propósito de una discusión futbolera, acusó a la hinchada de mi equipo de racista y estiró su veredicto a toda la Argentina. La generalización me pareció desmedida y, por ende, injusto el brochazo grueso. El clima mediático post-Mundial y los procesos judiciales iniciados en Brasil contra turistas argentinos por gestos discriminatorios no hicieron más que echar leña al fuego. La etiqueta quedó flotando en el aire.
Sin embargo, el escenario político dio una vuelta de tuerca. Con el triunfo del candidato de extrema derecha sobre la opción progresista en las elecciones brasileñas, cabe aplicar el mismo espejo: ¿convertiría eso a todos los brasileños en fascistas? Asumo que mi colega reaccionaría con indignación ante semejante afirmación. Y tendría razón.
El ejemplo expone la trampa: generalizar es reducir al otro a su mínima expresión. Se eliminan los matices, se desprecia la diversidad y se borran los contextos. Toda generalización representa, en el fondo, un tropiezo de la razón. No se trata solo de un error conceptual o de una disonancia cognitiva; es una lógica orientada a estructurar un dispositivo de poder, una forma mecánica de trazar fronteras entre "lo bueno" y "lo malo".
Recordaba hace poco el verso de una poetisa, quien escribía sobre «los jueces que اندan poniendo sellos en la frente, y uno ve el sello y no la frente». Nos hemos acostumbrado a eso: a juzgar la etiqueta en lugar de mirar al individuo.
Es innegable que el estereotipo resulta funcional. Nos permite andar por la vida tranquilos, nos brinda una falsa fortaleza y simplifica la complejidad del mundo exterior. Sin embargo, recurrir a él como método de análisis destruye cualquier posibilidad de tender puentes entre diferentes grupos sociales. Defiendo la premisa de que es posible —y necesario— identificar patrones de comportamiento y de reacción en las sociedades. Pero los patrones responden a una lógica muy distinta: ofrecen una herramienta para el análisis detallado, riguroso y científico. Mientras el patrón busca comprender la complejidad, la generalización la suprime de un plumazo.
Desde luego, rechazar la generalización no implica esconder la realidad bajo la alfombra. Nada de esto quita la certeza de que existen personas que tienen incorporado el racismo como conducta o que actúan desde un fascismo cotidiano al relacionarse con el universo. Cuestionar la etiqueta apresurada no busca minimizar ni invisibilizar esos comportamientos; al contrario, señalar que la masa no es homogénea no exime de responsabilidad a quienes sí generan ese impacto tan nocivo sobre el conjunto.
Si insistimos en simplificar al otro para tranquilizar la conciencia, terminaremos construyendo una sociedad global mutilada: incauta, incapaz de entender la alteridad y ciega ante nuestras verdaderas posibilidades de encuentro.
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