martes, octubre 06, 2026

Pensando en democracia

 

En una democracia, las reglas del juego tienen que estar suficientemente claras para que quienes
son elegidos establezcan verdades, límites o criterios de gestión; no necesariamente por ser los mejores, sino por una actitud democrática frente a la propuesta opuesta. Lo importante es que la propuesta que se aplica represente a alguna mayoría.

Recuerdo que, en su momento, un partido holandés (el Partij voor Naastenliefde, Vrijheid en Diversiteit o PNVD, a mediados de los 2000) quiso presentarse a elecciones con una plataforma para autorizar el sexo con menores; es decir, para que no fuera punible la pedofilia. Pese a las impugnaciones, el poder electoral dispuso que sí podía competir. El partido no ganó ni consiguió adeptos, lo que demuestra la salud del conjunto de la sociedad. Este hecho, para mí, muestra el valor de la democracia por la premisa de cómo aceptamos aquello que no nos gusta y que la gente tiene derecho a votar, aun cuando para nosotros sea moralmente reprochable. Una suerte de confianza en la lógica de lo bueno.

Esta reflexión viene a cuento de la tensión entre "izquierda" y "derecha" que se observa en el mundo, con ciertos gobiernos elegidos que representan una ideología que promueve un retroceso en los derechos o en el bienestar de los sectores más vulnerables. Es decir, donde políticas erróneamente llamadas "liberales" avanzan en contra de las políticas de corte social. No se trata de dictaduras, sino de un sistema donde la mayoría elige esa opción, lo cual constituye el principio democrático.

A quienes estamos del otro lado nos resulta incómodo que gane un gobierno que incumple compromisos o sostiene un discurso "antiderechos". Ante esto, la reacción habitual es señalar y criticar a ese electorado, pero lo que realmente falta es que el propio bando intente comprender qué debe cambiar para evitar que eso pase.

Sobre todo, creo necesario llamar la atención sobre el hecho de que la llamada izquierda progresista o pro-derechos no ha dejado de ser elegida por azar o manipulación ajena, sino por deficiencias propias: aunque su discurso consigue adeptos, la gente percibe que no ha sido eficaz en la gestión. Pero el problema es aún más profundo e indica algo muy negativo: si el enemigo, el villano o el "antiderechos" es siempre el otro, lo propio se asume como impoluto y, por ende, exento de revisión.

Para mí, el corazón del asunto pasa por la corrupción y el abuso del poder político, elementos que este sector ignora en su propia autocrítica. No porque la vereda opuesta no los tenga, sino porque no forman parte de su discurso ni existe una reflexión sobre cómo regular su propio ejercicio del poder. Se cae así en una lógica peligrosa: la idea de que somos los buenos por el solo hecho de serlo y que, por esa supuesta condición moral, no tenemos por qué cuestionar lo que hacemos.

He defendido en otros espacios que el progreso de un sistema democrático solo será posible cuando uno mismo sea capaz de aplicar el pensamiento crítico sobre su propia ideología. Esto no es más que analizar las falencias y promover soluciones operativas que mejoren la realidad. Eso siempre estará lejos de solo señalar que los otros son malos y horribles y que por eso nosotros somos la única opción.

La democracia solo crecerá como espacio para habitar cuando comprendamos que lo que hay que ganar no es una elección ni una discusión ideológica, sino el progreso para todos y todas, lo que incluye ser incluidos, reconocidos y dignificados. Mientras eso no pase, seguiremos atrapados en la discusión de quién abusa del poder al ser elegido para pagar el costo de haber llegado.

 

 

6/10/2026

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