En el plano de la ética, los límites no
responden a un capricho individual ni a un relativismo absoluto. Se construyen
mediante consensos sociales y/o institucionales consolidados a lo largo del
tiempo, basados en la experiencia, la rutina y la constatación de lo que genera
un perjuicio o, lamentablemente, se busca un interés particular. No obstante
esto, creo que existen conductas aceptables en ciertos contextos e inaceptables
en otros y otras que aunque sean tolerables, mantienen el visto de algo que no está
bien. Ante esto, es incuestionable nuestro derecho a comunicar de forma
asertiva lo que consideramos incorrecto, estableciendo un límite claro. Y
cuando un comportamiento cruza la línea del daño, el que define uno y lo
explicita o, sobre todo, aquel que la sociedad ha codificado objetivamente a
través de normas y leyes, deberían intervenir los mecanismos colectivos para
frenarlo y sancionarlo. Esos marcos legales y comunitarios establecerían un
piso ético claro sobre el cual convivir.
Partiendo de esta premisa, al observar a
jóvenes, estudiantes y adultos en este siglo XXI, veo conductas muy
características de nuestra época. No responden únicamente a la tecnología, sino
a la red de influencias a la que estamos expuestos. Por ello, sus decisiones y
conductas, incluso o, sobre todo, las más disfuncionales, son perfectamente
explicables.
Sin embargo, aquí radica el gran problema
contemporáneo: hemos confundido la explicación con la justificación. Existe una
diferencia sustancial entre entender el origen de un acto y otorgar una
coartada moral:
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Explicar es un ejercicio analítico: despeja las motivaciones, el contexto y las
influencias que llevaron a alguien a elegir una opción entre las disponibles.
Lo que podría disculpar la sanción o exagerarla.
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Justificar es un juicio normativo: pretende usar esa explicación para reclamar
la ausencia de responsabilidad del individuo y invalidar la norma o el límite
que ha roto.
Hoy en día, muchas personas asumen que por
el simple hecho de poder explicar por qué hicieron algo, su acción queda
automáticamente legitimada y por encima de las reglas de convivencia. Creen que
exponer el origen de su conducta las exime de consecuencias.
Quizás este sea uno de los grandes errores
pedagógicos de nuestra época: una corriente educativa y cultural que, confusa
en su búsqueda de empatía, termina socavando los propios marcos de convivencia
que nos protegen. Comprender las razones de un comportamiento es indispensable
para educar y prevenir, pero comprender la causa jamás debe significar la
renuncia a exigir el cumplimiento de los límites éticos, personales y legales.
Explicar nos muestra la raíz del problema; sostener la responsabilidad preserva
la convivencia. Como bien lo dice Albert Camus en la peste: «No se puede ser un hombre sin saber lo
que se quiere y sin aceptar las consecuencias de lo que se hace».

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