martes, junio 28, 2011

¿Es posible dosificar vínculos?

Como toda pregunta, es válida. Pero responderla produce una sensación rara. Es como si nos preguntáramos: ¿hace falta aire para vivir? La respuesta es, obviamente, si pero, podemos intuir que la pregunta conlleva algo más que esa respuesta evidente.
Si, es posible dosificar los vínculos. En realidad es lo que hacemos permanentemente. Dosificamos los vínculos en muchas ocasiones. Esto, obviamente, si entendemos por dosificar lo más simple, es decir: “Graduar la cantidad o porción de otras cosas”. Ofrecemos a los demás la dosis que resulta de la mezcla entre lo que podemos, creemos, necesitamos, queremos y aquello que nos piden, nos ruegan, por ejemplo. Graduamos esa cantidad en función de un universo de cosas que nos pasan en el aquí y en el ahora en función de nuestra historia, nuestras vivencias, realidades, percepciones de la realidad, fortalezas, debilidades y otros.
¿Tan complejo? A veces sí, a veces no. Pero esas circunstancias no deben hacernos olvidar que los seres humanos no somos simples, porque el ser humano está perpetuamente en relación con los demás y las múltiples construcciones de la realidad que eso implica. En cada encuentro confluyen historias e historias de personas, de situaciones, de emociones y de un largo, muy largo etcétera. ¿Podemos vivir simplemente?: pues claro que sí. ¿Podemos hacer que la vida de uno y de los que estén cerca sea de una simplicidad maravillosa? Sí, claro. Es, esto, tal vez, la ventaja del ser humano: siendo complejo poder hacer las cosas simples.
Volviendo a nuestra pregunta: dosificamos los vínculos y hacerlo es saludable. Vivir todo vínculo como si fuera el último, sin dosificarlo es, sin dudas, malsano. Vivir vínculos que nos hacen daño, pero que son inevitables para uno implica dosificarlos hasta que podamos tolerar un poco más las cuestiones que nos hacen daño. Por ejemplo, no pocos ven a algún familiar -hasta cercano- en pequeñas dosis o necesarias; no les damos a todos nuestros amigos o amigas la misma cantidad de tiempo y dedicación. Dosificamos los vínculos porque es parte de lo que nos permite sobrevivir, en ocasiones y vivir, siempre.
Dosificar en este sentido es lo que nos enseñan nuestras propias diferencias. Algo así como “apártate de lo que te supera” y, valga decirlo “acércate de lo que te nutre”. Sin embargo, esto no habla de la calidad del vínculo, ni del compromiso con ese vínculo. No menciona, ni de cerca, cuán profundo debe ser nuestro compromiso con el vínculo que nosotros desarrollamos. En el amor, por ejemplo, ¿hace falta la intensidad que tenemos o la que el otro precisa? ¿Debemos dar el todo o darle al otro lo que nos pide, siempre y cuando esté a nuestro alcance? ¿Podemos darle lo que no tenemos?  ¿Podemos comprender lo que no nos dan? ¿Con qué nos debemos comprometer? ¿Con la simple sensación de no poner límites o con el aprendizaje de los límites que todos tenemos?
No existe una única respuesta y menos una válida para todas las ocasiones (no es tan relativo, tampoco, hay como siempre, dos o tres respuestas no más). Una clave, quizás, sería pensar que la respuesta correcta es aquella que nos permitimos construir con quien pretendemos un vínculo. Debemos saber, para ello, que en esas dosis que ofrecemos al otro siempre irán nuestras propias capacidades y nuestras propias limitaciones. En esto no debemos escatimar nada. Quizás pensarnos como si fuéramos un medicamento homeopático donde una dosis sólo será nuestra en la medida que nuestra esencia esté, ¡of course!
PD: sobre al amor….hay más que decir pero lo dejo para otra entrada.

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