domingo, julio 05, 2026

La amabilidad en la era del exhibicionismo: Cuando el exceso eclipsa la sutiliza


 Hace poco, un colega me confesó que lo suelen considerar como amable, pero que no entiende por qué le dan esa etiqueta, ya que él se reconoce como parco. Siente que sus acciones no encajan en los parámetros habituales de lo que hoy se vende como "bondad". Me terminó de quedar claro cuando me dio un ejemplo: le incomoda ir a un servicio de comida rápida y que lo atiendan con sonrisas gigantescas y sobreactuadas, impostadas solo para demostrar que se está siendo "amable".

Esa anécdota me estimuló una reflexión profunda sobre el siglo XXI. Siento que estamos tan influenciados por los estereotipos y tan obsesionados con lo políticamente correcto, que perdimos la capacidad de leer entre líneas. Exageramos las muestras de cortesía para que nadie pueda acusarnos objetivamente de no serlo. Hoy la amabilidad parece necesitar marquesinas, ruido y ostentación, cuando en realidad es algo sutil que se percibe en la piel. Al perder la capacidad de decodificar el lenguaje no verbal y la riqueza de los matices, la sociedad empezó a exigir exhibicionismo en lugar de percepciones, prefiriendo el griterío sin sentido antes que los mensajes que producen un efecto concreto en el alma.

Ante este panorama, nos queda una pregunta urgente: ¿Cómo somos capaces de educar a las nuevas generaciones para que comprendan que, en la era del ruido, menos es más? ¿Cómo enseñamos a dar ese "menos que es tan concreto" que traduce emoción, sentido y acompañamiento en gestos pequeños, silenciosos, pero profundamente evidentes?

Para rescatar esa amabilidad orgánica de la puesta en escena corporativa o social, necesitamos reestructurar la forma en que educamos a través de tres pilares:

1. Rehabilitar la atención y la lectura analógica

No se puede leer entre líneas si se vive apurado o hiperconectado a una pantalla. La amabilidad de baja intensidad nace de notar lo que el otro necesita antes de que lo grite. Sostengo que para conseguir eso debemos educar con dedicación en la observación y el silencio. Enseñar a mirar a los ojos, a registrar el tono de voz, el cansancio en los hombros ajenos o las manifestaciones silenciosas pero llenas de palabras de un amigo. Aprender a descifrar el cuerpo es el primer paso para conectar desde la verdad y no desde el manual de autoayuda.

2. Validar la "presencia silenciosa" por sobre el aplauso

Vivimos en una cultura del rendimiento donde parece que lo que no se publica en redes sociales, no existe. El peligro es criar "actores de la empatía" en lugar de personas empáticas. Por ello, como antídoto y estrategia habría que volver a prestigiar los actos invisibles. Enseñar que sostener una puerta, levantar algo que a un extraño se le cayó, o simplemente sentarse en silencio al lado de alguien que sufre, tiene un valor infinito. El mensaje educativo debe ser claro: el impacto de tu acción se mide en cómo hiciste sentir al otro, no en cuántos testigos tuviste.

3. Fomentar la coherencia emocional sobre la corrección política. Esto implica una Educación Sexual Integral basada en la educación sexual integral —valga la redundancia— y no en los discursos analfabetos que pululan sobre esta urgencia. Una verdadera educación que no sea una coreografía rígida de "por favores" y "gracias" vacíos, sino el desarrollo de una educación emocional que haga que un gesto, incluso parco, sea genuino y oportuno. Educar en la amabilidad real es enseñar a respetar el espacio, el tiempo y la dignidad del otro de manera natural, sin buscar recompensas ni validaciones. Esto debe nacer de establecer la coherencia entre reconocer mis propios sentimientos y emociones, para ofrecerlas a los demás en la medida en que procuren el bien común.

En definitiva, todo esto implica volver a lo sutil, pero con carga axiológica, lo que es un acto de resistencia cultural, cada vez más urgente.

Lo comprendemos fácil: quien es amable de verdad no necesita sobreactuar, porque su presencia se siente sin necesidad de levantar la voz. Por eso el desafío es educar eso en un mundo lleno de marquesinas encandiladoras, que implica volver a encender las luces pequeñas: esos detalles cotidianos que no buscan el aplauso, pero que abrigan el día de cualquiera, donde nace el respeto por el otro, y las posibilidades ciertas de crear espacios saludables para habitar.

 

5/7/2026

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