lunes, julio 06, 2026

La fábrica de la indignación: Cómo el progresismo pavimentó el camino de las nuevas derechas

 El crecimiento de los discursos que llamamos de derecha, que son los que suelen ser de corte
"antiderechos", a nivel global es una realidad innegable. Para explicarlo, el análisis bienpensante suele recurrir a una respuesta rápida y cómoda: todo es culpa de la precarización económica, las fake news y la manipulación de las masas. Si bien es innegable que la vulnerabilidad material de las personas es el suelo fértil donde germinan estas opciones, cabe hacernos una pregunta mucho más incómoda, pero urgente: ¿qué responsabilidad tienen los discursos progresistas, feministas y de izquierda en la creación de este caldo de cultivo? Aclaro lo obvio: los discursos y, sobre todo, ciertas actitudes concretas. No incluye la ideología que promueven, que defiendo completamente.

Volvamos a nuestro punto: la física política es implacable: a toda acción le corresponde una reacción. Durante la última década, gran parte del llamado progresismo occidental abandonó las demandas materiales e institucionales históricas para refugiarse en una batalla cultural de corte puramente identitario y académico. Al hacerlo, cometió dos errores estratégicos fatales. El primero, fue la desconexión con la clase trabajadora precarizada, que sintió que sus problemas cotidianos —el empleo, la inflación, la seguridad, la educación real y válida— eran ignorados en favor de debates lingüísticos o simbólicos. El segundo, fue la adopción de una superioridad moral pedagógica que, a través de dinámicas de cancelación y regaño público, expulsó al ciudadano común del debate por no manejar los "códigos correctos". La derecha no tuvo que inventar nada; simplemente se convirtió en el refugio de los expulsados, ofreciendo certezas tradicionales y una promesa de 'libertad' frente al tutelaje cultural del progresismo."

Sin embargo, para mí, el golpe de gracia a la credibilidad del proyecto progresista no provino de sus errores estéticos, sino de su gestión ética. El verdadero acelerador del desencanto popular ha sido la alarmante condescendencia de la izquierda ante su propia corrupción o, también, el menosprecio de la corrupción como un síntoma claro de abuso de poder constante. No lo puso en la agenda en la medida de su importancia.

El problema de fondo no es que la corrupción exista —pues es un flagelo transversal— sino el mecanismo de negación sistemática que el progresismo activa cuando los implicados son de sus propias filas o aun cuando no lo son. Al empaquetar cualquier investigación judicial como una persecución de los poderes fácticos (el ya gastado argumento del lawfare), la izquierda abdica de su supuesta superioridad moral. Peor aún, demuestra una alarmante falta de propuestas técnicas y estructurales para combatir el problema, prefiriendo el refugio en la consigna ideológica antes que la reforma institucional transparente.

La mayor contradicción de este progresismo con anteojeras es su incapacidad para entender que la corrupción no es un delito abstracto de cuello blanco, sino una violación flagrante y directa a los derechos humanos. El dinero que se desvía de una obra pública no es solo un número en una cuenta en Suiza; es el hospital sin insumos donde muere un ciudadano, la escuela pública destruida que cancela el futuro de un niño, o el plan social malversado que le quita el plato de comida al más vulnerable.

Al desvincular la corrupción de la dignidad humana y de los derechos económicos y sociales, el discurso progresista cae en una hipocresía insostenible. No se puede pretender tutelar la moral de una sociedad mientras se relativizan los desfalcos en nombre de "la causa" o como los otros son peores: no hay propuestas y soluciones estratégicas visibles y urgentes.

Las nuevas derechas no crecen únicamente por sus propios méritos o por la genialidad de sus estrategas. Crecen porque el progresismo prefirió tener la razón teórica antes que construir mayorías políticas, y porque decidió mirar hacia el costado cuando sus dirigentes se enriquecían. Esto nos deja ante una pregunta final, tan terrorífica como cruel: ¿qué beneficios sacan algunos intelectuales de la supuesta izquierda al fomentar, de ese modo traicionero y doloroso, el crecimiento de las derechas? Responderla no nos dará una solución mágica, pero sí una brújula indispensable para saber hacia dónde caminar y dónde está el verdadero norte que queremos y, cada vez más, que precisamos con urgencia.

 

6/7/2026

domingo, julio 05, 2026

La amabilidad en la era del exhibicionismo: Cuando el exceso eclipsa la sutiliza


 Hace poco, un colega me confesó que lo suelen considerar como amable, pero que no entiende por qué le dan esa etiqueta, ya que él se reconoce como parco. Siente que sus acciones no encajan en los parámetros habituales de lo que hoy se vende como "bondad". Me terminó de quedar claro cuando me dio un ejemplo: le incomoda ir a un servicio de comida rápida y que lo atiendan con sonrisas gigantescas y sobreactuadas, impostadas solo para demostrar que se está siendo "amable".

Esa anécdota me estimuló una reflexión profunda sobre el siglo XXI. Siento que estamos tan influenciados por los estereotipos y tan obsesionados con lo políticamente correcto, que perdimos la capacidad de leer entre líneas. Exageramos las muestras de cortesía para que nadie pueda acusarnos objetivamente de no serlo. Hoy la amabilidad parece necesitar marquesinas, ruido y ostentación, cuando en realidad es algo sutil que se percibe en la piel. Al perder la capacidad de decodificar el lenguaje no verbal y la riqueza de los matices, la sociedad empezó a exigir exhibicionismo en lugar de percepciones, prefiriendo el griterío sin sentido antes que los mensajes que producen un efecto concreto en el alma.

Ante este panorama, nos queda una pregunta urgente: ¿Cómo somos capaces de educar a las nuevas generaciones para que comprendan que, en la era del ruido, menos es más? ¿Cómo enseñamos a dar ese "menos que es tan concreto" que traduce emoción, sentido y acompañamiento en gestos pequeños, silenciosos, pero profundamente evidentes?

Para rescatar esa amabilidad orgánica de la puesta en escena corporativa o social, necesitamos reestructurar la forma en que educamos a través de tres pilares:

1. Rehabilitar la atención y la lectura analógica

No se puede leer entre líneas si se vive apurado o hiperconectado a una pantalla. La amabilidad de baja intensidad nace de notar lo que el otro necesita antes de que lo grite. Sostengo que para conseguir eso debemos educar con dedicación en la observación y el silencio. Enseñar a mirar a los ojos, a registrar el tono de voz, el cansancio en los hombros ajenos o las manifestaciones silenciosas pero llenas de palabras de un amigo. Aprender a descifrar el cuerpo es el primer paso para conectar desde la verdad y no desde el manual de autoayuda.

2. Validar la "presencia silenciosa" por sobre el aplauso

Vivimos en una cultura del rendimiento donde parece que lo que no se publica en redes sociales, no existe. El peligro es criar "actores de la empatía" en lugar de personas empáticas. Por ello, como antídoto y estrategia habría que volver a prestigiar los actos invisibles. Enseñar que sostener una puerta, levantar algo que a un extraño se le cayó, o simplemente sentarse en silencio al lado de alguien que sufre, tiene un valor infinito. El mensaje educativo debe ser claro: el impacto de tu acción se mide en cómo hiciste sentir al otro, no en cuántos testigos tuviste.

3. Fomentar la coherencia emocional sobre la corrección política. Esto implica una Educación Sexual Integral basada en la educación sexual integral —valga la redundancia— y no en los discursos analfabetos que pululan sobre esta urgencia. Una verdadera educación que no sea una coreografía rígida de "por favores" y "gracias" vacíos, sino el desarrollo de una educación emocional que haga que un gesto, incluso parco, sea genuino y oportuno. Educar en la amabilidad real es enseñar a respetar el espacio, el tiempo y la dignidad del otro de manera natural, sin buscar recompensas ni validaciones. Esto debe nacer de establecer la coherencia entre reconocer mis propios sentimientos y emociones, para ofrecerlas a los demás en la medida en que procuren el bien común.

En definitiva, todo esto implica volver a lo sutil, pero con carga axiológica, lo que es un acto de resistencia cultural, cada vez más urgente.

Lo comprendemos fácil: quien es amable de verdad no necesita sobreactuar, porque su presencia se siente sin necesidad de levantar la voz. Por eso el desafío es educar eso en un mundo lleno de marquesinas encandiladoras, que implica volver a encender las luces pequeñas: esos detalles cotidianos que no buscan el aplauso, pero que abrigan el día de cualquiera, donde nace el respeto por el otro, y las posibilidades ciertas de crear espacios saludables para habitar.

 

5/7/2026

Entrada destacada

Deseos 2020

Este año es bisiesto. Como cada 4 años, dirán, pero esta vez lo noté. Un día más, un año diferente. Una ilusión de creer que lo excepcio...