Parece lo mismo,
pero hay una diferencia que atraviesa todo. Lo primero tiene que ver con un comportamiento humano casi “natural”. Desde que nacemos vamos percibiendo que
para conseguir algunas cosas debemos actuar. Míticamente (o exageradamente)
podemos decir que el chupete se lo consigue por llorar. Poco a poco interiorizamos
no solo que el hacer es algo que nos sale, sino que podemos encontrar placer
genuino y satisfacción plena no solo en conseguirlo sino en el proceso de
hacerlo. Podemos decir que trabajar es inherente no solo al ser humano, sino
que es deseable en la medida que lo bueno, lo pleno, lo necesario, lo urgente,
lo deseable implica que hagamos algo es un estimulante poderoso y, depende de
uno, puede ser hasta maravillosamente satisfactorio. No nos olvidemos que leer
un libro, bailar bien un tango, escribir algo que contagie, por citar ejemplos
de puro placer, también conlleva resolver obstáculos de lo que no entiendo,
aprender la técnica de disociar el cuerpo, o descubrir con alguna dificultad
donde poner correctamente una coma. O sea, trabajar.
En este día
del trabajo revindiquemos la dignidad de quien hace una labor, sea cual sea.
Porque me toca de cerca, la dignidad del docente pisoteada por políticas que
afectan a las personas a sus entornos laborales, condenada por decisiones
políticas interesadas que no toman en cuenta su palabra y, aunque duela, no
siempre defendida por quienes tienen la tarea de hacerlo.
Día del
trabajador es aún una necesidad imperiosa de comprender que hay mucho trabajo
para hacer aun para que el trabajo sea lo que dije al principio: parte del placer
y la calidad de vida.
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