lunes, noviembre 21, 2011

Niños en la calle


Este fin de semana nuevamente vi niños en la calle. No de aquellos que están jugando como si fuera el patio de su casa, bajo la mirada de alguien que los protege y los deja comenzar a construir su autonomía. No, hablo de aquellos que están en la calle como adultos. Niños y niñas que están desprovistos de la protección mínima y que deben hacer con ello su vida. Crecer a golpes, vender algo a cambio de ternura circunstancia, renunciar a la inocencia para sobrevivir. Niños en la calle. Esto no se trata de signos político alguno. Aquí hay una verdad que se impone sin ninguna ideología: si hay niños y niñas en la calle sin ningún tipo de contención es porque algo estamos haciendo mal como grupo social. No importa si este gobierno invierte más o menos que el otro o el anterior en esta problemática. No importa si se hace mucho o poco a pesar de la falta de recursos. No importa si el problema es complejo, no importa el dolor que nos produce ver esa infancia desprotegida, abandonada, errante por la vida. No importa si se ha mejorado la inclusión educativa o los servicios de salud. Lo que importa sigue siendo el hecho más contundente: hay niños y niñas aun en la calle. Algo estamos haciendo mal a pesar de nuestros aciertos y disponibilidad. 

Nuevas notas sobre el amor



El amor, ese sentimiento que todos ansiamos. El amor, con sus variantes, con sus diferentes formas de expresarse, de sentirse, de vivirse. La variedad de la comunicación humana le da un abanico a sus manifestaciones que parece infinito (jamás es infinito, nuestras maneras de manifestarnos es limitada, aunque, curiosamente, sea infinita la combinación posible).
Pero el amor, en cualquiera de sus variantes tiene constantes que hacen que se pueda llamar amor a ese sentimiento que nos une a personas tan diferentes y que permite que el vínculo que las una se pueda manifestar en tantas expresiones variables. Entre las constantes que podemos encontrar está la renuncia. Es decir que podemos decir que no hay amor sin renuncia.
Pero, valga decirlo, la renuncia es una de las palabras más importantes en el amor, en realidad en la vida misma, pero que genera una sensación encontrada. Efectivamente, renuncia parece algo negativo, para algunos. ¿Por qué relacionar como elemento sustantivo algo un poco negativo en ocasiones a algo tan hermoso y necesario como el amor? Veámoslo
El contacto con el otro, tanto en su necesidad como en el deseo, exige que uno reconozca dos o tres cuestiones, en muchos casos implícitamente. La primera, elemental como precisa: no soy tú, no eres yo. Esto, que se conoce como alteridad, es la base primera que define la humanidad. Darnos cuenta que entre yo y el otro –aquí es importante el “yo” primero- no puede haber nunca continuidad, sino existe una imprescindible contigüidad. La segunda cuestión que surge es, a partir de la conciencia de esa alteridad, es la necesidad de algo que pueda hacer que en esa contigüidad se pueda encontrar maneras de producir acercamientos, también vital, para el encuentro permanente con el otro. Aquí surge la comunicación –en su variada, creativa y compleja manifestación humana- como el recurso de la especie para hacer de la contigüidad inevitable un aliado. La tercera cuestión que surge, es la renuncia. Como elemento metafórico, principalmente. Ciertamente, frente a la inevitabilidad del otro, que se transforma en necesidad, y la necesidad de comunicación, que se transforma en inevitabilidad, la renuncia aparece como hecho ineludible. Simplificando, para poder comunicarnos, en cierto momento debemos renunciar a hablar, debemos renunciar a monopolizar la palabra. Para encontrarme con el otro, necesito renunciar a ciertas cosas.
El otro implica renuncia, lo que no implica mutilación. Esto vale decirlo. El amor como lo que surge y se muestra en nosotros en relación al otro conlleva sensaciones de las más diversas: somos diversos, para sentir, para vivir, para experimentar, para comunicar. La renuncia tiene el valor real de lo que uno hace. No hay que creer que los demás pueden llegar a comprender el nivel de renuncia que uno hace por causa del amor. Ni siquiera el amado, la amada.
Es importante, entonces, comprender que no ama más quien más renuncia pero quien nunca renuncia realmente no ama.

viernes, noviembre 18, 2011

Mantra


Sólo crecemos cuando nos liberamos. Liberarse es el desafío más grande que tiene el ser humano desde que nace. Un desafío al que no puede renunciar. Me resuena, en esto, el “estamos condenados a ser libres”. Sin embargo, sabemos que el ser humano toma, en ocasiones, una vida entera para asumir ese desafío, el paso anterior a la posibilidad de ganarlo. Efectivamente, sólo se puede vencer ese desafío cuando lo encaramos.
Sin embargo, lo sabemos, el ser humano toma atajos, caminos impredecibles, resguardos necesarios. Uno va por la vida sin un GPS que nos guíe, sin unas indicaciones claras de muchas cosas. Vamos descubriendo la senda que nos conduce a un destino que se va manifestando, develando y reescribiendo en la medida que queremos y que avanzamos. En el medio, deambulamos, caminamos, marchamos, avanzamos, descansamos y varias otras cosas. Esto lo hacemos aún cuando estamos convencidos del destino, en ocasiones.
Lo real es que, tantas veces, en ese camino cometemos errores, algunos por omisión, otros por acción desprovista de razonamiento y en otras por acción desprovista de sentimiento. Es decir que a veces erramos el camino por equivocación y otros por una convicción del momento. El andar, quizás, nos pone en evidencia algunos de esos errores que cometemos y les ponemos, entonces, simpáticos nombres: “pecados de juventud”, “rigidez de la vejez”, “demasiado celo en lo que hacemos”, “incapacidad de tomar la decisión correcta” y un largo etcétera. Pero sabemos, nadie está libre, al caminar, de pisar las sendas de otros. 
Ho’oponopono significa “corregir un error” o “hacer lo correcto” en la lengua original de los hawaianos, me dijeron alguna vez. Es lo que debemos hacer para ser libres. Sin embargo, hay veces que los errores son las elecciones que tomamos por los demás. Esas veces en que aún acertando en la elección uno comete afecta a los demás. Eso pasa, muchas veces, en relación al amor. Tal vez por ello, el amor, siempre es tan complicado, incierto, difícil y, valga decirlo, tan misterioso, necesario, innegable. Así funcionamos los seres humanos, a pesar, tantas veces, de nosotros mismos. Eso es lo que hace que la experiencia de la vivencia humana pueda ser inexplicable, misteriosa, compleja, profunda y única.

jueves, noviembre 17, 2011

Escultura


Algunos seres humanos somos como esculturas para los demás. Una metáfora complicada, sin dudas, porque no es univoca en sus sentidos. La idea de la escultura podría parecer algo inerte, pasivo, frío, superfluo, simplemente un adorno que no tiene la prioridad del vínculo. Es verdad que se puede pensar en eso. Pero pienso en la escultura como algo más complejo. De un lado ese proceso creativo que surge desde la idea misma y que se debe confrontar con la fortaleza del material y la fragilidad del material. Un proceso que nos pide tiempo, nuestra pasión, nuestras emociones a flor de piel, nuestras sensaciones, a veces, turbulentas, y otras cosas. No hay relación posible sin la comprensión de ese instante de intimidad donde se desnuda ese mármol, donde residen nuestras emociones.
También pensemos en la escultura que nos gusta, esa que conocemos los detalles, las imperfecciones, la belleza que los demás no pueden ver, o si, pero que la sabemos por habernos detenido a adorarlas a los pies, como se adora. Ese vínculo que no pretendemos único pero que sabemos único puesto que está construido desde esa distancia donde la desnudez es cercanía y no pudor.
Son esculturas, también, en el sentido que esas personas siempre nos perdurarán. Están hechas de los componentes constantes que elaboran nuestros sentidos y nuestros sentimientos; que, en definitiva, son aquellos materiales nobles que forman nuestra propia esencia.
Sin dudas que habrá otras metáforas para pensar en el otro, en la otra. Hoy acéptame esta ya veremos las otras.

Cumpleaños


Un cumpleaños es un día más en el calendario. Un simple día que le damos valor especial. Un día, igual a otros que vivimos pero que intentamos y, algunas veces, logramos que sea diferente. Un día único, particular y personal. Es como si en ese día pudiésemos recordar con más certeza las maravillas que implican que estemos vivos o, simplemente, que ser feliz necesita de un par de cosas y no de mucho o, también, que nos merecemos celebrarnos por nosotros mismos. A veces, ese esfuerzo lo hacen los demás, también es importante señalarlo.
También, en los cumpleaños, varias personas te saludan (hoy con la magia de la web, muchos se enteran sin quererlo y como cuesta tan poco algunos hacen algo al respecto). Lo cierto que de las personas que te conocen algunas te agasajan, otras se olvidan y otras “hacen como”. La verdad que no considero que el olvido de un cumpleaños sea un crimen. Es más lo considero hasta parte de lo cotidiano. Es verdad que es lindo recibir el saludo de esas personas que uno considera que son parte de nuestra vida o de aquellas con las que creer tener un vínculo prioritario pero sé, también, que los vínculos, los sentimientos, la cercanía se establece en un conjunto de cosas y no en hechos puntuales. Estamos cerca de las personas que sentimos cerca. Ojalá que esas personas nos sientan cerca. Ojalá que el esfuerzo que hagamos para ello sea productivo. Pero también, vale decirlo, que las personas que, por las razones que sean, están lejos –en cualquiera de sus variantes- en esos momentos tengan ese instante mínimo para sentir que algo de lo compartido tiene valor, por más que no lo digan.
Lo cotidiano tiene valor porque es lo que nos permite el día a día. Porque en el día a día es donde se llora y se ríe –como síntesis de las emociones que podemos vivir y, por lo tanto compartir-. Pero no quita, todos y todas sabemos que siempre hay personas especiales, que independiente de tiempo, cotidianeidad y circunstancias serán toujours como una especie de Merlín, alguien como un mago que conoce lo profundo, esa parte que está oculta en la piedra que nos forma y donde la espada queda retenida en nuestro propia naturaleza.

lunes, julio 11, 2011

Congruencia

Uno ambiciona, generalmente, la congruencia. Muchas veces cree que la tiene ya conquistada. Casi siempre, se la exige con mano férrea al otro. Cuando nos afecta lo que el otro hace o deja de hacer somos, en ocasiones, más duros e inclementes con el pedido, léase la exigencia, de congruencia. Pero, ¿qué es ser congruente? El diccionario nos refiere tres ideas para congruencia: conveniencia, coherencia, relación lógica.
Conveniencia es un término que nos resulta duro de escuchar, pero que marca el comportamiento de las personas desde siempre. Hacemos las cosas por conveniencia. Esto no implica hacerlo interesado por sacar provecho ocultos, no implica mentir al otro. Implica pensar que el otro también nos ofrece cosas, nos da y que eso puede ser positivo para uno. Buscar lo que nos conviene no implica hacer daño, sino ser asertivos y procurar decir de forma clara lo que nos conviene y estar abiertos para otras opciones.
Sabemos, sin embargo, que muchas veces las personas a quienes queremos o que nos quieren nos pueden hacer daños o generar molestias por circunstancias y contextos. Sabemos que todos y todas tenemos defectos y que, tantas veces, debemos soportarlos, por la conveniencia de estar con esa persona y porque, en el fondo, hay cosas que esa persona nos ofrece y que son altamente positivas.
Coherencia. ¡Qué palabrita! Cuesta mucho mantenerla y encima, los demás, tantas veces, nos juzgan como se juzga tantas veces: implacables para algunos  y permisivos para otros. El doble rasero es una constante humana, aunque no lo aceptemos. Ser coherente implica reconocer que el ser humano peregrina por la vida con muchas andares que, a veces, incluye zigzag y, siempre, algunas crisis que nos hacen rectificar rumbos. Ser coherentes implicaría, entonces, reconocer nuestros pasos en el famoso: “caminante, no hay caminos, se hace caminos al andar”, como Machado escribió y Serrat nos lo cantó.
Relación lógica. ¡Joder! (en español en el original). ¡Qué simple que parece y que complicado que termina siendo! (pero bueno, complicado es el ser humano, aunque pensemos que no es así). Cuando hablamos de relación lógica, ¿qué entendemos? Es la pregunta fundamental a hacerse. Tenemos varias opciones, no lo olvidemos: la lógica que nosotros tenemos; la que nosotros pensamos que es sentido común; la que surge por tomar la parte por el todo; la que valoriza una parte de la historia que pensamos que es la esencial; la que llena los silencios del otro con nuestras palabras; la que desconoce que el otro puede actuar de otro modo, aún con la misma motivación que nosotros; la que valoriza en la frase del otro una palabra secundaria y desprecia la que el otro considera importante en su vivencia y un largo etcétera. Como pueden ver, la relación lógica surge de un conjunto de elementos que no siempre tenemos en cuenta, que implica no sólo decir que están, sino darle valor. Por eso, pensemos con delicadeza: ¿qué entendemos cuando pedimos lógica?
Ser congruente, es el deseo que tenemos siempre. Es lo que intentamos tantas veces y es lo que, ojalá, podamos concretarlo algunas veces. Lo que importa, en el fondo, es recordar que la congruencia surge de conocernos, en primer lugar; luego hacer el esfuerzo –constante y dedicado- por conocer al otro, dejándole el espacio para que se muestre y en intentar ofrecer lo mejor que tenemos en cada momento. En definitiva, me pregunto, si ser congruente ¿es ofrecer u ofrecerse? Si es lo primero, vale exigir algo rígido, si es lo segundo, bien vale saber que somos humanos. 

jueves, julio 07, 2011

Espejos


Los seres humanos funcionamos, en ocasiones, como espejos para los demás. Espejos especiales, como mágicos. Así, algunos reflejan, por ejemplo, lo que deseamos. Vemos a esas personas y nos repercuten positivamente, como si fuesen un motor. Por supuesto allí entramos nosotros para recibir el estímulo de la imagen y reaccionar con nuestros recursos: desde la ternura hasta la bronca. El deseo, sabemos, nos genera muchas cosas. Pero recordemos, la ambición de tenerlo, de conseguirlo puede potenciar nuestras virtudes o dejar salir nuestros demonios.
Otras personas son el reflejo de nuestras limitaciones. Ellos, sin la menor intención, nos muestran lo que nos falta, lo que nos hace ruido, lo que nos deberíamos cuestionar y no lo hacemos. Son personas que, lejos de ser perfectas -esto es importante- nos ponen en evidencia. Personas que son, vale decirlo,  incomodas a tratar. 
Personas que parece ser que sacan lo peor que tenemos. Personas que preferimos detestar, despreciar, alejar. Lo digamos, a veces, esas personas sufren nuestra violencia por el simple hecho de estar frente a nosotros, con su cortejo de “imprudencias”. Como si, en este caso particular, fuese válido -léase ético e imprescindible- matar al mensajero por lo que nos viene a decir.
En realidad no es que sean un oráculo, simplemente son como superficies que reflejan, a veces sin intención, esa imperfección que nos cuesta aceptar como propia. Esas personas, en ocasiones, suman la capacidad –por llamarla de alguna forma- de encontrarnos, sin pretender hacerlo, los puntos débiles; son quienes hacen las preguntas inadecuadas o utilizan la entonación desacertada o mencionan el recuerdo que pretendemos olvidar; o aquellas que hacen el comentario serio en medio de la broma o la broma en medio de lo más fuerte de nuestra vivencia, sin ningún “timing”.
Esas personas incomodas, no siempre, pueden ser nuestros mejores aliados. Muchas de ellas son las que, también, pueden ser las que necesitan mucho más de nuestra tolerancia que, en definitiva, sería que asumamos que es verdad lo que solemos decir: no importa la imagen, sino la esencia de la persona.  

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