viernes, octubre 16, 2026

Explicar no me justifica: La trampa de la educación del siglo XXI


 «Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.» (Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo.

Sostengo firmemente que los seres humanos tenemos comportamientos previsibles. Lejos de ser infinitas o arbitrarias, nuestras acciones responden a causas concretas y están bastante acotadas. Afirmar que las opciones humanas son «infinitas» es una coartada vaga para evitar definir las cosas. Tener libre albedrío no significa disponer de infinitas alternativas; la libertad existe y es real, pero opera dentro de un abanico delimitado de posibilidades. Si conociéramos a profundidad a una persona y sus circunstancias, su elección —dentro de ese rango— rara vez nos resultaría sorprendente.

En el plano de la ética, los límites no responden a un capricho individual ni a un relativismo absoluto. Se construyen mediante consensos sociales y/o institucionales consolidados a lo largo del tiempo, basados en la experiencia, la rutina y la constatación de lo que genera un perjuicio o, lamentablemente, se busca un interés particular. No obstante esto, creo que existen conductas aceptables en ciertos contextos e inaceptables en otros y otras que aunque sean tolerables, mantienen el visto de algo que no está bien. Ante esto, es incuestionable nuestro derecho a comunicar de forma asertiva lo que consideramos incorrecto, estableciendo un límite claro. Y cuando un comportamiento cruza la línea del daño, el que define uno y lo explicita o, sobre todo, aquel que la sociedad ha codificado objetivamente a través de normas y leyes, deberían intervenir los mecanismos colectivos para frenarlo y sancionarlo. Esos marcos legales y comunitarios establecerían un piso ético claro sobre el cual convivir.

Partiendo de esta premisa, al observar a jóvenes, estudiantes y adultos en este siglo XXI, veo conductas muy características de nuestra época. No responden únicamente a la tecnología, sino a la red de influencias a la que estamos expuestos. Por ello, sus decisiones y conductas, incluso o, sobre todo, las más disfuncionales, son perfectamente explicables.

Sin embargo, aquí radica el gran problema contemporáneo: hemos confundido la explicación con la justificación. Existe una diferencia sustancial entre entender el origen de un acto y otorgar una coartada moral:

 * Explicar es un ejercicio analítico: despeja las motivaciones, el contexto y las influencias que llevaron a alguien a elegir una opción entre las disponibles. Lo que podría disculpar la sanción o exagerarla.

 * Justificar es un juicio normativo: pretende usar esa explicación para reclamar la ausencia de responsabilidad del individuo y invalidar la norma o el límite que ha roto.

Hoy en día, muchas personas asumen que por el simple hecho de poder explicar por qué hicieron algo, su acción queda automáticamente legitimada y por encima de las reglas de convivencia. Creen que exponer el origen de su conducta las exime de consecuencias.

Quizás este sea uno de los grandes errores pedagógicos de nuestra época: una corriente educativa y cultural que, confusa en su búsqueda de empatía, termina socavando los propios marcos de convivencia que nos protegen. Comprender las razones de un comportamiento es indispensable para educar y prevenir, pero comprender la causa jamás debe significar la renuncia a exigir el cumplimiento de los límites éticos, personales y legales. Explicar nos muestra la raíz del problema; sostener la responsabilidad preserva la convivencia. Como bien lo dice Albert Camus en la peste: «No se puede ser un hombre sin saber lo que se quiere y sin aceptar las consecuencias de lo que se hace».

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