sábado, mayo 26, 2012

Dìa de la patria





Nuestra vida parece siempre basada en conceptos que son certeros en nuestro espíritu pero difusos en las palabras. Efectivamente, muchas de nuestras emociones se expresan en palabras que las decimos con una claridad meridiana –por la seguridad que las acompaña- pero, que al definirla recurrimos no a la certeza de la definición sino a los más variados recursos de la literatura: metáforas, imágenes, circunloquios, elipsis más por su belleza que, generalmente, por la precisión que le asignamos. Así, con citas de poesías, canciones o dichos –populares o asumidos como familiares (mi abuela dijo…)- procuramos dejar claro que es lo que entendemos. Finalmente, o en último caso, apelamos a lo que parece ser el último bastión de la certeza para una discusión: la experiencia personal. Así, las cosas más fundamentales de la vida son definidas con ese conjunto de cosas que definen el espacio propio.
Eso suele pasar para palabras como amor, amistad, felicidad, alegría y, la que nos interesa particularmente hoy, patria. Nos interesa hoy, puesto que ayer, según el calendario de efemérides argentino, fue el día de la patria. Esta, sería definida, según el diccionario como la “Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”. Nacemos donde nacemos nos da una patria, a veces ella nos expulsa y alguien nos adopta. O, a veces, simplemente alguien más nos adopta y nos permite tener dos patrias. Otras alternativas se pueden pensar. Lo cierto que la patria surge porque surge, parece externa y circunstancial así. Salvo por eso de los vínculos que surgen cuando pueden y se van armando con lo que uno dispone. Así la patria estaría dada por esos vínculos y no por otra cosa.
En otros términos no hay patria posible si no hay personas que se encuentran y que, a veces, trabajan juntos por una noción de bien común que excede sus propias narices. Así se consigue que gente, que no conocemos, ni conoceremos, que viven en el mismo espacio que se llama, por ejemplo, Argentina, tengan un poco más de justicia, de equidad y, ojalá, sean más felices.
Celebro la posibilidad de deleitarnos con una música común, que pueda emocionarnos de manera conjunta, sea un himno, una cumbia, una melodía romántica, una tarantela o un rock. Bendigo la posibilidad de escuchar una forma de contar las cosas que me y nos resulte agradable o que nos permita encontrarnos un poco más; Me encanta que cuando se obtenga un logro –deportivo, cultural, artístico, creativo o de paz- que alguno de mis compatriotas lo consiga, podamos tener un momento de felicidad sincera, aunque fugaz y prestada. Todo eso produce, sin dudas, una sensación maravillosa de esperanza por el futuro que nos cabe a quienes compartimos suelos y folklore – en su sentido más amplio-.
Pero la patria, como real, sigue siendo ese puñado de personas con las cuales pude disfrutar el encuentro y la diferencia, aquellas personas que estuvieron a mi lado ante la injusticia grande o pequeña, aquellas a las que pude ver el blanco de sus sonrisas, la forma reconocida de la tristeza; aquellas personas que no dudaron en tomar mi pan y ofrecerme su bebida; aquellas personas que, a su modo, con sus palabras, con su lenguaje, me cobijaron, me recibieron y fueron recibidos y cobijados por mí. Esas personas de ayer, de hoy y las que están por venir. Porque la patria no es, quizás sólo el terruño sino el camino y este siempre es el encuentro, con el otro, con el igual, sea cual sea su idioma, su religión, su piel, su diversidad, recordando que yo soy ese otro para él/ella.
Mi patria, lo digo, no sabe de idiomas –aunque mi facilidad sea con uno solo-; no sabe de límites, aunque ellos me impidan e impidan a otros el encuentro, no sabe de otra ideología que el creer que a veces el verdadero color de la bandera que nos hace falta sea aquel que podamos pintar entre todos y todas y que nos cobije y que jamás, jamás de los jamases, excluya la diferencia.

sábado, mayo 19, 2012

Memoria






El diccionario dice que la memoria es la capacidad de recordar  alguna cosa que aprendimos en el pasado. Así la memoria nos permite, por ejemplo, recordar de quien es el cumpleaños el día de hoy o como citar un poema que nos gustó. Si, la memoria nos permite recordar lo que vivimos. Sin embargo, la memoria no nos hace actuar. Es decir que no alcanza con recordar de quien es el cumpleaños para que podamos sentirnos plenos, es necesario, en ocasiones, completar con el saludo, con el gesto, con la aproximación con lo que creemos o sentimos que corresponde hacer. Pero ese gesto depende, también, de los demás, de las circunstancias, de la historia, no que nuestra memoria recuerda, sino de la que sentimos.
La memoria nos permite trazar recorridos de los pasos que hicimos, por eso, tal vez, recuerdo, lo de “Caminante, son tus huellas/ el camino, y nada más”. Pero, como bien lo describe un autor que se llama Schacter, la memoria tiene sus pecados (Transitoriedad, Ausencia de conciencia sicológica, Bloqueo, Atribución errónea, Sugestibilidad, Parcialidad y Persistencia). Formas de hacer que lo que recordamos, a veces, no sean recuerdos sino otras cuestiones. Así, en ocasiones, construimos historias sobre lo que vivimos para sentirnos bien o mal. A veces, nuestra memoria nos permite el reconstruir el camino dando sentido a los pasos, otras, simplemente actúa como perdonándonos.
La memoria seguirá siendo siempre ese modo que tenemos para rescatar de nuestros pasos ya dados esos momentos que son donde nos apoyamos, nos construimos, nos amamos, nos descubrimos y tanto más.
Nada ni nadie puede evitar que nuestra memoria nos acompañe. Ella, a veces, nos ayuda, nos dificulta, nos preocupa, nos altera, nos engrandece, nos hace, en definitiva reír o llorar. Por eso, como un regalo, recuerdo y ofrezco ese verso de una canción de Rubén Blades que se llama Parao : “Disfrutando la memoria de los ríos que he cruzao/ Aunque casi me haya ahogao, sigo parao!

jueves, mayo 17, 2012

El mundo gira


El mundo gira con nosotros o sin nosotros. La inevitabilidad humana es que todos somos prescindibles, innecesarios para la humanidad. Nadie, absolutamente nadie de toda la humanidad es vital para que esta exista. Mi ausencia será una ausencia más de los tantos millones de personas que ya están ausentes desde que existimos como especie. Aunque parezca insensible es una descripción manifiesta de la realidad humana.
Pensemos que el mundo giró aunque se murieron las personas más trascendentes que uno puede imaginar. Sean estos científicos, santos, escritores, artistas, creadores, emperadores, reyes, mesías y lo que se les ocurra poner en la lista. Aún cuando Caín mató a Abel, el mundo siguió girando. Por eso ese hecho no tiene ninguna importancia para que el mundo gire, el tiempo siga su curso y todo lo que ello implica.

Si, así es. Pero también existe otra ‘verdad’. El ser humano existe porque hay otro. Este principio básico es, tal vez, el punto más fundamental donde la humanidad toma valor en lo cotidiano y no en ese macro incontestable. Es decir que para este ser humano (tú, yo y el del frente), lo que sigue siendo vital, esencial, contundente fue, es y será ese instante de eternidad donde uno se encuentra con el otro. Ese lapso brevísimo donde la presencia se hace infinita y, que produce, en consecuencia, que la ausencia pueda tomar el peso del vacío.
La vida de la humanidad no es la vida del ser humano. La vida del ser humano es ese camino donde somos capaces de recrear la humanidad entera en nuestro cotidiano. Donde podemos desafiar la eternidad y el infinito en el minúsculo gesto del encuentro. Donde podemos, sin más, percibir como real que el mundo deja de girar por esa alegría o aquella tristeza.
En esa inevitable capacidad de síntesis de la humanidad que existe, cual código genético, en todo ser humano es donde se depositan, tal vez, la esperanza de lo que aún nos falta mejorar para que el mundo siga girando pero que quienes están dentro “giren” mejor, cada día, en cada lugar, en cada encuentro.

martes, mayo 08, 2012

El hartazgo


Me duele el alma. Me mata la incoherente sensación de vivir en un mundo, a la par, tan cruel y con tantos sueños hermosos. Me quita las fuerzas darme cuenta que lo que tenemos es lo que todavía no nos quitaron los que tienen el poder. Que la bondad, por más que exista, tiene tan poco peso en este mundo. Que los intereses de los poderosos siempre pueden más que cualquier buena intención.
Me dan bronca los que engañaron a los jóvenes llevándolos a guerras que esos individuos necesitan. Detesto a quienes se llevaron a artistas porque decidieron hablar de lo que siempre hablan los artistas, aún sin sentirlo, sin creerlo o sin vivirlo, de libertad, de creación, de sueños de otros, de utopías, de igualdad, de sentirnos cerca.
Me da una pena de rabia los que empuñaron las armas, pero sobre todo los que en parapetados escritorios empujaron a las armas a los demás. A los que desde púlpitos, desde escenarios, desde estrados impulsaron el enfrentamiento donde dejaban la piel y el alma los que valen la pena, siempre los otros.

Me da tristeza los que solo persiguieron utopías y su crimen fue ajusticiado por ese delito que jamás se debería condenar, el de tejer sueños donde la felicidad sea un fruto siempre maduro, al alcance de todos.
Me rebela, desde el alma, hasta las músculos, desde el sentimiento, hasta las ideas, la incapacidad que tenemos para darnos cuenta que no importa el color del poder, no importa el sino de la opresión, no importa la ideología del dominador, no importa el credo que manifiesta, solo importa una cosa, que haya personas que no sean capaces de aceptar que puedas pensar distinto, que puedas creer diferente, que puedas sonreír por otras cosas, que te conmueva otro sentimiento, que te alienten palabras opuestas a las suyas, que no tienes poder y que su poder no debe servir para hacer daño. Porque la libertad es algo que todavía no conquistamos, que la independencia todavía es una utopía, que el camino aún es una senda en una selva espesa, que el horizonte está todavía muy lejos, que los pastores, políticos, autoridades, revolucionarios armados, terroristas reconvertidos, Mesías de todas clases no tiene el sino de dirigirnos a nuestro norte, sino a nuestro abismo.
El camino no es el que nos dicen, sino el que nos permiten elegir, el que se abre camino con nuestras manos, que nos hace eco en nuestras sonrisas, que facilita la palabra compartida y la palabra escuchada.
Basta. Basta de de todos los falsos profetas, de los antiguos inquisidores, de todos aquellos que pregonan la libertad que nace desde la esclavitud, que solo pretenden hacer una sola cosa: hacernos olvidar que somos quienes somos, cada uno y cada cual, que la única locura permitida es poder vivir y que lo difícil no es la revolución armada de cualquier sino o ideología, pues todas se tiñen de la sangre de los inocentes. Lo difícil es la revolución de darnos cuenta que la verdad no existe, sino que la vamos construyendo, que la vamos moldeando y que solo puede hacerse realidad con el único material real que sirve para construirla: la felicidad de todos.

domingo, 30 de enero de 2005

viernes, abril 20, 2012

El derecho a ser otro


El 19 de abril se conmemora la revuelta del Ghetto de Varsovia. Escuchaba en un acto sobre esta fecha, tan esencial para la humanidad, que el comienzo de todo el proceso que condujo la barbarie humana a una ostentación única, degradante y cruel fue el llevar al máximo la negación de una de las dificultades inherente al hecho humano: la inevitabilidad de la alteridad. Una alteridad que nos impone la necesidad de saber que el otro existe y por eso soy y, evidentemente, que yo soy el otro para él.
El derecho a ser otro dado por la inevitabilidad de ser otro. El elogio de la diversidad, la mágica esencia de la  humanidad. Lo que nos permite ver el universo de diferentes maneras y así poder superar los obstáculos que surgen inexorablemente en la vida. Sumar perspectivas y construir, aunar esfuerzos y avanzar. Alimentar los debates y permitir el crecimiento de las razones. Ver más allá de nuestras narices y enriquecerse con las perspectivas. Eso es lo que ha hecho que la humanidad crezca, en definitiva el encuentro con el otro, como hecho complejo, fundante y esencial.
No existe, por ello, nada más estúpido, incoherente y deshumanizante que negar el derecho a ser otro. La humanidad existe porque el otro existe. Si a eso, le sumamos la incomprensión, la barbarie en su sentido más amplio, la puerta a la violencia –tan inevitablemente humana- se abre de par en par y el ser humano se empeña en su propia destrucción: porque devastar, aniquilar, exterminar al otro es, sin falsa retórica, destruirse a sí mismo.
La memoria nos permite no sólo pensar que la crueldad en su grado máximo existió. No sólo ayuda para comprender que el poder cuando dispone de armas –cualesquiera sean- son capaces de superar cualquier límite; la memoria no sólo sirve para poner en evidencia que cuando los demás no actúan, no controlan la destrucción en todo sentido es posible. La memoria también debe servir para pensar todas las herramientas, habilidades y 
destrezas para evitar que se agreda al otro por ser otro.
Nuestro compromiso con el NO-OLVIDO es fundamental para reforzar nuestra convicción que no podemos ceder ni un ápice en la defensa del derecho de ser otro. No es únicamente la diversidad como algo pictórico, es la única posibilidad que la humanidad reencuentre sus bienes más preciados: la alteridad como esencia, el encuentro como condición y, por lo tanto, la necesidad de la comunicación como antídoto eficaz para que la violencia sea excluida de nuestras opciones de una manera contundente.
Ni uno más. Nunca más. 

sábado, abril 14, 2012

Casamiento


 Casarse es un acto administrativo, un ritual, una fiesta y una ceremonia. A veces, eso coincide con el hecho que dos personas que se aman y que creen que convivirán juntos toda una vida decidan mostrar públicamente su deseo de convivencia próximo o, en la actualidad, ya realizado hace tiempo. Pero, lo sabemos, no siempre es así. Nuestra idea de casamiento resiste a las evidencias que esa validez social, religiosa o cultural no garantiza, ni mucho menos, que las personas que contraen matrimonio se mantengan unidas. Sin embargo, sigue siendo el matrimonio una ambición, un deseo y, en varios casos, el motivo de una alegría que se pretende eterna, válidamente deseable y, sobre todo, convencidos que es una decisión que implica desafíos, necesidades, compromiso, intimidad y más. También, lo digamos, en ocasiones, también coinciden que dos personas que se han casado permanezcan unidos, felices, convencidos verdaderamente, “hasta que la muerte los separe”.
Pero el casamiento sigue siendo, en algunos casos, una simple cuestión formal, de neto carácter administrativo para certificar una unión y garantizar derechos compartidos, ya tomados anteriormente a la ceremonia. En otros casos, el ritual –esto lejos de menospreciar lo describe- es un acto que va más allá de lo que la sociedad necesita, sino que se asocia, a una creencia concreta que se articula con una necesidad y que, en ocasiones, pretende ser una certificación de una decisión tomada de cara a un futuro que imaginamos, nunca sabemos, próspero, agradable y feliz. Una decisión que nos separa de otras etapas de nuestra vida, que nos proyecta a cierta idea de lo que viene. Un casamiento, siempre es un gesto que valida lo ya validado y que nos expone a un desconocido compartido guiado por un hilo conductor: la noción de amor que manifestamos.
En una película mala, remake de una buena, una de las protagonistas –encarnada por una actriz de una intensidad actoral impresionante- se responde a la pregunta porque los seres humanos nos casamos diciendo que los hacemos “porque necesitamos un testigo de nuestras vidas”[1]. Un testigo aunque, en algunos casos sea más una coartada, en otros alguien que nos salve y siempre, alguien que nos permita la dicha del encuentro.
El matrimonio sigue siendo el reconocimiento público de un encuentro entre dos personas con historias particulares que, seguramente incluyen sus silencios, sus no dichos, sus reservas que pretenden ser testigos uno del otro de una vida o de una parte enfrentando con lo que tienen o pueden las inevitables componentes del encuentro humano –alegría y tristezas como síntesis- y navegando en las crisis que aparecerán. Esto, siempre con las limitaciones propias que todos y todas podemos tener y que, tantas veces ni hablamos de cara a este momento.

Pensemos en la fórmula que se usa -que aún resiste-, en ocasiones, es la que dice “lo que Dios ha unido no separe el hombre”. Lo cierto que esta fórmula arcaica es válida mientras es válida. O en palabras de Vinicius de Morais:
 Eu possa me dizer do amor (que tive):
Que não seja imortal, posto que é chama
Mas que seja infinito enquanto dure.[2]
Por ello y por más, ¡Felicidades para los que deciden casarse hoy!


[1] Me refiero a la película Shall we dance? (¿Bailamos?) -2004- del directosr Peter Chelsom con Richard Gere, Jennifer Lopez y Susan Sarandon –la actriz que menciono. La película original es de Masayuki Suo de 1997, bajo el mismo título.
[2] Soneto de Fidelidade. Vinicius de Moraes, "Antologia Poética", Editora do Autor, Rio de Janeiro, 1960, pág. 96.


miércoles, abril 04, 2012

Injusticias lejanas y cercanas


Los seres humanos tenemos tendencia a ser impiadosos en la defensa de las injusticias lejanas. Somos, en esos casos, acérrimos defensores con los que atentan contra lo que defendemos, muchas veces, en la medida que eso se encuentre allá lejos. No escatimamos adjetivos para esos casos y, en esta era de Internet, abogamos por las causas con la celeridad que da el “enviar” de correos y spam pre-formados. Allí, en ese espacio virtual respondemos rápidamente a las causas que atacan la justicia en cualquier parte del mundo. No reemplazaron sino que incentivaron las antiguas mesas de café, donde esgrimíamos insultos y argumentos contra quienes eran capaces de afectar la dignidad de alguna causa que consideramos necesaria defender. Así, somos paladines de causas de justicia con un compromiso, podríamos decir, casi sin sacrificios y, en muchas ocasiones, sin mucho trabajo.
Pero ese mismo esfuerzo “ciclópeo” que realizamos para ver esas injusticias en el macro mundo no se refleja, muchas veces, en el día a día, donde somos mas comprensivos con las injusticias, menos rígidos en la defensa de los principios de equidad y bastante tolerantes con esas sinrazones que gobiernan los actos en la interrelación con los demás. Es como que en lo “micro” la aceptación de las cosas se puede permitir licencias, porque uno “comprende”, “entiende”, ‘explica”, “admite” de forma irregular. Así, no consideramos injustos los tratos que podamos ver basados en quien lo realiza tiene o no un problema, es más cercano a nosotros, o simplemente, estamos cansados para enfrascarnos en una discusión.

Para evitarnos la incoherencia utilizamos argumentaciones de las más variadas y diversas que por lo general, para disculpar nuestra conciencia o apaciguar nuestras mentes racionales, nos hacen creer que estamos tras una lucha mejor y superior. Así nos enfrascamos en discusiones tan generales como poco comprometidas con la realidad que vivimos, pero que nos permite disfrazarnos con mucha soltura de paladines de causas perdidas.
En definitiva es evidente que siempre es más fácil ser justos con lo que no nos pide el esfuerzo de poner nuestra piel, nuestro espíritu, nuestra tranquilidad en juego. Causas justas que no se ven, son más fáciles de luchar, sin dudas, pero así pagamos el precio que lo que podemos cambiar lo ignoramos. La humanidad sigue pagando el precio de nuestra “solidaridad permanente y justa contra los lejanos" y nuestra “indiferencia sesgada, excusada y disimulada con los cercanos".

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