sábado, octubre 17, 2026

Dia de la madre 2026


Las mujeres no son perfectas. Nunca lo fueron. Nunca lo serán. Los hombres tampoco, porque la imperfección y la mortalidad son la norma de lo humano. Así de simples son las cosas.

Dentro de ese universo, hay mujeres que se convierten en madres. No por un instinto inevitable ni porque sea un mandato biológico que las defina por completo. Algunas lo hacen por decisión, otras por circunstancias, y algunas lamentablemente por contextos de violencia o imposición que debemos nombrar y erradicar. Sin embargo, aun frente a la presión o a las expectativas culturales que históricamente han buscado marcarles el camino, muchas de ellas deciden reapropiarse de ese rol, asumiéndolo desde la autonomía y transformándolo a su propia manera. No hay nada como el consentimiento verdaderamente ejercido y desarrollado; eso siempre debe ser un norte, y al ser un norte, implica una decisión activa de vida.

Ahí es donde parece que lo que más se acerca a la belleza es pensar en una madre. No por un destino mágico, sino porque muchas han sabido ser creativas en la carencia, operativas en lo cotidiano, enérgicas en la defensa y sublimes en la entrega. ¿Siempre? No, obviamente que no. Pero la sociedad sostiene su día a día porque ellas han puesto el cuerpo para que la vida continúe; porque, muchas veces en la soledad o en la falta de apoyo, logran hacer comida. La comida física, por supuesto, pero sobre todo aquella que alimenta sueños, desarrolla capacidades y sostiene horizontes. Reconocer esa capacidad no significa glorificar la precariedad ni exigirles heroicidad, sino visibilizar el valor incalculable de un trabajo de cuidado que no puede seguir recayendo solo sobre sus hombros.

He defendido que una madre suele ser la testigo preferencial de nuestra vida. Sabe con claridad nuestras falencias, nuestros déficits, nuestras debilidades y nuestras vergüenzas. Con ese conocimiento, decide ser refugio. Un refugio que a menudo cuesta cansancio, dudas y renuncias invisibles. Por eso, acompañar a una madre también exige garantizar que no tenga que anularse a sí misma para cuidar a otros: su vida, sus deseos y su espacio personal son tan sagrados como su capacidad de proteger.

En este Día de la Madre, evocar a esa persona nos invita a reflexionar con la esperanza de que todas las maternidades puedan vivirse con libertad, dignidad y respaldo. Ojalá nos imaginemos y construyamos un mundo así.

Y si todo esto fuera poco, yo estoy orgulloso de ser padre, y sé que solo puedo serlo porque una mujer puso la vida, el cuerpo y la decisión para que así fuera. Eso no se salda con estatuas ni con palabras bonitas: se honra asumiendo con empatía y en igualdad la corresponsabilidad real de la crianza, reconociendo un hecho indudable que no solo tiene un valor afectivo, sino una trascendencia social profunda e impagable.


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