viernes, mayo 29, 2026

Me duele la universidad

Soy universitario. Lo sé desde hace tiempo, un poco de herencia y otra de convicción nacida de
una perspectiva sobre la institución. He crecido amparado por ella, que no son estructuras de concreto, sino personas que la habitan, la transitan y la comparten. Hay en mí una certeza en su rol y, por ello, un convencimiento de la imprescindible necesidad de su existencia. Creo que la universidad, cuando funciona, cumple un rol social que no puede ser reemplazado. La existencia de la universidad permite imaginar un presente mejor y un futuro deseable.

Pero hoy, me duele un poco mucho. Sin dudas, hay cierto cansancio de los años y ese sabor amargo que nos conquista a fuerza de hacerse cotidiana la injusticia. Soy uno más de los que pueden tirar sobre la mesa alguna situación desprolija, una ocasión en que se dilapidó lo poco que existe; puedo contar, como cualquiera que transita la universidad, el constante desapego del conocimiento y del aprendizaje que pululan en sus aulas, por docentes incompetentes o estudiantes desinteresados u otras razones. No soy original si cuento sobre los acomodados del poder que pude presenciar, la negación de derechos de los que no pueden hablar, las violencias encubiertas en trámites, el despecho por preconceptos y la inútil valía que tienen los méritos académicos, salvo cuando la ruleta del poder acierta. Yo solamente ejemplos harto conocidos podría agregar a la indignidad de la tarea docente o del transitar de los estudiantes por sus pasillos y aulas. El vicio de los que no apuestan por la universidad viviendo de ella, son un rosario en el que cada uno podría agregar una cuenta más. Las leyes son movidas por la brújula inmoral de los intereses demasiado personales y son impías cuando el amperímetro marca que no eres simpático para el poder.

Siempre lo fue, lo recuerdo así desde hace demasiado tiempo. Pero hoy me duele más. No sé si por mi propia impericia para el cambio, trastocada como suicidio social o porque ese límite siempre presente es cada vez más ostensible. La impunidad del poder destraba los límites y el todo vale, sólo depende de utilidades particulares.

Me duele la universidad. Quiero creer en otra posibilidad. Sé que es un vil conformismo que se pretende esperanza y no resignación. Creer en lo mejor es lo que nos queda cuando se ve la inutilidad en lo real. La opción ya la dijo Hamlet y, entonces, no es prudencia, sino cobardía. Tal vez. Pero me voy a refugiar en Camus. Aún creo, por eso aún estoy.

 

29/5/2026

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