Pocas cosas sostienen de manera tan determinante nuestras relaciones, nuestra capacidad de habitar una sexualidad plena o el derecho a vivir sin violencia como la autoestima. Sin embargo, en esta era de vitrinas encendidas, hemos olvidado una verdad física y filosófica elemental: nuestra existencia es apenas un destello en la eternidad.
Somos un punto insignificante en la inmensidad del cosmos. Es cierto que en esa brevedad humana somos capaces de transformar el entorno, erigir universos maravillosos y dejar obras que enorgullecen a generaciones. Pero sigue siendo una vida pequeña. Reconocer esta escala no busca menospreciar nuestra existencia; al contrario, le devuelve su peso real al instante presente: nos recuerda que somos valiosos aquí y ahora, en la experiencia concreta y no en su representación.
Ahí radica la trampa del presente digital. Hemos trasladado ese deseo legítimo de trascendencia a una dinámica de consumo instantáneo donde cualquier nimiedad cotidiana pretende hacerse pasar por un acontecimiento histórico. Adornamos momentos banales con frases grandilocuentes y convertimos la intimidad en un espectáculo de producción propia.
Un ejemplo claro de esta deriva son los rituales virales de la red: responder a desafíos de postear la última foto de la galería o colgar imágenes de vacaciones pasadas acompañadas de rogativas para atraer nuevos destinos, casi como un mantra o un ritual pagano donde publicar un viaje se vuelve el requisito mágico para que ocurra otro. Son dinámicas de exhibición que intentan simular una seguridad inexistente mediante un exhibicionismo barato que termina erosionando lo que pretende celebrar.
La pregunta incómoda que debemos hacernos es si esta sobreexposición constante realmente fortalece el amor propio o si, en realidad, lo degrada.
Cuando sentimos la urgencia de someter nuestra vida privada al tribunal del like, no estamos ejercitando una autoestima sólida; estamos delatando una grieta. La verdadera autoestima se basta a sí misma, no necesita una audiencia continua para confirmarse o solo las personas que son importantes. Cuando dependemos del feedback ajeno para certificar nuestro propio valor, la autoestima deja de ser un pilar interno y se convierte en una suplicante rehén del aplauso ajeno.
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