viernes, diciembre 12, 2014

12 de diciembre de 2014



Hace diez años moría mi padre. Diez años. Mucho tiempo. Yo no estaba cuando pasó. Llegué con el ya enterrado. Me quedan los recuerdos y esos olvidos que la memoria me juega. Entre ellos se acomoda siempre su ausencia. Mis lágrimas, que derramó cada tanto, siempre la nutren. La ausencia es una constante. Está allí hablando de la ausencia y por más que la voz sea queda esta allí, hablándome un poco más de esas cosas compartidas y de aquellas que nunca podré tener. Esa es la ausencia total, aquella que nos deja sin un pequeño universo de cosas cotidianas que son, las que en definitiva, nos permite recrear la vida en cada instante.

De todo lo que la ausencia me priva, hoy, me hace falta el cariño, no sólo el que recibía sino el que daba. Porque dar cariño y que alguien lo reciba dándote la sensación de recibir un tesoro eso es la esperanza que nos hace sentir que la suma de todas las cosas es posible.
El resto, que es tanto, hasta es parte de la vida que no esté tanto tiempo. Pero eso, el cariño que se puede dar y recibir y que produzca esa sensación tan íntima que nos cobija, nos exalta, nos estimula, nos enriquece y nos permite el camino interminable a todas las utopías, eso es lo que la ausencia total nos quita.
Si, quedan estos otros cariños que aún damos y recibimos y que, sin dudas, nos permite todo eso que mencioné porque cada cariño expresado y recibido siempre es la síntesis perfecta de la “suma de todos los amaneceres del mundo”. Pero cada cariño digamos tiene nombre y apellido. Se hace a la medida, se adapta con el tiempo a esa persona que le damos y por eso, nos pesa tanto que falte.


Así que si, me falta mi padre y ese cariño y este cariño que se desangra sin parar. 

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