observador no necesariamente aprende, pero en ocasiones yo lo hago. Al observar, uno puede reconocer patrones, comportamientos e identificar personajes. Lo hago sabiendo que, para otro observador, yo también soy un personaje. No es un término peyorativo, sino simplemente la forma que tenemos los humanos de habitar un lugar.
Pensando en eso, vi en la milonga una hermosa metáfora
de la humanidad. Ya la he compartido en otras ocasiones, pero no importa; se
repite porque creo que lo vale: la milonga es un encuentro de personas que
procuran, mediante rituales aprendidos, encontrarse con otro para intentar —al
menos durante una tanda— comunicarse sin imponerse. El fin es, sencillamente,
el placer de que el encuentro funcione de manera agradable, positiva y lúdica.
Para lograrlo, se parte de una propuesta (una invitación, un conjuro, el cabeceo) que la otra persona puede aceptar; el consentimiento siempre es sagrado. Si todo sale bien, lo siguiente será un abrazo construido con lo que tenemos y lo que aprendemos. Porque a abrazar, como en la vida, se debe aprender. De allí que las sutilezas o las torpezas surjan de ese diálogo de cuerpos que proponen y aceptan de modo circular. Se trata de dar indicaciones con la intención de ser claros. Mi impericia no invalida lo concreto: la intención asertiva de decir lo que queremos con la mayor claridad posible para que la otra persona no solo entienda, sino que responda con la misma intención: ser directos, específicos y presentes.
Como ya dije, no soy un buen bailarín y apelo a mis
limitaciones para justificarme. Soy muy consciente de ello. Por eso, a veces
disfruto mucho una tanda porque encuentro a alguien —generalmente quien baila
muy bien— que permite que esa secuencia de canciones funcione como una suerte
de magia y la fluidez sea posible. Sé que es la otra persona quien lo permite y
lo percibo con total evidencia.
Por eso no siempre bailo; lo asumo. Muchas personas
van a disfrutar y desean bailar con alguien que no tenga los límites que yo
ofrezco. He invitado a bailar en varias ocasiones; me han aceptado y nos hemos
permitido instantes muy agradables. En otras, lógicamente, me han dicho que no.
Es parte del juego. Tal vez le pediría al universo que el "no" sea
solo un no, sin explicaciones. Es
mucho más digno, lo aseguro.
Pero volvamos a la metáfora. En la milonga, el otro es importante porque está disponible para el encuentro. Ese pequeño instante —una tanda— nos convence de que la comunicación es posible, que la felicidad habita en los detalles y que la humanidad tiene recursos para hacer las cosas un poco mejor. Bailar tango no es la salvación de nadie, pero estoy convencido de que, al hacerlo o disfrutarlo, podemos darnos cuenta de que otro mundo mejor es posible.
15/4/26
Francisco Viola.
Elucubraciones nómadas – II (Inédito)
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