En una democracia, las reglas del juego tienen que estar suficientemente claras para que quienes
son elegidos establezcan verdades, límites o criterios de gestión; no necesariamente por ser los mejores, sino por una actitud democrática frente a la propuesta opuesta. Lo importante es que la propuesta que se aplica represente a alguna mayoría.
Recuerdo que, en
su momento, un partido holandés (el Partij voor Naastenliefde, Vrijheid en
Diversiteit o PNVD, a mediados de los 2000) quiso presentarse a elecciones
con una plataforma para autorizar el sexo con menores; es decir, para que no
fuera punible la pedofilia. Pese a las impugnaciones, el poder electoral
dispuso que sí podía competir. El partido no ganó ni consiguió adeptos, lo que
demuestra la salud del conjunto de la sociedad. Este hecho, para mí, muestra el
valor de la democracia por la premisa de cómo aceptamos aquello que no nos
gusta y que la gente tiene derecho a votar, aun cuando para nosotros sea
moralmente reprochable. Una suerte de confianza en la lógica de lo bueno.
Esta reflexión
viene a cuento de la tensión entre "izquierda" y "derecha"
que se observa en el mundo, con ciertos gobiernos elegidos que representan una
ideología que promueve un retroceso en los derechos o en el bienestar de los
sectores más vulnerables. Es decir, donde políticas erróneamente llamadas
"liberales" avanzan en contra de las políticas de corte social. No se
trata de dictaduras, sino de un sistema donde la mayoría elige esa opción, lo
cual constituye el principio democrático.
A quienes estamos
del otro lado nos resulta incómodo que gane un gobierno que incumple
compromisos o sostiene un discurso "antiderechos". Ante esto, la
reacción habitual es señalar y criticar a ese electorado, pero lo que realmente
falta es que el propio bando intente comprender qué debe cambiar para evitar
que eso pase.
Sobre todo, creo
necesario llamar la atención sobre el hecho de que la llamada izquierda
progresista o pro-derechos no ha dejado de ser elegida por azar o manipulación
ajena, sino por deficiencias propias: aunque su discurso consigue adeptos, la
gente percibe que no ha sido eficaz en la gestión. Pero el problema es aún más
profundo e indica algo muy negativo: si el enemigo, el villano o el
"antiderechos" es siempre el otro, lo propio se asume como impoluto
y, por ende, exento de revisión.
Para mí, el
corazón del asunto pasa por la corrupción y el abuso del poder político,
elementos que este sector ignora en su propia autocrítica. No porque la vereda
opuesta no los tenga, sino porque no forman parte de su discurso ni existe una
reflexión sobre cómo regular su propio ejercicio del poder. Se cae así en una
lógica peligrosa: la idea de que somos los buenos por el solo hecho de serlo y
que, por esa supuesta condición moral, no tenemos por qué cuestionar lo que
hacemos.
He defendido en
otros espacios que el progreso de un sistema democrático solo será posible
cuando uno mismo sea capaz de aplicar el pensamiento crítico sobre su propia
ideología. Esto no es más que analizar las falencias y promover soluciones
operativas que mejoren la realidad. Eso siempre estará lejos de solo señalar
que los otros son malos y horribles y que por eso nosotros somos la única
opción.
La democracia
solo crecerá como espacio para habitar cuando comprendamos que lo que hay que
ganar no es una elección ni una discusión ideológica, sino el progreso para
todos y todas, lo que incluye ser incluidos, reconocidos y dignificados.
Mientras eso no pase, seguiremos atrapados en la discusión de quién abusa del
poder al ser elegido para pagar el costo de haber llegado.
6/10/2026
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