Por
circunstancias de la vida, también fui uno de los primeros de mi entorno en
tener correo electrónico, e impulsé a la gente con la que quería comunicarme a
que también lo tuviera. El correo me facilitaba las cosas para escribir, pedir,
reclamar o rogar.
Con esto quiero
decir que incorporar tecnología nunca fue un problema para mí —y no porque
fuera un sobredotado, sino porque la tecnología simplemente estaba allí,
disponible—. Hoy en día también he incorporado la inteligencia artificial.
Tengo ideas que llevan más de veinte años dando vueltas en mis escritos o
presentaciones, y este año logré ordenar algunas de ellas pidiéndole a la IA
que corrigiera lo que yo le dictaba, lo que me permitió concluir varios
proyectos. Jamás le di autorización para redactar un artículo por su cuenta;
simplemente ordenó lo que yo decidí expresar.
Si alguien lee un
artículo mío previo a la IA y uno reciente, espero que encuentre las mismas
ideas, pero con una redacción libre de mis viejos errores de tipeo o de
concordancia. No lo veo mal, aunque cada quien es libre de opinar. Toda esta
introducción es para decir lo evidente: estoy a favor de la tecnología,
siempre. Creo que es una herramienta y, como tal, resulta profundamente útil.
Sin embargo, me
encontré con una situación particular. Alguien a quien conozco, incapaz en el
pasado de escribir la memoria conceptual de una obra de arte, de repente
presenta textos impecables y llenos de citas. Sin acusar a nadie, me queda la
sospecha de que es producto de la IA. Comprendo que podrían decir lo mismo de
mí; al final, compartimos el mismo escenario. Pero pensarlo así me lleva a una
cuestión más profunda: ¿cómo hacemos para diferenciar lo producido por una
máquina de lo generado por la mente humana? ¿Cómo evaluamos el pensamiento real
de una persona?
Porque si
adoptamos una herramienta que nos reemplaza con tanta facilidad y que, encima,
lo hace "mejor", la situación se vuelve compleja. Y si a esto le
sumamos un entorno evaluador al que se le ha limitado el pensamiento crítico
como recurso fundamental, la pregunta inevitable es: ¿no estaremos provocando
un daño irreversible, con consecuencias a corto, mediano y largo plazo? Pienso
y no respondo, porque me preocupa que Isaac Asimov tuviera razón cuando dijo:
«El aspecto más triste de la vida en este momento es que la ciencia reúne el
conocimiento más rápido de lo que la sociedad reúne la sabiduría».
La imagen fue creada por la IA
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