Jorge Luis Borges, Funes el memorioso
La cultura occidental nos ha impregnado de una convicción tan contundente como deseable: la noción de que todos los seres humanos somos iguales. Esta idea se ha cimentado desde dos frentes en apariencia opuestos pero convergentes en su propósito. Por un lado, la tradición judeocristiana nos legó la premisa de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, dotándonos de una misma dignidad sagrada. Por el otro, la Ilustración y la Carta Universal de los Derechos Humanos (basados en una visión secular, agnóstica o atea) tradujeron esa dignidad al plano civil, afirmando que somos iguales ante la ley. Hemos repetido este principio con vehemencia y verdadero convencimiento porque albergamos la profunda necesidad de mantener viva esa utopía, de ser coherentes con ella y de hacer todo lo posible para que se convierta en realidad. Sin embargo, la realidad material se encarga de desmentir esta máxima a diario con una contundencia inapelable: no somos iguales.
El concepto de interseccionalidad expone
con absoluta claridad que nuestro anhelo de igualdad no coincide con nuestro
estado factual. En la práctica, estamos atravesados por biologías diversas (que
nos acerca o nos aleja a parámetros sociales existentes, aunque lamentables, de
estereotipos de belleza, bienestar o salud). Todo eso, genera un acceso
profundamente desigual a la salud y a la educación – por citar a los ejemplos axiales
para la vida-; eso se plaslma en una distribución inequitativa de recursos
producto de circunstancias tan variables como arbitrarias. Existe, también, una
cuota aleatoria de azar —una suerte de lotería genética y social— que
condiciona nuestras posibilidades desde el nacimiento. A esto se suman las
dinámicas complejas de nuestras relaciones, la diversidad de personalidades,
las dosis dispares de empatía que recibimos del entorno y las formas
asimétricas en que ejercemos o padecemos el poder. En definitiva, las
probabilidades de que la igualdad real sea concreta, plena y eficaz son
drásticamente bajas.
Ante este abismo entre lo que debería ser y
lo que es, surge la pregunta inevitable: ¿qué hacemos entonces? La respuesta
exige comprender que la igualdad nunca fue una descripción de la realidad
física ni un diagnóstico biológico, sino una decisión ética y un proyecto de
justicia. Reconocer nuestra desigualdad empírica no implica capitular ante ella
ni abrazar un estereotipo de darwinismo social donde el más fuerte o el más
afortunado domine al resto. Por el contrario, nos obliga a articular acciones
concretas para sostener el ideal sin caer en el autoengaño:
a. De la igualdad formal a la equidad
sustantiva: Asumir la interseccionalidad implica pasar del principio pasivo de
tratar a todos por igual a la estrategia activa de brindar un trato
diferenciado a quien parte con desventajas estructurales, nivelando el terreno
de juego.
b. Diseño institucional como amortiguador del
azar: Las instituciones democráticas, la salud universal y la educación pública
deben operar como mecanismos correctores destinados a neutralizar el impacto de
la suerte biológica y socioeconómica.
c. Cultivo de una empatía estructural:
Debemos sostener la convicción inquebrantable de la igual dignidad humana, pero
manteniendo la sensibilidad abierta hacia las barreras específicas que enfrenta
cada individuo en su particular cruce de circunstancias.
Renunciar a la idea de igualdad porque la
realidad nos muestra lo contrario sería confundir la brújula con el terreno. La
igualdad no es la meta a la que llegamos por inercia, sino el criterio con el
que juzgamos la injusticia del mundo.
Nos encontramos aquí con la inmortal
proclama de Cyrano de Bergerac en la obra de Edmond Rostand: «¿Qué decís?... ¿Qué
es inútil?... ¡Ya lo sé! ¡Pero uno no se bate con la esperanza de vencer!». La
búsqueda de la igualdad es, en última instancia, ese combate noble: un esfuerzo
sostenido contra el caos y la desigualdad natural para construir un mundo un
poco más justo de lo que la realidad pretende imponernos, no porque la victoria
esté garantizada, sino porque el ideal así lo exige.

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