Pero hoy,
me duele un poco mucho. Sin dudas, hay cierto cansancio de los años y ese sabor
amargo que nos conquista a fuerza de hacerse cotidiana la injusticia. Soy uno más
de los que pueden tirar sobre la mesa alguna situación desprolija, una ocasión
en que se dilapidó lo poco que existe; puedo contar, como cualquiera que
transita la universidad, el constante desapego del conocimiento y del aprendizaje
que pululan en sus aulas, por docentes incompetentes o estudiantes
desinteresados u otras razones. No soy original si cuento sobre los acomodados
del poder que pude presenciar, la negación de derechos de los que no pueden
hablar, las violencias encubiertas en trámites, el despecho por preconceptos y
la inútil valía que tienen los méritos académicos, salvo cuando la ruleta del
poder acierta. Yo solamente ejemplos harto conocidos podría agregar a la
indignidad de la tarea docente o del transitar de los estudiantes por sus
pasillos y aulas. El vicio de los que no apuestan por la universidad viviendo
de ella, son un rosario en el que cada uno podría agregar una cuenta más. Las
leyes son movidas por la brújula inmoral de los intereses demasiado personales
y son impías cuando el amperímetro marca que no eres simpático para el poder.
Siempre lo
fue, lo recuerdo así desde hace demasiado tiempo. Pero hoy me duele más. No sé
si por mi propia impericia para el cambio, trastocada como suicidio social o
porque ese límite siempre presente es cada vez más ostensible. La impunidad del
poder destraba los límites y el todo vale, sólo depende de utilidades particulares.
Me duele la
universidad. Quiero creer en otra posibilidad. Sé que es un vil conformismo que
se pretende esperanza y no resignación. Creer en lo mejor es lo que nos queda
cuando se ve la inutilidad en lo real. La opción ya la dijo Hamlet y, entonces,
no es prudencia, sino cobardía. Tal vez. Pero me voy a refugiar en Camus. Aún
creo, por eso aún estoy.
29/5/2026
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