Por supuesto, es un concepto profundamente cuestionado
en la actualidad, y con justa razón. Sin embargo, en el debate contemporáneo
solemos olvidar la esencia del detalle. Lo romántico no radica en los gestos
vacíos que pregonan dinámicas de control, violencia o dependencia —los cuales
miramos hoy con merecida desconfianza—. Lo auténticamente romántico es aquello
que impulsa una acción genuina de amor.
Ahí radica, en realidad, el inconveniente principal:
el término amor es complejo y
esquivo. Habitualmente le atribuimos una carga ontológica —como si fuera una
entidad abstracta que existe por el solo hecho de nombrarla—, pero esa
categoría rara vez se sostiene en la práctica concreta. El amor posee distintas
capas y una peligrosa capacidad de autointerpretarse dentro de un ideal
abstracto, independientemente de las tensiones, hábitos o texturas personales
que le vamos imprimiendo. En el uso cotidiano, llamamos amor a un conjunto tan
abigarrado como impreciso de sentires, conductas, actitudes y discursos que
ofrecemos a otra persona.
Herramientas axiales
y deslinde de lo seudorromántico
Para comprender adecuadamente el concepto de
romanticismo que planteo, es indispensable descartar todas aquellas expresiones
denominadas «románticas» que en realidad son seudorrománticas.
La existencia del amor dependerá de indicadores
precisos y, por ende, todo aquello que se le oponga —por más que popularmente
se califique de romántico— deja de serlo. Por esta razón, resulta fundamental
pensar en una educación
romántica, la cual no es otra cosa que una educación afectivo-sexual
enmarcada en el respeto a los derechos humanos. Este parámetro es axial; todo
lo que se aleje de él, sencillamente, queda fuera.
Asimismo, es necesario considerar que la manifestación
de lo romántico depende de las habilidades individuales, las cuales están
inevitablemente vinculadas con las representaciones sociales de cada época:
·
La cursilería no define al romanticismo: Es
apenas una exhibición limitada y casi mimética de ciertos clichés, pero no
constituye la esencia del romanticismo ni, mucho menos, del amor.
·
Recursos inefables para la expresión afectiva: Para
abordar con rigor la temática del amor y de la vivencia romántica, es imprescindible
incorporar:
o El diálogo asertivo.
o
La duda consciente, planteada abiertamente para ser
resuelta.
o
El uso del pensamiento crítico.
o El autoconocimiento eficaz.
o La autoestima como filtro operativo.
Una hipótesis
operacional para el amor
Para rescatar lo romántico, debemos superar esta
definición difusa y plantear una hipótesis
operacional: el amor hacia alguien en una relación afectivo-sexual no debe
entenderse como una abstracción, sino a través de indicadores éticos y actitudinales irrenunciables:
·
La búsqueda omnipresente de la ternura: La
disposición afectiva constante que atraviesa todo el vínculo. La ternura es el
tono emocional que suaviza el trato cotidiano, la delicadeza en el gesto y la
mirada amable que reconoce y abraza la humanidad de la otra persona.
·
El consentimiento como norma de existencia: La
validación explícita, libre y continua del estar y del compartir como condición
básica e innegociable del vínculo.
·
La dignidad desde la autonomía: La
promoción activa de la libertad de la otra persona, donde la relación no sofoca
ni asimila al individuo, sino que potencia su soberanía personal.
·
La intimidad como resguardo de la vulnerabilidad
ontológica: La construcción de un espacio de confianza respetada,
concebido como un refugio sagrado donde la fragilidad inherente del ser humano
pueda desplegarse sin riesgo a ser instrumentalizada o juzgada.
·
Una ética del cuidado contextualizada: La
consideración activa, responsable y empática de la cosmovisión, necesidades y
límites de la otra persona.
·
La intencionalidad dinámica del placer compartido: La
búsqueda intencional y recíproca del gozo mutuo como una decisión ética del
encuentro afectivo y sexual.
Todo esto articulado, indiscutiblemente, dentro del
marco innegociable de los derechos
humanos.
Bajo esta perspectiva, el amor deja de ser un rótulo
justificatorio para convertirse en una praxis. Es en la confluencia entre la ética del
cuidado, la ternura omnipresente, el resguardo de nuestra fragilidad y el
encuentro pleno con el otro donde habita el romanticismo que debemos recuperar,
educar y defender en pleno siglo XXI.
A modo de conclusión
Esta definición surge de mi propia interpretación del
conocimiento sexual contemporáneo, articulado con mis experiencias y lecturas.
Lejos de constituir un manual, busca señalar una pauta fundamental:
conceptualizar lo romántico exige conceptualizar el amor, y esto requiere
desvincularlo críticamente de cualquier narrativa que encubra dinámicas
perversas o insatisfactorias.
Así, lo romántico ha de entenderse únicamente en relación
con expresiones afectivas alineadas con los valores, tradiciones y decisiones
individuales, las cuales deben encontrar un límite infranqueable en el respeto
irrestricto a los derechos humanos.
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