miércoles, septiembre 30, 2026

La pregunta importante sobre el uso de la IA

 Un verano, aburrido en mi adolescencia, hice un curso en la Academia Pittman para ser mecanógrafo. Poco después, mi padre me regaló una máquina de escribir. Fue casi inmediato: empecé a redactar mis cartas en ella, porque soy de esa época en que nos escribíamos cartas. Aunque algunos decían que no era algo del todo personal, yo las enviaba escritas a máquina y generaban emoción. Tal vez por lo obvio: la máquina escribía exactamente lo que yo tipeaba, mis ideas, mis emociones y mis sentimientos.

Por circunstancias de la vida, también fui uno de los primeros de mi entorno en tener correo electrónico, e impulsé a la gente con la que quería comunicarme a que también lo tuviera. El correo me facilitaba las cosas para escribir, pedir, reclamar o rogar.

Con esto quiero decir que incorporar tecnología nunca fue un problema para mí —y no porque fuera un sobredotado, sino porque la tecnología simplemente estaba allí, disponible—. Hoy en día también he incorporado la inteligencia artificial. Tengo ideas que llevan más de veinte años dando vueltas en mis escritos o presentaciones, y este año logré ordenar algunas de ellas pidiéndole a la IA que corrigiera lo que yo le dictaba, lo que me permitió concluir varios proyectos. Jamás le di autorización para redactar un artículo por su cuenta; simplemente ordenó lo que yo decidí expresar.

Si alguien lee un artículo mío previo a la IA y uno reciente, espero que encuentre las mismas ideas, pero con una redacción libre de mis viejos errores de tipeo o de concordancia. No lo veo mal, aunque cada quien es libre de opinar. Toda esta introducción es para decir lo evidente: estoy a favor de la tecnología, siempre. Creo que es una herramienta y, como tal, resulta profundamente útil.

Sin embargo, me encontré con una situación particular. Alguien a quien conozco, incapaz en el pasado de escribir la memoria conceptual de una obra de arte, de repente presenta textos impecables y llenos de citas. Sin acusar a nadie, me queda la sospecha de que es producto de la IA. Comprendo que podrían decir lo mismo de mí; al final, compartimos el mismo escenario. Pero pensarlo así me lleva a una cuestión más profunda: ¿cómo hacemos para diferenciar lo producido por una máquina de lo generado por la mente humana? ¿Cómo evaluamos el pensamiento real de una persona?

Porque si adoptamos una herramienta que nos reemplaza con tanta facilidad y que, encima, lo hace "mejor", la situación se vuelve compleja. Y si a esto le sumamos un entorno evaluador al que se le ha limitado el pensamiento crítico como recurso fundamental, la pregunta inevitable es: ¿no estaremos provocando un daño irreversible, con consecuencias a corto, mediano y largo plazo? Pienso y no respondo, porque me preocupa que Isaac Asimov tuviera razón cuando dijo: «El aspecto más triste de la vida en este momento es que la ciencia reúne el conocimiento más rápido de lo que la sociedad reúne la sabiduría».


La imagen fue creada por la IA

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