Vivimos rodeados de palabras. Palabras sentidas, coherentes, vacías,
molestas, enigmáticas, vulgares, soberbias, innecesarias, rígidas, volátiles,
exigidas, calladas, ridículas, protocolares, ansiadas, desesperadas,
comprendidas, incomprensibles y muchas otras más. Estamos hechos para la
palabra. Necesitamos la palabra para la existencia. Necesitamos de ellas porque
necesitamos comunicar y recibir comunicación. Necesitamos nombrar y ser
nombrados, en otros términos.
Necesitamos, insisto, el mensaje, sea de la forma que sea. Un mensaje
que será traducido por nuestras limitaciones de la forma que podamos
percibirlo. Todo eso siempre, con los aciertos inevitables como con los errores
que, valga decirlo, muchas veces son evitables.
Si es así, ¿Por qué nos resistimos a poner en la comunicación nuestro
mayor esfuerzo? ¿Por qué no nos dedicamos de lleno a lo que nos permite el
universo que disponemos, que nos ofrece? En algunos casos es nuestra
limitación, obvia para nosotros, desconocida para los demás. En otras nuestra
suficiencia, que oculta nuestra carencia. En ocasiones es la resignación de no
poder hablar con quien queremos, como queremos. En muchos casos es el silencio
que nos obliga el otro. Sea de un modo u otro, pensemos que no será en el
silencio donde comunicaremos mejor, pero si con silencio lo haremos mejor. La
sutil diferencia es la que, quizás, aún nos cuesta.
Escuchar y hablar pueden ser dos caras de una moneda que todos podemos
guardar. Es en esa simbólica pieza donde podremos encontrar el valor que tenemos
y que el otro tiene.