lunes, agosto 14, 2017

Sobre la violencia

No eres mi mi madre ni mi hija.
No eres para mi ni buena, ni simpática y si lo fueras, no me importaría.
No te deseo para nada; realmente no quiero hablar contigo. 
Sé que no te conozco,  pero tampoco quiero hacerlo.
No me importa ni un ápice si eres sensible; tampoco me interesa saber si eres más o menos inteligente o capaz que yo o que cualquier de las personas. 
No tiene, para mi, ninguna  importancia tu historia de vida, ni lo que haces o dejas de hacer. Menos si tiene proyectos geniales o los mismos son malísimos. En este momento me importa nada, absolutamente nada si eres conservadora, liberal, humilde, orgullosa o cualquier cosa.
Me da exactamente igual cualquier cosa que te interese, te guste, desees, busques o lo que fuera.

Sin embargo, deseo con todo mi ser que jamás sufras violencia ni tú ni ninguna mujer. 
Ansío que podamos hacer que este mundo sea un poco mejor y sé, sin lugar a dudas, que para ello hay que vivir sin violencia y combatir toda forma de violencia que exista. 
Por ti , por mí, por mi hijo y por mi amor. Porque estoy seguro que nunca habrá un mundo bueno para vivir si no logramos erradicar la violencia.
Así que sí, no te conozco pero eso no importa, no pienso en ti, hasta digamos que soy egoísta, si te sirve. Sólo importa una cosa: No quiero otro día, nunca mas, que  haya  violencia contra ti, mujer. 

sábado, julio 29, 2017

Excitación y deseo

Pensaba en la siguiente premisa: si la excitación es central para una respuesta sexual óptima, es el deseo el que hace que la vida sexual sea maravillosa. La excitación como tal  (erección en el hombre, exudación en la mujer, simplificando mucho) garantiza que la respuesta sexual se pueda concretar, es más hasta en la misma se puede gozar. Una buena respuesta sexual es formidable e implica una dimensión de la sexualidad que se debería disfrutar siempre mucho más, el sexo en su sentido más conocido. Es decir, que el pene esté erecto y la vagina bien húmeda para que la penetración sea genial y maravillosa. 
Esa mirada “coitocéntrica” es algo que se busca y, obviamente queremos, principalmente los heterosexuales (también simplificando aún mucho más). Aún en la visión amplia de la sexualidad, el coito mencionado ocupa un lugar importante. Esto no conlleva, obviamente ninguna reducción a solo esto.

Pero es el deseo lo que hace que la vida sexual sea una forma constante de descubrir más caminos para que nuestra esencia de seres eróticos se expanda inexorablemente. Es más, diría que lo único que puede mantener una relación sexual intensa durante un periodo largo es el deseo como forma de saber que ese cuerpo de esa persona que está en ese momento contigo sea ideal para recorrerlo con el gozo de hacerlo. 
Es el deseo que empuja a imaginar cómo real lo que podría parecer imposible. Es el deseo que se anima a fantasear y, con ello, cultivar el gozo, por más que sea sexo simple. Es el deseo quien permite que alguien pueda ocupar el tiempo para besar, acariciar y volver a hacerlo sin prisa y sin pausa. No es la excitación. Aunque, esperemos que la excitación aparezca todo lo necesario para poder hacer que la respuesta sexual sea óptima, sabiendo que la respuesta incluye la excitación y otras cosas.
El deseo es quien permite que la previa sea excitante, lo que hace que el camino al gozo sea posible. Es el deseo quien permite que el placer sea una forma constante de encontrarse con el otro, a través de los sentidos, a través de lo palpable y, valga señalarlo, también de lo intangible. La suma de eso hace que el placer sea una forma más de estar luego que la excitación cumplió.
Por ello si quieres una vida sexual plena, cultiva tu deseo siempre. La respuesta sexual no será un problema, pues aun cuando pueda haber algún inconveniente relacionada con ella, de cualquier tipo, tendrás más recursos para resolverlo, superarlos y siempre en el camino disfrutar el gozo de saberte capaz de orgasmear siempre. Así que nos excitemos todo lo que queramos, montados sobre el deseo, así, seguramente, tendremos "más sexo del bueno".

domingo, julio 23, 2017

Abrazar

Los gestos que nos acercan al otro son siempre simples, capaces de ser reproducidos infinitas veces. Son, en realidad pocos gestos, que parecen que se hacen iguales cada vez que lo hagas, con quien lo hagas. Así un beso, dentro de su abanico de posibilidades, tiene una forma, digámosle, anatómica y fisiológica de hacerse que se repite con un margen estrecho de diferencia. También es así con las caricias y con el abrazo. Sin embargo, los que los experimentamos a ello (¡ojalá todos!) sabemos que hay una diferencia esencial. Que ni un beso, ni una caricia, ni un abrazo son los mismos, por más que se repite, inexorablemente, lo que hacemos.
Creo, que todos esos gestos suelen tener una suerte de ADN muy preciso. En el caso del abrazo como una “impresión” muy clara de la abrazada. Será, tal vez, porque siempre implica el dejarse abrazar (de nuevo se puede extrapolar para los besos o las caricias o, en definitiva, para cualquier gesto de sentir.
El “ADN afectivo”, por ponerle un nombre que evoque la especificidad, se arma en este caso por la suma imposible de quien  abraza y de quien se deja abrazar. Quizás es la esencia de lo que Pablo Neruda, como poeta, sintetizara al decir que “En tu abrazo yo abrazo lo que existe”.
Además, señalemos una evidencia, por más que algo se repita casi matemáticamente nunca es lo mismo a nivel afectivo. Algo así como si “nunca te bañas en el mismo rio”, nunca jamás abrazas igual. Así, jugando un poco con los símbolos, digamos que un abrazo es una ecuación casi matemática donde la precisión existe pero obviamente se olvida. Uno abraza a otro y solo puede hacerlo perfecto cuando ese otro se deja abrazar.
Como siempre sostenemos, el sentir nunca tiene como condición la reciprocidad, aunque esta es excelsamente maravillosa y genuinamente estimulante. Pero, no obstante ello, hay gestos que precisan siempre el otro, que recibe, consiente y nos devuelve, sobre todo, su presencia y la fragancia del momento.
Abrazar a alguien, es permitir que ese gesto simple, sea, en ocasiones, un canto al encuentro un poema de vida, que en otros casos, sea la prueba de la certeza de la confianza, que siempre contenga la disposición del espíritu para elevarse y que, en ciertas situaciones, ofrezca la posibilidad de “unir las partes que están rotas”.

Así que cuando abracemos, dejemos lo mecánico, eso es lo fácil, y procuremos  la orfebrería de lo que nos hace humanos, encontrarnos con el otro, que a su vez, nos deja ser “otro”.

viernes, julio 14, 2017

Fetiches

En el sexo estar desnudo es parte del escenario posible, como lo es adorar la desnudez, puesto que ella es la forma de sentir que la intimidad es un lujo que construimos artesanalmente. Es la desnudez máxima la forma de establecer vínculos que el sexo lo puedo confirmar. Uno mismo y cada pareja precisa aprender que la desnudez compartida es la simple y profunda elocuencia que puede ser la portavoz en lo que se refiere a encuentro, a sentimientos, a pasión, a interés y a la seguridad que da la fragilidad protegida. 
Sin embargo, somos seres que disfrutamos –o deberíamos disfrutar- todos los sentidos y con ello ser capaces de sumergirnos en esos estímulos que son capaces de hacer la desnudez que llegará tenga un camino que nos haga sentir que todo es parte de un lujo de poder compartir.
En ese camino obviamente los fetiches tienen un lugar preponderante. Aclaro fetiches es una forma de incluir cosas (detalles, vestimentas, accesorios) que no son juguetes sexuales sino que estimulan el deseo desde el atractivo visual, principalmente, aunque no el único sentido en juego.
Entre los fetiches que siguen teniendo un peso enorme en la relación heterosexual (en este lugar me posicionó y lo hago desde el lado masculino, valga aclararlo) anoto -sin pretender ni ser exhaustivo, ni ordenado- lo siguiente: los tacos agujas (sandalias o botas indistintamente, pero estas últimas mejor bucaneras), la lencería provocativa, las tobilleras, las transparencias y las faldas cortas -aún más cortas de esas que te imaginas- y las largas que tienen ese tajo imposible, las prendas que muestran un hombro, los colores vivos, salvo el cuero que puede ser cualquier color, el látex  (con limitación puesto que es más para otras fantasías), las medias negras de seda (¡cómo pude olvidarme!). Comprendo claramente que es una concesión de la otra persona y por ello parte de tres cuestiones muy concretas. Esas son las cosas que debemos tener en cuenta antes que nada:
1-      Es un ofrecimiento que hace una persona porque hemos sido capaces de decir que lo deseábamos o que lo usará si es que lo mencionamos. Es decir, hay que hablar, hay que comunicar. Todo aquello que mejora la comunicación mejora el sexo. La comunicación es el uno de los caminos que acrecienta el compromiso.
2-      Puede ser que la otra persona no le guste en particular algo de esto o le resulta incómodo, si así lo fuera, le demos valor cuando decide hacer esa concesión. El sexo es mejor cuando pensamos un poco más en el otro y en su placer. Esto implica la contraparte, que el otro también lo haga. Esto es quizás la llave para que la pasión sea una forma constante de encontrarse.
3-      Esto nos da el tercer elemento. Debemos pensar que al pedir (sea con palabras, con sugerencias o con la disposición del otro para saberlo) también debemos estar dispuestos a hacer lo mismo. O sea, también hagamos concesiones. Esto es lo que se da cuando la intimidad es una forma de estar con el otro, de buscarse y de permitirse ser.

Pues en esa lógica, quizás el gozo del sexo, sea algo tan lógico como obvio cada vez que lo hagamos.

miércoles, junio 28, 2017

Diversidad

El ser humano se define, entre otras cosas, por la diversidad. Forma parte de su capacidad; es más, hasta podríamos decir que es su vocación. Por eso de mayor diversidad, mayor riqueza, mayor humanidad. Efectivamente, si lo pensamos, los peores crímenes, los que más detestamos son fruto de la destrucción de la diversidad. Desde los genocidios hasta la destrucción del medio ambiente pasando por la violencia que nos invade lamentablemente.
Por eso creo que exaltar la diversidad nos hace proclives a dar pasos hacia adelante, a crecer como humanidad, en definitiva, de tomar el riesgo de ser mejores y más felices. Antes que los trasnochados de la razón salten desaforados valga aclarar que exaltar la diversidad no implica otra cosa que comprender que el otro es otro, porque lo es. Que esa alteridad nos obliga a buscar las posibilidades del encuentro y, al hacerlo, podemos construir universos de posibilidades de ser más uno mismo, nunca jamás de ser el otro.
La diversidad implica que el otro, al ser él mismo, o sea, no sea como yo, la diferencia es una realidad posible. Así, que exista un otro que no piense, no sienta, no crea, no busque, no desee como yo es un hecho cotidiano. Algunos pueden ver el problema en eso, pero, ojalá también sean capaces de ver que por esas diferencias inherentes a estar vivos estamos “divinamente condenados” a procurar puentes para acercarnos a los demás. Puesto que con ellos somos capaces de construir oasis de paz, serenidad y creatividad, entre tantas cosas. El amor, lo recordemos, consiste en aceptar lo diverso del otro para permitir que sea un poco mejor recordando siempre que somos el otro para los demás. 
Un día nuestra especie humana se superará. Será mejor, dejará de lado la violencia y hará una acción concreta para neutralizar todo tipo de odio contra el otro. Ese día, si llega, entre otras cosas, la humanidad toda, tendrá un orgullo real de su diversidad.

Mientras eso no esté, sigamos bregando por ese futuro mejor para la humanidad. Para hacerlo, doblemos el esfuerzo de luchar contra todo tipo de discriminación del otro, fomentemos la diversidad como manera de ser, reclamemos leyes más justas y equitativas para todos los seres humanos y, porque creo firmemente, exijamos una educación sexual integral YA, que es una de las verdaderas garantías que tendremos que la diversidad sea una forma de ser uno mismo, siempre y que la humanidad sea aquello que siempre soñamos.



domingo, junio 25, 2017

Seres eróticos




Somos seres sexuados. Eso lo sabemos, aunque queramos negarlo tantas veces. Pero ese hecho casi “natural” de tener genitales tiene la inexorable dimensión cultural que es parte imprescindible de los seres humanos que, tantas veces, nos cuesta asumir. Es decir que, aparte de ser sexuados, somos seres eróticos. Esto implica mucho más que sólo tener genitales y un cuerpo que se acerca o se aleja de algún canon de belleza, por ejemplo. Ser seres eróticos implica que somos pasibles de deseo, de desear, de procurar deseo, de generar deseo, de buscar lo deseado, de ansiar ser deseados, de evitar el deseo, también.
Es así que nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro ser debe hacer frente a dos hechos inexorables: tenemos genitales y estamos llamados a hacer algo con lo erótico. Lo “terrible”  sería que el ser humano, frente a estas dos cosas, no siempre muestra la mejor cara de su inteligencia ni sensibilidad. Así, apela, por citar uno de sus recursos no mejores, a la censura, no sólo la pública, sino de la personal, y sobre todo aquella que se transforma en personal innecesaria.
Nos concentremos sobre el hecho de ser seres eróticos, por definición. O sea seres capaces de buscar los senderos del placer de varias formas tanto para uno como para los demás. Al pensarlo así varias cosas surgen como ideas. Me voy a detener, en este momento, en uno en particular: el hecho de ser deseables. Si, nuestra presencia (en ocasiones, nuestro recuerdo) estimula el deseo. Esto, curiosamente, los comprobamos más en los demás. Vemos, escuchamos, recordamos, sentimos a otro (claramente, otra) que nos estimuló el deseo de alguna forma. No todos tienen la capacidad de verse como ese otro para los demás. Verse, aceptarse y disfrutar el hecho de ser quienes generan un deseo que no siempre se pueden concretar. Pero somos eróticos también por eso.
Nuestro cuerpo, nuestras formas, el perfume “especial”, esa vestimenta, ese movimiento, esta mirada, la sonrisa, todo gesto, o sea la excusa que sea, estimula la cuerda sensible del deseo en alguien. Una cuerda que muchas veces no se puede concretar, por lo que fuera. Cuando somos conscientes de ello dos actitudes surgen, a primera vista, afianzar la autoestima y procurar deleitarnos por eso que generamos y, la más común, sentirnos tontamente culpables o responsables.
Ser eróticos implica que nuestro ser puede generar, por cualquiera de sus dimensiones o las formas de manifestarse, un estímulo de carácter sexual en el otro. Un estímulo que, en ocasiones generará una respuesta. Ojalá esa respuesta sea la que nos permite canalizar nuestra energía sexual para lo que creamos mejor que, en definitiva es el placer como posibilidad real, el encuentro como necesidad imperiosa y el sentir como vivencia íntima y compartida.

Creo que no podemos evitar ser seres eróticos. Entonces, nos preocupemos en potenciarlo para nosotros, en fortalecer nuestras formas de hacer que esa capacidad nos permita la felicidad, el encuentro, la maravillosa sensación de sentirnos únicos para el universo y para esas personas que son capaces de saborearlo así, un segundo o una vida. 

jueves, junio 22, 2017

Relaciones con la verdad



Los seres humanos tenemos una relación muy humana con la verdad. Así tenemos relaciones amigables, sinceras, odiosas, distantes, ciegas, intensas, relajadas y demás con eso que llamamos la verdad. En el fondo seguimos siendo como somos ante ella: algunos seremos neuróticos, otros obsesivos, un poco, perversos y habrá un grupo de psicóticos, que se reservan, por una ignorancia popular muy simpática, como los únicos que la dicen. Si fuese así, en la historia habría habido muchos “napoleones” más que el petiso corso.
Lo que quiero decir es que tenemos una 
relación ambigua con la verdad. De entrada confundimos nuestra opinión, 
aún la sincera, aquella dicha sin fingimientos, como la verdad. Nos olvidamos que los seres humanos somos seres que interpretamos los hechos. No es que somos dioses que vemos la desnudez desencarnada de las personas. Interpretamos las cosas con mayor certeza que otros, sin dudas, en ocasiones. Así esas opiniones cuando las decimos con “total franqueza” (una virtud sin dudas) sigue siendo una opinión y no la verdad, aunque, valga decirlo, acertemos de cabo a rabo en ciertas situaciones.
De vez en cuando, lo reconozcamos, podemos ser más descriptivos y realmente acercarnos a la verdad "universal", al decir hechos bien contundentes y expresivos que casi todo el universo coincidiría si contase con todos los elementos. Así, por ejemplo, que el médico diga que hay un cáncer o que alguien diga que está lloviendo, son verdades que casi todos podríamos reconocer por más que no veamos al principio.
Sin embargo, no se trata de la verdad de lo que decimos, eso insisto, sino que la misma depende de varias variables. Por ello, no podemos garantizarla a nadie. Entonces, ¿qué hacer? Pues no sé. Yo, por mi parte, creo que los seres humanos podemos y debemos garantizar dos cosas (Bueno, varias, pero a los fines prácticos de esta entrada, me quedo con dos).
La primera es la franqueza. Que se asocia con la sinceridad y que nos habla de decir las cosas sin fingimiento. Lo que, curiosamente, implica también el quedarnos callados para no burlarnos de nosotros mismos. Decir las cosas con franqueza, paradójicamente, es el hecho que nos expone y nos da fragilidad. Al no ser dioses, poseedores de la verdad, la franqueza implica el riesgo de equivocarnos y la pregunta, por lo tanto, es: ¿qué somos capaces de hacer cuando,  nuestra franqueza está equivocada? ¿Somos capaces de insistir en buscar la verdad en lo que ya dijimos?
La segunda cosa que es bueno garantizar es el acompañar. Decir “nuestra verdad” sobre el otro, implica mostrar la desnudez o la fragilidad que puede tener. Eso es contundente y por ello, la pregunta sigue siendo, ¿cómo acompañamos al que le decimos la verdad? Esta es la virtud que debería acompañar a la franqueza. A ver, no siempre podemos acompañar al otro pero, en esos casos, ¿cuán perspicaces somos para ver que esas persona sacudida por nuestra verdad esté acompañada?
Es el riesgo del otro. Es lo que hace la diferencia. Ser francos no alcanza cuando el otro es importante para uno por la razón que sea, familia, amigo, amante, conocido, paciente. Tenemos que ser cuidadosos no en escatimar la “verdad” que vemos, sino en comprender que poder decirla, o sea, tener el derecho de hacerlo, implica la obligación de velar por esa persona que nos permite la confianza de hacerlo. 

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