mundo, o quizás la que encontramos más disponible y autorizada para nuestro ser (otra idea que me evoca Alejandra Kamiya). Nos resulta más urgente marcar la diferencia que construir el consenso, como si subrayar la distancia nos otorgara una identidad más firme o una autonomía más segura. Es cierto que el desencuentro es una manera de estar; es ver la diferencia, delimitarla y amurallarla. Sin embargo, esa insistencia esconde un temor más profundo: el miedo a descubrir que el puente no nos pertenece en exclusiva, sino que depende enteramente de la existencia del otro.
Como bien
leemos en la maestría de Alejandra Kamiya: “Hay una paradoja escondida en casi
todas las cosas, verdades que últimamente saltan a la vista como bichos que
emergen de todas partes”. Me subraya, en mi cabeza, una verdad: que el consenso
jamás ha sido sinónimo de igualdad, sino la arquitectura de un milagro: la
creación simultánea de esos tramos de puente donde dos orillas distintas
deciden inventar algo nuevo. En esta sutil metáfora se esconde nuestro mayor
desafío, que es también nuestra mayor contradicción. No somos seres lineales;
transitamos, casi sin transición, desde una ambivalencia tierna hasta la más
cruel de las ambivalencias. Esta condición paradójica no es un mero mecanismo
de supervivencia, sino la materia prima de nuestra existencia.
Es
precisamente en esa ambivalencia donde la intimidad se vuelve un territorio
complejo. En las páginas de Kamiya se lee: «Tu intimidad cae sobre mí y
exactamente ahí donde no quiero. Donde ya no puedo, donde la cosa se vuelve
mía». Ante esto, es inevitable caer en lo obvio: siempre hemos defendido la
idea de que la intimidad es ese espacio sagrado donde podemos exponer nuestra
fragilidad sintiendo que va a ser protegida. Pero, ¿qué pasa cuando esa
intimidad no puede ser guarecida por el otro de manera natural? ¿Qué pasa cuando
el otro tiene que esforzarse, casi contra su propia naturaleza, para no salir
dañado?
Ahí radica
su valor. Tal vez por eso la intimidad es tan preciada y exige ser buscada,
conservada y nutrida. Porque la intimidad no es solo mi fragilidad expuesta en un
entorno seguro; es también el intento sostenido y valiente del otro por
mantener la protección, incluso cuando esa misma intimidad guarda dardos que lo
afectan.
Cruzarnos
nos mejora y nos expande, pero para que el puente sostenga el peso de ambos
debemos aprender el arte de la renuncia: aprender a no ocupar tanto espacio, a
silenciar un poco el propio "yo" y a sostener la fragilidad ajena sin
rompernos en el intento. Quizás, el día que nos reconciliemos con esta
naturaleza paradójica y exigente, encontremos la serenidad, la paz y la
creatividad necesarias para avanzar siempre mejor.
27/6/2026
Francisco
Viola
Elucubraciones
nómadas II (Inédito)
Las citas
de Alejandra Kamiya, son de su libro “La paciencia del agua sobre cada piedra”.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario