Resistir tiene que ver con oponer fuerza,
pero con el propósito noble de no ceder, no romperse y no desaparecer. En el
fondo, resistir es asumir el compromiso irrenunciable con las propias
convicciones; es hacer el esfuerzo consciente de seguir habitando en el lugar
donde uno cree que debe estar. No se trata necesariamente de cambiar el mundo,
sino de demostrar que existen límites que no deben ser cruzados.
En estas épocas tan complejas, nos
encontramos con una política que exhibe la fuerza con excesivo desparpajo,
mientras que otra parte de la misma política ha sido la encargada de sentar las
bases para que esto suceda. Vivimos en un contexto donde se asume que tener
poder implica imponer, alejándose de cualquier consenso para establecer
sentencias arbitrarias.
Por eso, en estos tiempos convulsos,
resistir es un acto indisolublemente asociado a la dignidad. No es solo una
postura ética: es una forma de estar en el mundo y de vivirlo; es una forma de
identidad que vale la pena remarcar.
A primera vista, resistir parece un simple
acto de rebeldía. En realidad, es lo que nos hace profundamente humanos: es
permitirnos demostrar que la convicción tiene temple, y que saber lo que se
quiere implica comprender que el esfuerzo vale la pena.
Resistir no es la pelea activa; es
comprender el valor incalculable de permanecer de pie. Es la certeza de que la
propia existencia tiene sentido. Sin pretender dar ejemplo de nada, la
resistencia termina marcando, de forma indirecta, la dignidad de estar, de
creer, de sentir y de asumir quién se es.

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