sábado, junio 27, 2026

La arquitectura del puente, la paradoja y el peso de la intimidad

A menudo nos refugiamos en el desencuentro como si fuera nuestra única forma de habitar el

mundo, o quizás la que encontramos más disponible y autorizada para nuestro ser (otra idea que me evoca Alejandra Kamiya). Nos resulta más urgente marcar la diferencia que construir el consenso, como si subrayar la distancia nos otorgara una identidad más firme o una autonomía más segura. Es cierto que el desencuentro es una manera de estar; es ver la diferencia, delimitarla y amurallarla. Sin embargo, esa insistencia esconde un temor más profundo: el miedo a descubrir que el puente no nos pertenece en exclusiva, sino que depende enteramente de la existencia del otro.

Como bien leemos en la maestría de Alejandra Kamiya: “Hay una paradoja escondida en casi todas las cosas, verdades que últimamente saltan a la vista como bichos que emergen de todas partes”. Me subraya, en mi cabeza, una verdad: que el consenso jamás ha sido sinónimo de igualdad, sino la arquitectura de un milagro: la creación simultánea de esos tramos de puente donde dos orillas distintas deciden inventar algo nuevo. En esta sutil metáfora se esconde nuestro mayor desafío, que es también nuestra mayor contradicción. No somos seres lineales; transitamos, casi sin transición, desde una ambivalencia tierna hasta la más cruel de las ambivalencias. Esta condición paradójica no es un mero mecanismo de supervivencia, sino la materia prima de nuestra existencia.

Es precisamente en esa ambivalencia donde la intimidad se vuelve un territorio complejo. En las páginas de Kamiya se lee: «Tu intimidad cae sobre mí y exactamente ahí donde no quiero. Donde ya no puedo, donde la cosa se vuelve mía». Ante esto, es inevitable caer en lo obvio: siempre hemos defendido la idea de que la intimidad es ese espacio sagrado donde podemos exponer nuestra fragilidad sintiendo que va a ser protegida. Pero, ¿qué pasa cuando esa intimidad no puede ser guarecida por el otro de manera natural? ¿Qué pasa cuando el otro tiene que esforzarse, casi contra su propia naturaleza, para no salir dañado?

Ahí radica su valor. Tal vez por eso la intimidad es tan preciada y exige ser buscada, conservada y nutrida. Porque la intimidad no es solo mi fragilidad expuesta en un entorno seguro; es también el intento sostenido y valiente del otro por mantener la protección, incluso cuando esa misma intimidad guarda dardos que lo afectan.

Cruzarnos nos mejora y nos expande, pero para que el puente sostenga el peso de ambos debemos aprender el arte de la renuncia: aprender a no ocupar tanto espacio, a silenciar un poco el propio "yo" y a sostener la fragilidad ajena sin rompernos en el intento. Quizás, el día que nos reconciliemos con esta naturaleza paradójica y exigente, encontremos la serenidad, la paz y la creatividad necesarias para avanzar siempre mejor.

 

27/6/2026

Francisco Viola

Elucubraciones nómadas II (Inédito)

 

Las citas de Alejandra Kamiya, son de su libro “La paciencia del agua sobre cada piedra”.

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