miércoles, octubre 21, 2026

La democracia deseable

 

«Para poder ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia.»

— Octavio Paz


Saramago en su momento dijo que esta democracia, tal como existe hoy, había fracasado y que era momento de empezar a pensar en una nueva democracia. Jamás habló de retroceder en la idea democrática, porque la democracia como sistema de gobierno sigue siendo el modelo ideal donde el bien común se construye mediante decisiones y acciones orientadas a la mayoría, pero con un plan que busque favorecer a todos y todas. No se trata de "tengo el poder y entonces perjudico a quien sea", sino de sostener —aún con cierta ingenuidad o utopía— que la noción de bien común que se promueve sea verdaderamente para el beneficio de la sociedad en su conjunto.

Para lograrlo, la ciudadanía elige, entre propuestas acotadas, a los líderes que mejor representen sus ideas. Ese sería el ideal. No es lo que sucede en un sistema como el nuestro, el argentino, que se encuentra viciado por la confección de listas de candidatos y por lógicas que muchas veces contradicen los ideales del propio partido. Sin embargo, la premisa de que la gente sea capaz de elegir a sus verdaderos representantes es un concepto al que no podemos renunciar fácilmente.

Por todo esto, puesto a elegir, siempre me pondré en las antípodas de aquellos líderes que utilizan la agresión como método para imponer sus ideas. Uno podrá ser más o menos impulsivo, pero la agresión como instrumento, el denostar al otro hasta buscar el conflicto y el establecer juicios de valor inmediatos son prácticas que considero fuera de lo que se debería tolerar en democracia.

Independientemente de que las ideas de un gobernante puedan ser buenas, cuando el jefe de Estado utiliza la agresión sistemática como una constante, esa violencia dialéctica y ese estilo coercitivo terminan atentando directamente contra el bien común. Convertir el conflicto en una herramienta de polarización no es inocuo: es la cocción a fuego lento del prejuicio y, en consecuencia, de la discriminación. Al legitimar estas conductas desde el poder, se termina generando un pacto implícito de carácter antidemocrático, donde el adversario deja de ser un interlocutor válido y se convierte en un enemigo al que hay que descalificar.

Por eso, aun cuando pueda coincidir con alguna idea en particular, el modo de exhibirla, de cuestionar al otro, de menospreciar la alteridad o de rebajar e insultar la diversidad humana marca un límite insalvable. Pretender una superioridad basada en la arrogancia discursiva —y jamás en la solidez de las ideas, pues todo está siempre por crearse y siempre puede surgir un punto de vista superador— es una actitud operativa que resulta un límite inaceptable para cualquiera que ejerza o pretenda ejercer la dirigencia. La discusión lógica entre diferentes interpretaciones no debería ser una confrontación destructiva, sino un ejercicio creativo encaminado a encontrar mejores propuestas para el bien común. Para terminar es bueno hacerlo con una frase de José Saramago: «La alternativa al silencio no es la sumisión, es la palabra viva, el debate de ideas que no destruye al otro, sino que lo reconoce.»

—

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Entrada destacada

Deseos 2020

Este año es bisiesto. Como cada 4 años, dirán, pero esta vez lo noté. Un día más, un año diferente. Una ilusión de creer que lo excepcio...