Reconocerse libre de racismo no implica declararse infalible. Como seres humanos, nuestro
comportamiento está inevitablemente atravesado por imperfecciones, actitudes despectivas y acciones condicionadas por estereotipos socioculturales. No habitamos una virtud innata; funcionamos, en gran medida, a partir de las estructuras y sesgos con los que fuimos educados y los entornos donde nos desarrollamos y hasta adoptamos como propios. Sin embargo, el verdadero termómetro moral no radica en la pureza de nuestros primeros impulsos automáticos, sino en nuestra capacidad para identificar y contener la crueldad como posibilidad. La hostilidad hacia lo diferente se vuelve injustificable cuando decidimos no hacer nada para confrontar los prejuicios que arrastramos. Si la violencia puede ser una opción mala que tomamos, de vez en cuando –jamás justificada, aunque no sea siempre sancionable-, la crueldad es un rasgo más realista de nuestra concepción del mundo.En
Argentina se sancionó la libertad de vientres en 1813. A mi entender, este
hito, junto a otras dinámicas sociales, favoreció que el racismo fuera
neutralizado por conductas que incorporaron, con sus propios códigos hasta
humorísticos, a los que venían de afuera. Los estereotipos fijaron posiciones a
través del humor, lo cual, si bien amortiguó ciertas distancias, no quita que
hayan existido actos de crueldad y reacciones negativas a lo diferente. Pero lo
cierto es que la segregación racial, por citar una experiencia del siglo pasado
(XX, valga señalar) tan común en otros sitios, nunca existió realmente en
Argentina. Eso no nos convierte en ejemplo, porque hemos tratado mal a los
pueblos originarios y a otros por ser otros. Los pobres han sufrido vejaciones
intolerables. Pero ciertos actos propios de los países del norte bien
catalogados como racistas no han sido comunes entre nosotros.
Personalmente,
a lo largo de mi vida, nunca he experimentado una barrera que me impidiera
conectar con alguien debido a su color de piel, religión, orientación sexual o
nacionalidad. No se trata aquí de enumerar conductas biempensantes para validar
una postura, sino de comprender la complejidad de la naturaleza humana. Es en
esa misma naturaleza donde reside la reciprocidad: la cantidad de veces que he
buscado y recibido atención, cuidado y calidez por parte de aquellos que, en
teoría, representan "lo diferente". Incluso la atracción hacia lo
opuesto demuestra que la alteridad no es una frontera, sino un punto de
encuentro.
Haber
transitado la experiencia de sentirme extranjero —incluso más que muchos
extranjeros— me ha otorgado una sensibilidad particular hacia los procesos de
recepción y hospitalidad. Sé lo que significa estar afuera. Por ello, aunque no
estoy exento de cometer errores derivados de sesgos inconscientes, disto
profundamente del racismo entendido como la búsqueda deliberada de la crueldad
hacia el otro por el solo hecho de ser distinto. El error es una limitación del
aprendizaje y de la época; la crueldad, en cambio, es una elección que decido
no tomar.
¿Somos, por
lo tanto, un país racista? Sostengo que no. Sostengo que no. Hay habitantes argentinos
racistas, obvio que sí, somos humanos y eso no impide las generales de la ley.
Esta distinción es clave para poder avanzar y mejorar. Porque lo único cierto
es que no alcanza con no ser racistas; el desafío radica en crear posibilidades
para que todos y todas siempre puedan estar incluidos, protegidos y con
esperanza de un futuro mejor.
12/7/2026
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