viernes, septiembre 02, 2016

Día de la salud sexual






El 4 de septiembre se celebra el Día mundial de la Salud Sexual. Cada año se establece un lema para tal motivo. El objetivo de un lema es sintetizar alguna cuestión para reflexionar, promover y, en ocasiones, intervenir. Recordemos, antes que nada, que se parte de la premisa que la salud sexual es un derecho inalienable de todos los seres humanos. Este año el lema es “rompamos los mitos”. 
Quienes nos ocupamos de la salud sexual insistimos sobre una evidencia: muchos de los problemas que impiden disfrutar de una buena salud sexual - satisfactoria y plena-  nacen por errores de conocimiento o por malas interpretaciones sobre esta esfera esencial de la vida humana. 

Es decir, el lema de este año nos dice que debemos empeñarnos seriamente para que ni la ignorancia ni el conocimiento falaz nos impida disfrutar plenamente del universo que surge por disponer de una sexualidad; esto más allá de nuestras creencias, de nuestras formas de relacionarnos, de nuestras habilidades interpersonales, de nuestras posibles limitaciones. Sabemos que la salud es, aún, una deuda social que tenemos. Hoy, no digo esto como una crítica a lo realizado y a lo no realizado. Lo digo como una llamada a lo que viene. Esto significa que todos y todas deberíamos empeñarnos  en realizar nuestro mejor esfuerzo sobre esto y, sobre todo, exigir que existan mayores recursos para resolver las cuestiones relacionadas con esta temática. 
Estoy hablando, por ejemplo, que a nivel educativo se profundice la educación sexual integral, según manda la ley 26150 y que en algunos lugares se la inicia de una buena vez; que a nivel sanitario se optimice la atención en esta esfera del ser humano, con consultorios “amigables”, equitativos y accesibles sobre estas cuestiones pero también que los colegas médicos empiecen a preguntar sobre esta esfera del ser humano para orientar y derivar si fuese necesario; que a nivel social, aumentemos, aún más, el empeño en reducir la violencia, particularmente la de género; como también que se fomente la cultura de la diversidad, comprendiendo que el respeto nace de aceptar que la diferencia es inherente al ser humano, y es la base de nuestra riqueza como especie, entre otras cosas. 
Finalmente, sería muy positivo que aspiremos, siempre, a crecer a nivel interpersonal, porque es allí donde la vida sexual puede encontrar la plenitud, en el encuentro con el otro, donde, definitivamente, el placer, el sentir y la humanidad se gestan, y se transforma en la suma de los actos, siempre enriquecedores que la sexualidad permite.

domingo, agosto 14, 2016

Olvido


Olvidar es parte de la vida. No podemos recordar todo. Nuestra mente – en realidad nuestro cerebro- elimina con ritmos diferentes muchos de nuestros recuerdos y el olvido aparece como casi fisiológico (Estamos hablando de lo que no es patología, valga aclararlo). Luego, la memoria se toma licencias sobre esos recuerdos y, en ocasiones, invade nuestra vida con símiles de aquellos, ya sea utilizando reminiscencias prestadas, imaginadas o literarias.
Sin embargo, hay recuerdos que resisten al olvido, vale decirlo, algunos a pesar nuestro. Más allá de lo que hoy se sabe, lo cierto que cada persona teje con ellos redes donde quedan resguardados sus tesoros, algunos verdaderamente valiosos para compartir y otros, simples bagatelas de poca monta. Cada cual atesora como quiere, como puede, como sabe. A veces, se acumulan en los recuerdos vivencias desagradables, cosas que nos atemorizan, nos asustan y nos limitan. Otras, aquellas que guardamos como guías para poder buscar el vivir de nuevo esas sensaciones. Lo cierto que, de un modo u otro, la memoria juega con sus propias reglas, eso lo sabemos.
La pregunta que no pocos nos hacemos es ¿Cómo recordamos dos personas la experiencia compartida? Cuando se ha compartido una vivencia muy intensa, fuerte, que emociona, de esas que conmocionan, ¿cómo la recuerdan cada persona que la ha vivido? No hablemos de situaciones muy dramáticas de esas públicas que, lamentablemente, siguen llenando noticieros. Estoy hablando de, por ejemplo, una relación que se termina, una discusión entre amigos, un enfrentamiento fraternal, una ruptura familiar, un desencuentro pasional. Como recuerda cada uno de las personas lo que ha pasado, es una de las inquietudes que, a veces surgen. En todos los casos. ¡No! Sólo en quien todavía lo vive o, mejor dicho, cuando todavía lo sufres.
Cuando aún sufres la distancia, la indiferencia de la otra persona te preguntas y das vuelta sobre lo mismo: ¿él/ella recordará lo que me juraba, todavía se emocionara con aquello que compartía? ¿Aún atesorara lo que dijo que atesoraría? ¿Seré todavía tan importante para él/ella como juraba entre miradas y otras cosas?

Son preguntas que significan dos cosas: la primera, que la otra persona –él o ella- aún es importante en nuestra vida, aunque esté ausente. Lo segundo, que una o dos conversaciones están faltando. Para lo primero, cada uno lo maneja como puede. Para lo segundo, habrá que descartar esas obsesiones que uno tiene sobre lo perdido. En definitiva, el olvido, tan humano, siempre es individual, mal que nos pese. Por eso, siempre nos interpela de diferente manera. Tal vez por eso, también debemos pensarlo de una manera más inclusiva del otro.

domingo, agosto 07, 2016

Intimidad


La teoría del amor que desarrollaron unos psicólogos americanos habla que el amor está constituido por tres elementos: la intimidad, la pasión y el compartir. Estas son las tres aristas que definen lo que ellos llaman el triángulo del amor. En función de cuáles y cuanto están presentes se podrían definir los diferentes tipos de amor posible.
El primero, como mencionamos es la gloriosa y majestuosa intimidad. Es, sin dudas, una instancia única, tan personal que sólo uno puede compartirla, o debería ser siempre así. La intimidad es mucho más que desnudez, o que la entrega, es una convicción. Es ese instante donde uno entrega lo que considera valioso –aunque sea efímero- a otro que lo reconoce como par, como necesario, como imprescindible, aunque sea fugaz su paso. La intimidad resulta del “aquí” y “ahora” que se renueva, posiblemente, en el cotidiano y que aún si hacerlo se eterniza en la memoria vivencial, donde se crean los vínculos.
La intimidad es ese momento en el que nos permitimos creer en el otro más allá de toda racionalidad, aunque nos podamos equivocar en eso. La intimidad necesita algo tan personal que sólo puede ser reconocido por uno mismo. Puede ser desnudez, pero no necesariamente. Uno puede estar siempre desnudo y no tener intimidad. Hay una confianza, pero no es lo que define a la intimidad. Es habitual que haya sentimientos profundos –hasta amor- pero no es inherente a la intimidad, aunque sin intimidad no hay amor posible, se puede decir como también se puede decir que por más que haya intimidad puede no haber amor.
La intimidad es una cualidad humana, es esa instancia en la que el encuentro con el otro se abre a la eternidad fugaz que podemos escribir los humanos. Por ello, aún sostengo, que un momento –la verdadera medida del tiempo del ser humano- es ese instante de intimidad que compartimos.
Si pensamos en la intimidad que compartimos y que compartieron con nosotros podemos reconocer que algunas de ella quedaron en el pasado ya pasado, otras en ese pasado que ansiamos que sea futuro, otras, las menos, necesariamente, en ese pasado que hacemos presente como deseo, convicción, necesidad y placer.
Cada uno sabrá cuántos momentos disfrutó. Cada uno sabrá cuáles quisiera repetir, olvidar, eternizar. No todos sabrán cómo hacer para que esos momentos se reproduzcan pero todos podemos aprender a hacerlo.
Sea de un modo u otro, si estoy convencido que el camino a la felicidad –nunca lineal- pasa por nuestra capacidad de hacer que la intimidad sea ese tesoro que disponemos por el sólo hecho de compartirlo. 

lunes, agosto 01, 2016

Sorpresas


La vida está llena de sorpresas, se dice habitualmente. Sin embargo, generalmente ni aprendemos a manejarlas, ni a utilizarlas, ni a disfrutarlas. La sorpresa pensada como el ofrecer algo distinto, inesperado, que genere un impacto en el otro es, todavía, una difícil pieza humana. Si pensamos bien, sorprender al otro conlleva demasiados elementos excesivamente importantes: implica tomar riesgos, dejarse llevar por la inspiración, creer en el conocimiento que tenemos del otro, desafiar a la comunicación como respuesta cierta, permitirnos ser un poco niños. Por supuesto, estoy hablando de la verdadera sorpresa y no de esas cosas que maquillamos un poco con el acuerdo del otro para llamar sorpresas.
 Sorprender es un lujo que no siempre nos permitimos. Es imaginarnos algo que pueda producir el deleite y dejar que fluya espontáneamente la reacción que produce. Sorprender no quiere decir acertar, sino arriesgarse. Cuando nos permitimos sorprender a alguien estamos dejando que nuestro mundo sea un poco mejor o intentarlo de manera concreta.
 Ahora bien, no caigamos en la errónea simplicidad de creer que sorprender es fácil. Hacer algo inesperado siempre parece fácil. Pero sorprender no es sólo eso. Es hacer algo que sacude a la otra persona. Valga aclarar que estoy hablando de las sorpresas que nos acercan más y más al otro, esas que son capaces de emocionar de manera profunda, esencial y sincera (Si, lo sé, hay sorpresas desagradables, pero esas, las dejemos para otro momento).


Sorprender es más que abrir la caja de lo desconocido o hacer presente a lo conocido en el momento menos aguardado. Sorprender es poner sobre la mesa ese puñado de emociones que creemos que siguen siendo lindas como flores del bosque. Pero, debemos recordar que la sorpresa tiene dos aspectos bien distintos aunque irremediablemente ligadas: lo que hago, lo que la otra persona recibe.
 Yo puedo imaginar como sorpresa cualquier cosa que considere que lo es. Puedo poner mi mejor intención en hacerla realidad y darla, ofrecerla a la otra persona. Es posible que eso, que tiene mi mejor entusiasmo, quizás mi mejor sentimiento, no sea capaz de producir en el otro la sorpresa inmemorable que yo esperaba. Efectivamente, quizás, no coincidan mis intenciones con las de la otra persona o, tal vez, el momento no permita vislumbrar el alcance de mi entusiasmo o, simplemente, no conozco a la otra persona. Si esto parece trágico no lo es al lado de la verdadera tragedia en la que nos sumimos las personas. No permitirnos decir que esto o aquello no es una sorpresa para nosotros, sin que sea tomado como una afrenta al entusiasmo de quien la produce.
 Quien buscar sorprender, valga aclarar que estamos hablando siempre de las positivas, gana por su intención de hacerlo. Bien pagado está su esfuerzo en el permitirse un momento de fascinación, de niñez, de ternura, de alegría. Quizás, ello repercuta en esa sagrada intención de sacudir de forma pletórica al otro. Bienaventurados los que lo consiguen, pero, sin olvidar que el logro está en el intento sincero, maravilloso de ofrecerlo.

Ahora bien, también nos permitamos el sorprendernos. Descubrirnos como un infante que descubre una cosa simple y con eso permite que su mundo se llene de fantasía, de ilusión, de alegría. Si, dejemos que ese "de vez en cuando la vida" nos sorprenda. La vida que es una forma simbólica de decir que el otro lo haga. 
La sorpresa no es la felicidad pero vaya que puede balizar bastante bien el camino donde estaría.

lunes, julio 25, 2016

Placer

El placer es una sensación positiva (rica dicen en parte de latinoamérica). Una sensación que nos produce un sentimiento de bienestar muy evidente. Es el encuentro de uno mismo con algo que está fuera de nosotros, con otro/a. Siempre por medio de nuestros sentidos y que hace que por un instante nos dejemos deleitarnos por la satisfacción de una felicidad que contagia.
El placer, siempre personal, necesita del otro/a. El ser humano es relacional, aunque muchos placeres uno pueda y prefiera disfrutarlo en soledad. Aún así, el placer repercutirá en los demás. Si, lo aceptemos como ley.
Pero el placer que más nos motiva es el que no sólo necesita del otro/a sino que hace imprescindible que el otro/a esté participe, nos devuelva la mirada, perciba nuestros sentidos, nos estimule con los suyos y que nuestras limitaciones se evaporen por un instante, fugaz pero magnífico.


El placer adquiere su dimensión más conmovedora en el peso que la mirada tiene, en la profundidad de la sonrisa que surge, en la tranquilidad que conservamos ante nuestra fragilidad. Pero me permito revisar esto con un poco más de detalle.
Todos podemos mirarnos. Es tan inevitablemente cotidiano que parece casi secundario. Pero cuando compartimos un placer la mirada adquiere un tono diferente. Un tono que navega entre la complicidad del momento y la certeza de un rapto de asertividad. Un placer compartido, aún con alguien que apenas conocemos, lo podemos saber en la calidad de la mirada que nos ofrecemos aunque sea por un instante pasajero. Por ello, los placeres compartidos con alguien que seguimos conociendo –nunca deberíamos terminar de hacerlo- mejora la calidad de nuestra mirada. Esa mirada donde el silencio habla y nos dice cosas de toda nuestra eternidad.
No hay placer sin sonrisa. Definitivamente. No hablo de la que los labios y dientes pueden mostrar, sino de la que ilumina el rostro tenuemente por la luz incandescente que ilumina nuestra alma. Si, el placer genera una llama que parece que surge de lo externo pero que se gesta en nuestro interior. En esa parte donde nuestro ser tiene claro lo que le gusta, lo que cree, lo que siente, lo que necesita y que los sentidos traducen de una forma eficaz. Esa sonrisa perfecta, que pocas veces conseguimos ver, es un tatuaje indeleble en nuestra alma.
Todo placer nos desnuda. Nos muestra en una intimidad cualesquiera (constante o transitoria), nuestro ser con nuestros detalles e imperfecciones. Nos muestra, de forma fehaciente que somos humanos y que, como dijeron, nada humano no es ajeno. Cuando el placer es maravilloso, nuestra fragilidad humana aparece de forma elocuente frente al otro/a. Por ello, cuanta más intimidad nos ofrece el otro/a más tranquilidad tenemos frente a nuestra inevitable desnudez. Eso, indudablemente, potencia nuestro placer. Si, sólo quien sabe el alcance de su fragilidad es capaz de abandonarse al placer que ofrece el otro/a, aunque parezca paradójico.
Disfrutar el placer, sería el mandato redundante que nos imponemos. Encontrar el placer es el camino que debemos transitar. El camino de la vida, del encuentro, del sabernos humanos. Ese camino que siempre estará hecho en la medida de las miradas, de las sonrisas y de la fragilidad. 

miércoles, julio 20, 2016

Carta Pública al amigo que nunca fue


Confieso que te tengo cariño. Quizás eso sea debido a cierto sentimentalismo que uno agarra en la adolescencia, hasta allí remonta nuestra siempre llamada amistad y son más de treinta años lo que pasaron desde el inicio. Pero hace unos días tuve un despertar, podríamos decir. Me pasó algo muy bueno, me llegó una noticias de esas que se deben compartir y me di cuenta que no tenía ganas de compartirla contigo. Tampoco me va  a molestar que la conozcas. Es más, ya sé que la conoces por otras bocas. Seguramente te alegrarás como uno se alegra que pasen cosas en el mundo. Pero no quise compartirla como lo que se debería hacer. El contarla a quien uno siente que es su amigo. Aquel que uno quiere contarle lo bueno porque ya se compartió siempre lo malo y porque uno encuentra en el rostro del otro la felicidad que uno siente que debería tener.
No, no quise compartirla. Fue allí que me di cuenta que en realidad ya no importaba. Como dicen, me cayó la ficha y de repente todo se hizo claro. Nunca estuviste en las 6 o 7 veces importantes que necesité tu ayuda, pudiendo estar. Te aprovechaste de las excusas para no estar. Siempre tuviste una crítica para mi aspecto y, confieso, no me acuerdo de tu alegría ante mis logros, que tampoco fueron muchos.

“Muerta ya la amistad huele igual que el fracaso” dice Sabina. Ni eso. Imaginé una amistad que nombramos cuando adolescentes y que creo que nunca hiciste nada para que sea. Duro, como evidente. A hacerse cargo, diríamos.

Bueno de todos modos, tampoco es que esto sea algo que merezca mucho más que eso, una simpática declaración adolescente que no tuvo posibilidad de ser nada. Aunque eso no quita, te tengo cariño y me alegré por tus logros y hasta traté de estar en tus pesares. Quizás no lo logré. Tú debes juzgarlo. Cuando mires tu espejo lo sabrás, como esta vez yo lo supe. Después, será nostalgia de la terrible por lo que perdimos o, simplemente, la alegría de saber que nos equivocamos, no teníamos madera para ser amigos. Darse cuenta es bueno, permite reconocer a los verdaderos amigos. Esos que siempre tienen una buena madera. Ojalá, sea eso para algunos de los que  me llaman amigo, aún.


domingo, julio 17, 2016

Besos: nuevos comentarios

Escribo, hace unos días, que el ejemplo más pleno de la humanidad seria el beso. Por la amplitud de sus significados, la simplicidad de su ejecución, la evidencia de sus efectos y las posibilidades de su alcance. Me quedo con esa idea que vuelve a mí. 
El beso, sigue siendo un gesto que encuentro indispensable para experimentar siempre. Casi como un motor del mundo, aunque sea indirecto. Efectivamente, es el beso que nos moviliza de varias formas. El beso que se busca, que se da, que se antoja, que se espera, que se sueña, que se ofrece, que se recibe, que se pide, que se entrega. Este y todos los besos son la puerta, el camino, la traducción del deseo y, es este, sin dudas, que hace que el mundo funcione.
Besar es más que solo una gimnasia de labios. Besar es una antología de nuestros andares. Un bosquejo de nuestras ambiciones, un plano del laberinto de nuestro futuro. Se condensan en esos movimientos tan simples, la imperiosa necesidad del otro que define a la humanidad. Por más que un beso sea circunstancial, por más que sea alejado de todo sentimiento, por más que sea un gesto vacío. Aún en esos casos, el otro siempre está presente. No pretendo por ello decir que el beso es la perfección del ser humano pero vaya que en el podemos exponer nuestras imperfecciones que, paradojicamente, es una de las perfecciones del ser humano. Perfección que se alcanza no por hacerlo de modo artístico o impecable sino porque podemos condensar, en ese movimiento, la suma de los universos que nos componen. 
Un beso es, o puede ser, la puerta infranqueable o el hilo de Ariadna para cualquier laberinto. Es lo que te invita a sumergirte en el arte del encuentro, en la vivencia de la intimidad o, en ocasiones las señales de atención para que te evites los problemas. 
Un beso, el buen beso, es, quizás, aquel que nos permite autorizar deseos, manifestar sentimientos, energizar el instante, codificar el infinito, o simplemente transitar un momento único -que queramos irrepetible por lo de eterno o lo de fugaz-, que, en ocasiones, nos permite respirar el alma. Ese beso es el lujo que nos debemos permitir, buscándolo sin prisa, sin pausa, sin vueltas, sin obligación, con deseo.
No corramos tras besos, pero lo busquemos como una oportunidad que la vida nos reparte sin límites. Besemos sin límites en todos los bordes del otro. 
No lloremos por los besos que ya no damos, pero no dejemos de soñarlos como una ambición, como una posibilidad, como una síntesis constante de lo vivido y un borrador de todo lo que falta vivir.
Cuando la vida se termine, cuando el ocaso llegue, nuestra desnudez, tal vez, se vista de los besos que dimos, allí, quizás, estará parte de nuestro triunfo.


Así que sí, deseo besar. Ayer, hoy y mañana.

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