verdadero. Sin embargo, hoy me siento padre. Ahí la profundidad cambia, porque la dimensión que entra en juego es otra: relacional, emocional, sentimental y cotidiana. Sentirse padre implica un compromiso diferente; existe una convicción en el consentimiento, en la decisión fehaciente, firme y concreta de asumir todo lo que este rol conlleva.
No existe
un manual para hacerlo. Lo construyo a través de mi historia y de mis
experiencias como hijo. Debo decir aquí que extraño a mi papá. Tal vez alguna
lectura profesional sirva para darte una base, pero en el fondo, todo se reduce
al instante en que interactúo con mi hijo: él me ofrece lo que es, de la forma
en que puede ser, aquí y ahora. En ese preciso momento construimos este
vínculo.
Y si bien
no soy responsable de todo —porque él tiene su propio camino, sus formas y
manifestaciones, lo cual me llena de orgullo al verlo bien—, no voy a actuar
con falsa modestia. Sé que tengo cierta responsabilidad en lo que le ofrecí
para la construcción de este momento, de su verdad y de su existencia. Pero
también sé que el mérito no es tanto mío, sino de él, que simplemente está
siendo como es.
Aun así,
jamás de los jamases olvido otra evidencia esencial: solamente soy padre porque
una mujer alguna vez me permitió serlo. Eso también forma parte de esta
ecuación increíblemente humana que se llama vida. Verlo de este modo me genera
una felicidad imposible de negar, nacida de la maravillosa experiencia de ser
padre.
21/6/2026
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