sábado, enero 21, 2012

Silencio



Vivimos rodeados de palabras. Palabras sentidas, coherentes, vacías, molestas, enigmáticas, vulgares, soberbias, innecesarias, rígidas, volátiles, exigidas, calladas, ridículas, protocolares, ansiadas, desesperadas, comprendidas, incomprensibles y muchas otras más. Estamos hechos para la palabra. Necesitamos la palabra para la existencia. Necesitamos de ellas porque necesitamos comunicar y recibir comunicación. Necesitamos nombrar y ser nombrados, en otros términos.
Con más o menos verbo, pero necesitamos de la palabra. El silencio no es la condición humana, curiosamente. Es verdad que, a veces, es el silencio quien nos da placer y que estando sumergidos en él nos permitimos el sentirnos vivos, integrados, próximos y muchas otras cosas, muchas de ellas muy positivas. Pero eso es cuando procuramos que el silencio, realizado por la intención voluntaria de una ausencia de palabra, se transforma en un amplificador de esos mensajes inaudibles que están en nuestro interior y en la cercanía.
Necesitamos, insisto, el mensaje, sea de la forma que sea. Un mensaje que será traducido por nuestras limitaciones de la forma que podamos percibirlo. Todo eso siempre, con los aciertos inevitables como con los errores que, valga decirlo, muchas veces son evitables.
Nuestra vida es comunicación. Es el permanente camino de intentar decir claramente lo que sentimos, deseamos, pensamos, creemos y anhelamos. Es el constante –o debería serlo- intento de escuchar cuando el otro o la otra nos dicen –lo más claro que puede aún cuando es confuso para nosotros- lo que siente, desea, piensa, cree y anhela.
Si es así, ¿Por qué nos resistimos a poner en la comunicación nuestro mayor esfuerzo? ¿Por qué no nos dedicamos de lleno a lo que nos permite el universo que disponemos, que nos ofrece? En algunos casos es nuestra limitación, obvia para nosotros, desconocida para los demás. En otras nuestra suficiencia, que oculta nuestra carencia. En ocasiones es la resignación de no poder hablar con quien queremos, como queremos. En muchos casos es el silencio que nos obliga el otro. Sea de un modo u otro, pensemos que no será en el silencio donde comunicaremos mejor, pero si con silencio lo haremos mejor. La sutil diferencia es la que, quizás, aún nos cuesta.
Escuchar y hablar pueden ser dos caras de una moneda que todos podemos guardar. Es en esa simbólica pieza donde podremos encontrar el valor que tenemos y que el otro tiene. 

viernes, enero 20, 2012

Olvido


Olvidar es parte de la vida. No podemos recordar todo. Nuestra mente – en realidad nuestro cerebro- elimina con ritmos diferentes muchos de nuestros recuerdos y el olvido aparece como casi fisiológico (Estamos hablando de lo que no es patología, valga aclararlo). Luego, la memoria se toma licencias sobre esos recuerdos y, en ocasiones, invade nuestra vida con símiles de aquellos, ya sea utilizando reminiscencias prestadas, imaginadas o literarias.
Sin embargo, hay recuerdos que resisten al olvido, vale decirlo, algunos a pesar nuestro. Más allá de lo que hoy se sabe, lo cierto que cada persona teje con ellos redes donde quedan resguardados sus tesoros, algunos verdaderamente valiosos para compartir y otros, simples bagatelas de poca monta. Cada cual atesora como quiere, como puede, como sabe. A veces, se acumulan en los recuerdos vivencias desagradables, cosas que nos atemorizan, nos asustan y nos limitan. Otras, aquellas que guardamos como guías para poder buscar el vivir de nuevo esas sensaciones. Lo cierto que, de un modo u otro, la memoria juega con sus propias reglas, eso lo sabemos.
La pregunta que no pocos nos hacemos es ¿Cómo recordamos dos personas la experiencia compartida? Cuando se ha compartido una vivencia muy intensa, fuerte, que emociona, de esas que conmocionan, ¿cómo la recuerdan cada persona que la ha vivido? No hablemos de situaciones muy dramáticas de esas públicas que, lamentablemente, siguen llenando noticieros. Estoy hablando de, por ejemplo, una relación que se termina, una discusión entre amigos, un enfrentamiento fraternal, una ruptura familiar, un desencuentro pasional. Como recuerda cada uno de las personas lo que ha pasado, es una de las inquietudes que, a veces surgen. En todos los casos. ¡No! Sólo en quien todavía lo vive o, mejor dicho, cuando todavía lo sufres.
Cuando aún sufres la distancia, la indiferencia de la otra persona te preguntas y das vuelta sobre lo mismo: ¿él/ella recordará lo que me juraba, todavía se emocionara con aquello que compartía? ¿Aún atesorara lo que dijo que atesoraría? ¿Seré todavía tan importante para él/ella como juraba entre miradas y otras cosas?

Son preguntas que significan dos cosas: la primera, que la otra persona –él o ella- aún es importante en nuestra vida, aunque esté ausente. Lo segundo, que una o dos conversaciones están faltando. Para lo primero, cada uno lo maneja como puede. Para lo segundo, habrá que descartar esas obsesiones que uno tiene sobre lo perdido. En definitiva, el olvido, tan humano, siempre es individual, mal que nos pese. Por eso, siempre nos interpela de diferente manera. Tal vez por eso, también debemos pensarlo de una manera más inclusiva del otro.

jueves, enero 12, 2012

Celos


Somos mortales. Los seres humanos siempre morimos. Esto es un hecho. La mortalidad es parte de nuestra realidad, de nuestra esencia. La conforma inevitablemente. Esto es algo que está incluido en la definición de ser humano –junto, obviamente, a otros atributos mucho más agradables-. Causa sufrimiento la muerte, pero no deja de ser cierto que ese hecho define al ser humano. Así de inevitable es la definición del ser humano: es un ser mortal, entre otras características. Porque vive es que puede morir, podemos decir de manera cierta, aunque no suene muy amigable para algunos.
Así como este ejemplo hay muchas otras definiciones que incluyen inexorablemente una parte no tan agradable. Pero una definición no está basada en lo que suponemos, sino en algo más concreto. Por ejemplo, el ser humano sufre, pero eso no está en su definición más concreta –a pesar de algunos-. Ahora bien, es altamente probable que todos los seres humanos hayamos sufrido, a pesar de muchos otros seres humanos que hubiesen querido que nos ahorremos los sufrimientos.
El amor es algo que nos resulta difícil definir y, por ello, lo definimos por aproximación, por atributos, por experiencias poéticas y por vivencias particulares. En cada una de esas definiciones nos aceramos a una idea que, muchas veces, compartimos con el otro. No voy a pretender dar una definición de amor que sea una síntesis de algo. No, eso no es mi intención en este momento. Pero si quiero descartar un atributo que algunos le dan al amor. Es más, elevo la apuesta, que su presencia descarta, precisamente, la presencia del amor. Estoy hablando de los celos.
El amor no incluye a los celos. Es verdad que los mismos aparecen cuando una persona dice que ama, algunos, hasta lo mencionan como lo inevitable. Decir que uno ama es, sin dudas, una contingencia necesaria para que los celos puedan aparecer. Es decir al sentir que se ama a alguien se puede producir el ambiente propicio para que aparezca ese sentimiento que se asocia a la idea de un ser particular para uno, esa noción rayana con la idea de propiedad.
Los celos no son, definitivamente, atributos del amor. Es una falacia que ha sido gestada por los mal llamados crímenes pasionales –desde Otelo, tal vez y los que saben literatura sabrán textos anteriores- pero que son consecuencia, directa, concreta e inevitable de la violencia que las personas pueden albergar. Una violencia que, indudablemente, puede surgir con cierta intensidad en aquellas situaciones donde la proximidad aparece.

Los seres humanos podemos ser celosos. Esto es una evidencia. Pero también podemos amar. No existe entre esos dos elementos una causa-efecto. Pensarlo así, quizás nos haga buscar nuevos sentidos para nuestras carencias, nuevos límites para nuestros impulsos agresivos. En definitiva, preocuparnos de nuestra necesidad/obligación de evitar la violencia y, sobre todo, mejores formas –más verdaderas- de mostrar el amor que creemos sentir.

miércoles, enero 11, 2012

Tormenta y sol


Frente al mar una tormenta tiene una fuerza inusitada. Como si fuese una sacudida para todos. El sol, también tiene una manera ampulosa de mostrarse. El amanecer parece el amanecer de la alegría. Estas sensaciones son las que tienen el turista, muchas veces. El que se enfrenta al mar como algo excepcional, por ser sólo unos días en su año. A los que viven frente a él más tiempo o todo el año, las dos nociones se le hacen piel y carne, por decirlo así o, mejor aún, la asumen como parte del vivir. Están presentes pero uno no las nombra cada vez que aparecen.
La vida de cada uno tiene ese ciclo también: tormenta y sol. Algo así como un poco de sombra o complicaciones y otra parte de luz o claridad. Nos sometemos incesantemente a esas situaciones y a las sensaciones que producen en nuestro cotidiano.
Es más, no hay vida sin esas dos manifestaciones de nuestra realidad. Esto toma importancia en la medida que lo asumimos. No por lo inevitable que tiene –todos tendremos “tormenta” y “sol”- sino por lo descriptivo. Lo primero puede hacernos pensar que la resignación es el camino que debemos emprender. Lo segundo nos habla más de la búsqueda de los caminos de la optimización.
Lo primero, la resignación, está asociado a la dupla inevitable a la que el ser humano se expone y, en ocasiones, se sumerge: el optimismo y el pesimismo. El pesimista cree que el estado es permanente: la tormenta es el punto final o, también cree que el sol es lo definitivo; el optimista sabe que el sol brilla pero no siempre y por ello es importante los recursos para cuando la tormenta llegue y, también piensa que “siempre que llovió, paró”. El ancla, nunca es sólo un peso que nos atrasa, sino también lo que nos salva, muchas veces.
Un diagnóstico –el ver a través de algo- es el camino necesario para poder pensar las alternativas que existen. Así que ver que hay una tormenta que llega o está debería implicar el pensar que es lo que podemos realizar y como debemos optimizar nuestras opciones. Tanto como cuando hay sol. Un ejemplo sobre esto: Mi piel es blanca, el sol no le hace bien. No prefiero la tormenta pero, indudablemente que tiene su belleza para mi. En los dos casos lo que cuenta es la protección que puedo tener para disfrutarlas y no el hecho aislado de mi vivencia particular, o de la tuya, o de cualquiera.

Quizás sea bueno, entonces, pensar que no hay respuesta válida posible si no tenemos las preguntas. Una respuesta antecede a una pregunta. Así funcionamos, así podemos avanzar siempre. 

lunes, enero 09, 2012

Desnudez



La desnudez ha alcanzado una división esperpéntica. Así están, de un lado, los que pueden estar desnudos y, en el otro –gran parte de la humanidad- los que no deberían estarlo. Los primeros signados por esa mezcla actual de "photoshop" y personas que se esfuerzan lo impensable en ser como la representación de esas imágenes virtuales. Un color particular –asociado a la luz y al sol-, unas formas muy específicas –curvas y muestras de la msuculatura que hay debajo de la piel- y una mirada que invita a la idea de ser dueños absolutos del placer. Todo eso desde páginas de revistas y otros artilugios de los medios.
En la vida real, uno debe hacer algo para acercarse a ese símil-ley humana de la belleza o resignarse a quedar en el inframundo. Así los primeros pueden, cuando sus majestades lo deseen, mostrar su desnudez con la altivez de los dioses, sabiéndose que son bellos, ergo, deseados, ergo, amados. Los demás, nosotros los pobres mortales, debemos ocultar nuestra desnudez a los lugares pensados para ello, habitáculos cerrados, donde la penumbra y cierta obscuridad garantizan al mundo que nuestra piel imperfecta, nuestras barrigas, prominentes o deformes, nuestros músculos no torneados con certeza de orfebre no sean expuestos como un atributo de la desnudez real.
Estar desnudo es una de esas cosas que hacen las personas que tienen un cuerpo. Valga remarcarlo, un cuerpo. A riesgo de ser repetitivo, lo digamos: si tienes un cuerpo estarás desnudo. La desnudez no está asociada a la firmeza de las carnes, al color bronceado, al uso de siliconas, a una consecuencia lógica de horas de gimnasio, a esas curvas que ciertos cuerpos adquieren, a la juventud, ni a lo que se vende como erótico. La desnudez está asociada a la simple cuestión de poseer un cuerpo. Tú, yo y el del lado.
Esta perogrullada que enuncié implica una cuestión no menor: que conocer y asumir nuestro propio cuerpo (con sus límites y sus gracias, con sus colores y sus cambios, con sus movimientos y con sus “cosas”) es el camino más corto al placer, al bienestar, a la sensualidad y al erotismo. Disfrutar la desnudez es parte de este principio. Compartirla con quien uno desee es, obviamente, una parte complementaria –no imprescindible- de esa premisa.
En definitiva, pensemos que nuestra desnudez es un hecho “natural” -como inevitable-, aprender a disfrutarla es un aprendizaje que debemos hacer.

viernes, enero 06, 2012

Pudor


El ser humano “secreta” pudor. Una de las condiciones de nuestra especie. Tenemos una noción de ello, generalmente. Algunos y algunas pasan de ella, es verdad. El diccionario español define a éste como Honestidad, modestia, recato. Pero el diccionario, si incursionamos en él en este caso no nos habla mucho de esa noción que tiene que ver con lo sexual, según lo que todos y todas vamos entendiendo cuando afirmamos: tiene pudor.  La palabra honesta y recato empujan para una noción moral.
Veamos el pudor como una clave de nuestra sexualidad. El pudor es necesario. Juguemos más fuerte: digamos que es esencial, fundamental, imprescindible. Es más afirmemos sin temor que una buena educación sexual integral debe apuntalar, desarrollar y potenciar el pudor de las personas.
Esto, que vengo de afirmar, conlleva dos premisas que considero innegociables. La primera que la sexualidad es mucho más que sexo –no sólo en las palabras sino en los hechos- y, la segunda que toda buena educación sexual integral ofrece al educando todas las herramientas –conocimientos, habilidades y fortaleza en sus valores personales- para que exista una elección en su cotidiano.
El pudor, lo entiendo, definitivamente, como una elección que las personas hacen sobre lo que consideran lo mejor para su cuerpo –léase desnudez propia y ajena, por ejemplo-, sus relaciones íntimas –las de neto contenido erótico y las otras-, en concreto en relación con su vivencia que debe ser siempre personal, apuntando al enriquecimiento lo más holístico posible y a evitar al máximo todo tipo de violencia contra uno y contra el otro, lo que va a procurar –pensarlo como norte- hacer la economía máximo de todo daño posible.

Si, tomemos el pudor como una elección que nos permita, en cada momento, hacer que la felicidad, el placer y el encuentro sean el motor de nuestra vida. Esto es, en lo personal, un propósito. En educación, ojalá que sea un objetivo. 

jueves, enero 05, 2012

Reyes Magos


Hoy se celebra la fiesta de los reyes magos. Es una fiesta más propia de los países iberoamericanos, creo. Lo cierto que es una de esas fiestas que retienen, como pocas, a la infancia. Son días como para celebrar que existen niños cerca y que, estupendamente, podemos sentirnos niños por un momento. Como si nos pudiéramos tomar licencia sin sentir por ello que abandonamos la cordura, ni la responsabilidad. Permitirnos el lujo de sonreír, de jugar, de imaginar, de ofrecernos una pequeña alegría de un regalo mínimo, tal vez, pero que tenga la ilusión de esa niñez, en algunos casos, ya lejana.
No importa ni la convicción en una religión, es más pocos la asocian a algún ritual litúrgico. Uno se imagina tres hombres que llegan para dejar sus regalos. Pocas rimas infantiles jugaron tan fuerte en la memora de tantos como “Melchor, Gaspar y el Negro Baltasar” (con la ingenuidad que abre los brazos y el cariño). La diversidad se impone como una marca. Como una necesidad, como parte de la magia. Porque hay algo de magia, esa magia que necesitamos para sentirnos un poco niños/as. Una idea que resume no una realidad, sino una ilusión. La de creer que ser niños significa ser un poco más abiertos a las cosas simples, a la alegría espontánea, a los juegos donde todos nos divertimos, sea de cualquier tipo-, donde el accidente es una cosa fortuita y una buena anécdota para el futuro, donde el vecino, sea de donde fuera, importa para saludarlo, donde el dinero no es lo único que nos mantiene, donde los colores son poco de moda y mucho de imaginación, donde las nubes no son otra cosa que imágenes utópicas que las tomamos en serio.
Si, que vengan los reyes magos a visitarnos y que toquen nuestra puerta. Quizás, por un momento, podamos extender al máximo esa infancia. Quizás al abrir la puerta a esa fantasía creamos que la esencia de la niñez es algo que no se abandona por la edad sino que es algo que resiste en nuestro corazón.

miércoles, enero 04, 2012

Buen día


Entre un “buen día” y unas “buenas noches” transcurre nuestro día. En el medio las vicisitudes de la jornada que varían desde lo cotidiano a lo excepcional de forma constante para algunos y de forma dinámica para otros. Jornadas que vemos parecidas y rutinarias en algunos casos y, en otros que nos dejamos sorprender por los detalles que nos diferencian. Así pasan nuestros días. Pero, me detengo en ese principio y ese final que enmarca lo que pasa en el medio.
Comenzar con un “buen día” es mucho más que un detalle es la energía que nos renueva. Mucho se ha hablado de la importancia del buen desayuno y se insiste en no dejar pasar esa comida como algo secundario. Pues bien, antes que el desayuno siempre esta ese “buen día” que se dice, ese buen día que renueva el pacto con lo cotidiano y nos abre a lo sorprendente. Mira la calidad de ese saludo matinal para ver el primer indicador de tu calidad de vida personal. Cuando lo dices, ¿el eco de tu palabra tiene alegría, tiene disponibilidad, tiene calidez, tiene energía, tiene entusiasmo, tiene convicción, tiene entrega? Responder sí, desde el fondo del alma –como resumen de lo propio, franco y claro de uno- implica hacer una comunión espiritual con la visión más holística de uno mismo.
El día termina con ese último “buenas noches” que uno ofrece, regala, deja caer, o lo que sea en cada caso. Es curioso que uno comience en singular y termina en ese plural. Quiero creer que es por la simple cuestión que en los sueños uno puede atreverse –u obligarse- a transitar los mundos que nos dan sentido en la esquizofrenia que nos produce los terrenos de la consciencia y del llamado inconsciente, que está moldeado por ese conjunto que se resiste a ser visto como pieza única que mezcla nuestra raíces –por llamar de algún modo a nuestro pasado- de un presente particular y de ese horizonte que se llena de muros u utopías, según el caso y que guardamos bajo el apelativo de futuro. Si, el “buenas noches” es casi el inicio de un viaje nocturno que a veces nos ofrece el descanso necesario, los sueños que nos empujan, los miedos que ocultamos y lo más diverso que ese terreno nos puede ofrecer.
Entre estas dos frases, va nuestro día. Sintetizando, pienso que podemos medir la potencialidad de nuestro día en la sonrisa que incluye tu “buen día” y la esperanza del futuro en la serenidad del “buenas noches”.

lunes, enero 02, 2012

Un lugar en el mundo


Cada uno tiene un lugar en el mundo. Ese lugar donde se siente en paz y donde el corazón se aquieta. Ese lugar donde uno cree que todo puede ser mejor y que aún las dificultades tendrán una solución eficaz. Es ese lugar donde uno se siente protegido, donde las cosas son familiares y que, en definitiva, parece que nos alcanza con lo que uno percibe de mundo a través de nuestros sentido; Así, el mundo es hasta donde miro, hasta donde escucho, hasta donde puedo tocar. Los gustos de mi mundo son los sabores que se hacen en ese lugar. No estoy hablando de chauvinismos ni reales ni disfrazados. Esas personas que gritan que nada puede ser mejor que lo de uno. Estúpidos nacionalismos sin otro sentido que fomentar el odio y la discriminación. Estoy hablando de lo que le atañe a uno y nada más. Sin que sea una ley general, es más quizás todo lo contrario. El lugar donde uno se siente a gusto. Ese sitio, como diría el poeta, “entre la montaña y el mar” y donde uno quisiera ser enterrado, como síntesis de la idea.
Encontrar un lugar en el mundo no quiere decir que uno va a permanecer allí o que toda su vida se desarrolle en ese sitio. Es más, uno puede disfrutar del andar por los caminos y perderse por otras ciudades donde descubrirá con verdadero deleite músicas, sabores, texturas y colores diferentes y se sentirá halagado, embriagado y emocionado por el simple hecho de poder percibirlo como reales, como necesarios, como exultantes. Sin embargo, más allá de eso, ese lugar que uno descubre como su lugar en el mundo adquiere una noción que excede esa sensación. Es el sitio donde uno se hace cosmos, podemos decir. Ese lugar donde parece que uno escucha mejor el mensaje que la eternidad tiene guardado para cada uno.
Es lindo pensar que hay un lugar para cada uno y que uno pueda descubrirlo. Es fundamental no confundirse con el lugar del otro, aunque sea cercano. Cada uno debe asumir su propio lugar y con ello dejar que las cosas fluyan. No podemos compartir el lugar, podemos compartir la sensación que experimentamos.


Para algunos –muy pocos-, es verdad: el lugar es el camino. Ese camino que, como dijo el otro poeta, siempre serán “estelas en el mar”, o, en otras palabras, un largo camino de encuentros transformados, por alquimia, en instantes de intimidad compartida.

domingo, enero 01, 2012

Compartir


La vida se comparte. En este simple hecho radica la complejidad del ser humano. No estamos solos. No vivimos solos. Sólo sentimos solos, quizás. El compartir, con intención de hacerlo o sin la misma, marca nuestra existencia. Caminamos o deambulamos por lo que nos toca de tiempo con alguien. Es verdad pueden ignorar nuestra presencia. Pueden menospreciarla y hasta hacerla desaparecer, pero allí están la presencia de uno y de los demás en parte de lo cotidiano.
Compartimos lo circunstancial –sea esto debido al clima, a la época del año, a lo laboral, a lo festivo y un largo etcétera-. Compartimos por decisión –o la desidia para decidir en ocasiones que crea más decisiones de las que imaginamos-. Compartimos por el placer de compartir, por la obligación de tener que hacerlo –si, el ser humano “tiene” muchas veces a pesar de los que digan algunos-; compartimos con el deseo de hacerlo y con el deseo de hacerlo no siempre podemos compartir. Compartimos entregando el alma al hacerlo y compartimos retaceando el cuerpo también. Compartir define, en definitiva, nuestro andar por estos parajes.
La inevitabilidad de la acción no va en contra, valga aclararlo, en el arte que podemos desarrollar en la misma. He aquí, la magia que nos puede envolver. Hacer de una acción ineludible un manjar de los sentidos (en sus dos significados), una verdadera orfebrería ofrecida. He aquí un norte que nos cambia el andar: transformar el compartir en un acto que nos represente un poco más, es decir, que vaya en el nuestra simple calidez, nuestro perfume, nuestra melodía. De ese modo podremos ser maestros de los momentos: esos instantes en los que somos capaces de compartir intimidad. 
Todo lo bueno que el ser humano hace está asociado al hecho de compartir: la risa, el beso, el baile, el sexo -como ejemplos del compartir magnífico que disponemos-. Se comparte la comida y se transforma en calidez; se comparte un café y se hace encuentro;  se comparte desnudez y se hace erotismo, se comparte una cama y se hace el amor. Por supuesto, en esos casos en que cada uno de esos gestos va acompañado de la apertura de una intimidad que nos apacigua, no necesariamente que confiesa.


Año nuevo



Algunos dicen que en realidad nada cambia. Es otro día. Un día como el de ayer y por más que nuestra calendario sea nuevo no hay otra cosa. Sin embargo somos seres humanos. Es decir, parte de nuestra realidad la vamos construyendo desde nuestra percepción y desde nuestra forma de pensar/sentir las cosas que nos pasan. De un modo u otro, al pensar que algo nuevo se viene, nos damos una oportunidad seria, concreta, real de permitirnos mejorar lo que nos falta, potenciar lo que tenemos, eliminar lo que nos molesta y dejarnos bendecir por la vida.
Quizás, lo de siempre, el año que pasó tuvo todas las sensaciones posibles. Así es la vida. Con un poco de todo, viviendo un poco de ello y de aquello. Inespecífico puede parecer pero cada uno sabe que poner en cada uno de esos compartimentos. Un año que se termina nos ha hecho pasar, seguramente, por las pocas emociones que el ser humano puede tener (siete u ocho tipos dicen los especialistas). En mayor o menor grado hemos pasado por casi todas, casi todos. Quizás nos hayamos estancado en alguna de ellas durante una parte más importante del año (felicidad o angustia, por ejemplo) o quizás una nos marco más por lo vivido, aunque haya sido muy puntual lo acaecido (rabia, por ejemplo).
Un comienzo de ciclo siempre es un buen momento para pensar en la realidad que el ser humano tiene: un presente para reír y llorar (insisto, como los extremos de las manifestaciones humanas, no las únicas sino las que incluyen el resto). El pasado, sigue siendo un presente que se ha ido y que es parte de nuestro lastre, o raíces, o estelas en el mar o lo que representa; el futuro, seguirá siendo ese presente que no llegó, que seguirá siendo ese horizonte que se dibuja delante y que está tejido de una posible tormenta en el mar, de un posible arcoíris. De esas cosas que parecen que se acercan pero que están allá, donde se cuelan las utopías.
Ojalá, este 2012, venga acompañado con lo bueno que tuvimos, con lo que aún deseamos, con el reencuentro, con el perdón que todos necesitamos, con las gracias que nos merecemos y con la simple alegría de poder compartir con quienes amamos, necesitamos, deseamos y confiamos. Con esas personas que juramos, alguna vez y que en ocasiones no respetamos, considerar importantes o con las otras, esas que nos esperan a la vuelta de la esquina. 

sábado, diciembre 31, 2011

Merecimientos y agradecimientos



La vida es sencilla, a pesar que no somos simples. Somos extravagantemente complejos –me refiero a los seres humanos-. Somos seres necesitados del otro y es el otro el que, tantas veces, nos genera los dolores de cabeza más fuerte, simbólicamente hablando o sintetizando. Hacemos un mundo de cosas con los demás, para los demás, por los demás, a pesar de los demás, contra los demás. Ese “hacer” lo realizamos por ciclos, por decirlo de algún modo: un año o una relación, por ejemplo. Así, es lógico que al terminar los ciclos pensemos en la idea de habernos merecidos muchas cosas y otras no tanto por lo que hicimos o dejamos de hacer. La vida, que aquí valga como sinónimo de los demás en relación con uno, no es justa en tantas ocasiones. Efectivamente, los aplausos y los látigos no son repartidos por ningún juez infalible, sino por una rara mezcla de justicia aleatoria, inequidad arbitraria, circunstancias cuasi-perfectas y generosidad o egoísmos de quienes nos tocan en suerte en cada momento.
Pero esa fáctica realidad no quita lo que nuestro corazón sabe: hay personas que merecen más cosas que las que podemos darles; personas que debemos agradecerle por lo que han hecho en nuestra vida, aunque sea por el simple hecho de pasar por ellas en una esquina. Y también las otras, las que no merecen algo de lo que le hemos dado o de lo que han recibido y menos nuestro agradecimiento.
También está, esto es cierto, la lista de aquellos a los que públicamente podemos decirles: ¡gracias! y que al hacerlo sentimos que hay un poco de justicia divina cuando reciben beneficios que son originados por sus claros merecimientos. Pero, valga notarlo, hay esas otras personas que no han recibido de nuestra mano lo que merecen, por culpa de nuestras razones más diversas, desde el egoísmo, disfrazado de circunstancias, hasta por nuestras carencias no dichas pero si reales. Esas personas que no tuvimos oportunidad, por la razón que sea, de decirle Gracias por lo que nos ofrecieron,  cosas que hicieron que nuestra vida cambie o, quizás, sólo ese segundo de nuestra vida irremplazable, son parte de nuestras deudas vitales.
Como todo año que termina, uno se hace “promesas” de lo que valdría bien hacer. Ojalá utilicemos una de esas para pensar que este año que llega le daremos su merecido a cada cual. Y que este agradecimiento que parece tan inespecífico aquí, pero que es muy particular en mi realidad se convierta en miradas, tacto y cercanía para esas personas que nuevamente, deberemos agradecer en cada día por habernos permitido instantes de felicidad.

viernes, diciembre 30, 2011

En un día como este


En un día como este pasan muchas cosas. 
En algún lugar, quizás conocido, ella se casa con alguien. En otro sitio, él se separa con alguien. Al mismo tiempo, alguien nace, quizás ella o él. Sin lógica visible, también, en ese mismo instante, él o tal vez ella, muere. Alguien, quizás, en ese mismo segundo esté riendo a lo loco, y él estará llorando desconsoladamente, con lágrimas visibles o escondidas.
Así es la vida, tan cotidiana y tan llena de las mismas cosas que se suceden infinitamente en un orden aleatorio, como si fuera un metro que pasa y volverá a pasar pero que nunca será el mismo. 
Hilos que tejen redes, telas de arañas, o como quieran verlo. Telares invisibles donde surgen los colores como van saliendo. No tenemos la visión de todo, aún cuando jugamos a ser dioses.
En un día como este, pasan tantas cosas. Para la mayoría, sólo importan las que nos tocan de cerca, las que hacen que nuestra risa o nuestra lágrima aparezcan como perlas. Sí como perlas, esas que marcan nuestro andar particular por ser de uno. Vamos por la vida con un pasado de mojones y esos puntos donde anhelamos llegar, como si fuera nuestra idea de paraíso y que, quizás, sea sólo una quimera que nos permite el viaje, el camino, el compartir, la compañía. La lograda, la deseada, la perdida, la ambicionada, la esperada.
Un día como éste, lloraré o reiré por cosas que pasaron, y, sobre todo, por aquellas que pasan -siempre se ríe y llora en presente-. 
Quizás, luego de ello trataré de pensar de nuevo que mañana hay un nuevo día y que, casualmente, comenzará un nuevo año y volverán las oportunidades para que un día como ese pase de nuevo o no se añore ese día que pasó.

sábado, diciembre 24, 2011

Navidad y sonrisas



La navidad, entre otras cosas, es innegablemente una época de sonrisas. No es que todos sonríen pero no creo que haya otra época en el año donde más personas sean proclives a sonreír y, sobre todo, personas con la intención que otros sonrían. Esos días, me refiero a la navidad específicamente y los días que le anteceden, es una época que provoca explayarse en la alegría. 
No vamos a negar las dificultades que muchísimos sufren, por lejos más de lo justo, personas que no la pasan bien. Sin embargo, en parte del mundo es una época donde surge una de las más maravillosas convenciones humanas: el intento fugaz, en muchos casos, sincrónico, intencional y activo de procurar que las personas que nos rodean sonrían.  A veces, coincidente con las que uno ama.

Dentro de ello, sea por la inocente ambición de ser tentados, la sonrisa de niños y niñas es uno de los manjares más buscados. Siempre es maravilloso ver a un infante abrir un regalo, por ejemplo o maravillarse con alguna cosilla que le sorprende. Para muchos que se permitieron y lograron ser padres, ver a un hijo sonreír, con la magia de la espontaneidad, con la inocente picardía que surge en la infancia, es una invitación a muchas cosas: a sentirse feliz, por un lado y, por otro, a rogar, a quien sea posible rogar, que esa sonrisa se mantenga el resto de la vida. Un imposible, lo sabemos, pero es lógico pensarlo.
Un niño que sonríe, también es, como un adulto que sonríe, lo sabemos. Hay, en ese gesto, tan sencillo una síntesis perfecta de aquello que atesoramos, anhelamos, amamos. Quizás por eso, pienso, la medida de nuestro amor –ese sentimiento tan peculiar- es el eco que nos produce ver, aún sin ser participes, la sonrisa del amado. Las fiestas, tal vez, sean universales por eso, nos recuerda que nuestra humanidad también está llamada a ser feliz, aunque nos opongamos con tanto ahínco.

jueves, diciembre 22, 2011

Tragedia y vida



Un colega más joven está en coma. Tuvo un accidente doméstico, de esos que uno piensa que no nos pasarán. Lo cierto es que está en una situación inestable y su vida pende de una esperanza – más familiar que médica dicen-. Que viva es difícil y, si lo hace, las secuelas posibles son fuertes para pensar. La cercanía del lamentable accidente hace que la noción de tragedia se presente con una carga emotiva muy intensa. Verlo en la terapia intensifica aún más la situación.
Afecta. Personas que le conocen están muy conmocionadas por el hecho. De repente, es como si caen, como un verdadero diluvio, las sensaciones, recuerdos y, sobre todo, las experiencias  de todo aquello que ya no se podría vivir más con él. 
La muerte, real o la que se presenta como próxima –todas inevitables, lo sabemos- nos muestra la evidencia de nuestra fragilidad, esencial mente humana, y nos describe, casi matemáticamente, la lista de cosas que no podremos hacer con esa persona. No importa cuánto hacíamos o no, importa que si considerábamos que esa persona era agradable, buena, simpática, o lo que fuera y que hubiese sido más rico para nuestra existencia no habernos privado de algunas ocasiones de compartir con él o con ella, un poco más de lo cotidiano.
Esta persona no es la única de las que sentimos que deberíamos haber hecho más esfuerzo para estar a su lado o permitirnos que, aunque de forma muy aislada, los encuentros se hubiesen sucedido con alguna sistemática regularidad. Lo cierto es que no son tantas las personas que pensamos que sería lindo compartir algo más aunque sean encuentros informales de música y canto, de películas y chistes, de reflexiones y delirios; de viajes reales o quiméricos; de discusiones pasionales; de cariños más vividos, de bailes que se aprenden o que se disfrutan; de juegos intensos y rejuvenecedores; de silencios y palabras, de intimidad y sueños.
Todos estamos obligados a abandonar esta tierra en algún momento. Todos se verán privados de alguna forma de la presencia real y compartible de algún otro. Esta realidad lapidaria tiene la otra cara. Aún tenemos tiempo de permitirnos el compartir algo más con esa pequeña selección que debemos hacer: esas personas que creemos importantes, necesarias, valiosas para nuestro andar. Eso, no implica reciprocidad, debemos decirlo. Es decir, siempre es posible que no seamos la persona que el otro o la otra prefiera para compartir. Pero siempre debemos disponernos a hacerlo, intentar hacerlo o, simplemente, ofrecerlo. 
La tragedia, nos puede tocar, pero antes y después siempre estará la vida que aún debemos disfrutar por nosotros y por esas personas que consideramos importantes y, tal vez, que nos consideran importantes.Esta es la vida.

miércoles, diciembre 14, 2011

Noticias


Dar una noticia es algo cotidiano. Noticias que son importantes y otras que son insignificantes. Algunas que mueven tu mundo o el mundo del otro. Están, también, las que nos emocionan –para bien y para mal-, las que nos golpean, nos destruyen, nos motivan, nos elevan, nos inquietan. Noticias que son claras, noticias que no entendemos. Noticias que nos alarman. Noticias que anhelábamos. Noticias que confirman lo que sabíamos; noticias que nos sorprenden, aun sabiéndolas. No existe un arte de dar noticias, sino existe una forma de considerar la noticia pero, lo que interesa, es el valor que le damos, le ofrecemos al anoticiado, por llamarlo de algún modo.
Efectivamente, dar una noticia es simple (el famoso mito de somos simples). Es abrir la boca y enunciar las palabras de significado convencional para decir algo: me compré un auto, me voy de viaje, me caso, nació mi sobrino, falleció mi padre, conseguí trabajo o alguna cosa como esa. No parece tarea complicada. Pero allí surge el otro, florece lo que sentimos con la noticia y con el anoticiado, leemos –aunque sea erróneamente la respuesta del otro- la ignoramos o le damos importancia. Dejamos que la noticia respire entre uno y el otro.
Contenemos, comunicamos, compartimos, nos liberamos. Todas son formas de dar una noticia. Pero, como todo, depende del peso y valor que le damos a la otra persona, a la que está al frente de uno y, sobre todo, la persona que nos permitimos sentir cerca.
El ser humano es complejo. Lo es, aunque podamos hacer las cosas simples. Llamar al pan, pan, y al vino, vino. Es simple, pero la interrelación con el otro no es sólo eso. Es ternura o lo contrario, es pasado o futuro. Es cercanía o indiferencia. Es sentimiento y más. Pero no es la complejidad lo que es terrible, comprendamos, es la complicación que construimos. La belleza del ser humano está en su compleja forma de comunicar, noticias por ejemplo, que nunca son sólo palabras sino el eco de nuestros sentidos, la esencia de nuestro pasado, la quimera del futuro, la certeza del otro.

martes, diciembre 13, 2011

Besar


Besar es una de las acciones más intensas y rutinarias que hacemos los humanos. Los labios, que no hablan en ese momento, expresan los sentimientos más diversos. En ese gesto se pueden manifestar desde la indiferencia, sin olvidar la traición, hasta esa alquimia perfecta que sintetiza un todo. No hay gesto que tenga la posibilidad de distancia y de intimidad, en el mismo movimiento, en idéntico comportamiento. Los labios que se acercan a otro cuerpo, sea donde sea que se depositen, está allí el poder de síntesis de la expresión humana.
Se besa con indiferencia, con intención, con aversión, con animosidad, con deseo, con dolor, con pena, con rabia, con locura, con desazón, con lágrimas, con sonrisas, con pasión. Se besa, con la intención de besar y también sin ella. Se besa en lugares ocultos para ocultarse y en lugares ocultos para encontrarse. No existe ninguna parte del cuerpo humano que no haya sido besada, aunque nosotros nos hayamos privados de alguna de ellas. Los labios son capaces de peregrinar por todos lados, generados en ese andar, tantas sensaciones, algunas repetidas y muchas diferentes. Lo curioso que muchas de ellas son el fruto no de lo que nuestros labios dicen, sino del eco que produce en ese otro cuerpo.
Algunos besos recordamos, algunos ansiamos, otros deseamos y volvemos a empezar. Entre el olvido y el deseo nuestros labios siguen el largo camino que nuestros besos ya recorrieron. Somos, sin dudas, seres de encuentros y por lo tanto, de desencuentros posibles. Los besos –sobre todo aquel beso- son esos faros que necesitamos.
Besar es, quizás, la tarea titánica que debemos hacer para acercarnos al otro. Esa sencilla capacidad que tenemos de poder intentar, y volver a hacerlo, ofrecer la intimidad donde se trasmite compañía, sentimiento y/o ternura.
Un beso, seguirá siendo, ese tatuaje que se hace con la tinta de nuestros sentimientos. Algunos, lo sabemos, son indelebles. Para los demás y para nosotros, aunque fueron hechos, allá, en la noche de nuestros tiempos.

domingo, diciembre 11, 2011

Fragilidad


La fragilidad identifica al ser humano en algún instante de su vida o en varias etapas de su andar por este mundo. Nadie puede (¿debe?) privarse de ser frágil en algún momento. El nacimiento de un ser humano lo introduce al mundo de la fragilidad y para que ella desaparezca hace falta que los demás nos lo permitan. Alguien debe protegernos, literalmente, para que podamos desarrollarnos. Sin el otro, estamos condenados, por esa fragilidad, a la desaparición.
A partir de esa inequívoca realidad nos podemos erigir en seres independientes, con una fortaleza que hasta ignora toda fragilidad. ¡Si!, los seres humanos se pueden constituir en seres que ostentan, con sinceridad, una fortaleza constitutiva que aparenta, en ciertos casos, innata. Pero la naturaleza humana, siempre cultural, está tejida sobre la fragilidad.
La fragilidad, además de ser constitutiva, es uno de los lujos que nos podemos dar. Digo lujo porque la fragilidad es una de las esencias que conforman lo que llamamos el amor. El amor como ese sentimiento que nos permite vincularnos al otro con la ambición de la intimidad, con el ansia del compromiso y el deseo de la pasión.
Es también, esa fragilidad, la que nos sacude cuando el amor, perdón, quien amamos, deja de hacerlo o, no necesariamente sinónimo, se va. Es esa fragilidad la que nos hace tambalear cuando el universo parece excluirnos de sus mieles y nos vemos rodeados de insensatez, por ejemplo.
Es, vale decirlo, esa fragilidad innata la que nos permite construir, curiosamente, perfección, esperanza, complicidad y, de ese modo, ser capaces de tejer diálogos que nos acercan a esos estados donde nos reflejamos en el otro, sabiéndonos siempre, diferentes al otro.
Ser frágiles es nuestra condición. Como también ofrecer a quien la ostenta la contención, la ternura y la presencia necesaria para que esa fragilidad inevitable no dañe.

Sexo (II)


En mi época adolescente existían los chistes que comenzaban con “no es lo mismo” y terminaban con un juego de palabras que incluía un doble sentido en su comparación. Todos esos chistes utilizaban el sexo como motor. Lo cierto que esa idea de “no es lo mismo” es clave en las cuestiones del sexo de todos y todas.
Básicamente siempre debemos diferenciar frente a una situación sexual cualquiera tres concepciones –niveles- que “no son lo mismo”: La primera, la concepción de lo saludable (esto es saludable o perjudicial para mi salud); la segunda, la moral (yo considero que esto es bueno o malo para mi, según mi escala personal de valores) y tercera, la del gusto personal (eso no lo disfruto o considero que no es de buen gusto para mi). Esta separación es muy importante para poder construir una vida sexual altamente positiva evitando que evaluemos experiencias con filtros equivocados, aún dándole importancia a cada uno de ellos.
Por eso, recordemos que esta evaluación que podemos hacer de ciertas situaciones es siempre personal, valga la redundancia, individual. Aquí surge, entonces, la cuestión importante: ¿como evalúa mi pareja esas mismas situaciones? Pregunta simple pero que causa, muchas veces, una preocupación muy grande pues se amontonan otras preguntas: ¿realmente puedo hablar de esto? ¿Pensará que soy un pervertido/a por pensar esto? Y las afirmaciones contundentes: ella/él piensa igual que yo. Esto solo puede verse de un solo punto de vista. Lo que está bien está bien y punto. Todas situaciones que nos encierran en nuestra forma de ver las cosas y reduce la posibilidad del diálogo.
Como vemos, lo que importa no es sólo reconocer que tenemos tres niveles de evaluación diferente frente a situaciones sexuales sino que lo que hace el cambio en nuestras relaciones es la capacidad de poder hablar de ello, negociar nuestras situaciones, aceptar las diferencias y procurar entendimientos a través de la comunicación.

Tener sexo puede ser fácil e instintivo (nos encanta esa palabra porque quita culpa, pero el “sexo siempre es cultural en los seres humanos”) pero aprender a disfrutar de él es mucho más que instintivo. Más implica hacer de esa actividad un redescubrir constante de nuestras emociones, transformarlo en un ejemplo de cómo vemos la vida, una síntesis de la procura del placer y la voluntad que ponemos para fortalecer los sentimientos que tenemos –no estamos hablando sólo de amor, valga aclararlo-. Todo eso exige mucho más que un simple acto, implica tomar conciencia que la sexualidad es una experiencia humana en la que todos y todas debemos aprender, mejorar y crear permanentemente y que el sexo, una de sus partes pero no la única, permite algo de eso. Quizás, pensando así, nos demos cuenta de la mágica posibilidad de comprender que el placer es un logro que nos puede conducir a la felicidad. Por ello, buscarlo incesantemente puede ser considerado un mandato de nuestra humanidad pero siempre  será una decisión personal.

domingo, diciembre 04, 2011

Momentos vitales


Las personas tenemos momentos vitales. Esas situaciones, siempre instantes, que vivimos y que atraviesan nuestra vida dándole sentido, profundidad y consistencia. Son como puntos ineludibles de nuestra existencia, nuestros mojones. Algunos son únicos, otros se repiten pero mantienen la unicidad en su forma de ser evocados, sentidos, vivenciados y, sobre todo, en la forma que se engarzan en nuestro “corazón” –lo sabemos, es la forma de llamar al espacio simbólico donde confluyen nuestros sentimientos y que permite que las emociones se expresen, las razones se movilicen-.
Casi todos esos momentos son los mismos para todos. Lo que se me vienen a la cabeza son, por ejemplo, nacer, es el primero, no sólo por obvio, sino porque nos nombran y contestamos aunque sea con ese llanto. Ese instante inicial que nos marca, aunque la memoria no nos ayude, a tantos, sobre su recuerdo. Luego pueden ser varios. Sin pretender ser exhaustivos se me ocurren: alguna fiesta familiar –o varias que se sintetizan en una para el recuerdo que hablo-; alguna farra, de esas que llamamos memorables porque nos permitimos ser felices sin pensar en nuestros límites; una travesura, seguro. Pocas síntesis existen donde se conjugan, tan clara y poéticamente, la inocencia y la felicidad.
La muerte de un ser querido, es inapelablemente fuerte e innegablemente real, somos mortales, pero esta verdad no quita que nos golpea siempre; el primer enamoramiento y el amor completo, que, pocas veces coinciden; la primera crisis, esas que marcan etapas y que las necesitamos como el aire. Aquellas conversaciones que nos dan la frase justa de la suma de los encuentros esenciales.
Esa masturbación adolescente hecha con necesidad, deleite y luego con temor que se den cuenta, sea por el rostro o por las sábanas. La primera vez que tuvimos sexo, en algunos casos, el orgasmo siempre, no el primero sino el que nos hizo sentir deseados y unidos; el desnudo que tuvimos descubriendo la soberana belleza que alguien encuentra en nuestro cuerpo, independiente de cómo el mundo ve nuestro cuerpo; esa risa enloquecida que nos asaltó a sabiendas que no podíamos contenerla; el nacimiento de un hijo – mi padre dijo que era igual a la suma de todos los amaneceres del mundo-; la vez que lloramos sin saber cómo parar; la vez que lloramos sin poder mostrar lágrimas; la vez que lloramos porque alguien nos contenía.
Lo curioso, de este listado incompleto, es que por más que todos y todas podemos vivirlo, nunca es una vivencia que podemos comprender el sentido total en el otro. Son esos instantes que llamaré vitales porque son parte de la vida de cada uno y de cada una. Sólo vale porque los tuvimos y porque, en varios casos, gloriosamente, podemos compartirlo con alguien. Aún en esos casos el instante es personal, maravillosamente personal y mágicamente compartido.
La suma de esos momentos vitales es donde nuestra humanidad aparece con su evidencia total. Eso es, sin dudas, la que permite, en muchas ocasiones, conseguir la felicidad que todos y todas nos merecemos.

sábado, diciembre 03, 2011

Llorar



Llorar es una de las expresiones más fuertes que tenemos los seres humanos. Lloramos por tantas cosas diferentes. Todos los que hemos llorado sabemos que no siempre es por dolor. Sabemos que es una forma de vaciar el alma, de pedir compañía, de añorar la compañía, de disfrutar la emoción que nos embarga, esa que sale sin contención y se vuelca en lágrimas que no pretendemos mostrar pero que no tememos hacer. Se llora por impotencia, por rabia, por tristeza, por sufrimiento, por dolor, por pena, pero también se llora por alegría, por éxtasis, por decisión, por sintonía, por sabernos humanos y capaces de hacerlo.
Llorar, sin embargo, sigue siendo tantas veces de una incomodidad tremenda. Pocas personas manejan bien el llanto del otro, de la otra. Ver a alguna persona, peor a quien se ama, llorar nos muestra la vulnerabilidad de quien se desnuda en lágrimas. Vemos esa fragilidad innata del ser humano expresarse de una manera que nos sacude.
Queremos evitar las lágrimas, tantas veces. Quisiéramos que no las haya, menos de producirlas. Pero las lágrimas son necesarias, vitales, inevitables en el vivir. He visto llorar y me he sentido impotente tantas veces. He visto llorar y juro que hubiese preferido no estar presente. Me he sentido responsable de algunas de esas lágrimas y, en otras, testigo. También he llorado. He dejado que me vean llorar, a pesar mío. He visto como las lágrimas han salido sin posibilidad de evitarlas. Igualmente me he visto contener muchas lágrimas y, no obstante, estar llorando frente a personas. Me han hecho llorar, con razones y sin ellas. He llorado de emoción sincera y completa. He llorado de pena y de alegría. He sido consolado y he sido ignorado. He hecho que personas se sientan incomodas, incapaces, inquietas, ansiosas por esas lágrimas. Yo también, a mi vuelta, me he sentido incapaz, impotente y sin saber que decir, ni hacer. He visto llorar sin saber como estar y apelé al abrazo como forma de contención de mares de lágrimas. Me he preocupado por lágrimas y las he disfrutado, aquellas que son de la alegría de la intimidad. 


Hoy, con todo eso en mente, reivindico el llorar. Reivindico el dejar libre el sentimiento y el haber podido, las veces que paso, contar con alguien que me vio llorar, asistió, con sus posibilidades y limitaciones, a ese modo de expresar las cosas que no siempre tienen forma de decirse de otro modo. Va en esto, la confianza que esas personas lo supieron respetar y que, de algún modo, atesorarlo. El llanto compartido de ese modo, también crea vínculos. 

jueves, diciembre 01, 2011

Sexo



Sexo con amor y sin amor. Sexo con calma y con nerviosismo. Sexo con deseo y sin deseo. Sexo con orgasmo y sin orgasmo. Sexo rápido, sexo con paciencia. Sexo público, sexo íntimo; Sexo soñado y pesadilla de sexo. Sexo con interés, sexo desinteresado. Sexo buscado, sexo pagado, sexo fantaseado, sexo amado. Sexo solitario, sexo en grupo, sexo en pareja, sexo con animales. Sexo  con fetiches, sexo con apatía, sexo con fantasía, sexo con imaginación. Sexo con ternura, sexo con violencia, sexo agresivo, sexo complaciente y complacido. Sexo de muchas maneras. Sexo con variedad, sexo sin variedad. Sexo coercitivo, sexo suplicado, sexo concedido. Son muchas las formas de tener sexo. Algunas de ellas se disfrutan mucho, otras no tanto y otras no.
Todas las personas practican el sexo, en algún momento de su vida –acepto lo temerario de mi generalización-. La mayoría de ellas lo realizan con una persona como forma más placentera. No la única, lo escribo sabiéndolo redundante. Lo cierto que tener sexo con una persona que acepta hacerlo con uno abre el juego de muchas maneras. Primero permite decidir con quién hacerlo y dejar que el otro también nos elija para hacerlo. Esto abre la puerta para, potencialmente, jugar (jugar con alguien siempre es más lindo), comunicar (el otro/ la otra nos da la opción de la riqueza en la comunicación), disfrutar (no por sincronía sino por el hecho mágico de descubrir el placer en otro rostro, lo que siempre genera placer), pensar (esto, sin dudas, nos alienta al descubrimiento, aún de esa parte de piel que aún no conocemos), imaginar (tal vez así poder recorrer esa piel que no conocemos o esa sensación que no tenemos), fantasear (quizás dejarse llevar por esa sensación que ambicionamos). En definitiva, permite permitirse todo eso y las infinitas opciones que esa paleta de “colores” permiten colorear.
El sexo seguirá siendo esa experiencia tan diversa que tenemos los seres humanos tantas veces en la vida y que, algunas de ellas, la transformamos en el encuentro que fortalece los vínculos que existen. Así, en ocasiones, es ese momento donde nuestro ser adquiere uno de esos tatuajes indelebles que sólo nosotros vemos por siempre y que tiene la forma de la vivencia esencial, aquella que se teje con el ser amado.

Vínculos saludables


La vida tiene la particularidad que no es ideal, generalmente. Vamos por la vida con lo que tenemos y nos debemos enfrentar con lo que nos sale al paso con lo que tenemos puesto. Andamos y descubrimos situaciones de las más diversas; algunas de ellas raras, enigmáticas, misteriosas y, vale decirlo, muchas simples. Vamos respondiendo a las mismas con lo que tenemos a bordo y con aquello que sabemos. A veces con buen tino y otras con los errores de principiantes, esos que cometemos los seres humanos tantas veces en una vida. 
En ese andar encontramos a muchas personas. Con ellas creamos, en ocasiones vínculos. Vínculos que nos ofrecen más o mejores herramientas y otros que nos quitan las pocas que tenemos o las rompen de manera que son inútiles para el futuro. A veces, soportamos vínculos que no son los mejores porque no encontramos formas de evitarlos. Otras, soportamos vínculos porque creemos que es una suerte de obligación. Otras, simplemente, asumimos como una obligación. También, es necesario señalarlo, creamos esos otros vínculos, los que nos ofrecen placer en todas las formas posibles y algunas conocidas. Así es la vida. Así fue y así será, para mí, para ti y para los demás.
Cada uno de nosotros seremos calificados, aunque de manera inconsciente en muchas ocasiones, como uno de esos vínculos saludables y otras, por lo contrario. Seremos indiferentes a los ojos de las personas y otras una suerte de ser imprescindible –nadie, lo es, vale aclararlo-. La vida, lo asumamos, se teje con vínculos. Es nuestro andar por la tierra quien lo obliga, lo permite, lo exige, lo suplica.
Los vínculos saludables no son, necesariamente, los permanentes –a veces, a pesar de nosotros-, sino aquellos que nos han permitido avanzar en el camino. Aquellos que han logrado sacar lo mejor de nosotros y de hacernos creer que el andar siempre vale la pena. Esos vínculos están basado en los sentimientos que consideramos los más positivos (el amor, por ejemplo). Esos vínculos, curiosamente, persisten en nuestro andar, aunque no estén. Persisten porque su presencia es buscada o, porque su recuerdo es ese espacio que nuestra memoria, nuestro espíritu nos ofrece como el oasis donde nuestra alma se permite descansar para avanzar un poco más, un poco más lejos, quizás para llegar adonde nos debemos. 

sábado, noviembre 26, 2011

Canciones



Participar de un recital de música o, simplemente, escuchar algunas canciones es exponerse a una lluvia de sensaciones. De repente uno puede sentir que está desnuda la piel y, por ello, que es capaz de recibir las vibraciones de un modo tan profundo, tan sostenido. Como si la música y, sobre todo, los versos nos hablasen de un modo particular, de tal manera que uno los puede sentir como únicos, como dirigidos a uno mismo. Algo así como palabras que tienen las formas justas para que se cuelen por esas rendijas que protegen a nuestra sensibilidad, sean las rendijas que nos protegen grandes o pequeñas.
Si, parece una cursilería, se puede decir con veracidad. ¿Pero escapamos a eso? O mejor dicho, ¿es bueno no ser sensible a eso? Esa supuesta sensibilidad es un elogio de nuestra humanidad, no un karma de una persona, de una edad, de un estado. Es una de las ocasiones donde el ánimo debería estar exaltado, aun manteniendo la calma.
Todos y todas guardamos en la mente canciones que nos han hecho emocionar ya que representan una síntesis elocuente –y acepemos, muchas veces exageradas- de lo que sentimos como el instante vital. Canciones que han sonado al tiempo que teníamos el encuentro o el desencuentro que establece una marca indeleble en nuestro espíritu.
La música, esa habilidad humana, de juntar sonidos para transformarlas en un lenguaje que comunica nos los adueñamos para dejar espacio a los no dichos, a las cosas que no sabemos, ni queremos expresar. Robamos versos y melodías para que ellas sean nuestro traductor en tantas ocasiones. Pero también para que sean el testigo elocuente cuando no estamos o no están, de nuestro sentimiento.
Canciones. Otra mágica manera de comunicar, que, nunca debe reemplazar el comunicar. Esa capacidad maravillosa de poder decir, con palabras, miradas, caricias, gestos y silencios lo que sentimos. Siempre es mejor decir "My lover", que simplemente hacer que la canción diga "My lover", aunque siga siendo lindo escucharla y quede siempre nos suene como una declaración de principios.

Orgasmear


Tener un orgasmo es una de esas vivencias personales que podemos experimentar los seres humanos. Es exclusiva del ser humano. Esta exclusividad se puede comprobar en el simple hecho que es el ser humano el único ser conocido capaz de mentir un orgasmo o de exagerarlo o de recordarlo, describirlo, pensarlo. Es, también, capaz de fantasear sobre ello y varias otras alternativas.
Un orgasmo es, en algunos casos, una explosión fisiológica propia de un momento de tensión anterior, esto en términos de una simple fisiología sexual. Pero, lo sabemos, como todas las palabras que usamos en relación a otro/a tienen el peso significativo y real que le vamos imponiendo por las vivencias que se tejen con nuestra imaginación, nuestras expectativas y, a veces, con nuestros miedos.
El orgasmo, como una síntesis del encuentro sexual, tiene un peso que va más allá de su corta duración fisiológica. Es, para muchos/as el instante preciso donde uno se abandona frente a otro (sea concreto, real o imaginado, el otro/la otra está en ese instante). En esos momentos, para algunos, se puede tener la vivencia de fragilidad humana y de la   contención por el otro. Quizás uno de los instantes donde somos irremediablemente y maravillosamente humanos.
Esto, me lleva a la siguiente pregunta ¿Cuál sería el verbo más adecuado para el orgasmo? Varios son utilizados de forma indistinta: tener, dar, buscar, procurar, producir, ofrecer, recibir, pedir.  Si pensamos cada uno de ellos implica una forma diferente de orgasmo, de comunicación con el otro que comparte ese momento, tan preciso, tan real.
Pienso que el verbo más perfecto para utilizar es “ofrecer” aunque, obviamente, no es el único. Es en el ofrecimiento hacia el otro cuando la noción, no la fisiología, de orgasmo consigue su máxima expresión. Sólo se ofrece cuando la comunicación lo antecede, una comunicación que puede utilizar todos los recursos que disponemos con el otro, desde la palabra hasta el lenguaje corporal, incluyendo el silencio como eco de nuestra sensibilidad, y la mirada como conjugación y todos los materiales que contamos en ese momento, con esa persona, desde la fragilidad personal, hasta la confianza construida, pasando irremediablemente por la intimidad desarrollada. Con todo ello creamos esa síntesis que se expresa en lo fugaz de un orgasmo pero que implica la cercanía imposible con esa persona a quien le ofrecemos y nos ofrece uno de esos momentos donde nuestra humanidad respira, fugazmente, la eternidad.