Más allá de
los debates teóricos, encuentro en esa idea una verdad profunda porque siempre
he creído que la mayor belleza reside en la intimidad. La intimidad no es lo
oculto; es aquello que permanece resguardado hasta que se gestan las
condiciones propensas para mostrarse.
Podríamos
decir que no hay belleza sin alguien que la vea. Sin pretender entrar en una
encrucijada filosófica, estoy convencido de que, para que algo sea bello, se
necesita una mirada que lo dote de sentido. A veces alcanza con el propio
reflejo en el espejo, pero el gesto más simple, el detalle mínimo, no necesita
reflectores. Crece en la penumbra, madurando una belleza particular.
Me viene a
la memoria una planta que conocí en Brasil, una especie cuya flor brota
únicamente cuando la noche ya se ha instalado, para morir pocas horas después.
Si uno logra ser testigo de ese instante, la experiencia es de una hermosura
tan rotunda que agota los elogios, los sentidos y las palabras.
La belleza
existe porque alguien la observa, la saborea, la contempla y, por sobre todo,
la disfruta; porque alguien se permite el éxtasis de ser su testigo. Esos
detalles florecen con una potencia mil veces mayor cuando existe la intimidad,
ese refugio que nos permite mostrar hasta la cicatriz más perversa con la
certeza de que el otro la va a proteger. Es esa vulnerabilidad, esa fragilidad
compartida, la que le otorga a una persona, o a un instante, una belleza sin
igual.
9/7/2026
No hay comentarios.:
Publicar un comentario