martes, mayo 08, 2012

El hartazgo


Me duele el alma. Me mata la incoherente sensación de vivir en un mundo, a la par, tan cruel y con tantos sueños hermosos. Me quita las fuerzas darme cuenta que lo que tenemos es lo que todavía no nos quitaron los que tienen el poder. Que la bondad, por más que exista, tiene tan poco peso en este mundo. Que los intereses de los poderosos siempre pueden más que cualquier buena intención.
Me dan bronca los que engañaron a los jóvenes llevándolos a guerras que esos individuos necesitan. Detesto a quienes se llevaron a artistas porque decidieron hablar de lo que siempre hablan los artistas, aún sin sentirlo, sin creerlo o sin vivirlo, de libertad, de creación, de sueños de otros, de utopías, de igualdad, de sentirnos cerca.
Me da una pena de rabia los que empuñaron las armas, pero sobre todo los que en parapetados escritorios empujaron a las armas a los demás. A los que desde púlpitos, desde escenarios, desde estrados impulsaron el enfrentamiento donde dejaban la piel y el alma los que valen la pena, siempre los otros.

Me da tristeza los que solo persiguieron utopías y su crimen fue ajusticiado por ese delito que jamás se debería condenar, el de tejer sueños donde la felicidad sea un fruto siempre maduro, al alcance de todos.
Me rebela, desde el alma, hasta las músculos, desde el sentimiento, hasta las ideas, la incapacidad que tenemos para darnos cuenta que no importa el color del poder, no importa el sino de la opresión, no importa la ideología del dominador, no importa el credo que manifiesta, solo importa una cosa, que haya personas que no sean capaces de aceptar que puedas pensar distinto, que puedas creer diferente, que puedas sonreír por otras cosas, que te conmueva otro sentimiento, que te alienten palabras opuestas a las suyas, que no tienes poder y que su poder no debe servir para hacer daño. Porque la libertad es algo que todavía no conquistamos, que la independencia todavía es una utopía, que el camino aún es una senda en una selva espesa, que el horizonte está todavía muy lejos, que los pastores, políticos, autoridades, revolucionarios armados, terroristas reconvertidos, Mesías de todas clases no tiene el sino de dirigirnos a nuestro norte, sino a nuestro abismo.
El camino no es el que nos dicen, sino el que nos permiten elegir, el que se abre camino con nuestras manos, que nos hace eco en nuestras sonrisas, que facilita la palabra compartida y la palabra escuchada.
Basta. Basta de de todos los falsos profetas, de los antiguos inquisidores, de todos aquellos que pregonan la libertad que nace desde la esclavitud, que solo pretenden hacer una sola cosa: hacernos olvidar que somos quienes somos, cada uno y cada cual, que la única locura permitida es poder vivir y que lo difícil no es la revolución armada de cualquier sino o ideología, pues todas se tiñen de la sangre de los inocentes. Lo difícil es la revolución de darnos cuenta que la verdad no existe, sino que la vamos construyendo, que la vamos moldeando y que solo puede hacerse realidad con el único material real que sirve para construirla: la felicidad de todos.

domingo, 30 de enero de 2005

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