Más allá de la búsqueda de una causa genética (si, la están buscando en los genes), la infidelidad resulta de un modelo de sexualidad dominante (que incluye la represión en parte de la sexualidad, la construcción patriarcal de las relaciones sexuales válidas y deseables y, sobre todo, en la negación del placer femenino como hecho real, deseable y específico de las relaciones sexuales femeninas).
Pienso que la infidelidad es un problema porque es difícil hablar de los deseos que tenemos, de escuchar las necesidades que nuestra pareja tiene, de intentar el juego sexual como un deseo real que tenemos o que debemos incentivar. Una cultura fomenta la infidelidad cuando incentiva el doble discurso, la doble moral, el evitar el conflicto como recurso y el silenciamiento de los sentimientos.
Una pequeña aclaración, la sexualidad es propia del ser humano, su naturaleza es la cultura. La monogamia o la poligamia no están inscriptas en nuestros genes, como tampoco esta el "69". Somos de naturaleza cultural donde se canaliza lo que interpretamos como lo mejor y utilizando lo que asumimos como natural.
La infidelidad es un acto que alguien realiza contrariando un supuesto. Supuesto, pues la fidelidad no es un concepto univoco para todos y todas. Aclaremos también que al ser un acto es diferente de los celos, que en realidad son una concepción errónea de posesión (no existen celos buenos, existe celos culturalmente aceptados o socialmente tolerados).
Tenemos una sociedad donde hay elementos para que la infidelidad, entre otras cosas, exista como recurso: exaltación del erotismo como hecho colectivo y no como búsqueda real de los individuos, negación de los placeres como necesidad en si misma sino como una exigencia del consumismo. También podemos sumar una educación sexual informal que no fomenta el diálogo como herramienta esencial para desarrollar los tres elementos claves del amor (intimidad, pasión y compromiso) y para superar los conflictos previniendo cualquier tipo de violencia.