En el entramado de las relaciones cotidianas conviven actitudes que desafían nuestras expectativas de justicia poética. Es habitual toparnos con personas que caminan por el mundo convencidas de su propia superioridad —sea esta intelectual, estética, económica o simbólica—, así como con aquellos que ejercen la agresión o el atropello sin mayor freno moral. Sin embargo, en contra del deseo colectivo de ver a la vida impartiendo lecciones de humildad, la realidad no siempre se encarga de probarles que están equivocados. Muchas veces, sencillamente, no ocurre nada.
Lejos de articular una condena moral o un
juzgamiento ético, vale la pena observar este fenómeno desde una perspectiva
descriptiva. En la práctica, resulta comprensible que un individuo decida no
compartir su tiempo o su espacio con personas que no le aportan o no le generan
afinidad. Existe, indudablemente, un prejuicio en este actuar. Sin embargo, los
prejuicios —incluso aquellos más cuestionables— no siempre actúan como meras
distorsiones; en ocasiones funcionan como atajos cognitivos que la experiencia práctica
termina confirmando. Si se percibe una señal en el otro y se actúa en
consecuencia, la vivencia concreta suele validar esa distancia previa.
Un escenario donde esta dinámica se
evidencia de forma transparente es la milonga. Es frecuente observar a
bailarinas de alto nivel técnico que rehúsan bailar con quienes perciben por
debajo de sus habilidades. Ante esto cabe preguntarse: ¿se trata de un gesto de
desprecio o, más bien, de la defensa legítima de un espacio de placer? Quien
acude a bailar busca el disfrute personal y no tiene por qué sentirse en la
obligación de tolerar una experiencia insatisfactoria bajo el mandato del
altruismo. La premisa operativa es pragmática: al no haber conexión o al
existir una brecha técnica, la integración deja de ser atractiva.
Esta observación no pretende erigirse como
una ley general ni como una prescripción sobre cómo deberíamos organizarnos
socialmente. Ciertamente, se puede recurrir a la falacia de la excepción y
señalar aquellos casos extraordinarios donde alguien superó sus prevenciones y
halló un valor insospechado en la diferencia. No obstante, las dinámicas
humanas no suelen regirse por la excepción romántica, sino por la inercia de la
vivencia cotidiana.
Aunque sea posible construir parábolas e
idealismos en contrario, el día a día empuja a las personas a adoptar
comportamientos de selección y filtro. Nos gusten o no, estos mecanismos de
preservación del propio tiempo y confort constituyen una dimensión profundamente
humana de nuestro andar por el mundo.
La pregunta vital sería: ¿cómo hacemos para
evitar que este mecanismo humano e inevitable se transforme en algo evitable y
dañino como la discriminación? Si la educación es parte indispensable del
camino y las leyes constituyen un mecanismo efectivo de control, como sociedad
debemos interpelarnos sobre por qué la Educación Sexual Integral (ESI)
—herramienta clave para trabajar la afectividad, la empatía y la convivencia
pacífica— aún no se aplica con la plenitud necesaria. En definitiva, no siempre
podremos erradicar el prejuicio en la esfera individual, pero sí podemos —y
debemos— asumir la responsabilidad colectiva de frenar la discriminación.
14/9/2026
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