Nos fascinamos por aquello que nos evoca algo y, sobre todo, por
aquello que creemos nos invoca, profundamente, a lo que sentimos como propio:
un deseo, una ambición, un pensamiento, una filosofía, un destino, un
sentimiento, una emoción. O, en ocasiones, la idea que hemos construido, aún
fuera de toda realidad, de aquello o de esa persona.
Sí, no hay problema en la fascinación pero si la dejemos que fluya
libremente. No la obliguemos a aparecer, seamos crítico con nosotros mismos
para ello y, al mismo tiempo, nos permitamos la experiencia placentera de
sentirnos fascinados. Quizás, a partir de ello, seamos capaces de ser más
activos en lo que importa, ofrecer y recibir el famoso don del encuentro, de la
disponibilidad del espíritu y de permitirnos la elocuencia de nuestro ser.