«Para poder ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los
otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia.»
— Octavio Paz
Saramago en su momento dijo que esta democracia, tal como existe hoy, había fracasado y que era momento de empezar a pensar en una nueva democracia. Jamás habló de retroceder en la idea democrática, porque la democracia como sistema de gobierno sigue siendo el modelo ideal donde el bien común se construye mediante decisiones y acciones orientadas a la mayoría, pero con un plan que busque favorecer a todos y todas. No se trata de "tengo el poder y entonces perjudico a quien sea", sino de sostener —aún con cierta ingenuidad o utopía— que la noción de bien común que se promueve sea verdaderamente para el beneficio de la sociedad en su conjunto.
Para lograrlo, la ciudadanía elige, entre
propuestas acotadas, a los líderes que mejor representen sus ideas. Ese sería
el ideal. No es lo que sucede en un sistema como el nuestro, el argentino, que
se encuentra viciado por la confección de listas de candidatos y por lógicas
que muchas veces contradicen los ideales del propio partido. Sin embargo, la
premisa de que la gente sea capaz de elegir a sus verdaderos representantes es
un concepto al que no podemos renunciar fácilmente.
Por todo esto, puesto a elegir, siempre me pondré
en las antípodas de aquellos líderes que utilizan la agresión como método para
imponer sus ideas. Uno podrá ser más o menos impulsivo, pero la agresión como
instrumento, el denostar al otro hasta buscar el conflicto y el establecer
juicios de valor inmediatos son prácticas que considero fuera de lo que se
debería tolerar en democracia.
Independientemente de que las ideas de un
gobernante puedan ser buenas, cuando el jefe de Estado utiliza la agresión
sistemática como una constante, esa violencia dialéctica y ese estilo
coercitivo terminan atentando directamente contra el bien común. Convertir el
conflicto en una herramienta de polarización no es inocuo: es la cocción a
fuego lento del prejuicio y, en consecuencia, de la discriminación. Al
legitimar estas conductas desde el poder, se termina generando un pacto
implícito de carácter antidemocrático, donde el adversario deja de ser un
interlocutor válido y se convierte en un enemigo al que hay que descalificar.
Por eso, aun cuando pueda coincidir con alguna
idea en particular, el modo de exhibirla, de cuestionar al otro, de
menospreciar la alteridad o de rebajar e insultar la diversidad humana marca un
límite insalvable. Pretender una superioridad basada en la arrogancia
discursiva —y jamás en la solidez de las ideas, pues todo está siempre por
crearse y siempre puede surgir un punto de vista superador— es una actitud
operativa que resulta un límite inaceptable para cualquiera que ejerza o
pretenda ejercer la dirigencia. La discusión lógica entre diferentes
interpretaciones no debería ser una confrontación destructiva, sino un
ejercicio creativo encaminado a encontrar mejores propuestas para el bien
común. Para terminar es bueno hacerlo con una frase de
—

No hay comentarios.:
Publicar un comentario