viernes, julio 24, 2026

En defensa de lo romántico: Un modelo ético para el siglo XXI

La noción original de lo romántico siempre estuvo ligada a aquellas manifestaciones orientadas
hacia la idea del amor; a las acciones que buscan aproximarse a ese ideal construido en la relación con otra persona. Sigo pensando que lo romántico es algo que debemos reivindicar, algo deseable y en lo que es necesario educar.

Por supuesto, es un concepto profundamente cuestionado en la actualidad, y con justa razón. Sin embargo, en el debate contemporáneo solemos olvidar la esencia del detalle. Lo romántico no radica en los gestos vacíos que pregonan dinámicas de control, violencia o dependencia —los cuales miramos hoy con merecida desconfianza—. Lo auténticamente romántico es aquello que impulsa una acción genuina de amor.

Ahí radica, en realidad, el inconveniente principal: el término amor es complejo y esquivo. Habitualmente le atribuimos una carga ontológica —como si fuera una entidad abstracta que existe por el solo hecho de nombrarla—, pero esa categoría rara vez se sostiene en la práctica concreta. El amor posee distintas capas y una peligrosa capacidad de autointerpretarse dentro de un ideal abstracto, independientemente de las tensiones, hábitos o texturas personales que le vamos imprimiendo. En el uso cotidiano, llamamos amor a un conjunto tan abigarrado como impreciso de sentires, conductas, actitudes y discursos que ofrecemos a otra persona.

Herramientas axiales y deslinde de lo seudorromántico

Para comprender adecuadamente el concepto de romanticismo que planteo, es indispensable descartar todas aquellas expresiones denominadas «románticas» que en realidad son seudorrománticas.

La existencia del amor dependerá de indicadores precisos y, por ende, todo aquello que se le oponga —por más que popularmente se califique de romántico— deja de serlo. Por esta razón, resulta fundamental pensar en una educación romántica, la cual no es otra cosa que una educación afectivo-sexual enmarcada en el respeto a los derechos humanos. Este parámetro es axial; todo lo que se aleje de él, sencillamente, queda fuera.

Asimismo, es necesario considerar que la manifestación de lo romántico depende de las habilidades individuales, las cuales están inevitablemente vinculadas con las representaciones sociales de cada época:

·         La cursilería no define al romanticismo: Es apenas una exhibición limitada y casi mimética de ciertos clichés, pero no constituye la esencia del romanticismo ni, mucho menos, del amor.

·         Recursos inefables para la expresión afectiva: Para abordar con rigor la temática del amor y de la vivencia romántica, es imprescindible incorporar:

o    El diálogo asertivo.

o    La duda consciente, planteada abiertamente para ser resuelta.

o    El uso del pensamiento crítico.

o    El autoconocimiento eficaz.

o    La autoestima como filtro operativo.

Una hipótesis operacional para el amor

Para rescatar lo romántico, debemos superar esta definición difusa y plantear una hipótesis operacional: el amor hacia alguien en una relación afectivo-sexual no debe entenderse como una abstracción, sino a través de indicadores éticos y actitudinales irrenunciables:

·         La búsqueda omnipresente de la ternura: La disposición afectiva constante que atraviesa todo el vínculo. La ternura es el tono emocional que suaviza el trato cotidiano, la delicadeza en el gesto y la mirada amable que reconoce y abraza la humanidad de la otra persona.

·         El consentimiento como norma de existencia: La validación explícita, libre y continua del estar y del compartir como condición básica e innegociable del vínculo.

·         La dignidad desde la autonomía: La promoción activa de la libertad de la otra persona, donde la relación no sofoca ni asimila al individuo, sino que potencia su soberanía personal.

·         La intimidad como resguardo de la vulnerabilidad ontológica: La construcción de un espacio de confianza respetada, concebido como un refugio sagrado donde la fragilidad inherente del ser humano pueda desplegarse sin riesgo a ser instrumentalizada o juzgada.

·         Una ética del cuidado contextualizada: La consideración activa, responsable y empática de la cosmovisión, necesidades y límites de la otra persona.

·         La intencionalidad dinámica del placer compartido: La búsqueda intencional y recíproca del gozo mutuo como una decisión ética del encuentro afectivo y sexual.

Todo esto articulado, indiscutiblemente, dentro del marco innegociable de los derechos humanos.

Bajo esta perspectiva, el amor deja de ser un rótulo justificatorio para convertirse en una praxis. Es en la confluencia entre la ética del cuidado, la ternura omnipresente, el resguardo de nuestra fragilidad y el encuentro pleno con el otro donde habita el romanticismo que debemos recuperar, educar y defender en pleno siglo XXI.

A modo de conclusión

Esta definición surge de mi propia interpretación del conocimiento sexual contemporáneo, articulado con mis experiencias y lecturas. Lejos de constituir un manual, busca señalar una pauta fundamental: conceptualizar lo romántico exige conceptualizar el amor, y esto requiere desvincularlo críticamente de cualquier narrativa que encubra dinámicas perversas o insatisfactorias.

Así, lo romántico ha de entenderse únicamente en relación con expresiones afectivas alineadas con los valores, tradiciones y decisiones individuales, las cuales deben encontrar un límite infranqueable en el respeto irrestricto a los derechos humanos.


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