Que hay estereotipos sobre la belleza, obvio. Que hay cuerpos que son más atractivos que otros, está claro. Intentamos someternos a procedimientos para tratar de que estéticamente se adecúe más a cierto perfil, y nos produce gusto o placer —o moviliza deseos— tener determinado tipo de cuerpo y no otro. Así es. Pero solo hay un cuerpo que transitamos y habitamos: el que tenemos. Por ahí pasa, quizás, toda la cuestión.
No podríamos evitar que los demás opinen, aunque no tengan derecho, o que busquen los cuerpos que les parecen más atractivos, o que pongan distancia con otros que les hacen saltar las alarmas —algunas por experiencia, otras por conocimiento o tal vez solo por prejuicio—.
Los cuerpos son eso: ese espacio que logramos habitar desde nuestra propia belleza, desde el sentir que no solo somos poseedores de ese cuerpo, sino que en él se conjuga toda posibilidad de placer, de encuentro, de alteridad, de gozo. Somos quienes somos y eso incluye este cuerpo que tenemos.
Cuando nos autorizamos a ser, nos damos cuenta de que todo lo que genera placer —desde el juego hasta la danza, pasando obviamente por el sexo— solo puede desplegarse cuando comprendemos que este cuerpo es lo suficientemente bueno para albergar toda la ternura, todo el placer y todo el amor que están disponibles.
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