sábado, julio 25, 2026

Más allá del 'yo víctima'

 En esta época de redes sociales y discursos sin contrastar —o expuestos con una perspectiva
improlija—, parece que hemos entrado en una era donde lo que decimos se convierte en verdad simplemente porque lo decimos. Así, la discusión se vuelve sumamente difícil: abundan quienes pretenden erigirse en portadores de la verdad, voces de la equidad o jueces de la denuncia. En este entorno, resulta alarmante lo fácil que es construir una identidad a través de un dictamen explosivo sobre uno mismo.

Cuando definir qué has sido víctima de discriminación, racismo o patriarcado se convierte en una proclama identitaria, la denuncia deja de ser un llamado a la justicia y pasa a ser un rasgo del propio ego. Al hacerlo, el tejido social se desvanece en su dimensión colectiva y cultural, transformándose en una mera declamación de individuos. El límite entre lo real y lo narrado se vuelve difuso, aunque se pretenda presentar como algo claro y definido. Si la identidad se articula desde un estado de victimización sin haber sido realmente víctima, nos alienamos de aquellas personas que verdaderamente padecen la situación. Ese estado de fantasía autorreferencial nos impide trabajar de manera concreta sobre el problema real de quienes sufren.

Se insiste sobre la afirmación que Argentina es un país racista. Disentir con ella hoy parece colocar a cualquiera en un extremo opuesto o incorrecto. Es más, hasta los equilibrados en el debate, aceptan la afirmación y solo pregonan que en el ranking estamos lejos de estar primeros en el concierto de los países.

Sin embargo, el racismo —tal como se lo define actualmente— está asociado a dos realidades muy potentes: la condición ontológica del ser humano y el ejercicio del poder. Esto establece diferencias de manera inherente entre el "yo" y los "otros", entre el propio grupo y los ajenos y el uso del poder como dato de crueldad. El uso de estereotipos o la marcación de la diferencia forman parte de la estructura cognitiva y adaptativa de la especie. Somos seres que producimos alteridad; como también somos seres capaces de ejercer el poder, sea para construir o para generar daño. He aquí lo que hace la realidad. El poder como condición para generar víctimas, sufrimiento y sus consecuencias en el tejido social.

Por lo tanto, la medida de la especie humana no radica en negar su naturaleza, sino en evaluar cómo ha sido capaz de desarrollar mecanismos concretos para hacerle frente. Un ejemplo claro es la capacidad del lenguaje: a partir de la facultad ontológica de hablar, el ser humano dio un salto evolutivo para producir canto, escritura y formas cada vez más complejas de comunicación.

Cabe preguntarse entonces: ¿tenemos en cuenta este salto evolutivo cuando debatimos estos temas? ¿Reconocemos cómo hemos progresado como comunidad frente a nuestra propia tendencia a discriminar y a abusar del poder? Ignorar las herramientas civilizatorias que hemos construido para contener nuestro sesgo instintivo no solo invisibiliza el progreso social, sino que nos encierra en una narrativa estéril que atenta contra la verdadera empatía y la resolución de las injusticias reales.

Lejos está esto de justificar las injusticias reales y concretas que sufren personas. La inequidad como una forma asumida de control. La perversa ilusión de crear condiciones inevitables acunadas por la naturaleza. La constante crueldad defendida por principios llamados religiosos. La execrable discriminación porque la forma de relacionarse es diferente. Nunca debemos negar que la injusticia existe, que el dolor producido lo viven personas por circunstancias que la hemos designado como malas, sin tener ninguna autoridad para ello. Nunca hay que olvidarse de esto.

A lo que apunto es a que ha llegado la hora de observar los dos cimientos de la verdadera evolución humana: frente a la inevitable presencia del otro, evaluar qué hacemos con esa realidad. Destaquemos lo que hemos progresado, identifiquemos a quiénes aún no hemos sumado a ese progreso y dejemos de regodearnos en la falla instintiva para enfocarnos en consolidar las herramientas que la vuelven, día a día, algo obsoleto, inaceptable y cada vez más ajeno.

 

 

25/7/2026

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