Pero no seamos ingenuos. Esa esperanza tiene que apoyarse en tierra firme y no sólo en castillos en el aire. Necesita, para transformase en opción, partir de la construcción de cimientos reales. No alcanza ya con creer en el ser humano como canto de esperanza y alabanza vacía. Tenemos que procurar desafiar el destino escrito y que se muestra como inapelable. El futuro son árboles que tienen que crecer y para ello únicamente existe una tierra que debemos cultivar, la nuestra.
Cultivar tiene sus secretos, sin dudas, pero existen algunas cosas lógicas que todos aprendemos casi sin esfuerzo. Para cultivar hace falta remover la tierra, tirar las malezas, poner semillas, darle luz y agua, evitar que la pisen, proteger los retoños cuando están creciendo. Si la tierra no está perdida, raíces, frutos y sombra tendremos en nuestro futuro. Sino, solo esfuerzo malgastado. Aunque también tiempo ocupado.
La metáfora es útil. Sólo es cuestión de aprovecharla. El esfuerzo es necesario, eso lo sabemos. Pero, ¿estamos dispuestos a hacerlo? Esa es la pregunta clave. ¿Trabajar por lo que es invisible, tanto tiempo? ¿Esforzarse con ahínco por algo que los demás pueden destruir? ¿Sacrificar tiempo y espacio sabiendo que los frutos serán para otros, como tantas veces?
Sembrar es más que apostar por la riqueza del suelo, es creer que es posible otro jardín, un jardín donde la belleza sea para sentir, oler, respetar y no para poseerla. Es pensar en la huerta, donde el alimento sale de la tierra, el trabajo nos une, la comida se comparte, el estar vivo es la realidad que nos hace ser felices. Un ser feliz por estar allí y por estar con el otro y no por tener.
Porque creo en el hombre sigo imaginando que podremos darnos cuenta que la verdad es que no importa la dimensión del campo que tengamos porque, en definitiva sólo un árbol necesitamos para cuna, sombra, fruto y ataúd.
28 de septiembre 2006