Escucho al escritor Arturo Pérez-Reverte decir que ciertas cosas que hace se deben a que fue
educado en la certeza de que la cortesía mejora el mundo. Hay una belleza impecable en esa afirmación: educar con la certeza de algo.
educado en la certeza de que la cortesía mejora el mundo. Hay una belleza impecable en esa afirmación: educar con la certeza de algo.
Ver la cortesía no como un simple formulismo o una convención social vacía, sino como un gesto elocuente hacia la humanidad reflejada en una persona. Que sea la decisión deliberada y consciente —incluso cuando se ha vuelto un automatismo— de reconocer que el otro, simplemente por ser otro, merece esa consideración. Es la simplicidad de decir sin palabras: «Te veo, te valoro, te respeto simplemente porque eres otro, porque no eres yo». Y es en ese reconocimiento de la alteridad donde se tiende un puente con la esperanza de que la humanidad pueda funcionar mejor.
La ética del cuidado solo puede crearse a partir de la alteridad, y la alteridad solo aparece cuando al otro lo veo y lo valoro. Es por eso que en la cortesía se refleja con más fortaleza la posibilidad de que esa ética se vuelva realidad. Por supuesto, esto descarta de plano cualquier gesto peyorativo, condescendiente o de desprecio. Quizás sea una postura tildada de ingenua, quizás no le esté dando el peso suficiente a ciertos problemas sociológicos, pero aun así elijo quedarme con esta idea: la de haber sido educado con la certeza de la cortesía.
21/8/2026
Francisco Viola
Elucubraciones nómadas II (Inédito).
El cuadro es
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