Está claro que no todos saben compartir, aun aquellos que tienen la verdadera intención de hacerlo. Tampoco suele ser fácil crear las condiciones para que ese flujo de experiencias, vivencias, palabras y afectos circule de manera fluida, como si fuera un puente que se construye al mismo tiempo que se transita.
No me refiero únicamente a compartir una actividad que se realiza conjuntamente, sino, sobre todo, a compartir una vivencia: el hecho de que alguien haya experimentado algo y que la otra persona sea partícipe de ese sentir a través de sus propios recursos. En síntesis, no es fácil compartir ni alegrías ni tristezas. Comprender esta diferencia es clave para entender la verdadera esencia del acto de compartir.
Compartir nunca se puede imponer. Se puede situar a las personas en un momento dado y establecer una suerte de obligación moral de expresarse, pero compartir de verdad es algo que solo surge de manera espontánea.
Aun cuando existe el deseo explícito de hacerlo, aparecen impedimentos que disuaden el acto. Por un lado, está el error de creer que compartir es responder a un cuestionario o someterse a formatos rígidos que fuerzan la expresión, lo cual impide simplemente "dejar ser" al otro. También afecta esa exigencia, consciente o no, de pedir simetría; vale subrayarlo: jamás se comparte desde una alegría prestada o edulcorada para cumplir con las expectativas ajenas. Y por último, lo que siempre nos duele, es la confusión entre voluntad y disponibilidad: jamás se comparte cuando la persona —pese a su deseo— no sabe, no puede o no logra identificar las barreras internas que se lo impiden.
Independientemente de lo que se diga, la voluntad y el deseo de abrirse son actos sumamente concretos. Son gestos en los que algunos tienen una facilidad natural: se expresan con arte y logran crear las condiciones para que la vivencia fluya. A otros, en cambio, les cuesta. Es algo que se puede aprender, pero para ello es necesario reconocer y considerar las propias limitaciones, además de abrirse sinceramente al saber. No alcanza solo con pretenderlo; como dice el refrán que sigue siendo válido aun para los paganos: A Dios rogando y con el mazo dando.
4/9/2026
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