"antiderechos", a nivel global es una realidad innegable. Para explicarlo, el análisis bienpensante suele recurrir a una respuesta rápida y cómoda: todo es culpa de la precarización económica, las fake news y la manipulación de las masas. Si bien es innegable que la vulnerabilidad material de las personas es el suelo fértil donde germinan estas opciones, cabe hacernos una pregunta mucho más incómoda, pero urgente: ¿qué responsabilidad tienen los discursos progresistas, feministas y de izquierda en la creación de este caldo de cultivo? Aclaro lo obvio: los discursos y, sobre todo, ciertas actitudes concretas. No incluye la ideología que promueven, que defiendo completamente.
Volvamos a
nuestro punto: la física política es implacable: a toda acción le corresponde
una reacción. Durante la última década, gran parte del llamado progresismo
occidental abandonó las demandas materiales e institucionales históricas para
refugiarse en una batalla cultural de corte puramente identitario y académico.
Al hacerlo, cometió dos errores estratégicos fatales. El primero, fue la
desconexión con la clase trabajadora precarizada, que sintió que sus problemas
cotidianos —el empleo, la inflación, la seguridad, la educación real y válida—
eran ignorados en favor de debates lingüísticos o simbólicos. El segundo, fue
la adopción de una superioridad moral pedagógica que, a través de dinámicas de
cancelación y regaño público, expulsó al ciudadano común del debate por no
manejar los "códigos correctos". La derecha no tuvo que inventar
nada; simplemente se convirtió en el refugio de los expulsados, ofreciendo
certezas tradicionales y una promesa de 'libertad' frente al tutelaje cultural
del progresismo."
Sin
embargo, para mí, el golpe de gracia a la credibilidad del proyecto progresista
no provino de sus errores estéticos, sino de su gestión ética. El verdadero
acelerador del desencanto popular ha sido la alarmante condescendencia de la
izquierda ante su propia corrupción o, también, el menosprecio de la corrupción
como un síntoma claro de abuso de poder constante. No lo puso en la agenda en
la medida de su importancia.
El problema
de fondo no es que la corrupción exista —pues es un flagelo transversal— sino
el mecanismo de negación sistemática que el progresismo activa cuando los
implicados son de sus propias filas o aun cuando no lo son. Al empaquetar
cualquier investigación judicial como una persecución de los poderes fácticos
(el ya gastado argumento del lawfare), la izquierda abdica de su supuesta
superioridad moral. Peor aún, demuestra una alarmante falta de propuestas
técnicas y estructurales para combatir el problema, prefiriendo el refugio en
la consigna ideológica antes que la reforma institucional transparente.
La mayor
contradicción de este progresismo con anteojeras es su incapacidad para
entender que la corrupción no es un delito abstracto de cuello blanco, sino una
violación flagrante y directa a los derechos humanos. El dinero que se desvía
de una obra pública no es solo un número en una cuenta en Suiza; es el hospital
sin insumos donde muere un ciudadano, la escuela pública destruida que cancela
el futuro de un niño, o el plan social malversado que le quita el plato de
comida al más vulnerable.
Al
desvincular la corrupción de la dignidad humana y de los derechos económicos y
sociales, el discurso progresista cae en una hipocresía insostenible. No se
puede pretender tutelar la moral de una sociedad mientras se relativizan los
desfalcos en nombre de "la causa" o como los otros son peores: no hay
propuestas y soluciones estratégicas visibles y urgentes.
Las nuevas
derechas no crecen únicamente por sus propios méritos o por la genialidad de
sus estrategas. Crecen porque el progresismo prefirió tener la razón teórica
antes que construir mayorías políticas, y porque decidió mirar hacia el costado
cuando sus dirigentes se enriquecían. Esto nos deja ante una pregunta final,
tan terrorífica como cruel: ¿qué beneficios sacan algunos intelectuales de la
supuesta izquierda al fomentar, de ese modo traicionero y doloroso, el
crecimiento de las derechas? Responderla no nos dará una solución mágica, pero
sí una brújula indispensable para saber hacia dónde caminar y dónde está el
verdadero norte que queremos y, cada vez más, que precisamos con urgencia.
6/7/2026
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