Partiendo
de lo obvio, el ser humano solo es capaz de interpretar lo que le pasa, lo que
le llega, las relaciones y los gestos que tiene la gente. Para bien o para mal,
simplemente interpreta porque, como dije alguna vez, el hombre no es un homo sapiens, sino un homo interpretans. Nietzsche lo afirmó
con claridad: no hay hechos, sino interpretaciones. Aunque todos sabemos qué si
hay hechos, pero los seres humanos habitamos en el mundo de las interpretaciones
que es donde pasan las relaciones, realmente.
Lo que me
preocupa de este siglo XXI es que las redes sociales casi tratan de evaporar el
concepto de incertidumbre. La gente emite no solo opiniones, sino
interpretaciones sobre lo que los demás hacen o pueden hacer sin necesidad de
recurrir a ningún hecho, sin necesidad de contrastar nada con la realidad. Las
emiten como afirmaciones labradas en bronce y hechas por un dios en la piedra;
termina siendo una sentencia más que otra cosa. Ellas no necesitan respuestas
porque no hay preguntas ciertas que nacen de la duda sincera. Cualquier
respuesta implica la negación de lo que se dice porque el otro está mintiendo,
el otro es ciego, el otro es falaz, ingenuo o demente. Nunca el aporte permite
crecer. Jamás permitir el pensamiento crítico como normal.
Frente a
esto, defiendo la idea que necesitamos volver a creer en la incertidumbre como
el caldo de cultivo donde los conocimientos crecen, los prejuicios se disuelven
y podemos crear un mundo quizás un poco más equitativo y generoso.
21/7/2026
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