jueves, junio 04, 2026

La militancia y la praxis crítica

Militar por una causa que se considera justo es fundamental. No hay margen para las dudas. La militancia, lo sabemos con poquito que nos pongamos a ver la historia, genera la fuerza necesaria para cambiar lo urgente y necesario, transformándolo en un cambio tangible. Sin militancia no habría tantos derechos que se demoraron demasiado en hacerse presentes. La militancia es una lucha de un grupo de personas por algo que se pretende. Es una fuerza que buscar modificar el entorno social y es muy pragmática. Por eso es lógico que deba ser un movimiento homogéneo en la idea que se busca y sin muchos grises. Está claro que así funciona. Está bien esto. Lo militante necesita eso, porque su rol es otro es la fuerza de cierto poder, es el estallido que golpea la mesa y abre puertas. Pero hace falta la otra instancia. Porque ese movimiento vital, debe pasar, en algún momento, a la instancia constructiva de nuevos marcos, nuevas políticas, nuevas leyes, nuevos comportamientos. Allí donde se concreta hace falta otras modalidades de acción que lo consigan. Porque para que algo funcione es necesario construir consensos, discutir hipótesis y, estoy completamente convencido, aplicar el pensamiento crítico operativo. Esto no es otra cosa que alguien actúe como abogado del diablo. Si esa persona es callada, no se puede expresar, el proceso no se concreta positivamente. Eso es crucial para ser eficaces o más productivos. El abogado del diablo no puede ser militante. Pero quien puede llevar adelante el cambio, necesita hacerlo.

En la discusión actual las personas deben participar lo más que puedan, pero no solamente como militantes, sino como quienes pueden aplicar el cambio o generar las condiciones para que ese cambio sea realista, rápido y eficaz.

El militante es capaz de silenciar –hasta es lo indicado en la militancia- al que se opone. Las ideas son blanco y negro. O estas a favor de lo que digo, o estas en contra, lo que conlleva que estés equivocado. En ese campo esto es lógico. Hay algo de fanatismo inocultable. Insisto, hay instancias especiales donde esa militancia es vital, porque mueve los paradigmas existentes y arrastra con energía vientos de cambio. La humanidad consiguió más derechos cuando esa militancia actúo para decir Basta, por aquí no, por allí sí. Sin matices y de forma coordinada y contundente.

Pero, luego, en algún momento que se comprendió que el tema necesita un cambio, las personas deben pasar a ser capaces de otra discusión, que lleva al tema militante al terreno de la operacionalización critica de la realidad (Arquitectura Operativa del Cambio), que siempre es interrelacional, contextual y habitado por personas con un pensamiento crítico operativo. Allí no sólo son las certezas de las personas las que juegan, sino, también, la capacidad de análisis de los escenarios, aun de los distintos. Aquí es ese pensamiento crítico operativo el que debe reinar, actuar y, sobre todo, generar preguntas incomodas que faciliten que el cambio sea real, durable y positivo. Pero, aclaremos, no es una visión teórica que navega en el razonamiento infinito, sino la búsqueda concreta, específica y dirigida de los cambios que la militancia pretende. No es la visión de la discusión sin fin, la intelectualización sin propósito y la vuelta al mundo eterna en palabras. Es un proceso racional sobre el tema que la militancia motoriza para hacer que el cambio sea habitable, concreto y con la mayor rapidez que el cambio lo permita. No es la serenidad y prudencia como disruptores del andar, sino ellos como actores concretos del avance.

En el terreno de la sexualidad, ambos espacios -militancia y cambio operativo- son necesarios. Sólo que estimo que "l problema surge cuando la militancia pretende ocupar el espacio de la operatividad, el ciertas ocasiones. Para ser más claro, la militancia acelera –supuestamente- el cambio de paradigma, pero creo que en realidad genera más anticuerpos para el cambio, porque el cambio surge del poder circunstancial y no de la creación crítica del conocimiento que genera autoridad que, en el terreno de la sexualidad, debe basarse en los Derechos Humanos, principalmente. Es más, si la militancia no permite crear, alimentar y defender ese espacio operativo, separado de lo militante, el cambio es superfluo, basado en el poder y siempre genera conductas reactivas y, con ello, retrasamos el camino para el cambio o dejamos a mucha gente vulnerable fuera de los mecanismos protectores. Por eso la militancia puede cambiar, por ejemplo, una ley, pero el cambio operativo real produce cambios en los vínculos y eso hace que el cambio sea más real porque nace adentro de uno.

Mientras lo militante acalla los discursos que dudan, que se oponen, que cuestiona, el cambio operativo crítico de-construye los discursos para crear nuevas certezas compartidas, busca que los opuestos no se opongan, sino que toleren y participen y toma los cuestionamientos como fuerza de crecimiento. Porque el que está en contra de esta o aquella militancia forma parte de la sociedad que debe cambiar. Como se incluye el proceso de cambio. Es la pregunta que una praxis crítica debe solucionar. Obviamente, creo que el silencio de los opositores no es el camino. Eso no implica que haya urgencias que necesitan el peso de una ley ya, aunque no estemos convencidos. Cuando algo hace daño inmediato, la solución es urgente, sin dilaciones. Hay momentos donde la operatividad se concreta por el grito de alerta urgente. Esto también debemos diferenciar.

A lo que apunto no es la instancia esa, sino a la construcción de cualquier cambio. Eso siempre conlleva escuchar al otro, al diferente, al incomodo, al retrógrado, quizás. Porque desde esa escucha activa, dejando que el otro se exprese, se puede construir de otro modo. Pero sin confundir el exponer ideas a permitir cualquier acción. La sutil diferencia que siempre hay entre alimentar vínculos a través de la empatía, generar obligaciones a partir de un bien común y la tolerancia con lo que no concordamos. Permitir el disenso no es aceptar que se violen los Derechos Humanos NUNCA JAMÁS. Aunque me parece ridículo aclarar esto, siento que estamos en tiempos donde aclarar lo obvio, es una necesidad de protegerse ante el mecanismo de poder intolerante que usan los necios y, en ocasiones, ellos están en la mejor militancia.

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