La
sexualidad es la manifestación de una interrelación de las dimensiones que posee
el ser con las dimensiones de otro/a. Más simple la sexualidad es la manifestación
de la interrelación humana. Cuando nos referimos a dimensiones estamos hablando
de esos cuatro aspectos –y sus contenidos- que componen al ser humano: la corporal,
la mental, la social y la espiritual –entendida como la idea de trascendencia que
es característica propia de nuestra especie-.
En
esa interrelación, el ser humano maximiza todas sus opciones cuando todo lo que
pueda hacer está habilitado por la acción suprema de su condición de sujeto: el
consentir. No existe acción que resuma de manera más completa la historia de la
humanidad. Esto, en términos de compartir la idea de Camus que “la historia del
mundo es la historia de la libertad”.
Consentir
implica aceptar algo que se produce bajo mi decisión de ser algo en ese momento
–protagonista, testigo, partenaire-. Ahora bien, la complejidad de consentir ha
sido reducida, tantas veces, a la simplicidad de un artefacto con su on-off y nada
más. El consentimiento es un proceso constante que nos permite, metafóricamente,
el camino donde andamos. Así, nos permite, pasos largos, cortos, el quedarnos parados,
el retroceder y las otras variantes que podamos imaginar.
Siempre
se consiente a lo desconocido. Siempre se consiente a lo que va a pasar no a lo
que sabemos –como certeza- sino a lo que suponemos, imaginamos, creemos, sospechamos,
intuimos, ansiamos, y toda la cohorte de verbos que “casi” significan lo mismo pero
que implican la sutileza del lenguaje y de la vivencia.
Consentir
es, sin dudas, la acción principal que debemos desarrollar en una educación sexual
integral. Es, tal vez, la herramienta más importante. La que garantiza todo el resto:
desde la protección hasta el placer. Ahora bien es el útil que necesita las condiciones
más particulares, las destrezas más completas y, la mismo tiempo, el útil que parece
que es innato para todos y todas.
Consentir
realmente es fruto de una suma de condiciones que representan la complejidad del
ser humano y la delicada ingeniería que compone la sexualidad como conjunto de esas
dimensiones que mencionamos.
A
veces, es verdad, las consecuencias pragmáticas del consentir, sin ese destreza
en el manejo, son positivas o inofensivas pero, lamentablemente, no siempre.
Por ello es que el consentimiento sigue siendo una ecuación compleja en la que intervienen:
nuestra conciencia, nuestro sistema de evaluación, la estima que tenemos de nosotros
mismos, la información que manejamos, la conciencia de nuestros derechos, la capacidad
de creer y exigir nuestras opciones, la habilidad que disponemos para manifestar
nuestros deseos, la capacidad de comunicar sentimientos, la asertividad y otros
elementos que no son innatos sino netamente culturales y, por ello, son fruto de
la educación.Por
lo dicho, definitivamente, consentir es la piedra angular de la sexualidad y, por
lo tanto, es la habilidad esencial que la educación sexual integral debe
desarrollar. Menuda tarea, menudo desafío, maravillosas posibilidades.