viernes, junio 05, 2020

Oda a las caricias

Si besar es la efímera eternidad del encuentro que debemos buscar, las caricias son, sin dudas, una de las formas de evolucionar. El beso es una síntesis del encuentro, la caricia es la forma de estar. Si besar es una bendición, la caricia es una ofrenda. Besar es encuentro y la caricia la búsqueda. El besar es certeza, la caricia es la inquieta búsqueda de los caminos ciertos.

En ambos casos es ofrecerle una distracción al tiempo, para ser en otro tiempo.

La caricia es agua, es manto, es terciopelo, es respiración, es perfume, es presencia, es ofrenda, es magia, es deseo, es precisión, es abstracción, es mensaje, es jubileo, es epifanía, es historia, es arte, es utopía, es realidad, es quimera, es certeza, es pregunta.

La caricia es la suma de las cosas que se escriben en ese vocabulario único, como un código irrepetible, entre dos personas. Es una forma de braille, de lenguaje de signos, de mensajes en el aire.

Hilos de ternura tejidos con ancestral paciencia o, tal vez, la arcilla ardiente que no quema sino eleva. Se deposita sobre la piel que la transforma en alquimia cuando la espera con la confianza de saberla propia.  Las caricias, siempre en plural, pero elaboradas en singular, porque las caricias tienen siempre un nombre, talladas en su recorrido, en ese aire que respira, en esa forma de redactar un incunable.

Las caricias son una ofrenda que se realiza al darla; una entrega como las viejas cartas de antaño.

Las caricias son el suave tintineo de las flores con el viento, del perfume matinal del bosque, la serena claridad de la luna sobre el mar, la artesanal paciencia de la orfebrería más preciada.

Definitivamente, las caricias son una forma de evolucionar como humanidad. Animarse a ofrecerlas, nunca a pedirlas, pero siempre a recibirlas. Las caricias son la forma sublime de curar el universo.


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