debate político contemporáneo: la tentación de juzgar los actos no por sus consecuencias palpables en la realidad, sino por la pureza teórica del discurso que los envuelve. Bajo esta lógica, la corrupción perpetrada por "los nuestros" se matiza como un desvío administrativo o un costo colateral en nombre de una causa superior, mientras que la del adversario se denuncia como una atrocidad imperdonable. Este doble rasero no solo es éticamente insostenible, sino que invisibiliza una verdad fundamental: la corrupción es una afrenta directa y sistemática contra los derechos humanos.

Durante décadas se ha encasillado a la corrupción como un delito meramente financiero o burocrático. Sin embargo, cuando los fondos públicos destinados a hospitales, escuelas, infraestructura o agua potable terminan en bolsillos privados, el resultado no es un simple desbalance contable. El resultado son vidas perdidas por falta de insumos médicos, niños condenados a la marginalidad por una educación precaria (con pruebas PISA o no) y comunidades enteras vulneradas en su dignidad básica, ya que deben mendigar sus necesidades o someterse a maniobras viles. Es increíble que no vean que las remeras con nombre de políticos repartidas se esparcen más en comunidades que son rehenes del sistema. Robarle al Estado es robarle las condiciones mínimas de subsistencia a la población, especialmente en sociedades como la nuestra, signadas por una alta inequidad donde el impacto de la expoliación es devastador.

Los derechos humanos se ven severamente afectados cuando los privilegios de unos pocos destruyen las posibilidades de crecimiento, desarrollo, vida y dignidad de los demás. Parte central del problema radica en no ser capaces de asociar la defensa de estos derechos con el plano cotidiano y encarnarlos allí donde deben hacerse efectivos. Solemos reservarlos exclusivamente para episodios de escala histórica o trascendente —como una dictadura o un genocidio—, pero esa ceguera ante lo diario nos impide ver que la corrupción cotidiana corroe el tejido básico de la vida humana.

En la política vernácula, además, la corrupción funciona como una coartada de impunidad cruzada. Bajo la premisa implícita de que «el problema es de los otros, pero, quizás, un poco de nosotros», a ningún sector le conviene avanzar de fondo con leyes severas, sanciones efectivas ni con la recuperación de los bienes robados. Así, el fenómeno se empantana deliberadamente: no es casual que los juicios por corrupción tomen décadas, buscando que el paso del tiempo adormezca el interés público y diluya las causas en la prescripción. La restitución de los fondos saqueados es casi una utopía, marcando un contraste escandaloso con la celeridad e inflexibilidad con la que la justicia actúa y embarga a un ciudadano común por la deuda de un electrodoméstico.

Como bien advertía el teólogo Dietrich Bonhoeffer al reflexionar sobre la ceguera moral, el peligro más grave radica en la incapacidad crítica de ver la realidad cuando esta contradice nuestros sesgos. Tolerarle la corrupción a un proyecto político porque enarbola banderas de justicia social es una contradicción trágica. En el fondo, esta parálisis institucional funciona como un mecanismo de protección para defender un sistema impune, silenciando lo que verdaderamente importa: los derechos humanos reales de las personas vulnerables que necesitan ser protegidas. De los que defienden esto es obvio que los sobrevivientes y los que ganan sin limite tienen otras razones, pero el problema son los estúpidos, allí Bonhoeffer tienen razón: “La estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Uno puede protestar contra el mal; se puede denunciar y, si es necesario, se puede prevenir mediante el uso de la fuerza... pero contra la estupidez no tenemos defensa”.

Es hora de despojar a la corrupción de cualquier encubrimiento ideológico o corporativo. Quien defrauda al erario público no está librando una batalla cultural ni protegiendo un modelo de país; está cometiendo un crimen que destruye vidas por igual, sin importar la camiseta, la doctrina o las intenciones de quien lo ejecute. Lo peor es amparando en los estúpidos, los tibios, los que son bueno hablando de justicia.

La paradoja del espejo digital: cuando la autoestima ruega por ser aplaudida

Pocas cosas sostienen de manera tan determinante nuestras relaciones, nuestra capacidad de habitar una sexualidad plena o el derecho a vivir sin violencia como la autoestima. Sin embargo, en esta era de vitrinas encendidas, hemos olvidado una verdad física y filosófica elemental: nuestra existencia es apenas un destello en la eternidad.

Somos un punto insignificante en la inmensidad del cosmos. Es cierto que en esa brevedad humana somos capaces de transformar el entorno, erigir universos maravillosos y dejar obras que enorgullecen a generaciones. Pero sigue siendo una vida pequeña. Reconocer esta escala no busca menospreciar nuestra existencia; al contrario, le devuelve su peso real al instante presente: nos recuerda que somos valiosos aquí y ahora, en la experiencia concreta y no en su representación.

Ahí radica la trampa del presente digital. Hemos trasladado ese deseo legítimo de trascendencia a una dinámica de consumo instantáneo donde cualquier nimiedad cotidiana pretende hacerse pasar por un acontecimiento histórico. Adornamos momentos banales con frases grandilocuentes y convertimos la intimidad en un espectáculo de producción propia.

Un ejemplo claro de esta deriva son los rituales virales de la red: responder a desafíos de postear la última foto de la galería o colgar imágenes de vacaciones pasadas acompañadas de rogativas para atraer nuevos destinos, casi como un mantra o un ritual pagano donde publicar un viaje se vuelve el requisito mágico para que ocurra otro. Son dinámicas de exhibición que intentan simular una seguridad inexistente mediante un exhibicionismo barato que termina erosionando lo que pretende celebrar.

La pregunta incómoda que debemos hacernos es si esta sobreexposición constante realmente fortalece el amor propio o si, en realidad, lo degrada.

Cuando sentimos la urgencia de someter nuestra vida privada al tribunal del like, no estamos ejercitando una autoestima sólida; estamos delatando una grieta. La verdadera autoestima se basta a sí misma, no necesita una audiencia continua para confirmarse o solo las personas que son importantes. Cuando dependemos del feedback ajeno para certificar nuestro propio valor, la autoestima deja de ser un pilar interno y se convierte en una suplicante rehén del aplauso ajeno.

lunes, septiembre 07, 2026

La política y su vicio del estatismo: por qué la autocrítica es el verdadero vigor intelectual

Las ideas políticas y sociales no germinan en un laboratorio estéril; nacen sacudidas por realidades vernáculas, inmediatas y muchas veces acotadas. Cuando intentamos pensar la política desde lo cotidiano, es fácil articular críticas certeras sobre lo que nos rodea, aunque reconozcamos la brecha que existe entre vivir, soportar o ejercer la política y dedicarse a estudiarla. Es probable que mucho de lo que observamos ya haya sido conceptualizado por otros en ámbitos a los que no siempre accedemos, pero hay una certidumbre que se nos presenta hoy con claridad meridiana: las ideas políticas sufren de un profundo estatismo debido a la ausencia casi total de pensamiento crítico.

Entiendo el pensamiento crítico no como el ejercicio cómodo de señalar las fallas del adversario, sino como una pregunta incómoda sobre la propia forma de pensar las ideas. Se trata del proceso de someter los propios argumentos a un verdadero test de esfuerzo: intentar denostarlos, cuestionarlos severamente y poner a prueba su fortaleza antes de convertirlos en discursos, alejándolos siempre de todo dogma.

Lamentablemente, el comportamiento predominante en la estructura política actual camina en la dirección opuesta. La premisa implícita es siempre la misma: los otros son los que están equivocados. Independientemente del signo ideológico o del relato que se defienda, la política tiende a operar como un espacio de endogamia discursiva donde la autoduda se percibe como traición o debilidad, y donde se premia la lealtad identitaria por encima de la solidez analítica.

Esta dinámica genera una ilusión peligrosa: el sesgo de punto ciego hace que señalar las contradicciones del rival se interprete como una victoria argumental propia. Sin embargo, destruir la postura ajena no valida automáticamente la propia. Que el otro esté equivocado no nos da la razón.

Para que una corriente de pensamiento o un proyecto político avance de manera real, resulta indispensable desacoplar la doctrina de la identidad de grupo y aplicar la misma severidad al fiscalizar los errores propios que al juzgar los del contrincante. Si los espacios de militancia y debate no son capaces de responder bajo qué condiciones sus propias medidas dejarían de ser válidas, seguirán condenados a la repetición y a la parálisis.

La verdadera innovación política no surge de la pureza dogmática ni del refugio en certezas absolutas. Nace, al contrario, del rigor intelectual de quienes están dispuestos a demoler sus propios argumentos para reconstruirlos con mayor fortaleza, antes de que sea la propia realidad la que se encargue de hacerlos colapsar.

Es más, creo que la falta de pensamiento crítico ha permitido que los espacios políticos se llenen de pequeños delincuentes del discurso, además de severos perversos (los corruptos, para mí, son perversos siempre). El circuito es constante: cada vez más, la política es un territorio de aprovechamiento para los individuos; allí donde cabe esa realidad, el bien común se vacía o solo resulta útil para el fin primero: beneficiar a unos cuantos.

No podemos ni debemos evitar la política, forma parte de nuestra esencia, pero claramente hay que transformarla con urgencia porque la sociedad la necesita, sus derechos y su calidad de vida piden esto a gritos.

viernes, septiembre 04, 2026

Compartir: arte y trabajo

Compartir es un proceso que posee la hermosura potencial del arte pero, al mismo tiempo, la ardua complejidad de toda actividad humana.

Está claro que no todos saben compartir, aun aquellos que tienen la verdadera intención de hacerlo. Tampoco suele ser fácil crear las condiciones para que ese flujo de experiencias, vivencias, palabras y afectos circule de manera fluida, como si fuera un puente que se construye al mismo tiempo que se transita.

No me refiero únicamente a compartir una actividad que se realiza conjuntamente, sino, sobre todo, a compartir una vivencia: el hecho de que alguien haya experimentado algo y que la otra persona sea partícipe de ese sentir a través de sus propios recursos. En síntesis, no es fácil compartir ni alegrías ni tristezas. Comprender esta diferencia es clave para entender la verdadera esencia del acto de compartir.

Compartir nunca se puede imponer. Se puede situar a las personas en un momento dado y establecer una suerte de obligación moral de expresarse, pero compartir de verdad es algo que solo surge de manera espontánea.

Aun cuando existe el deseo explícito de hacerlo, aparecen impedimentos que disuaden el acto. Por un lado, está el error de creer que compartir es responder a un cuestionario o someterse a formatos rígidos que fuerzan la expresión, lo cual impide simplemente "dejar ser" al otro. También afecta esa exigencia, consciente o no, de pedir simetría; vale subrayarlo: jamás se comparte desde una alegría prestada o edulcorada para cumplir con las expectativas ajenas. Y por último, lo que siempre nos duele, es la confusión entre voluntad y disponibilidad: jamás se comparte cuando la persona —pese a su deseo— no sabe, no puede o no logra identificar las barreras internas que se lo impiden.

Independientemente de lo que se diga, la voluntad y el deseo de abrirse son actos sumamente concretos. Son gestos en los que algunos tienen una facilidad natural: se expresan con arte y logran crear las condiciones para que la vivencia fluya. A otros, en cambio, les cuesta. Es algo que se puede aprender, pero para ello es necesario reconocer y considerar las propias limitaciones, además de abrirse sinceramente al saber. No alcanza solo con pretenderlo; como dice el refrán que sigue siendo válido aun para los paganos: A Dios rogando y con el mazo dando.


4/9/2026


domingo, agosto 30, 2026

La responsabilidad de la palabra: ¿libertad de expresión o libertinaje profesional?

Desde hace un tiempo, una preocupación recurrente me interpela en el ecosistema de las redes
sociales: la proliferación de discursos sobre sexualidad y sexología respaldados por la investidura de la profesionalidad, pero carentes del rigor ético y científico más elemental.

Es preciso hacer una distinción fundamental. Existen profesionales admirables que, combinando un sólido conocimiento basado en evidencia y un auténtico savoir-faire, poseen una capacidad envidiable para sintetizar conceptos complejos en mensajes claros, didácticos y accesibles. Sin embargo, en el extremo opuesto, presenciamos un fenómeno alarmante que abre un debate urgente sobre la responsabilidad social en las profesiones de la salud: ¿Cómo establecer límites conceptuales y éticos precisos sin cruzar la frontera de la censura?

Es innegable que la libertad de expresión constituye un pilar inalienable de toda sociedad democrática. Cualquier ciudadano posee el derecho de opinar y argumentar desde sus propias convicciones. Sin embargo, cuando un discurso es emitido desde el rol profesional, el escenario cambia radicalmente. La palabra deja de ser una mera postura individual para revestirse de una autoridad simbólica que la audiencia asume como legítima, veraz y científicamente segura.

«Cuando un discurso es emitido desde el rol profesional, la palabra deja de ser una mera postura individual para revestirse de una autoridad simbólica que la audiencia asume como legítima y veraz.»

Por esta razón, el ejercicio profesional en la esfera pública no puede quedar sujeto al desacierto, el dogma o la ligereza discursiva. Poner límites sin recurrir a la censura implica elevar la vara de la exigencia argumentativa a través de cuatro criterios de demarcación ética:

  1. Transparencia en el marco epistemológico: Es un deber deontológico explicitar la diferencia entre comunicar un consenso científico respaldado por la evidencia y emitir una hipótesis personal, una postura ideológica o una vivencia individual. La audiencia tiene el derecho soberano de conocer desde qué lugar se habla.
  2. Actualización de los códigos deontológicos: Las instituciones y colegios profesionales deben adaptar sus marcos normativos a la era digital, reconociendo que la mala praxis no se limita al recinto del consultorio, sino que se extiende a la difusión masiva de desinformación que atenta contra la salud pública.
  3. Exigencia de rigor e integridad institucional: Las universidades y entidades académicas deben ser bastiones del debate plural, pero también garantes rigurosos de la calidad científica. No se trata de silenciar voces divergentes, sino de exigir que toda postura expuesta bajo su sello cumpla con estándares mínimos de falsabilidad, fundamentación y coherencia metodológica.
  4. Fomento de la alfabetización crítica: Parte de la responsabilidad técnica radica en brindar a la comunidad herramientas conceptuales para evaluar la validez de los discursos, promoviendo la comprensión de que un título académico es una condición necesaria, pero nunca suficiente, para validar una afirmación.

Exigir evidencia, actualización constante y apego a marcos éticos no significa coartar la libertad de pensamiento; por el contrario, representa el único camino para proteger a la comunidad y honrar la función social del conocimiento. Cuando la ciencia y la ética se diluyen en favor del espectáculo mediático o el impacto algorítmico, no solo se degrada el espacio institucional, sino que se vulnera la confianza depositada por una sociedad que acude a la técnica en busca de certezas.

 

lunes, agosto 24, 2026

En defensa de la IA


 Nadie me lo pidió, pero lo hago. Tal vez la clave esté en equilibrar el uso que buscamos darle con las garantías y protecciones que debemos exigirme a nosotros mismos. Los argumentos que comparto son conocidos, pero intento decirlos a mi manera, porque en ese matiz personal está la diferencia.

Toda herramienta es neutra hasta que el ser humano la utiliza. Su creación no es neutral, claro: responde al principio del ingeniero que ve un problema y busca una solución influenciada por su contexto e intereses. Pero una vez instalada en la sociedad, su impacto depende plenamente de la subjetividad de quien la usa, de sus habilidades y de cuán incorporada tenga una ética del cuidado frente al potencial destructivo que también nos caracteriza. La IA es una herramienta más. Posee una capacidad enciclopédica y de procesamiento de datos sobrehumana. Sin embargo, que una IA pueda corregir este texto y darle una mejor forma no me quita la autoría de mis ideas ni invalida mi sentido crítico para evaluar el resultado. Desvalorizar el uso de la IA es negar la capacidad humana de pensar, de buscar colaboración y de defender ideas, lo que incluye, muchas veces, la madurez de reconocer cuando estábamos equivocados.

No le doy entidad humana a la IA; por eso no es mi amiga, pero sí un aliado invaluable. Es lo mismo que el auto para desplazarme rápido o la pava eléctrica para tener el mate listo en menos tiempo. Reconozco en ella a una entidad amoral y con límites claros: quien decide qué parte se apaga y cuál no es siempre el ser humano, no la máquina. Es verdad que puede moldearse a sí misma por la red de datos en la que se teje, pero carece de intencionalidad propia; sus recortes y respuestas son reflejo de lo que nosotros mismos podemos hacer.

La IA existe hoy como en su momento existieron otras tecnologías, algunas de las cuales causaron un enorme daño porque el ser humano las utilizó con ese fin. Esa realidad es innegable. Como bien señaló el filósofo Paul Virilio: "Cuando inventas el barco, también inventas el naufragio". Por eso, los límites éticos no deben ponerse en la herramienta, sino en un sistema educativo capaz de incorporar la tecnología manteniendo siempre como centro la alteridad humana y los derechos fundamentales.

24/8/2026

domingo, agosto 23, 2026

La cortesía

Escucho al escritor Arturo Pérez-Reverte decir que ciertas cosas que hace se deben a que fue
educado en la certeza de que la cortesía mejora el mundo. Hay una belleza impecable en esa afirmación: educar con la certeza de algo.
Ver la cortesía no como un simple formulismo o una convención social vacía, sino como un gesto elocuente hacia la humanidad reflejada en una persona. Que sea la decisión deliberada y consciente —incluso cuando se ha vuelto un automatismo— de reconocer que el otro, simplemente por ser otro, merece esa consideración. Es la simplicidad de decir sin palabras: «Te veo, te valoro, te respeto simplemente porque eres otro, porque no eres yo». Y es en ese reconocimiento de la alteridad donde se tiende un puente con la esperanza de que la humanidad pueda funcionar mejor.
La ética del cuidado solo puede crearse a partir de la alteridad, y la alteridad solo aparece cuando al otro lo veo y lo valoro. Es por eso que en la cortesía se refleja con más fortaleza la posibilidad de que esa ética se vuelva realidad. Por supuesto, esto descarta de plano cualquier gesto peyorativo, condescendiente o de desprecio. Quizás sea una postura tildada de ingenua, quizás no le esté dando el peso suficiente a ciertos problemas sociológicos, pero aun así elijo quedarme con esta idea: la de haber sido educado con la certeza de la cortesía.
21/8/2026
Francisco Viola
Elucubraciones nómadas II (Inédito).

El cuadro es 

'Peregrinación a la isla de Citera', de Antoine Watteau

domingo, agosto 09, 2026

El cuerpo de uno, cada cuerpo

 Cada cual tiene su cuerpo. Con ese cuerpo anda por la vida. De vez en cuando se ejercita para mejorar algún tono muscular o alguna forma; tal vez se agrega piercings, se hace tatuajes, tal vez engorda. Pero sigue siendo el único cuerpo que uno tiene, y lo transita y lo habita como puede.

Que hay estereotipos sobre la belleza, obvio. Que hay cuerpos que son más atractivos que otros, está claro. Intentamos someternos a procedimientos para tratar de que estéticamente se adecúe más a cierto perfil, y nos produce gusto o placer —o moviliza deseos— tener determinado tipo de cuerpo y no otro. Así es. Pero solo hay un cuerpo que transitamos y habitamos: el que tenemos. Por ahí pasa, quizás, toda la cuestión.

No podríamos evitar que los demás opinen, aunque no tengan derecho, o que busquen los cuerpos que les parecen más atractivos, o que pongan distancia con otros que les hacen saltar las alarmas —algunas por experiencia, otras por conocimiento o tal vez solo por prejuicio—.

Los cuerpos son eso: ese espacio que logramos habitar desde nuestra propia belleza, desde el sentir que no solo somos poseedores de ese cuerpo, sino que en él se conjuga toda posibilidad de placer, de encuentro, de alteridad, de gozo. Somos quienes somos y eso incluye este cuerpo que tenemos.

Cuando nos autorizamos a ser, nos damos cuenta de que todo lo que genera placer —desde el juego hasta la danza, pasando obviamente por el sexo— solo puede desplegarse cuando comprendemos que este cuerpo es lo suficientemente bueno para albergar toda la ternura, todo el placer y todo el amor que están disponibles.

miércoles, agosto 05, 2026

Día de la salud sexual 2026

El eslogan del Día de la Salud Sexual 2026 «Everybody, cada cuerpo», es simple, contundente e imprescindible para recordar lo obvio: cada persona, cada ser humano, tiene un cuerpo. Un cuerpo donde la anatomía y la fisiología funcionan dentro de un contexto social y cultural determinado.

Ese cuerpo lo habitamos como podemos, como aprendemos y como nos relacionamos; lo habitamos según cómo nos autorizan y cómo nos autorizamos a nosotros mismos en función del valor, la estima y el reconocimiento que le damos. Ante esta evidencia accesible para todos, resulta fácil recordar que en la historia de la humanidad no todos los cuerpos fueron permitidos. Han existido —y existen— formas de coartar la libertad de ser, llegando a mutilaciones físicas y simbólicas impuestas por las dinámicas de poder de cada época.

La sexualidad es una condición ontológica de la especie humana y un elemento axial de la dignidad. Ella se expande, se expresa, se manifiesta y se habita en la propia corporalidad. Es esta dimensión encarnada la que delimita y abre todas las extensiones de existencia. Agreguemos que el ser humano es un ser definitivamente cultural, ya que el entorno social y cultural define los sentidos que le permitirán desarrollarse. Por esto motivo todo esfuerzo para garantizar esta sexualidad debe sostenerse sobre un trípode fundamental:

1. Educación (Formal e Informal)

Debe orientarse siempre a una noción del cuerpo basada en la dignidad y el respeto por la alteridad. La diversidad no es una excepción, sino la condición natural de la especie humana. Es necesario ir más allá de lo biológico para enseñar a valorar la diferencia y desmontar los prejuicios que históricamente han clasificado o marginado ciertos cuerpos.

2. Autonomía y Consentimiento

El cuerpo es propiedad inalienable de quien lo habita; por lo tanto, es cada persona quien debe establecer los criterios de su uso y vivencia. El consentimiento debe entenderse como un principio permanente, consciente y soberano, que despoje a cualquier tercero o estructura de poder de la potestad sobre la corporalidad ajena.

3. Salud, Expresión y Goce

El cuerpo debe ser sinceramente el espacio donde la capacidad de expresarnos, disfrutar y cuidarnos se ejerza sin barreras. El ámbito de la salud no solo implica la ausencia de enfermedad, sino la garantía del bienestar integral y el placer, libres de restricciones ideológicas, estigmas o prejuicios impuestos por el poder.

Este trípode demuestra que defender la salud sexual es defender la libertad humana en su sentido más primario: el derecho inalienable a existir, sentir y ser respetado en el cuerpo que habitamos.

 

5/8/2026

lunes, agosto 03, 2026

Diversidad y Rareza: De la Ética de la Dignidad a la Oportunidad del Aprendizaje

 Existe una pequeña pero vital sutileza entre lo diverso y lo raro. Todo ser humano es diverso, es parte de la esencia misma de la humanidad. Hay en la diversidad algo que nos enaltece como especie: cada persona procura, desde su individualidad, darle sentido a su propia subjetividad. Es cierto que, a menudo, esa diversidad se mimetiza con el entorno debido a los factores sociales y culturales que se imponen como moldes o patrones. Sin embargo, en el fondo, seguimos siendo siempre diversos. Lo lógico siempre sería enaltecer esa diversidad. Pero sabemos que no lo hacemos, si no es más común, lamentablemente, lo contrario: desconocerla o atacarla. Pero ella está porque es intrínseca a la especie.

Por otro lado, existe gente que se sale de ese patrón social o cultural —así sea de manera circunstancial— ya sea por sus comportamientos, hábitos, vestimentas o decisiones de vida. Son las personas a quienes la sociedad suele tildar de «raras» simplemente porque no hacen lo que todo el mundo hace.

Diferenciar lo intrínseco versus lo circunstancial es clave:

-          La diversidad es previa y ontológica: Es intrínseca al hecho de ser humano.

-          La rareza es una cuestión de visiones, momentos y elecciones: Está atada a contextos e inclinaciones personales. Un día puedes estar estadísticamente dentro de la norma y al siguiente decidir que ese patrón no te conviene; o al revés: tras haber habitado en la rareza, adaptarte a un molde porque te reconoces mejor en él.

 El límite innegociable: Dignidad y Derechos Humanos

Frente a lo raro —y ante el choque estético o la incomodidad que pueda generar— nos comportamos como podemos, porque lo raro nos inquieta, nos interpela, nos hace preguntas. O sea, es lógico que prefiramos evitarlo. Porque cada quien reacciona en función de sus posibilidades psicológicas, sociales y afectivas adquiridas por nuestra educación formal e informal y asumidas por nuestros criterios personales. Sin embargo, esa reacción jamás puede incluir la violencia, la discriminación ni ningún otro tipo de acción negativa.

Tanto la diversidad como la rareza son patrimonios del ser humano. En ambos casos, es la persona la que está en juego, con toda su dignidad, sus derechos y sus obligaciones. No existe una jerarquización de la condición humana. Los derechos humanos son intrínsecos al ser; por ello existe un esfuerzo sistemático por conservarlos, promoverlos y protegerlos a través de las leyes y los comportamientos sociales que ordenan la convivencia.

 La educación y la rareza como ventana al crecimiento

La diversidad es inevitablemente humana, pero saber aprovecharla, enriquecerse de ella y disfrutarla es una decisión personal. Por eso, la educación para la comprensión de la diversidad es la clave para el desarrollo de la humanidad. Por eso, por ser humana, toda sociedad se refleja en la forma en que acepta la diversidad y, también, cómo la defiende y la ataca. Pero sobre todo como es activa en su defensa, espacio para expresarla y posibilidad de generar riquezas desde esa diversidad a nivel social y cultural.

A nivel personal, la experiencia demuestra que las rarezas son verdaderas formas de preguntarnos cosas sobre nosotros mismos. Son interpelaciones que, si somos capaces de contemplar de otro modo, nos ofrecen valiosas lecciones. La rareza le habla a nuestros deseos y a nuestras necesidades no reconocidas; y quizás, precisamente en esa grieta de lo inesperado, se esconda un indicio de felicidad.

sábado, agosto 01, 2026

La Geometría de la Comunicación

 La geometría, en algún momento, nos enseñó que dos líneas paralelas no se cruzan. Este
concepto es clave al sostener una discusión o conversación sobre cualquier tema: nos permite identificar si estamos caminando sobre la misma línea o si avanzamos por líneas paralelas.

Propongo que existen tres niveles desde los cuales nos podemos posicionar para hablar:

1. El nivel de las Ideas: Es el espacio donde expresamos lo que pensamos e imaginamos. Está profundamente asociado con la filosofía. Aquí buscamos respuestas teóricas sobre cómo debería ordenarse el mundo en función de nuestras creencias, una noción que varía según el soporte conceptual que construimos para razonar. En este nivel, lo crucial es cómo articulamos la lógica de nuestra conversación.

2. El nivel de los Hechos: Aquí existe un trabajo de clasificación, sistematización y comparación, guiado principalmente por la metodología científica. Los hechos siempre se refieren a poblaciones determinadas y a realidades estudiadas. Aunque nacen de las ideas, lo que los transforma es el proceso de lectura, organización, análisis y exposición de los datos. En este nivel, lo fundamental es la metodología que utilizamos para exponer la evidencia, con un esfuerzo de controlar los sesgos o dejar en claro cuales son. La fortaleza de este nivel está dado por la intencionalidad de ser objetivo.

 3. El nivel del Suceso: Es lo que me pasa a mí; mi experiencia completamente subjetiva. En este nivel no busco validar hipótesis ni contrastar datos, sino encontrar empatía. Si en las ideas importa la lógica y en los hechos la metodología, en el suceso lo relevante es la búsqueda de la empatía como forma de encuentro con el otro.

Cuadro Comparativo de los Tres Niveles

 

Nivel

Dimensión principal

Herramienta clave

Búsqueda/ Meta

Las Ideas

Teórica / Filosófica

Lógica y Marcos Conceptuales

Comprender el deber ser o el modelo del mundo

Los Hechos

Objetiva / Empírica

Metodología Científica y Datos

Validar la realidad medible y sistematizada

El Suceso

Subjetiva / Vivencial

Empatía y Narrativa Personal

Conectar desde la experiencia humana y la emoción

 

El nivel desde el cual nos posicionamos establece la línea sobre la cual vamos a conversar. Obviamente, si las personas se ubican en niveles diferentes, se da la metáfora geométrica: las líneas jamás se van a cruzar, que en comunicación implicaría no podría haber punto posible de consenso y de creación conjunta.

A veces, esto ocurre de manera intencional para evitar el debate real. Hay quienes saltan estratégicamente de una línea a otra cuando el interlocutor les esgrime argumentos en su mismo nivel, buscando de manera explícita que el encuentro comunicativo no se concrete. Otras veces, simplemente nos confundimos de canal.

En última instancia, todo depende de nuestra intencionalidad real y coherente: la voluntad de establecer líneas de conversación donde la intersección de nuestros niveles pueda generar algo nuevo, creativo, y transformar el encuentro en un espacio verdaderamente constructivo y tratemos de controlar la intención humana de uso del poder para obtener lo que queremos: controlar algo.

Por eso es clave, aprender a hacer metacomunicación —es decir, frenar la charla y preguntar: «¿Estamos hablando de lo que sentimos (Suceso), de lo que miden los datos (Hechos) o de lo que creemos que debería ser (Ideas)?»— es probablemente la habilidad técnica más valiosa para lograr esa tan ansiada intersección.

Comunicar es un arte, obvio. Pero todo arte tiene, también, especificidades técnicas que dependen de como adquirimos, aprendemos, aprehendemos a usar las diferentes habilidades. Por eso comunicar siempre se puede mejorar.

 

1/8/2026

miércoles, julio 29, 2026

Odisea

 De un tiempo a esta parte, me he convencido de que el ser humano es nómada por naturaleza.
Vamos por la vida a veces en grandes desplazamientos; otras, quizás, sin movernos del terruño. Sin embargo, la vida en sí misma es un viaje. Tal vez esta idea nació en mí con la poesía Ítaca, de Constantino Kavafis, tan estrechamente asociada a la Odisea: siempre estamos haciendo un viaje.

Parece que solo contamos aquellos trayectos que hablan de aventuras, de desafíos y de hazañas capaces de impresionar. ¿Quién no se sorprendería al escuchar o ver cómo resistimos al canto de las sirenas o cómo enfrentamos a un cíclope? Pero cada cual conoce los pequeños y grandes retos que va teniendo en la vida y la forma en que los afronta, por más que no siempre lo reconozca.

La medida de nuestro avance no la dan los obstáculos por sí solos, sino la capacidad de analizar lo que nos pasa, de comprender nuestra identidad, de intentar identificar en qué lugar reside lo que somos o el hogar que queremos habitar. Y, finalmente, en cuánto esfuerzo hacemos por no ser crueles y, si lo hemos sido, en cómo recomponemos lo hecho para producir algún beneficio.

En esa historia de recorridos, también importa cómo analizamos nuestras pequeñas idas y vueltas, y cómo buscamos la coherencia dentro del proceso de ir escribiendo nuestras propias definiciones. Ser coherente no significa decir siempre lo mismo, sino saber identificar los valores y elementos clave que deben guiar nuestro norte.

Nuestro barco puede enfrentarse a grandes tempestades, pero la intención firme de revisar las equivocaciones y de procurar que nuestra identidad se mantenga sólida para poder volver a lo que consideramos hogar, es lo que da sentido al trayecto. Esa es la Odisea que nos define como seres humanos. Eso es lo que nos hace, definitivamente, nómadas. Como nos recordó Kavafis para siempre:

«Ten siempre en tu mente a Ítaca.

Llegar allí es tu destino.

Pero no apresures el viaje en absoluto.

Es mejor que dure muchos años

y que ya viejo meches en la isla,

rico con cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Ítaca te dio el hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada más que darte.


29/7/2026


martes, julio 28, 2026

El territorio de la dignidad: El cuerpo en la justicia sexual (“Every body” / Cada persona, cada cuerpo)



 Toda realidad humana está situada dentro de un cuerpo. En esta verdad radica la esencia misma de nuestra existencia: si bien lo biológico no nos agota ni nos define por completo, es la superficie sobre la cual transitamos, habitamos y experimentamos el mundo. Todo nuestro equipaje cultural, psicológico y social se encarna en ese cuerpo que poseemos, el cual —incluso desde antes del nacimiento— es moldeado por factores externos que van trazando las rutas de nuestra subjetividad.

En elmarco del Día Mundial de la Salud Sexual (el 4 de septiembre), el trabajo bajo el lema “Every body” cobra una vigencia urgente. Pensar los derechos humanos y la justicia sexual exige comprender que no existen libertades abstractas; cada persona vivencia sus derechos, sus aprendizajes y sus vínculos a través de una corporalidad concreta y dentro de un contexto particular. Por ello, la salud sexual no se agota en el cuidado orgánico, sino en la reflexión crítica sobre cómo permitimos que la sociedad construya, signifique y respete cada cuerpo.

En español, el lema ha sido traducido como “Cada persona, cada cuerpo”, lo que añade una complejidad y una dimensión aún mayores para la reflexión. La idea de “persona” abarca una realidad profunda que introduce matices inevitables y fundamentales a tener en cuenta.

Bajo esta lógica, la educación sexual se impone no solo como una necesidad formativa, sino como una solución ética a las violencias que hoy sacuden a la humanidad. Promover los derechos y la dignidad humana exige preguntarnos qué valor le estamos otorgando permanentemente a esa realidad corpórea. Reconocer que cada cuerpo importa es el punto de partida indisoluble para imaginar, desde la WAS, un horizonte más justo, empático y humano.

El lema de este año da cuenta de que la discusión central pasa por comprender la dimensión biopsicosocial de toda persona, radicada en un cuerpo concreto pero habitada desde una realidad psicosociocultural. En función de ello, no se trata solo de asumirlos como innegables, sino de abordar el concepto de justicia sexual, el cual nos confronta con aquello que aún falta y con las formas en que estos derechos se pueden mejorar, ampliar y efectivizar. En este camino, el indicador más preciado y urgente es el desarrollo del consentimiento: asumido como un hábito, una norma y una obligación ineludible de protección.

28/7/2026

lunes, julio 27, 2026

Educación sexual integral

La Ley de Educación Sexual Integral (ESI) cumple 20 años. Ya he profundizado en otras
columnas sobre la importancia crucial que tiene para un país —y particularmente para la educación sexual— contar con un marco normativo hecho ley. Por eso es una ley imprescindible: permite comprender que hay una noción de bien común que se asume. Una ley que define la educación sexual integral como un derecho y que estipula sus límites conceptuales, las normas a las que se somete y la estructura metodológica de su ejecución; más que una norma, es un principio esencial a considerar, más allá de las discusiones falaces que se puedan plantear.

Pero vamos desde el principio. La educación sexual es, según la ley, aquella que «articula aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos». Esto define desde dónde vamos a hablar. En la actualidad, esta ley está asentada en pilares fundamentales asociados a valores ineludibles para el siglo XXI que una sociedad debe defender y promover:

  1. Fomentar los derechos humanos.

  2. Procurar la justicia social y sexual.

  3. Desarrollar el bienestar integral de las personas.

  4. Orientarse a construir una sociedad sin discriminación y con mayor equidad.

  5. Posibilitar el desarrollo de las habilidades para la vida.

  6. Potenciar el placer como una decisión personal, creativa y consentida.

  7. Generar antídotos específicos contra la violencia, promoviendo una convivencia saludable.

A dos décadas de su sanción, es momento de hacer un balance sobre cuánto hemos avanzado. Para ello, resulta fundamental revisar tanto los logros alcanzados como aquello que aún no hemos concretado. Que un gobierno en particular se muestre contrario a la ley o ponga obstáculos para su aplicación no debe desviarnos del objetivo central del análisis: evaluar cómo hemos progresado —o no— en estos 20 años.

Ese balance es responsabilidad de quienes hemos participado activamente en este proceso. No se trata de adjudicar méritos o agravios particulares, sino de evaluar los avances reales: cómo los discursos sociales han favorecido esta perspectiva y de qué manera se han logrado modificar comportamientos.

Estoy convencido de que la educación sexual, como idea y como derecho, es irreversible. Sin embargo, creo firmemente que aún estamos en deuda —no solo por las políticas de un último gobierno, sino de forma histórica— en la promoción de una ESI equiparable en eficacia y beneficios con aquellas propuestas que utilizan los recursos disponibles y buscan cumplir con estándares de calidad educativa como los que hoy existen en el mundo.

La educación sexual integral no abarca únicamente métodos didácticos, sino la construcción de procesos educativos formales, específicos y verdaderamente eficaces para promover el desarrollo y la protección del bienestar. En esa dirección es donde todavía debemos trabajar mucho más.

Aunque parezca un cliché, también es hora de preguntarnos: ¿qué hemos hecho por la educación sexual integral? Eso implica revisar no solo nuestras resistencias, sino también nuestra defensa de la misma; cómo hemos contribuido a que sea una realidad. Porque la ley existe, y nuestro compromiso ya forma parte del logro o del fallo.

La educación sexual integral es una decisión mancomunada por el bien común. Es a favor de nuestra sociedad y, como bien dice nuestra Constitución, «para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino» (un texto antiguo que, valga aclararlo, abarca a todas las personas). Lograr aplicarla y mejoarla día a día es una apuesta seria y responsable para lograr «con gloria vivir».

sábado, julio 25, 2026

Más allá del 'yo víctima'

 En esta época de redes sociales y discursos sin contrastar —o expuestos con una perspectiva
improlija—, parece que hemos entrado en una era donde lo que decimos se convierte en verdad simplemente porque lo decimos. Así, la discusión se vuelve sumamente difícil: abundan quienes pretenden erigirse en portadores de la verdad, voces de la equidad o jueces de la denuncia. En este entorno, resulta alarmante lo fácil que es construir una identidad a través de un dictamen explosivo sobre uno mismo.

Cuando definir qué has sido víctima de discriminación, racismo o patriarcado se convierte en una proclama identitaria, la denuncia deja de ser un llamado a la justicia y pasa a ser un rasgo del propio ego. Al hacerlo, el tejido social se desvanece en su dimensión colectiva y cultural, transformándose en una mera declamación de individuos. El límite entre lo real y lo narrado se vuelve difuso, aunque se pretenda presentar como algo claro y definido. Si la identidad se articula desde un estado de victimización sin haber sido realmente víctima, nos alienamos de aquellas personas que verdaderamente padecen la situación. Ese estado de fantasía autorreferencial nos impide trabajar de manera concreta sobre el problema real de quienes sufren.

Se insiste sobre la afirmación que Argentina es un país racista. Disentir con ella hoy parece colocar a cualquiera en un extremo opuesto o incorrecto. Es más, hasta los equilibrados en el debate, aceptan la afirmación y solo pregonan que en el ranking estamos lejos de estar primeros en el concierto de los países.

Sin embargo, el racismo —tal como se lo define actualmente— está asociado a dos realidades muy potentes: la condición ontológica del ser humano y el ejercicio del poder. Esto establece diferencias de manera inherente entre el "yo" y los "otros", entre el propio grupo y los ajenos y el uso del poder como dato de crueldad. El uso de estereotipos o la marcación de la diferencia forman parte de la estructura cognitiva y adaptativa de la especie. Somos seres que producimos alteridad; como también somos seres capaces de ejercer el poder, sea para construir o para generar daño. He aquí lo que hace la realidad. El poder como condición para generar víctimas, sufrimiento y sus consecuencias en el tejido social.

Por lo tanto, la medida de la especie humana no radica en negar su naturaleza, sino en evaluar cómo ha sido capaz de desarrollar mecanismos concretos para hacerle frente. Un ejemplo claro es la capacidad del lenguaje: a partir de la facultad ontológica de hablar, el ser humano dio un salto evolutivo para producir canto, escritura y formas cada vez más complejas de comunicación.

Cabe preguntarse entonces: ¿tenemos en cuenta este salto evolutivo cuando debatimos estos temas? ¿Reconocemos cómo hemos progresado como comunidad frente a nuestra propia tendencia a discriminar y a abusar del poder? Ignorar las herramientas civilizatorias que hemos construido para contener nuestro sesgo instintivo no solo invisibiliza el progreso social, sino que nos encierra en una narrativa estéril que atenta contra la verdadera empatía y la resolución de las injusticias reales.

Lejos está esto de justificar las injusticias reales y concretas que sufren personas. La inequidad como una forma asumida de control. La perversa ilusión de crear condiciones inevitables acunadas por la naturaleza. La constante crueldad defendida por principios llamados religiosos. La execrable discriminación porque la forma de relacionarse es diferente. Nunca debemos negar que la injusticia existe, que el dolor producido lo viven personas por circunstancias que la hemos designado como malas, sin tener ninguna autoridad para ello. Nunca hay que olvidarse de esto.

A lo que apunto es a que ha llegado la hora de observar los dos cimientos de la verdadera evolución humana: frente a la inevitable presencia del otro, evaluar qué hacemos con esa realidad. Destaquemos lo que hemos progresado, identifiquemos a quiénes aún no hemos sumado a ese progreso y dejemos de regodearnos en la falla instintiva para enfocarnos en consolidar las herramientas que la vuelven, día a día, algo obsoleto, inaceptable y cada vez más ajeno.

 

 

25/7/2026

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