domingo, enero 01, 2012

Compartir


La vida se comparte. En este simple hecho radica la complejidad del ser humano. No estamos solos. No vivimos solos. Sólo sentimos solos, quizás. El compartir, con intención de hacerlo o sin la misma, marca nuestra existencia. Caminamos o deambulamos por lo que nos toca de tiempo con alguien. Es verdad pueden ignorar nuestra presencia. Pueden menospreciarla y hasta hacerla desaparecer, pero allí están la presencia de uno y de los demás en parte de lo cotidiano.
Compartimos lo circunstancial –sea esto debido al clima, a la época del año, a lo laboral, a lo festivo y un largo etcétera-. Compartimos por decisión –o la desidia para decidir en ocasiones que crea más decisiones de las que imaginamos-. Compartimos por el placer de compartir, por la obligación de tener que hacerlo –si, el ser humano “tiene” muchas veces a pesar de los que digan algunos-; compartimos con el deseo de hacerlo y con el deseo de hacerlo no siempre podemos compartir. Compartimos entregando el alma al hacerlo y compartimos retaceando el cuerpo también. Compartir define, en definitiva, nuestro andar por estos parajes.
La inevitabilidad de la acción no va en contra, valga aclararlo, en el arte que podemos desarrollar en la misma. He aquí, la magia que nos puede envolver. Hacer de una acción ineludible un manjar de los sentidos (en sus dos significados), una verdadera orfebrería ofrecida. He aquí un norte que nos cambia el andar: transformar el compartir en un acto que nos represente un poco más, es decir, que vaya en el nuestra simple calidez, nuestro perfume, nuestra melodía. De ese modo podremos ser maestros de los momentos: esos instantes en los que somos capaces de compartir intimidad. 
Todo lo bueno que el ser humano hace está asociado al hecho de compartir: la risa, el beso, el baile, el sexo -como ejemplos del compartir magnífico que disponemos-. Se comparte la comida y se transforma en calidez; se comparte un café y se hace encuentro;  se comparte desnudez y se hace erotismo, se comparte una cama y se hace el amor. Por supuesto, en esos casos en que cada uno de esos gestos va acompañado de la apertura de una intimidad que nos apacigua, no necesariamente que confiesa.


Año nuevo



Algunos dicen que en realidad nada cambia. Es otro día. Un día como el de ayer y por más que nuestra calendario sea nuevo no hay otra cosa. Sin embargo somos seres humanos. Es decir, parte de nuestra realidad la vamos construyendo desde nuestra percepción y desde nuestra forma de pensar/sentir las cosas que nos pasan. De un modo u otro, al pensar que algo nuevo se viene, nos damos una oportunidad seria, concreta, real de permitirnos mejorar lo que nos falta, potenciar lo que tenemos, eliminar lo que nos molesta y dejarnos bendecir por la vida.
Quizás, lo de siempre, el año que pasó tuvo todas las sensaciones posibles. Así es la vida. Con un poco de todo, viviendo un poco de ello y de aquello. Inespecífico puede parecer pero cada uno sabe que poner en cada uno de esos compartimentos. Un año que se termina nos ha hecho pasar, seguramente, por las pocas emociones que el ser humano puede tener (siete u ocho tipos dicen los especialistas). En mayor o menor grado hemos pasado por casi todas, casi todos. Quizás nos hayamos estancado en alguna de ellas durante una parte más importante del año (felicidad o angustia, por ejemplo) o quizás una nos marco más por lo vivido, aunque haya sido muy puntual lo acaecido (rabia, por ejemplo).
Un comienzo de ciclo siempre es un buen momento para pensar en la realidad que el ser humano tiene: un presente para reír y llorar (insisto, como los extremos de las manifestaciones humanas, no las únicas sino las que incluyen el resto). El pasado, sigue siendo un presente que se ha ido y que es parte de nuestro lastre, o raíces, o estelas en el mar o lo que representa; el futuro, seguirá siendo ese presente que no llegó, que seguirá siendo ese horizonte que se dibuja delante y que está tejido de una posible tormenta en el mar, de un posible arcoíris. De esas cosas que parecen que se acercan pero que están allá, donde se cuelan las utopías.
Ojalá, este 2012, venga acompañado con lo bueno que tuvimos, con lo que aún deseamos, con el reencuentro, con el perdón que todos necesitamos, con las gracias que nos merecemos y con la simple alegría de poder compartir con quienes amamos, necesitamos, deseamos y confiamos. Con esas personas que juramos, alguna vez y que en ocasiones no respetamos, considerar importantes o con las otras, esas que nos esperan a la vuelta de la esquina. 

sábado, diciembre 31, 2011

Merecimientos y agradecimientos



La vida es sencilla, a pesar que no somos simples. Somos extravagantemente complejos –me refiero a los seres humanos-. Somos seres necesitados del otro y es el otro el que, tantas veces, nos genera los dolores de cabeza más fuerte, simbólicamente hablando o sintetizando. Hacemos un mundo de cosas con los demás, para los demás, por los demás, a pesar de los demás, contra los demás. Ese “hacer” lo realizamos por ciclos, por decirlo de algún modo: un año o una relación, por ejemplo. Así, es lógico que al terminar los ciclos pensemos en la idea de habernos merecidos muchas cosas y otras no tanto por lo que hicimos o dejamos de hacer. La vida, que aquí valga como sinónimo de los demás en relación con uno, no es justa en tantas ocasiones. Efectivamente, los aplausos y los látigos no son repartidos por ningún juez infalible, sino por una rara mezcla de justicia aleatoria, inequidad arbitraria, circunstancias cuasi-perfectas y generosidad o egoísmos de quienes nos tocan en suerte en cada momento.
Pero esa fáctica realidad no quita lo que nuestro corazón sabe: hay personas que merecen más cosas que las que podemos darles; personas que debemos agradecerle por lo que han hecho en nuestra vida, aunque sea por el simple hecho de pasar por ellas en una esquina. Y también las otras, las que no merecen algo de lo que le hemos dado o de lo que han recibido y menos nuestro agradecimiento.
También está, esto es cierto, la lista de aquellos a los que públicamente podemos decirles: ¡gracias! y que al hacerlo sentimos que hay un poco de justicia divina cuando reciben beneficios que son originados por sus claros merecimientos. Pero, valga notarlo, hay esas otras personas que no han recibido de nuestra mano lo que merecen, por culpa de nuestras razones más diversas, desde el egoísmo, disfrazado de circunstancias, hasta por nuestras carencias no dichas pero si reales. Esas personas que no tuvimos oportunidad, por la razón que sea, de decirle Gracias por lo que nos ofrecieron,  cosas que hicieron que nuestra vida cambie o, quizás, sólo ese segundo de nuestra vida irremplazable, son parte de nuestras deudas vitales.
Como todo año que termina, uno se hace “promesas” de lo que valdría bien hacer. Ojalá utilicemos una de esas para pensar que este año que llega le daremos su merecido a cada cual. Y que este agradecimiento que parece tan inespecífico aquí, pero que es muy particular en mi realidad se convierta en miradas, tacto y cercanía para esas personas que nuevamente, deberemos agradecer en cada día por habernos permitido instantes de felicidad.

jueves, diciembre 29, 2011

En un día como este


En un día como este pasan muchas cosas. 
En algún lugar, quizás conocido, ella se casa con alguien. En otro sitio, él se separa con alguien. Al mismo tiempo, alguien nace, quizás ella o él. Sin lógica visible, también, en ese mismo instante, él o tal vez ella, muere. Alguien, quizás, en ese mismo segundo esté riendo a lo loco, y él estará llorando desconsoladamente, con lágrimas visibles o escondidas.
Así es la vida, tan cotidiana y tan llena de las mismas cosas que se suceden infinitamente en un orden aleatorio, como si fuera un metro que pasa y volverá a pasar pero que nunca será el mismo. 
Hilos que tejen redes, telas de arañas, o como quieran verlo. Telares invisibles donde surgen los colores como van saliendo. No tenemos la visión de todo, aún cuando jugamos a ser dioses.
En un día como este, pasan tantas cosas. Pero, a la mayoría sólo nos importan las que nos tocan de cerca, las que hacen que nuestra risa o nuestra lágrima aparezcan como perlas. Sí como perlas, esas que marcan nuestro andar particular por ser de uno. Vamos por la vida con un pasado de mojones y esos puntos donde anhelamos llegar, como si fuera nuestra idea de paraíso y que, quizás, sea sólo una quimera que nos permite el viaje, el camino, el compartir, la compañía. La lograda, la deseada, la perdida, la ambicionada, la esperada.
Un día como éste, lloraré o reiré por cosas que pasaron, y, sobre todo, por aquellas que pasan -siempre se ríe y llora en presente-. 
Quizás, luego de ello trataré de pensar de nuevo que mañana hay un nuevo día y que, casualmente, comenzará un nuevo año y volverán las oportunidades para que un día como ese pase de nuevo o no se añore, tanto, ese día que ya pasó.

viernes, diciembre 23, 2011

Navidad y sonrisas



La navidad, entre otras cosas, es innegablemente una época de sonrisas. No es que todos sonríen pero no creo que haya otra época en el año donde más personas sean proclives a sonreír y, sobre todo, personas con la intención que otros sonrían. Esos días, me refiero a la navidad específicamente y los días que le anteceden, es una época que provoca explayarse en la alegría. 
No vamos a negar las dificultades que muchísimos sufren, por lejos más de lo justo, personas que no la pasan bien. Sin embargo, en parte del mundo es una época donde surge una de las más maravillosas convenciones humanas: el intento fugaz, en muchos casos, sincrónico, intencional y activo de procurar que las personas que nos rodean sonrían.  A veces, coincidente con las que uno ama.

Dentro de ello, sea por la inocente ambición de ser tentados, la sonrisa de niños y niñas es uno de los manjares más buscados. Siempre es maravilloso ver a un infante abrir un regalo, por ejemplo o maravillarse con alguna cosilla que le sorprende. Para muchos que se permitieron y lograron ser padres, ver a un hijo sonreír, con la magia de la espontaneidad, con la inocente picardía que surge en la infancia, es una invitación a muchas cosas: a sentirse feliz, por un lado y, por otro, a rogar, a quien sea posible rogar, que esa sonrisa se mantenga el resto de la vida. Un imposible, lo sabemos, pero es lógico pensarlo.
Un niño que sonríe, también es, como un adulto que sonríe, lo sabemos. Hay, en ese gesto, tan sencillo una síntesis perfecta de aquello que atesoramos, anhelamos, amamos. Quizás por eso, pienso, la medida de nuestro amor –ese sentimiento tan peculiar- es el eco que nos produce ver, aún sin ser participes, la sonrisa del amado. Las fiestas, tal vez, sean universales por eso, nos recuerda que nuestra humanidad también está llamada a ser feliz, aunque nos opongamos con tanto ahínco.

jueves, diciembre 22, 2011

Tragedia y vida



Un colega más joven está en coma. Tuvo un accidente doméstico, de esos que uno piensa que no nos pasarán. Lo cierto es que está en una situación inestable y su vida pende de una esperanza – más familiar que médica dicen-. Que viva es difícil y, si lo hace, las secuelas posibles son fuertes para pensar. La cercanía del lamentable accidente hace que la noción de tragedia se presente con una carga emotiva muy intensa. Verlo en la terapia intensifica aún más la situación.
Afecta. Personas que le conocen están muy conmocionadas por el hecho. De repente, es como si caen, como un verdadero diluvio, las sensaciones, recuerdos y, sobre todo, las experiencias  de todo aquello que ya no se podría vivir más con él. 
La muerte, real o la que se presenta como próxima –todas inevitables, lo sabemos- nos muestra la evidencia de nuestra fragilidad, esencial mente humana, y nos describe, casi matemáticamente, la lista de cosas que no podremos hacer con esa persona. No importa cuánto hacíamos o no, importa que si considerábamos que esa persona era agradable, buena, simpática, o lo que fuera y que hubiese sido más rico para nuestra existencia no habernos privado de algunas ocasiones de compartir con él o con ella, un poco más de lo cotidiano.
Esta persona no es la única de las que sentimos que deberíamos haber hecho más esfuerzo para estar a su lado o permitirnos que, aunque de forma muy aislada, los encuentros se hubiesen sucedido con alguna sistemática regularidad. Lo cierto es que no son tantas las personas que pensamos que sería lindo compartir algo más aunque sean encuentros informales de música y canto, de películas y chistes, de reflexiones y delirios; de viajes reales o quiméricos; de discusiones pasionales; de cariños más vividos, de bailes que se aprenden o que se disfrutan; de juegos intensos y rejuvenecedores; de silencios y palabras, de intimidad y sueños.
Todos estamos obligados a abandonar esta tierra en algún momento. Todos se verán privados de alguna forma de la presencia real y compartible de algún otro. Esta realidad lapidaria tiene la otra cara. Aún tenemos tiempo de permitirnos el compartir algo más con esa pequeña selección que debemos hacer: esas personas que creemos importantes, necesarias, valiosas para nuestro andar. Eso, no implica reciprocidad, debemos decirlo. Es decir, siempre es posible que no seamos la persona que el otro o la otra prefiera para compartir. Pero siempre debemos disponernos a hacerlo, intentar hacerlo o, simplemente, ofrecerlo. 
La tragedia, nos puede tocar, pero antes y después siempre estará la vida que aún debemos disfrutar por nosotros y por esas personas que consideramos importantes y, tal vez, que nos consideran importantes.Esta es la vida.

miércoles, diciembre 14, 2011

Noticias


Dar una noticia es algo cotidiano. Noticias que son importantes y otras que son insignificantes. Algunas que mueven tu mundo o el mundo del otro. Están, también, las que nos emocionan –para bien y para mal-, las que nos golpean, nos destruyen, nos motivan, nos elevan, nos inquietan. Noticias que son claras, noticias que no entendemos. Noticias que nos alarman. Noticias que anhelábamos. Noticias que confirman lo que sabíamos; noticias que nos sorprenden, aun sabiéndolas. No existe un arte de dar noticias, sino existe una forma de considerar la noticia pero, lo que interesa, es el valor que le damos, le ofrecemos al anoticiado, por llamarlo de algún modo.
Efectivamente, dar una noticia es simple (el famoso mito de somos simples). Es abrir la boca y enunciar las palabras de significado convencional para decir algo: me compré un auto, me voy de viaje, me caso, nació mi sobrino, falleció mi padre, conseguí trabajo o alguna cosa como esa. No parece tarea complicada. Pero allí surge el otro, florece lo que sentimos con la noticia y con el anoticiado, leemos –aunque sea erróneamente la respuesta del otro- la ignoramos o le damos importancia. Dejamos que la noticia respire entre uno y el otro.
Contenemos, comunicamos, compartimos, nos liberamos. Todas son formas de dar una noticia. Pero, como todo, depende del peso y valor que le damos a la otra persona, a la que está al frente de uno y, sobre todo, la persona que nos permitimos sentir cerca.
El ser humano es complejo. Lo es, aunque podamos hacer las cosas simples. Llamar al pan, pan, y al vino, vino. Es simple, pero la interrelación con el otro no es sólo eso. Es ternura o lo contrario, es pasado o futuro. Es cercanía o indiferencia. Es sentimiento y más. Pero no es la complejidad lo que es terrible, comprendamos, es la complicación que construimos. La belleza del ser humano está en su compleja forma de comunicar, noticias por ejemplo, que nunca son sólo palabras sino el eco de nuestros sentidos, la esencia de nuestro pasado, la quimera del futuro, la certeza del otro.

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