jueves, noviembre 18, 2010

Testigos

No vivimos solos. Nuestra vida está llena de testigos. Voluntarios o involuntarios; constantes o circunstanciales; deseados e indeseados; reales o ficticios; conscientes o inconscientes; verdaderos o falsos; amados u odiados. La vida exige testigos. Personas que nos miran, escuchan, sienten, experimentan, disfrutan, sufren y un largo abanico de acciones y sentimientos que surgen de ese encuentro.
A veces, elegimos a nuestros testigos. Lo hacemos por la convicción de un sentimiento. Por la creencia que serán valedores de nuestra vida y que nos permiten, de un modo u otro, hacer de nuestra identidad una construcción segura, una forma de ser y de pretender. Un testigo es, quien nos hace humanos.
Dentro de ellos, están aquellos que son especiales, importantes, imprescindibles. Aquellos que nos facilitan el juicio que hacemos sobre nosotros mismos. Aquellos que hacen que nuestra vida merezca la vida ser compartida, contada, relatada, vivida. Sin ellos, nada tiene importancia.
Testigos de nuestra vida, testigos de otras vidas. Hay en esto, quizás, algo de lo que nos hace un poco mejores, un poco más vitales, un poco más felices.

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