viernes, mayo 22, 2026

Límites

 La vida real siempre son límites. Los que nosotros decidimos y los que los demás nos imponen. Algunos de ellos son lógicos, para nosotros. Otros no lo son. Pero algunos de estos últimos lo aceptamos como normales, porque comprendemos que la vida es relacional. Los límites no son impedimentos, necesariamente, sino estructuras que establecen espacios donde desarrollarnos. Está claro que la palabra límites puede ser un cajón de sastre: todo lo que no se puede. Pero no es valorativa, aunque se la entiende así. El “nada es imposible”, o “los limites sólo están en tu cabeza”, son formas de la llamada “auotayuda marketinera” que desprende a las personas de sus realidades y las machaca con alguna culpabilidad. Lo cierto que tener límites es lo normal. O debería serlo. Asumirlos no implica resignación, sino posibilidades de crecimiento. Respetarlos no es sometimiento, sino comprender que la humanidad sólo existe porque lo relacional prima como ejercicio constructivo de creación colectiva.

Reconocer nuestros límites no implica otra cosa que ser humano. Lo que significa conocerse, reconocer y aceptar al otro (la alteridad excelsa), asumir la comunicación como forma imprescindible de estar, asumir que el crecimiento es posible siempre, instalar la creatividad como un recurso ineludible para crecer y tomar conciencia que hay un bien común.

Si ves a los límites como un impedimento o como inexistentes, tal vez sea hora de empezar a pensar más humano.

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