Los gestos que nos acercan al otro son siempre simples, capaces de ser
reproducidos infinitas veces. Son, en realidad pocos gestos, que parecen que se
hacen iguales cada vez que lo hagas, con quien lo hagas. Así un beso, dentro de
su abanico de posibilidades, tiene una forma, digámosle, anatómica y fisiológica
de hacerse que se repite con un margen estrecho de diferencia. También es así
con las caricias y con el abrazo. Sin embargo, los que los experimentamos a
ello (¡ojalá todos!) sabemos que hay una diferencia esencial. Que ni un beso,
ni una caricia, ni un abrazo son los mismos, por más que se repite, inexorablemente, lo que hacemos.
Creo, que todos esos gestos suelen tener una suerte de ADN muy
preciso. En el caso del abrazo como una “impresión” muy clara de la abrazada.
Será, tal vez, porque siempre implica el dejarse abrazar (de nuevo se puede
extrapolar para los besos o las caricias o, en definitiva, para cualquier gesto
de sentir.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario